Life's too short
Café Society
🌟🌟🌟🌟
La vida suele ser ansí, como decían en las novelas de Baroja,
y no así, como proponían en la películas antiguas, las que superponían el The
End sobre el beso ya desencadenado, y algo lascivo, de los amantes. Café
Society, para enmendar la plana, para servir de contrapunto, termina justo
al revés, con los amantes separados, ensoñándose, pero ya derrotados,
sobreponiéndose al final de su ilusión. Aunque
esté ambientada en los rococós de la belle époque, Café Society es la
antítesis de las viejas películas. La protesta de un judío bajito y con gafas
clavada en la puerta de una iglesia. El manifiesto anti-romántico un hombre que
ya lleva muchas pedradas en el zurrón.
Café Society, ya que no es un pedazo de película -pues
en la filmografía de Allen está a medio camino entre los grandes títulos y los pasatiempos
jolgoriosos- es, al menos, un cacho de vida, porque la vida es ese desencuentro,
esas jodiendas, obstáculos, azares... Una carrera de caballos, y los pisos,
nuestras cuadras. El amor, para fructificar, para ser un amor como el que triunfaba
en el viejo Hollywood, tiene que sortear tantos peligros, superar tantas
barreras, surfear tantas olas, aguantar tantos vaivenes y sobrevivir a tantos
malentendidos, que al final es como un milagro, como una sospecha de divinidad.
Quizá los amantes triunfantes sean justamente eso: semidioses de epopeya.
Héroes de futuras ficciones.
Y luego, en la película, está Kristen Stewart, y su belleza
chupada, y sus ojazos de cine mudo, y su cintura volátil, y su boca como de
tímida tentación, o de volcánico melindre. Lo mío con esta mujer viene de
lejos. Es como una fascinación idiota, como un abducción de la meninge. Me
quedo clavado en su rostro con la boca en un rictus de pelele. Será alguna
reminiscencia, o alguna manía... El casting está bien, hay caras reconocibles,
y oficios sin tacha, pero Café Society depende por entero de Kristen
para tenerme amorrado a su desventura, a su devaneo, a su andar dubitativo que
va fracturando corazones en cada quiebro, como una futbolista bellísima y
talentosa.
La última bandera
Si mi hijo (que ahora tiene diecinueve años y vive feliz su noviazgo y su despertar a la vida), fuera reclutado para defender la democracia y los valores occidentales en las estepas de Bielorrusia (o sea, las inversiones y las comisiones, los negocios y las putas de lujo, el gas natural y la puta que los parió), y al cabo de unas semanas me lo devolvieran muerto, no como está ahora, alegre y risueño, vivito y coleando, sino muerto, inmóvil y desalmado para siempre, con un tiro en la nuca del bielorruso invadido que lo vio pasar, y regresara dentro de un ataúd precintado para que no podamos ver los destrozos de la bala, y los encargados de estos menesteres me entregaran el cuerpo, o el ex cuerpo, hablándome de su heroísmo, de su patriotismo, de su conducta ejemplar dentro y fuera de los campos de combate, el soldado Rodríguez, ¡el cabo Rodríguez!, con todos los honores y las fanfarrias, las medallas ya colgadas en la pechera del cadáver, la bandera de los borbones envolviendo la carnicería como un papel de estraza donde van los filetes y los mondongos en el supermercado...
La batalla de los sexos
Como en cualquier película de guerra –y ésta, en el fondo, es una película sobre la guerra más vieja del mundo, interminable y soterrada- la escena de la batalla da sentido a todo lo que se contó antes, y a todo lo que se contará después, si es que alguien queda vivo tras la matanza. En La batalla de los sexos, sin embargo, el gran partido de tenis que enfrenta al hombre y a la mujer, al payaso y a la deportista, al macho pavoneante y a la mujer que se rebela, viene a desmontar, a ensuciar incluso, todo el discurso anterior que ennoblecía la película.
Foxcatcher
Crazy stupid love
Hay películas que como Crazy, stupid, love te ganan desde el título, porque en él se resume, con una cita elegante, la esencia de una gran verdad: que el amor es realmente un sentimiento loco y estúpido, aunque inevitable, como todos sabemos. De no ser así, indomable y anárquico, no estaríamos hoy aquí: ni quien esto malescribe, ni quien condesciende en leer las ocurrencias.
The Office
He perdido muchas amistades por culpa del cine. En concreto por culpa de mis recomendaciones entusiastas. Eran amigos tuyos un viernes por la noche -cuando les dejabas una película en DVD cien veces ponderada- y luego, cuando llegaba el lunes y te la devolvían, ya sabías, por la mirada huidiza, por los comentarios parcos, por las largas que te daban, que esa amistad había muerto sin dar tiempo a bautizarla. No querían tratos con tipos como yo, con semejantes gustos, y con tan insistentes insistencias. Y yo, la verdad, tampoco luchaba mucho por retenerlos. No ofendido por su indiferencia, pero sí decepcionado, solitario una vez más en la isla de mis gustos y prejuicios.





