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Solo los millonarios van diciendo por ahí que el dinero no es importante. Mucho ojo con ellos: son unos cínicos de cuidado. Todavía no he conocido a ninguno que acto seguido renuncie a su fortuna y se la endose a un pobre desgraciado.
Con el dinero se puede comprar todo eso que según Groucho Marx es más importante que el dinero pero cuesta demasiado: la salud, la libertad, tiempo de vida, los afectos y los amores. Serían amores interesados, por supuesto, pero así son también los amores en el mundo de los pobres. El amor incondicional es un trébol de cuatro hojas, o de cinco, tan extraño en el jardín de los millonarios como en el parque de los proletarios.
Jay Kelly -el alter ego de George Clooney- es una estrella de Hollywood que al llegar al ocaso de su carrera se arrepiente de sus éxitos económicos y sexuales. Él hubiese preferido, no sé, una existencia como la nuestra, precaria, insustancial, tan necesaria como olvidable. Vivir en un piso de mierda, y carísimo, lleno de ruidos y ahogado en estrecheces; alojarse en hoteles cutres cuando va de vacaciones y mirar tres veces la carta del restaurante para cuadrar los gastos destinados. Alternar hambrunas sexuales con relaciones amorosas donde lo erótico sucumbe rápidamente a la rutina o a la decepción. O a la pobreza misma, que a veces también pasa.
Jay Kelly es un hipócrita que despierta nuestro rencor de clase y nuestra inquina de fracasados. Y sin embargo, la película trata de emocionarnos con su dolor, con su nostalgia de la vida que no fue. “Jay Kelly” es una película mal concebida y mal parida. Un monstruo que en los tiempos antiguos hubieran arrojado por la Roca Tarpeya y que ahora, en cambio, estrenan en Netflix lanzando cohetes de colores.
A Jay Clooney -o a George Kelly- le remuerde, sobre todo, la conciencia de no haber pasado el tiempo suficiente con sus hijas. A medida que profundizamos en este “dramón” vamos descubriendo que sus hijas, ya independientes, le han ido rechazando no por ser millonario, sino por ser Jay Kelly, sin más, un tipo infantil y egocéntrico. Los millones no le cambian la personalidad a nadie: solamente la descubren, y quizá la subrayan un poquitín.











