Más allá de la vida

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Por la noche, en los canales de pago, pasan Más allá de la vida. Y la verdad sea dicha, por lo que había leído en las críticas, no esperaba gran cosa de ella. Cuando alguien empieza a contarme que la materia no lo es todo, y que más allá de la muerte viviremos sobre las nubes en estado de ingravidez, me pongo a la defensiva. Las historias de espíritus sólo las asumo en las películas de terror, o en las comedias. Si alguien -como en esta ocasión el irreconocible Clint Eastwood- pretende abordarlas en serio y darles canchilla pseudocientífica,  me convierto en un espectador beligerante si me pillan de mal jerol, o en uno desentendido, y pasota, si me cazan con la guardia baja.

He de confesar, sin embargo, que mi inicial desgana quedó aparcada nada más comenzar la película. Quien haya visto la archifamosa escena del tsunami entenderá lo que digo. Su impacto visual perdura muchos minutos en el recuerdo. Tantos, que cuando se van pasando sus efectos, descubres que ya llevas más de una hora aburriéndote con la historia del vidente en paro, del niño gemelo desolado y de la periodista francesa que se lanza a denunciar el contubernio masónico de los ateos. Ella, la actriz, es Cécile de France, una mujer veterana y treintaymuchera que nunca me había cruzado en los caminos de la cinefilia.  Un amor a primera vista, he de decir. De los sinceros. 

Más allá de la vida me ha servido, también, para resolver un misterio que llevaba meses atosigándome. Hay por estos andurriales una camarera bellísima que me recordaba, poderosamente, a una actriz famosa de la que anduve enamoriscado en tiempo reciente. Pero no daba con el nombre. Cada vez que le pedía un café con leche mi cerebro gritaba: “Te pareces a..., te pareces a...” Hoy, por fin, he caído en la cuenta. Ella era -¡oh traviesos dioses del olvido!- Bryce Dallas Howard. Pero de haber aparecido en Más allá de la vida con su cabello pelirrojo natural no hubiese resuelto el misterio. Ha sido su pelo moreno, inhabitual en ella, cortado a lo Uma Thurman en Pulp Fiction, el que finalmente me ha dado la clave. Mi camarera también lleva el pelo así, largo, moreno, cortado a escuadrazos. De ahí mi confusión. Uma Howard, o Bryce Thurman. Ese era mi galimatías indescifrable. El que ella siempre me servía junto al azucarillo...




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Lemmy contra Alphaville

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En una de las sobremesas más apáticas de los últimos tiempos, decido suicidarme ya del todo y me lanzo, loco perdido, a ver Lemmy contra Alphaville, que llevaba varias semanas criando moho en el disco duro del ordenata. Ha sido el último asalto en mi ya larga -y mítica- pelea a puñetazos contra Godard. Y ha ganado él, lo reconozco. Punto final. 

Pasada la media hora de la película he tirado la toalla y me he puesto a zapear por los canales de pago, derrotado y mustio. No entiendo su cine, no lo aprecio, me irrita. Hay un momento de Lemmy contra Alphaville, hacia el minuto quince, en que una voz en off recita las siguientes palabras:  “Sí, siempre es así. No se entiende nada. Y una noche uno acaba por morir”. La voz se refería, por supuesto, a las cosas que iban sucediendo en la película, ya incomprensibles para mí a tan tempranas alturas. Pero era, de hecho, mi pensamiento trasladado literalmente al subtítulo. Tan sorprendido me quedé, que tuve que darle al rewind para estar seguro de no haberlo soñado en la modorra vespertina. No: allí estaban las palabras, como un resumen perfecto de mi malograda relación con Jean Luc. Sí, siempre es así, no se entiende nada...

¿Qué me ha quedado, pues, de este naufragio absoluto con la filmografía de Godard? Una culturilla de cinéfilo, por supuesto, que no es poco. Banda aparte, también, que es la única película rescatable en este vasto océano de incomprensión mía. La certeza, confirmada una vez más, de que a mi edad, con algunos cineastas consagrados con los que no conecto, ya es mejor dejar de insistir. Y, por supuesto, la belleza de Anna Karina, una de las mujeres más hermosas que he visto jamás. Sólo por ella he aguantado ratos de cine insufribles firmados por su exmarido, como esta media hora zarrapastrosa, inefable, ridícula, de Lemmy contra Alphaville.

          

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Guest

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Está claro que tengo un problema de afinidad con José Luis Guerín. Cuando una de sus propuestas –porque estas cosas son algo más, o algo menos, que películas- me aburre o me decepciona, me encuentro con que la crítica sesuda aplaude a rabiar, al borde del entusiasmo, del orgasmo cinéfilo. Y luego, cuando encuentro una propuesta suya que despierta en mí emociones intensas, y creo, al fin, sentirme partícipe del buen gusto reinante, descubro, para mi sorpresa, como me sucedió En la ciudad de Sylvia, que los abucheos y las retrancas malévolas son el sentir general de la aristocracia opinadora.

Cuento esto porque hoy, animado por las críticas leídas, he visto Guestdocumental rodado en blanco y negro a lo largo y ancho del ancho mundo. Guerín, que parece no tener casa propia, se pasa un año entero rodando por ignotos festivales de cine, cada vez más exóticos y lejanos, y aprovecha sus estancias para sacar la cámara a pasear por las calles, captando la vida cotidiana de las gentes con sus miserias y sus mugres. Al final, sin embargo, las dos horas de metraje se le van en retratar a pirados de todo pelaje, separados, eso sí, por bonitos planos de los paisajes que Guerín atisbaba desde las ventanillas del avión, o desde los ventanales del hotel. Se le llenan los minutos de analfabetos, de predicadores callejeros, de borrachines verborreicos, de mujeres desdentadas que farfullan incoherencias, y sólo en dos o tres momentos uno se topa con gente que tiene cosas realmente interesantes que contar. Un desperdicio de experimento, y de tarde.

Al terminar de ver Guest me acerqué a los foros de internet, y allí estaban, en efecto, las alabanzas consabidas: “Poderosa”. “Singular”. “Atrevida”. “Poesía en imágenes”. “Gigantescas cotas creativas”. “La repera en verso”. En fin: un tipo que saca la cámara de paseo como podría hacerlo cualquiera de nosotros con unos mínimos conocimientos técnicos. Yo mismo, sin salir de este pueblo, podría rellenar dos horas de metraje. Borrachines no me iban a faltar, y pirados no te digo nada.



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Caché

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Michael Haneke es un tipo puñetero y malévolo. Mientras apela a tu inteligencia de espectador -cosa que es de agradecer en estos tiempos- te agarra de los huevos en el halago para hacerte saber que tú serás muy listo, pero que él lo es mucho más. Incluso en sus películas más indescifrables notas la inquietud de su presencia, el susurro al oído de quien te conoce mejor que tú mismo, y pone al desnudo tus inseguridades más inconfesables.

           Haneke es un hijo de puta muy listo. Tiene estudios. Está muy leído y muy vivido. Tiene cara de profesor hueso de la universidad. Ves las entrevistas que le hacen en los DVDs y a todo lo que razona y explicotea no tienes más remedio que responder amén. Es un embaucador y un genio. Es sugerente y sugestivo. Cuando terminan sus películas, le odias; cuando explica sus películas, le amas. Me recuerda a esos profesores que yo tuve de chaval, en los Maristas de León, gente que te exigía, que te puteaba, que te hacía la vida imposible, y que luego, años después, por esas ironías del destino, se convirtieron temporalmente en mis compañeros de trabajo, y me desvelaron, entre risas de complicidad, sus secretos pedagógicos de falsos torturadores.

            Cuento todo esto porque hoy he vuelto a ver Caché, experimento de confuso final que ha hecho correr ríos de píxeles en los foros de internet. Caché es de esas películas que dividen al personal en dos bandos antagónicos: o la encuentras pretenciosa y mala, o te parece una obra maestra incontestable. Yo pertenezco a este segundo grupo, minoritario y combativo, quizá porque el misterio de quién enviaba las cintas a Daniel Auteuil me la trae un poco al pairo, como un macguffin de los de Hitchcock. Lo importante de Caché es que al mismo tiempo que desnuda el sentimiento de culpa de Daniel Auteuil, desnuda el que todos escondemos en algún lugar recóndito de nuestra memoria. Haneke nos lanza una acusación directa: todos hemos puteado a alguien, alguna vez, a sabiendas, con flagrante injusticia y regodeo. De niños, de adultos, siempre que lo hemos necesitado para obtener un beneficio o para ganar una aprobación. Haneke nos recuerda  que todos somos, en el fondo, egoístas y malos. Ocurre, a diferencia de Caché, que la mayoría de las veces no le hundimos la vida a nadie con nuestras malicias y faenas. O no al menos de un modo definitivo. Pero no podemos estar seguros. Quizá nuestra burla infantil hacia un compañero fue la gota que colmó el vaso de su desesperación, antes de que tomara un camino oscuro y sin retorno. Quién sabe. A esto juega Caché. A esto juega Haneke. 




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Candidata al poder

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Acabo de ver, en la sobremesa despejada de quehaceceres, Candidata al poder, película sobre los intríngulis de la política estadounidense que pintaba bien en su primer tramo, y que luego, para mi pasmo, en un giro ridículo de los acontecimientos, se convierte en un planfeto sobre las virtudes de la mayor democracia del mundo y bla, bla, bla. Es verdad que en su metraje hay mucho cinismo, mucha ambición, mucha puñalada trapera entre congresistas y senadores, entre republicanos y demócratas. Pero al final, con retrato de Lincoln al fondo, ganan los buenos, triunfa la transparencia y América se anota un nuevo tanto. ¡USA, USA, USA...! No ha sido, desde luego, Tempestad sobre Whasington, obra maestra de Otto Preminger que no dejaba títere con cabeza. Ni tampoco, por desgracia, In the loop, ésta mucho más reciente, que abordaba temas parecidos en clave de comedia descarnada y demoledora.

Candidata al poder la han pasado decenas de veces por los canales de pago, durante años, supongo que porque las altas esferas están muy interesadas en que su mensaje cale y sus valores se difundan. En todas las ocasiones me pudo la duda y aplacé la decisión para otro momento, temeroso de meter la pata en una mala película. Hasta que esta pasada madrugada por fin me decidí, aburrido ya de sortearla. Y la cagué, por supuesto. Porque una película que se rechaza tantas veces, al final no puede salir buena. Son esos gritos sordos del inconsciente, de las entrañas, que algunos afortunados son capaces de interpretar para ahorrarse el tiempo precioso de sus vidas, y que otros nunca hemos aprendido a descodificar. Películas como Candidata al poder -que me hurtan la tarde y luego me dejan de mal humor- se las debo a una tara genética, a la mutación caprichosa de un nucleótido. Quién sabe si al antojo no satisfecho de mi madre por una taza de fresas con leche, en aquella noche aciaga de mi prehistoria...




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Forrest Gump

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El otro día, zapeando por los canales de pago, nos encontramos mi hijo y yo con Forrest Gump mientras recogía chatarra y tapas de retrete a bordo de Jenny, su barco pesquero. Pitufo ya conocía a Hanks de la película Big, así que picado por la curiosidad me preguntó de qué iba todo aquello. Yo le explicoteé, groso modo, quién era Forrest Gump, y qué pintaba pescando gambas en aquel barco oxidado, y alguna luz de empatía debió de encenderse en su cabeza, porque hoy por la noche, ante el muestrario de DVDs esparcido sobre la mesa, se decantó por la carátula de Forrest sentado en el banco de Savannah. Le ocurrió a Pitufo lo mismo que a veces nos sucede cuando vamos al cine, que antes de la proyección nos pasan el tráiler de otra película que despierta en nosotros el hambre inaplazable de ir a verla, porque algo en esos dos minutos de imágenes vertiginosas conecta directamente con un gusto, con una sensibilidad, con un buen recuerdo guardado en la memoria. Son misterios de la mente de cada cual.

Vimos las dos horas y pico de metraje de un solo tirón. No paramos ni a mear, ni a tomarnos un vaso de leche. Los dos parones que hicimos fueron mínimos, sólo para rebobinar un par de diálogos que se nos habían trabado en los oídos. A veces pienso que Pitufo es excepcional, y que estas sentadas ininterrumpidas no están al alcance de todos los niños de su edad. Es el orgullo de padre que todo lo tiñe de heroísmo. Luego, en la calma reflexiva, uno comprende que habrá millones de niños similares por el ancho mundo, también fascinados por las películas que a oscuras, en salones silenciosos, les ponen sus padres pesadísimos. Lo que ocurre es que aquí, en este contexto rural que nos ha tocado vivir, somos más bien una excepción, un par de excéntricos que a veces no cuentan toda la verdad de su chifladura por el cine, para no ser objetos de la burla general.

Forrest Gump, como todos sabemos, saca conclusiones erróneas de la realidad, inocentonas y muy literales, quizá las mismas que sacaría Pitufo puesto en su lugar. A los dos se les escapan algunas claves, algunos dobles sentidos, algunas hipocresías del espíritu humano. Por eso, cuando yo me reía, Pitufo me miraba sorprendido, asombrado de que yo encontrara un chiste donde él sólo veía una lógica aplastante. Pero transcurrida la primera hora de metraje, era yo quien de vez en cuando sondeaba sus gestos, para saber qué se le iba quedando de Forrest y sus andanzas. Porque es una película atípica en su incipiente filmografía. Quizá la primera completamente distinta a todas las demás, Es comedia, sí, pero también un dramón de aúpa, y, por supuesto, una historia romántica cuyo colofón no deja un ojo seco en el personal. No va de tiros, no va de porrazos, no va de críos asalvajados y molones. No es de dibujos animados. Los efectos especiales no son de animar bichos, ni de encender espadas láser. Es una película adulta, a falta de otra expresión mejor. Su primera peli, quizá, de chico grande.

            Le he preguntado, al terminar, qué le había parecido. Un nueve, me respondió. Se veía en su expresión que no me mentía.
- ¿Sólo un nueve? -le recriminé en broma. 
- Bueno, pues un diez.






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La pianista

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Veo La pianista para completar la trilogía de las automutilaciones y quitarme el tema de encima. La primera vez que vi la película, hace unos años, le premié con un ocho en mis votaciones, pero esta vez no me ha gustado tanto. Sobre todo la segunda parte de la película, que es, supuestamente, la que concentra todo el interés del espectador, con esa relación sexual y no-sexual que une y des-une a la pianista con su alumno. Hay polvos, mamadas, extravagancias, hostias a porrón, y quieras o no quieras, estos asuntos te secuestran la atención. Pero en esta ocasión todo me ha parecido muy pasado de rosca, muy inescrutable, sólo apto para las entendederas de un psiquiatra de larga carrera profesional. Lo que en un primer visionado me despertó el morbo y hasta me puso morcillón en alguna escena inconfesable, en esta segunda visita me ha dejado indiferente y algo confuso. Se ve que me hago mayor, y que estos asuntos del sexo, cuando se salen de las vías ordinarias, ya no despiertan mi curiosidad.



       A mí lo que me gusta verdaderamente de La pianista, ahora que ya no me empalmo con la misma facilidad de antes, es su primera hora, cuando la trama gira entorno a la música, y a la forma correcta de interpretar a Schubert. Salen músicos tocando el piano, acariciando el violín, entonando arias, y a mí eso me eleva el espíritu. Hay un momento en el que suena de fondo el Trío para piano que ya inmortalizara Kubrick en  Barry Lyndon, y que a mí se me erizan los pelos Es una fascinación mía de siempre, la de ver tocar a los músicos. Y lo digo yo, que en el colegio tocaba la flauta dulce y me equivocaba cada tres notas. Yo, que tengo las manos como muñones, los dedos como garfios, la coordinación como un déficit. Los músicos siempre me han parecido seres de otro planeta. Les veo pulsar las teclas al piano con ritmo vertiginoso, o pellizcar las cuerdas del violín en el sitio exacto de la nota, y no dejo de maravillarme. Ni de sonrojarme ante mi propia incompetencia.

            Yo sé que es cuestión de práctica, que empiezan desde muy pequeños, que cuentan con grandes profesores que cobran a muchos euros la hora. Pero yo podría vivir mil vidas en esas condiciones y no seía capaz de engarzar más allá de cinco notas seguidas. Bill Murray, atrapado en el tiempo de Punxsutawney, tardó 10 años en aprender a tocar el piano para impresionar a Andie McDowell y llevársela por fin a la cama. Yo en su lugar no me hubiese comido el rosco. Sólo sé silbar, y mal. A Lauren Bacall le bastaba con eso para enamorarse de Humphrey Bogart en Tener y no tener. Las chicas de ahora, setenta años después, son mucho más exigentes...


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127 horas

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Es lo bueno que tienen los años bisiestos, que tienes un día más para ver películas e ir descongestionando los discos duros. Así que aprovecho esta oportunidad que sólo se nos concede una vez cada cuatro años y veo, después del partido de la selección española, 127 horas, película de Danny Boyle que el año pasado hizo bastante ruido en el mundillo de las  tertulias.

La película está bien, pero no va más allá de una anécdota truculenta estirada durante hora y media. Si la semana pasada acabé asqueado con la dichosa mutilación de Antricristo, he aquí que me encuentro con otra aún más detallada si cabe, aunque esta vez no gratuita, sino exigida por los hechos reales en los que se basa el guión. El caso es que si no quería caldo, ahora tengo dos tazas. Se ve que es la moda en los guiones, que ningún personaje termine entero la función. Ocurre, para más inri, que justo encima del televisor, en el lote de DVDs pendientes de revisión, asoma amenazante La pianista, la película de Haneke donde Isabelle Huppert ya hacía sus pinitos en este bonita costumbre de autoinflingirse pupas de las gordas. ¿Casualidad? No lo creo. Hay algo raro flotando en el ambiente, la premonición de días aciagos que amenazan tormenta y muchas desgracias. Algo muy querido va a ser cercenado en mi vida: Seguramente mis sueños de que el Real Madrid conquiste su décima Copa de Europa en el mes de mayo. O eso, o que se me va a joder por enésima vez el aparato grabador de DVDs, rebanando una parte sustancial de mi billetera. Serían las mutilaciones menos graves...

Aunque difícilmente se me va a olvidar 127 horas, no creo que el lomo de su DVD llegue a engrosar mi selecta selección de películas, a no ser que dentro de unos meses me la regale algún periódico, o alguna de las amantes que menos me conocen, de esas que tras el retozo hablan poco y preguntan menos. 




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Anticristo

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Por la noche, para reposar el sudor grasiento de la bicicleta estática, me despatarro en el sofá y veo Anticristo. Harto ya de esperar a que la pasen en los canales de pago, he decidido cañonear el barco danés en alta mar y quedarme, provisonalmente, con su tesoro. 

Venía yo con ganas de enfrentarme a la enésima locura del amigo Lars, después de la experiencia demoledora de hace dos semanas con Melancholia. Y no empieza mal, Anticristo, con esa tragedia morrocotuda narrada en blanco y negro y ese amor explícito que siempre anima a seguir viendo la película. Pero luego... Qué decir, a quien ya la haya visto. Y qué decir, también, a quien no la haya visto... Lars no ha hecho esta vez una película para el espectador, sino para sí mismo, con claves y referencias que sólo él entenderá. Como Fellini, como Buñuel, como Saura, cuando nos contaban sus sueños y sus obsesiones y todos poníamos cara de enterados, aunque no nos enterásemos de nada, sólo para que no nos acusaran de simplones. Pero con ellos, al menos, no tenías que apartar la mirada en ciertos momentos, asqueado de las heridas y de las torturas. De ese pedazo de carne en particular que salta y salpica y que ya es un hito, asqueroso y gratuito, en la memoria particular de mis aprensiones. Y en la de todos, supongo.




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Masculin, féminin

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Y por la noche, tras enfrentarme a Masculin, féminin de Godard, y abandonarla desesperado a la media hora de aburrimiento, cansado ya de los simbolismos, de los rótulos ametrallados, de las situaciones rocambolescas, termina mi relación tormentosa con el cineasta francés de las narices, y las gaforras. Aún me queda por ver Lemmy contra Alphaville, guardada en el disco duro, pero presumo que tardaré meses en reunir energías para abordarla. 

Alphaville será como ese libro que uno olvida en el piso de la ex-amante, que hay que recoger aunque ya no se necesite, por orgullo, y para dejar las cosas claras. Porque yo, cuando descargo, me comprometo. La piratería es un acto de responsabilidad plena. Aunque al día siguiente uno ya esté arrepentido de la película en cuestión. Como Alphaville, sin ir más lejos, cuya sinopsis, que hace poco estaba leyendo en internet, promete más chaladuras todavía y más coreografías sesudas de lo absurdo. Y eso que hace años, cuando yo vivía en Toledo, y me acercaba los fines de semana a Madrid, a ver las películas subtituladas, a creerme parte de la cinefilia selecta de este país, siempre me preguntaba de dónde coño vendría el nombre de los cines Alphaville, que tan bien sonaba, meca cinéfila de mis paseos sin rumbo por la Villa y Corte. Y ya ves tú, lo que era... Este truño incomprensible que sólo huele bien en los salones de alta prosapia.


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En un mundo mejor

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En un mundo mejor es una película danesa cuyo argumento podría haberse desarrollado en cualquier lugar del mundo. En ese sentido, es una película muy poco nórdica. Pero en el otro, en el que a mí más me interesa, es escandinava por los cuatro costados. Que la violencia genera violencia es un tema ya muy trillado, de aprendizaje obvio para cualquiera que tenga dos dedos de frente. Por ahí, En un mundo mejor, no nos aporta gran cosa. Su enjundia está en la vida limpia y ordenada que la cámara capta más allá de los personajes y sus problemáticas. Se nota, una vez más, que Dinamarca es un país que funciona. Hay llamadas de medianoche a la policía, enfermos que ingresan en los hospitales, chicos nuevos que llegan a los colegios, servicios sociales que toman cartas en los asuntos, y todo se solventa con una eficacia que despierta la más mediterránea de las envidias.

También salen en esta película, como intermedios bucólicos para aliviar las tensiones del dramón, muchas bandadas de pájaros. Es un recurso de dirección tan válido como cualquier otro. Lo mismo hubieran servido unos planos de atardeceres, o de peces nadando en el río. Pero así hemos aprendido que incluso los pájaros daneses se organizan mejor que los nuestros, volando en formaciones organizadas y geométricas, y no como aquí, que cada uno tira para donde se le antoja, en bandadas de anarquistas a los que nadie dicta por dónde hay que escapar o buscar alimento. Salen, también, en esta película, muchos planos de nubes que vienen y van, mecidas por el viento. Se ve que son nubes danesas, que las han filmado allí mismo, en la península de Jutlandia, porque son más blancas que las nuestras, de contornos más definidos, con un no sé qué más elegante y civilizado, como si pidieran perdón por tapar el solecito, o por amenazar con la lluvia. Evolucionan, fluyen, van ocupando el espacio público del cielo con la corrección propia de todo lo escandinavo. En una palabra: todo es mejor en Dinamarca, salvo la liga de fútbol, y el jamón serrano. Además allí no hay rubias de bote, ni rubias con mechas: o son rubias del todo, o lucen sin complejos la morenez de sus cabellos. Allí las mujeres son más honestas y también mucho más guapas. Mucho más.




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Vivir su vida

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Las películas de Godard son la piedra de toque de mi cinefilia, el muro de ladrillo contra el que me estrello una y otra vez. Vivo obsesionado con la interpretación de este hombre, al que de momento no soy capaz de entender. El encuentro con Godard es una cita ineludible de todo buen aficionado al cine. Un sacramento establecido por el sínodo incontestable de los que entienden y pontifican. En Godard confluyen las enciclopedias, las referencias, las reseñas eruditas. No se puede ir por ahí, presumiendo de cinéfilo por la vida, y luego poner cara de ignorante cuando te preguntan tu opinión sobre el (supuesto) maestro francés.

Lo que pasa es que a mí me ha llegado muy tarde la cita con Godard. Se ve que con cuarenta años ya no está uno para estos trotes. Que se me pasó el arroz de los tiempos mozos. Perdida la plasticidad de las neuronas, y la curiosidad infinita por lo nuevo, mi cerebro se ha hecho fósil en sus gustos y manías. Godard me enseña sus viejos trucos de cineasta rompedor, y yo, a cincuenta años luz de distancia, asisto a la función con los brazos cruzados, añorando otro tipo de películas. Sucede, además, que la gente de mi generación ha vivido muy alejada de la cultura francesa. Los niños del baby boom hemos crecido con el inglés en los colegios, con las sitcoms americanas copando el tiempo televisivo. Hemos crecido mamando la NBA, la Premier League, la Guerra de las Galaxias, la adolescencia tardía de Steven Spielberg... Nosotros no escribimos poemas en francés a nuestras amadas. No fuimos a Perpignan a ver guarrerías prohibidas por la censura. Nosotros no cantábamos a Brassens, ni escuchábamos a Aznavour, ni entendíamos ni jota del Je t'aime moi non plus, más allá de los obvios gemidos de Jane Birkin. Y eso te va creando un déficit de lo francés, una incomprensión profunda de su cultura, un extrañamiento de sus formas artísticas que luego, cuando te enfrentas a Godard, te vuelve incapaz de comprender por qué a veces deja fuera de plano a su protagonista,  o por qué a veces elimina el sonido ambiente, o por qué coño entrecorta el montaje, o por qué  los personajes se detienen en seco, o por qué esos finales nunca tienen final y siempre son absurdos y arbitrarios.

Me enfrento a las películas de Godard y no paro de rascarme la cabeza como un chimpancé, a ratos confundido y a ratos muy perdido. Hoy ha sido Vivir su vida, dramón prostibular donde Anna Karina pasea su belleza por las calles de París buscando hombres con los que sacarse unos francos, y, ya de paso, entre que nos vestimos y nos desvestimos, filosofar sobre la vida y leer las obras completas de Edgar Allan Poe. En el último año han sido Una mujer es una mujer,  La Chinoise,  Simpathy for the devil,  Todo va bien... y alguna otra más de cuyo nombre no quiero acordarme. Y en verdad, sólo de Banda Aparte, donde había un par de giros molones en la trama de los ladrones, y te comías de guapa a Anna Karina bailando con el sombrero, he sacado yo motivos suficientes para no cabrearme y no cejar en el empeño de mi labor exegética de Godard. 



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Chico y Rita

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He vuelto a escaparme del mundo real con Chico y Rita, película que están pasando estos días por los canales de pago. He aterrizado en ella más por curiosidad que por convencimiento. Más por deber que por vocación. Más por la presencia de Fernando Trueba en los títulos de crédito, que por cualquier otra consideración. Ni me entusiasma el jazz latino ni me arrebata el virtuosismo de los diseños gráficos. Al final, después de hora y media de metraje, ni siquiera los desnudos integrales de Rita han despertado en mí una excitación reseñable, tan esquemáticos en su pincelada. Se ve en Chico y Rita un mérito, una labor, un proyecto novedoso de gente capaz y creativa, pero yo ando pendiente de muchas cosas, con la cabeza descolocada y giratoria. Quizá en otra época, en otro estado de ánimo, la música y los dibujos de Chico y Rita hubiesen alcanzado otra repercusión en mi juicio. Quizá hubiesen triunfado en otra serenidad del espíritu, menos exigente y más alborozada. Más vitalista y sandunguera. Pero no es el caso. No era el momento de esta película. Queda anotada en la lista de revisables, junto a otras cien, para cuando haya tiempo en esta vida, o en la siguiente.



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Boardwalk Empire. Temporada 2

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En estos tiempos de enfermedad vivo como uno de los pacientes del doctor House, sometido a multitud de pruebas que no terminan de dar con el quid de la cuestión. Pero yo, a diferencia de ellos, no me muero cada diez minutos de programa. No tengo convulsiones, ni entro en parada respiratoria, ni me salen eccemas por toda la piel. Estoy sano, fresco, desesperado ya de contemplar estas cuatro paredes grises del hospital. De recorrer este pasillo tan cortísimo que ni a cien metros olímpicos llega. Mato los infinitos ratos con la impericia de un asesino poco profesional. Ojeo a Montaigne, atiendo las visitas, trato de ver a plazos los DVDs que me van trayendo. Entre las paradas cardiorrespiratorias del ordenador y las interrupciones permanentes del personal médico, la loncha de ficción más larga no creo que haya alcanzado aún los veinte minutos. Es como ver una película en Antena 3 o en Telecinco, un imposible metafísico que termina con la paciencia de quien pone verdadero interés.

Ha sido así, a trancas y barrancas, como he conseguido completar la segunda temporada de Boardwalk Empire. Noto, en relación a esta serie, que voy a contracorriente de la opinión general. Entro en los foros, leo en los periódicos, repaso las reseñas, y todo es aplauso unánime y entusiasmo general. Los sacerdotes me piden a gritos un examen de conciencia. Pero por más que lo intento, padre, no logro arrepentirme de que Boardwalk Empire no termine de gustarme. Arrancó muy bien, sí, con aquel episodio piloto firmado por Martin Scorsese que prometía un Casino trasladado a los locos años veinte. Luego, por momentos, llegamos a creernos que Los Soprano habían resucitado en una precuela donde se narraban las historietas alcohólicas de sus abuelos. Pero luego ocurrió lo de tantas otras veces: que la chispa se apaga, que los amoríos se enredan, que los secundarios insulsos y matracas reclaman su minutaje excesivo. Las tramas se dispersan, se alejan del motivo principal que nos clavaba en el sofá: los gángsters con sus jetos, con sus códigos, con sus metralletas de gatillo fácil. Las corruptelas municipales dejan paso a los traumas religiosos de las señoras, y los niños enfermitos ocupan las escenas donde antes bailaban desnudas las putas del cabaret. Es como una adaptación de Amar en tiempos revueltos pero en otros tiempos revueltos. 

Alguno dirá: es que así la trama se enriquece, se expande, toca asuntos varios para componer un fresco sobre la Norteamérica de los años veinte. Un caleidoscopio, un mural, un retrato polifacético… Pues bueno. Cojonudo. Qué palabrejas.. Pero yo no venía a eso.





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Pi

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Hoy me han traído el ordenador portátil a la habitación del hospital. Cinco días después del ataque de melancolía he recobrado el ánimo de ver películas, aunque sea en estas condiciones nefastas, con las interrupciones continuas de las enfermeras, los ruidos y golpes que no cesan, las visitas que aparecen a cualquier hora del día. Las llamadas de teléfono que se suceden y que uno, por cortesía elemental, no puede dejar de lado. Tengo, además, un ordenador portátil que se apaga cuando le da la gana, que acepta y expulsa los discos a capricho, que se recalienta a tal velocidad que cuesta sostenerlo largo rato sobre las rodillas, o en el regazo. Un cacharro que necesitaría, mucho más que su dueño, una larga estancia en el hospital comarcal de las reparaciones.

Así que tengo que esperar a las horas más tranquilas de la noche para ver, o mejor dicho, para rever, esta extraña película que es Pi. Es muy rara, muy corta, muy de Darren Aronofsky, y además es en blanco y negro. Va de un genio matemático con dolor de cabeza que trata de descubrir, allá en su habitación repleta de ordenadores y de cables, la regla numérica que rige las alzas y bajas de la Bolsa. Va del número π, de la cábala judía, del número sagrado de 216 cifras que es el verdadero nombre de Dios… Es una locura de contenido extraño y cámara neurótica que no se queda quieta. 

Max Cohen, el protagonista, que está como una puta cabra, se encierra en su apartamento de cien cerrojos para que lo dejen trabajar tranquilo, para que nadie le robe el secreto de sus matemáticas. A mi, sin embargo, que estoy aparentemente cuerdo, no se me permiten tales privilegios en ningún lugar. No en el trabajo, por supuesto, donde uno vive bajo la vigilancia constante e indirecta de los demás. No las cafeterías, claro, donde uno está sujeto al escrutinio chismoso del vecindario. Y mucho menos en casa, donde un cerrojo sería, en sí mismo, la prueba acusatoria de las maldades horrendas que se pretenden ocultar. Sueño con una habitación en la que jamás entre nadie, ni a preguntar, ni a saludar, ni a buscar nada, hasta que la película puesta en marcha no haya terminado. Hasta que los comentarios que yo escriba sobre ella hayan cogido consistencia y vuelo. Es un sueño simple, irrisorio, pero imposible de cumplir. Los que viven conmigo prefieren aguantar mis quejas, y mis jetas contrariadas, antes que concederme el pestillo que los libraría de mis malos modos. Malvivo en el complejo mundo de las relaciones humanas.



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Contraté a un asesino a sueldo

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Hoy he vuelto a ver una película de Aki Kaurismäki. Se titula Contraté a un asesino a sueldo y otra vez me he quedado frío como un finlandés en calzoncillos, perdido en la tundra. No conecto con Kaurismäki. No alcanzo ese grado de cinefilia, ni de implicación. Lo que debería ser una celebración para mi mentalidad escandinava se ha convertido, no sé cómo, en un desencuentro educado y muy frío. Muy nórdico. Ya me ocurrió con La chica de la fábrica de cerillas, o con Un hombre sin pasado. Ninguna de ellas ha dejado poso ni casi recuerdo. Las recuerdo como buen cine, genuino y diferente, pero cine del que se me olvida, del que no me deja imágenes, del que voy degustando con curiosidad mientras pienso en cientos de películas mejores con las que haber pasado el rato.




Quizá no soy tan escandinavo como pretendo ser, o quizá Kaurismäki es un finlandés atípico al que no entienden ni sus propios compatriotas. Quizás él baja al Mediterráneo mientras yo subo al mar Báltico, y nuestros encuentros se producen en una zona templada donde ninguna emoción nos conecta. Quizá soy yo quien espera de él cosas que no ha prometido. Al principio esperaba encontrar en sus películas la idílica Finlandia del bienestar social y las mujeres rubiazas como el trigo, y sin embargo, Kaurismäki jamás abandona los pisos cutres ni los baretos deprimentes. Siempre saca, además, a mujeres muy feas, y a hombres muy repulsivos, para que no le rompan el conjunto artístico ni la coherencia del plano. Su Finlandia no es precisamente la Dinamarca luminosa y bien funcionante que sí enseñan las películas Dogma. A veces, incluso, como en Contraté a un asesino a sueldo, ni siquiera es Finlandia el marco de sus historias desventuradas, sino Londres, con su niebla, con sus borrachos, con su cochambre…
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Quills

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Quills es una película atípica en mi cinefilia particular, porque a pesar de los muchos años que han pasado sin revisitarla, conservaba de ella un recuerdo casi exacto. Quills contiene poderosas imágenes que no se me van de la cabeza, duelos verbales entre el marqués de Sade y sus puritanos carceleros que son líneas maestras del diálogo, y de la vida.

Me es muy cercana, además, Quills. En el fondo, más allá de las enseñanzas morales y del contexto histórico, no es más que la historia de un personaje al que no le dejan escribir. Él marqués dispone de todo el tiempo del mundo, allá en su celda de Charenton, pero le niegan el tema, la esencia de su escritura. Yo, por contra, que vivo en otro siglo, y que tengo la libertad de elegir mis temas, incluso los más obscenos y escandalosos, no dispongo del tiempo que sí disfrutaba él, en su condición aristocrática. Porque el marqués, en su reclusión, no cocinaba, ni fregaba los platos, ni salía de compras, ni llevaba a su hijo a las actividades, ni atendía las llamadas del teléfono, ni sacaba al perro a pasear, ni perdía las tardes enteras viendo partidos de fútbol. Se lo daban todo hecho, en su celda de privilegio. Y los ingleses, allá en la pérfida Albión, enfrascados en las guerras contra sus compatriotas franceses, aún no habían encontrado tiempo para inventar el maldito balompié.

A veces me pregunto si no sería ésa mi vida ideal, la de preso. Pero no uno fijo, como el marqués de Sade, sino uno discontinuo, a temporadas, sujeto al dictado creativo de mis musas. Conocer España de cárcel en cárcel, de soledad en soledad, liberado de las pesadeces de la vida. Allí gozaría del encierro sin tentaciones ni distracciones. Tendría tiempo para pensar, haría ejercicio, llevaría una alimentación más equilibrada, y eso sin duda se reflejaría en un estilo más reflexivo y depurado. Bastaría con elegir el delito más adecuado para desarrollar cada proyecto: una evasión de capitales para una novela corta; una estafa inmobiliaria para optar a un premio de narrativa breve; unas ofensas a la Casa Real para juntar unos añitos y enfrentarme con serenidad a la obra cumbre de mi vida.



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Splice

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Es difícil acertar con la película del día cuando el estado de ánimo se arrastra por los suelos. ¿Una comedia, quizá, para elevarlo? Se corre el riesgo de que las sonrisas salgan espurias, dolorosas de parir. ¿Un drama, entonces, para regodearse en el sufrimiento? ¿Y qué nos aportaría, en tal caso, el regodeo? ¿Una cosa romántica y tontorrona que nos engañe sobre la realidad arisca del amor? Pero nada, ay, en los días aciagos, me hará olvidar que Natalie Portman vive lejos, muy lejos, al otro lado de un gran océano de aguas frías y profundas.

Hastiado del proceso mismo de la elección, voy descartando una película tras otra hasta encontrar Splice. Es una de ciencia ficción que viene firmada por Vicenzo Natali, el tipo extraño que hace años nos metió en la locura de Cube, y que luego nos regaló esa gran película llamada Cypher. ¡Bingo! La ciencia ficción, ahora caigo en la cuenta, posee esa neutralidad curativa que hoy ya desesperaba de encontrar. Lo mismo te vale para un día soleado que para un día lluvioso. Lo mismo para celebrar la felicidad que para huir de la pesadumbre. Con la ciencia ficción, o te sales de esta dimensión o te piras de este planeta. En cualquier caso, abandonas este tiempo presente, esta humanidad previsible y monótona. Este hartazgo de uno mismo.

A los dos minutos de Splice presiento que van a pasar grandes cosas, y que, por fin voy a sentirme de nuevo un hombre atinado. Pintan bien, los esbozos iniciales, y además, para mi agradable sorpresa, la protagonista principal es Sarah Polley, esa canadiense con la que yo compartiría la isla más desierta del mundo. En Canadá, o en la Polinesia, lo mismo me da. Ya hace años que vivo muy enamoriscado de esta actriz, aunque ella a veces malgaste su excelencia en películas aborrecibles que no la merecen. Como Splice, por ejemplo, que a los veinte minutos de metraje agota todas sus promesas y se va volviendo, por este orden, aburrida y ridícula. Uno aguanta por orgullo, por Sarah Polley, por esperar el milagro de última hora que salve la jornada del naufragio. Pero no era el día. Definitivamente, no lo era.




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Celebración

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No hay nada más aburrido que una tarde de domingo sin fútbol. Los dioses crearon los domingos y el fúbol al mismo tiempo, en fiesta santificada, en unidad indivisible. Días como el de hoy son atentados contra el orden divino de la Creación. Días propensos al pensamiento, a la comunicación infructuosa, a las tentativas de ocio que se diluyen en la apatía. El fútbol es el opio del pueblo. La pastilla azul que nos redime de Matrix. Tan eficaz que no tiene sustituto posible. Al menos en mi vida. Ni siquiera las películas, a las que amo más que a mí mismo, son capaces de llenar ese vacío infinito de las horas muertas. Porque las tardes de domingo son algo más que aburridas: son deprimentes, funestas, oscuras incluso en verano. Son el recordatorio de que la vida, a fin de cuentas, no vale nada. El colofón sombrío de una semana desperdiciada, Las tardes de los domingos son el tiempo muerto de la esperanza.

Condenado, pues, a ver una película en domingo, me apetecía una destructiva, desangelada, de esas que tiran a dar. Celebración. La había visto hace años, en un ciclo patrocinado por Caja Usura, pero no recordaba de ella más que una simple sinopsis. Y no sé por qué, la verdad, porque esta recreación de la Gran Familia Disfuncional es el reflejo -exagerado, pero no desencaminado- de todas las familias disfuncionales que hay en el mundo. Y que son, en realidad, todas ellas: la mía, la de usted, la de cualquiera, aunque no la comande un padre pederasta ni la mangonee una madre imbécil, como en la pelicula. Basta con ser uno mismo, con preservar el espacio privado, con defender los propios intereses, y la familia, como unidad de destino en lo universal, se va al garete. Cualquier cena de Nochebuena basta para desmontar el mito, incluso el de las familias más unidas y entrañables, quizá las peores.




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Los descendientes

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Hacía más de cinco meses que no entraba en un cine, desde aquella ocasión en que Pitufo y yo fuimos a ver Super 8. Todo un récord de absentismo para mí, que antes era el okupa de las salas. En mis tiempos mozos me dejé sueldos enteros por las taquillas de media España, cuando vivía en las ciudades, cuando estaba de vacaciones, cuando visitaba a un familiar de las Chimbambas. Veía casi todo lo potable, casi todo lo premiado, casi todo lo recomendado.

Pero esa época ya pasó. Ahora parezco uno más de esos carrozas que se casaron, tuvieron hijos y abandonaron la costumbre sin nostalgia ni remordimientos. Vivo rodeado de ellos, pero no soy uno de ellos. Yo no abandoné las salas de cine: a mí me echaron de ellas. Los que no paraban de hablar, los que no paraban de masticar, los que no paraban de hacer ruido con las bolsas. Los que no paraban de soltar gracietas, de ir al servicio,  de consultar sus teléfonos móviles. Los que iban con los niños y los dejaban corretear por los pasillos; los que iban con la abuela sorda y le iban gritando la trama; los que iban en pandilla y confundían el espacio público con el salón de su casa. Los que trabajaban allí y consentían el lamentable espectáculo. Los que estaban a mi lado y jamás secundaron mis airadas protestas. Los que luego escuchaban mis razonamientos en las tertulias y decían que yo era el malo de la película, intransigente y maniático. Me echaron todos ellos, sí.

 A toda esta gente le importaba una mierda el cine, y sin embargo, fui yo, que era el que más lo amaba, quien tuvo que desistir. Me echaron, como quien dice, de mi propia casa. Porque los cines eran eso, mi hogar, mi segunda residencia, el lugar donde yo pasaba las vacaciones de mí mismo. Los cines eran mi fumadero de opio, mi refugio en las montañas, mi velero alejado de la tierra firme y de los humanos insoportables. Los cines eran algo más que mi propia casa, porque yo, en mi casa, me limitaba a vivir, pero en ellos soñaba. Era feliz.

Hoy he tenido suerte. En la sesión de las cinco sólo éramos seis personas: tres loros acartonados que iban a ver a Clus (sic) Clooney, una pareja de mujeres de mediana edad con pinta de maestras de primaria, un pobre hombre sentado al fondo de la sala, y yo mismo, a dos filas de distancia del cogollo central, temeroso de que en cualquier momento comenzara el parloteo y se desencadenara la tormenta. No ha sido así. Apenas unos murmullos educados en los títulos de crédito inciales, y luego, el silencio. Supongo que Clus les parece tan guapo a las mujeres que las deja boquiabiertas, incapacitadas transitoriamente para articular sonidos. Bendito seas, Yors.



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No va más

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Por la noche, para olvidar las penas y diluirme en el no-yo, busco en la bodega del barco bucanero una película que me embote los sentidos. Ni siquiera busco: me tapo los ojos, suelto el dedo índice al azar y me topo con No va más, coqueta película a la que llegué hace meses siguiéndole la pista a Michel Serrault, el viejo y encantador diplomático de Nelly y el señor Arnaud. Me gusta mucho el ciné francés. Básicamente porque en él hablan francés, y ese idioma, a la horas nocturnas en que yo veo las películas, es como música relajante para mis oídos. En francés, todos los hombres parecen cultos y poetas, todas las mujeres seductoras y dispuestas a darte un sí. No hay nadie idiota ni feo en el idioma de Montaigne. Es el idioma del refinamiento, de la excelencia, del amor...

Luego, claro está, en Francia hay películas buenas y malas, como en todos los sitios. No va más es entretenida y juguetona. Serrault llena la pantalla e Isabelle Huppert vuelve a lucir esa belleza suya tan turbadora y glacial. Tendría que seguirle la pista a este director, Claude Chabrol, del que ya vi en tiempos lejanos La ceremonia, pero resulta muy fatigosa la búsqueda de cualquier cine francés de qualité. En La 2 ya sólo ponen a Punset y a los leones del Serengueti, y cuando se equivocan de botón y ponen una película francesa, la ponen en versión doblada, con esos dobladores que son siempre los peores de su promoción, becarios monocordes y abúlicos que se sacan unas pelillas.Sólo en los canales de pago puedes encontrar cines francés en condiciones, pero casi siempre son estrenos instrascendentes, o el eterno retorno ya cansino a las películas de Godard o de Truffaut. 

Al final no queda más remedio que entregarse a la compra, pero uno no es precisamente rico, y no puede dejar los dineros al tuntún en películas de dudoso recorrido emocional. He ahí, entonces, el momento en que la descarga gratuita vuelve a incitarnos como una serpiente enroscada en el Árbol del Conocimiento. Pero no es culpa nuestra: es el sistema que nos viste de piratas con parche en el ojo, y cara de malos...


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Te quiero para siempre

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Te quiero para siempre es una película de irónico título, porque en ella, a fin de cuentas, nadie se quiere para siempre. Unas veces por capricho y otras por imponderables de la vida, sus protagonistas se ven obligados a desdecirse continuamente de sus juramentos de amor. Es una película invernal, de gruesos abrigos, de cielos plomizos, de hospitales blanquísimos, de una amargura exquisita y muy civilizada. 

Me gusta ver películas danesas. Dogmáticas del dogma, o clásicas en su estilo, todas enseñan un país donde las cosas parecen funcionar. A veces me fijo más en el contexto de los daneses que en los daneses mismos que sufren y parlotean. Uno ve que allí los hospitales están limpios, que los pisos son coquetos y funcionales, que la gente va en bicicleta por las calles sin dar por el culo al personal, y sin ser ellos mismos, dados por el culo. Se ve que en Dinarmarca la gente es educada, y que son europeos de pura cepa. Son liberales, follan mucho más que aquí y hablan inglés con una facilidad envidiable. Definitivamente mola, Dinamarca. Hay nieve, tambièn, para aburrir, y yo echo mucho de menos la nieve de mi infancia, de cuando caía en León y no paraba.

Si algo huele a podrido en Dinamarca no sale, desde luego, en sus películas. Yo querría vivir en un país así: liarme la manta a la cabeza y plantarme allí, en medio de una plaza limpísima con tranvía y bicicletas, a buscarme la vida, con mi inglés macarrónico, con mi castellano correcto, como hacen esos tipos que salen en Españoles por el mundo, que desesperados de la vida compraron un billete de avión, se liaron con una rubia guapísima y ahora fardan de empleo ecológico, casa de madera e hijos de postal que juegan al ajedrez y hablan tres idiomas. Pero sé que eso nunca sucederá: soy demasiado burgués, demasiado vago. Merezco vivir en este horno ibérico donde se nos recuecen los últimos vestigios de civilización. Dinamarca es un sueño más de los que me regalan las películas, de vez en cuando.




           
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Super 8

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Vuelvo a ver, junto al retoño, repantigados en el sofá de casa, Super 8. A mí también me gusta la película de Doble J, pero es fácil, para un espectador de mi generación, verle el truco y las costuras. Aguanta muy bien un primer visionado, pero en el segundo, pasada la novedad de la propuesta, ya sólo te entretienes con los guiños dedicados a una vida entera en la cinefilia.

    Pero no quiero entretenerme aquí en los defectos de Super 8. Buena o mala, obra maestra o birria absoluta, no seré yo quien se dedique a buscarle los granos. Yo le tengo mucho cariño a esta película. Mi hijo y yo la vimos por primera vez en el cine, en una tarde que resultó ser fundacional. Él salió del cine encandilado, como sorprendido en mitad de un sueño: “La mejor película que he visto en mi vida”, afirmó nada más pisar la calle, con los ojos alucinados, perdidos, buscando todavía la nave espacial que al final se perdía entre las estrellas. Yo supe que era cierto: me era familiar aquella mirada, aquella inflexión en la voz. Aquella manera de separar las palabras una a una, como dictando sentencia. Me recordaba al niño que salió de ver Ratatouille, o Toy Story 3, un chaval que levitaba y sonreía y no paraba de parlotear, arrebatado en un trance. 

Pero esta vez había algo distinto en su semblante, algo maduro. Su afirmación no era retórica, ni producto del entusiasmo inmediato. Parecía haber sido meditada en el transcurso mismo de la película, como si las escenas fueran encajando, una a una, en el esquema predeterminado y mágico que él entendía por una obra maestra. Mi retoño se había convertido, por obra y gracia de Super 8, en un cinéfilo. En sangre de mi sangre, por fin. En celuloide de mi celuloide. Nadie habla como él habló sin estar ya poseído por la pasión, inoculado por el virus, sediento para siempre de ver más películas como aquella, bendito y maldito al mismo tiempo. 


         
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Como en un espejo

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Me he dormido dos veces viendo Como en un espejoTras despertarme del primer lapsus narrativo, he rebobinado el cuarto de hora perdido para descubrir que no me había perdido gran cosa, sólo uno de esos homenajes plastas que Bergman dedicaba al mundo del teatro. Tras despertarme del segundo lapsus, esta vez de diez minutos, he decidido tirar para adelante y encomendarme a la intuición para seguir la trama. No me ha hecho falta: Harriet Andersson seguía entrando y saliendo de la esquizofrenia mientras sus familiares, alrededor de ella, se preguntaban por la existencia de Dios y la problemática teológica del ser y la nada. Lo de siempre en el cineasta sueco, vamos, solo que esta vez más aburrido, más depurado, más alejado de un armazón dramático que sustente tanto intríngulis escolástico.



            Con Como en un espejo he terminado el pack de películas viejunas de Bergman ¿Qué he sacado, al final, de estos clásicos a los que he dedicado, entre pitos y flautas, semana y media de mis vacaciones? Menos de lo que esperaba, ciertamente. Sólo una película llevará pegado el post-it de obra maestra, Fresas salvajes. De algunas, incluída la celebérrima El séptimo sello, sólo me quedarán unas cuantas escenas impactantes, algún actor de tronío, y la belleza estocólmica de las mujeres que este tunante escandinavo elegía para los papeles. De otras películas, como esta pesadez de Como en un espejo, presiento que en apenas unos meses ya no me quedará nada, sólo una idea confusa sobre la trama que las animaba, tal vez ni siquiera el título exacto, que habré de consultar enfadado conmigo mismo en internet. Y no realmente porque sean malas películas, pero sí películas que en el fondo no me dicen nada, que en el mismo momento que estoy viéndolas ya confundo con otras similares. Películas que por mi distancia generacional, o por mi falta de sensibilidad artística, transitan por mi conciencia sin dejar poso, como sueños insípidos que al despertar se desvanecen sin que su pérdida importe gran cosa.

            Queda, también, la idea de que Bergman era un hombre de reflexiones profundas, pero muy alejadas de mis inquietudes personales, donde la cuestión sobre la existencia de Dios flota como una pregunta retórica y baladí. La idea, también, de que poseía un gusto exquisito por las mujeres, él, que según cuentan las crónicas, llenó de muescas varios revólveres metafóricos. Dios ha dejado de estar de moda, y las suecorras abarrotan nuestras playas y nuestras páginas de internet en lo que ya casi es un asunto cotidiano. 


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El manantial de la doncella

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Sigo viendo las viejas películas de Ingmar Bergman. Esta vez le ha tocado el turno a El manantial de la doncella,  película ya vista en algún tiempo lejano, pero de la que sólo recordaba a la doncella en si, tumbada sobre la hojarasca. Ocurre que muchas veces no recordamos los pormenores de una película y, sin embargo, algo en nuestro interior resuena con alegría o con desagrado cuando escuchamos su título, como si codificada en tales palabras se preservara la significancia de los fotogramas  que luego nuestro cerebro traspapela y olvida.
             (spoiler)
            Es una película bonita, El manantial de la doncella. Y brutal. La escena de la violación es de un sadismo insospechado en una película que tiene más de medio siglo de vida. Impresionan esos planos de la doncella ya cádaver, tendida en el bosque mientras comienzan a caer los copos de nieve, con el cuello torcido, los ojos entreabiertos, el blanco camisón alzado hasta los muslos. Hay una belleza terrorífica en esa imagen, como de cuento macabro de hadas. Cuesta quitarla de los ojos cuando la película ya ha terminado. Lo demás, seguramente, perdurará apenas unos meses en los armarios del recuerdo. Esto no. 




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Fresas salvajes

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Paso estos días de vacaciones en León, en la casa de mi niñez, revisitando las viejas películas de Ingmar Bergman. En mis años mozos las perseguía por cineclubs universitarios, por filmotecas patrocinadas por Caja Usura, por madrugadas interminables de La 2... Las tribulaciones, como se ve, de un cinéfilo de provincias que aún no disponía de Internet, alejado de los círculos culturales de las grandes urbes, donde amar el buen cine siempre ha sido un asunto más sencillo, casi servido en bandeja.

La película de hoy ha sido Fresas salvajes. Guardaba de ella un buen recuerdo, pero no esperaba, desde luego, una película tan próxima, tan cercana a mis postulados existenciales. Algunos diálogos, en especial los que pronuncia el hijísimo Evald, parecen sacados de mi propio repertorio filosófico, tan cercano, como se ve, a la mentalidad escandinava. Aunque será, más bien, que me apropié de las aseveraciones de Evald en un visionado anterior de la película, perdida ya en los años brumosos de mi formación, y que luego, una vez asimilado su contenido, el orgullo hizo pasar por mías tan juiciosas y preciosas reflexiones. Lo contrario sería una sorpresa, el surgimiento insospechado de un nuevo artista de talla internacional. Un camino abierto a la fama, al dinero, a las suecas hermosísimas… Alvaren Rodrirgarson, el intelectual, el hombre más envidiado de los fríos.

De Fresas salvajes me quedará, por encima de cualquier recuerdo, el sueño del anciano doctor Borg que transcurre en la facultad de medicina, cuando sueña que es examinado de nuevo y no es capaz de responder a cuestiones rutinarias para cualquier estudiante primerizo. Nunca he encontrado un sueño tan parecido a los míos, porque yo también sueño que regreso al colegio, o al instituto, y que he de examinarme otra vez de asignaturas ya aprobadas que ahora, confuso y lento de reflejos, suspendo, diluyendo en la incógnita todo el futuro real que vino a continuación. Son pesadillas que nunca había escuhado contar a nadie, pues vivo rodeado de gente que jamás sueña, o que sólo recuerda confusamente lo soñado. 




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