La isla mínima

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Estos escritos -además de mal escritos- jamás tendrán muchos seguidores porque siempre llegan con retraso a la película, cuando las polémicas ya son rescoldos en la chimenea. Hace mucho tiempo que uno dejó de ir al cine porque aquí, en provincias, en los sistemas exteriores de la galaxia, no existen los refugios de educación que sí hay en Madrid o en Barcelona, donde los buenos aficionados se repantigan en su butaca y disfrutan de la película sin preocuparse de los moscardones. En estas periferias todavía sin romanizar, los cines son como la plaza del pueblo, como la cafetería de la esquina. Como el piso de estudiantes en plena fiesta de viernes por la noche. 
    Los neuróticos no tenemos reposo posible en esas situaciones, y todo nos molesta, y nos distrae, y las películas pasan ante nuestros ojos como telón de fondo de nuestra frustración. Es por eso que uno espera impaciente los estrenos en DVD para ponerse al día, a ver si las almas generosas los ripean, y los ofrecen en la red a los sedientos y a los hambrientos.


De La isla mínima, que es la última gran película del cine español, ya se ha escrito de todo, y con mucha enjundia. Sesudos analistas y agudos lectores han diseccionado en ella la España Profunda, el tardofranquismo resistente, el retraso secular del campo andaluz. El tránsito doloroso y poco limpio de la dictadura policial a la democracia de las leyes. A casi nadie se le ha escapado que La isla mínima bien podría ser el True Detective andaluz, con esos paisajes de las Marismas que a ojos de profano medioambiental tanto se parecen a los meandros del Mississippi. Con esa pareja de detectives atrapados en un paisaje irreal, como de ensueño, o de mentira, en el que las vistas son diáfanas pero nada se adivina ni se concreta. Donde los fantasmas personales se aparecen aprovechando la monotonía del paisaje. Sería muy estúpido por mi parte -y muy aburrido para el lector- volver a repetir argumentos tan conocidos.



Lo que a mí me deja La isla mínima es un desasosiego geográfico, un prurito de vergüenza propia. Hace unos minutos que he subsanado mis ignorancias en el Google Maps, pero en el momento de la película, mientras los detectives recorrían los canales, yo, en el sofá, me revolvía intranquilo porque era incapaz de localizar en el mapa mental las Marismas del Guadalquivir. Uno sabía que estaban ahí abajo, a la izquierda, después de Sevilla, siguiendo el curso del gran río, pero luego he descubierto que colindan con el Parque Nacional de Doñana, que uno hacía mucho más al Oeste, casi en la raya de Portugal... Y me duelen, me duelen muchísimo estas cosas, porque uno, con dos cervezas de más, o con dos siestas de menos, se pone a presumir de culto ante ciertas amistades, y sin embargo, en estas cuestiones de la geografía sureña, ando tan perdido que me salen los sonrojos. 
Ahora, gracias a la película, por lo menos ya sé dónde queda la Isla Mínima, que para más cojones no era una isla, sino un cortijo.




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El amor es extraño

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En El amor es extraño, una pareja de homosexuales que comparten cama desde hace años contrae matrimonio en Nueva York aprovechando la nueva y tolerante legislación. Ben y George son dos señores que desean vivir su vieja relación como los dioses mandan, con todos los pros y contras que la ley reserva para el amor.

    El día de la boda, rodeados de amigos y familiares, todo es felicidad en el coqueto apartamento que  los cobija. No es que ahora, bajo el manto de la ley, se quieran más o se quieran mejor. Pero de algún modo se sienten normalizados y aceptados, vencedores de un largo litigio que durante décadas defendió la dignidad de sus sentimientos, como si un asunto de culos o de coños pudiera dividir a las personas en dos clases sociales separadas.


       Pero hemos topado con la Iglesia, amigo Sancho, porque George, al que da vida este actor superlativo que es Alfred Molina, imparte música en un instituto regido por los curas católicos, y nada más regresar a las aulas es llamado a capítulo por el director para ser expulsado con efecto inmediato. Era vox populi que George era una oveja descarriada, que convivía con otro hombre y que por las noches, en los arrebatos de pasión, vertía su simiente en recipientes no preparados para concebir. Los curas lo sabían, o hacían que no se enteraban, pero el matrimonio, para terror de las gentes decentes y bien nacidas, es harina de otro costal. El matrimonio es un sacramento otorgado por Dios para garantizar la procreación de nuevos católicos que abarroten las iglesias y bla, bla, bla... 

    En esos instantes decisivos de su vida -que lo condenan de repente al paro, al apretón del cinturón, a la venta casi segura de su apartamento- George, por debajo de su semblante furioso, se pregunta cómo es posible que las enseñanzas de un hombre del siglo I, que decía ser Hijo de Dios y predicaba el amor fraternal y el perdón universal, hayan llegado tan retorcidas hasta ese despacho del instituto. Tan deformadas. Tan mal interpretadas por estos exégetas del alzacuellos. Por estos castrados de la mente y del corazón que finalmente, después de tantos años de sonrisas y parabienes, de hipocresías melifluas en la sala de profesores, le han dado bien por el culo, ya ves tú qué ironía.




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El congreso



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El primer desafío que nos lanza El congreso es fácil de entender, y hasta aquí los críticos y los tontainas vamos juntos de la mano. En un futuro próximo que recuerda mucho a los vaticinios tecnológicos de Black Mirror, los actores y actrices que ya no quieren seguir trabajando, que desean dedicarse por entero a su familia, firman un contrato de cesión de derechos con su productora y son escaneados por millares de sensores que recogen sus gestos y sus emociones. Como futbolistas de élite que prestan sus rostros y sus escorzos al último videojuego del mercado...

  Mientras ellos disfrutan de la vida en sus mansiones de ensueño, o recorren el mundo bajo el anonimato del mochilero, los productores usarán su álter ego virtual para producir películas como churros, insertando los hologramas en el decorado con una perfección que no hace sospechar de las ausencias carnales. En esta primera parte de El congreso, Robin Wright, se interpreta a sí misma fingiendo que ya no desea someterse a la dictadura de los platós. Si en House of Cards mete miedo cada vez que sonríe, con ese gesto gélido de nitrógeno líquido, aquí, cada vez que expresa su alegría, uno se queda arrobadito en el sofá, como hechizado por una sirena bípeda del desierto tejano. Robin Wright es una belleza dignísima y sobria que nunca se rinde, que nunca se opera, que expresa sentimientos muy sustanciales con esfuerzos mínimos y naturales. Una actriz cojonuda. 


            Pero llega, ay, la segunda parte de El congreso, y aquí los críticos nos sueltan de la mano para dejarnos tirados entre tinieblas, mientras ellos se adentran en la exégesis de un mundo desconocido. Ellos se lo pasan pipa alabando el riesgo artístico, desmenuzando la filosofías implícitas. Presumiendo de comprender el onirismo barroco de este fulano llamado Ari Folman. Mientras tanto, nosotros, la plebe del sofá o de la platea, maldecimos una vez más nuestras orejas de burro, nuestra comprensión de cenutrios. Robin Wright, convertida ahora en el cartoon de su ancianidad tras meterse una droga por la nariz (sic), realiza un viaje alucinógeno al país de los dibus, que ya no es tan divertido como en ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, sino la locura masturbatoria de un artista desatado. Y en este batiburrillo de diálogos bobos y expresionismo rococó, yo me pierdo sin remedio. 

    El congreso II quiere ser Matrix, quiere ser Black Mirror, quiere ser Mary Poppins. Quiere ser Hayao Miyazaki. Pero ya son las doce de la noche y uno llega con el aliento justo, con la atención en la reserva. Abandono la película de mal humor, contrariado por este final decepcionante del día. Pero poco después, en la cocina, mientras tomo el vaso de leche y escucho la tertulia deportiva, me entero de que Odegaard, la futura perla del fútbol europeo, va a jugar en mi equipo del blanco inmaculado. Y camino de la cama, mientras pienso futbolísticamente en él, y sexualmente en Robin Wright, vuelvo a sonreír. 





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The way

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The Way llegó a mis dominios porque un buen amigo que hizo el Camino de Santiago me contó la historia del nieto de Martin Sheen, que peregrinando hacia la supuesta tumba del Apóstol se enamoró de una posadera burgalesa de rompe y rasga, y se quedó a vivir para siempre en la capital de Castilla, a la vera del Cid y de la morcilla con arroz. Su padre Emilio Estévez, y su abuelo, el presidente Bartlet, quedaron conmovidos con la romántica aventura de su vástago, y decidieron, empujados por el halo espiritual y mágico del Camino, dedicarle una película.


      The Way cuenta la historia de un oftalmólogo americano al que llaman de Francia para comunicarle que su hijo ha fallecido en la primera etapa del Camino, cruzando los Pirineos, perdido tontamente en una ventisca inesperada. Nuestro doctor, apesadumbrado por la noticia, se planta en Francia para recoger las cenizas y las pertenencias, después de haber buscado ese país tan extraño en un mapa. Americanos... Un gendarme católico le explicará el significado espiritual del Camino, y nuestro doctor, en homenaje al hijo fallecido, decidirá completar la peregrinación a Santiago portando las cenizas mortuorias en la mochila, que irá soltando poco a poco en cada hito del viaje. 

    La idea es bonita y tal, pero al terminar la primera etapa del recorrido, en Roncesvalles, aparece Ángela Molina haciendo de posadera navarra con acento madrileño para decirle que ojito, que eso no es España, sino el País Vasco, y que no le gustan nada esas confusiones de los extranjeros. Y a mí, que me la trae al pairo que alguien  se declare vasco en vez de español, o catalán republicano en vez de súbdito de la monarquía, la escena me parece tan ridícula, tan tonta, tan incoherente con el devenir previo de la película, que me asalta el presentimiento de que The Way, por mucho paisaje bonito que nos pongan, y por mucha música medieval que nos acompañe, va a ser finalmente un dislate, una bienintencionada tontería. 





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Closer

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Y de pronto, en la tarde invernal del domingo, en la melancolía que se presenta puntualmente cada siete días a tomar el café y las pastas, siento la pulsión irrefrenable de ver a Natalie Portman en mi televisor. Siento la necesidad acuciante de perderme en su hermosura, y esconderme del mundo para que tarden mucho tiempo en encontrarme. Sin salir de la habitación voy a fugarme muy lejos, a un país lejano y utópico en el que Natalie me dice sí, que all right, para ir juntos de la mano y pintar la vida de colorines. Yo enamorado, y ella conformada con su destino, como en los anuncios cursis de la televisión, como en la vida extremadamente feliz de las películas tontainas. 


            Enciendo los aparatos y descubro que los buenos dioses, en un acto milagroso y benevolente han guardado Closer para mi solaz en el disco duro. Tienen que haber sido ellos, porque yo no recuerdo haber saqueado esta película en ninguna razia bucanera. Me habrán guiado en un momento de somnolencia, de inconsciencia, en previsión de este momento fatídico que siempre termina por llegar.  Aunque Natalie Portman es en Closer actriz principal y mujer guapísima, el recuerdo que tengo de la película es el de una nadería sin sustancia, el de una supina gilipollez que cuenta como dos pijos y dos pijas de la City londinense se aman y se desaman con diálogos absurdos y argumentos para besugos: "No me dejas entrar en tu amor", "Me consume la soledad de no tenerte", "Necesito tu corazón para llenar mi vacío", y tonterías parecidas a éstas, que sólo se escuchan en las novelas pedantes, en los culebrones sudamericanos. Y a veces, también, cuando me dejo llevar por la impostura literaria, en algunos rincones muy vergonzosos de este diario.


            Como he llegado a Closer cegado por el deseo de reencontrar a Natalie, aparco mis dudas y me dejo llevar por  la inercia de mi carrera hasta el punto kilométrico de la media hora. Es ahí donde de pronto me paro, fatigado ya de seguir tanta conversación estúpida. La belleza de Natalie Portman no basta para reflotar este barco que naufraga haciendo glu-glú.



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Bird

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En la película Whiplash mencionan dos veces una anécdota de juventud de Charlie Parker, cuando éste hacía sus pinitos en el jazz y un compañero de banda le arrojó un platillo a la cabeza para que dejara de confundir las melodías. Mr. Fletcher, el profesor hueso de Whiplash, cuenta esta historia para demostrar a sus alumnos que incluso los grandes músicos se equivocaron alguna vez , a veces de manera lamentable, y que lejos de rendirse y de abandonar la ambición de ser los mejores, perseveraron en el aprendizaje hasta pulir los defectos de la técnica o de la voluntad.

    Esta anécdota, apócrifa o no, aparece como un momento crucial de la vida de Charlie Parker en Bird, la película de Clint Eastwood. Tenía muchas ganas de volver a Bird porque hace veinte años me dejó indiferente y pesaroso, marginado de la corriente oficial y entusiasta de la cinefilia. Donde todo el mundo vio una obra maestra del cine contemporáneo, yo sólo encontré una película correcta, con sus momenticos estelares y sus  ratos de argumento plomizo. Ni siquiera la música de Charlie Parker fue capaz de sacarme del marasmo, porque en aquel entonces mis gustos musicales eran más bien básicos y lamentables, y el jazz era una música que me seguía sonando a chinos, a dislate, a baile de San Vito. 

    La simpleza de mi cerebro se perdía en esos rumbos inesperados, en esos retruécanos que a veces tardaban siglos en regresar a la línea melódica principal. Veinte años después, sin formación musical alguna, el jazz sigue siendo un misterio irresuelto en la enciclopedia de mis meninges, pero ahora, al menos, lo escucho complacido mientras escribo estas tonterías en el diario. Hay cosas que pueden disfrutarse sin entenderlas del todo, como este televisor que me da la vida cada noche, o como este ordenador en el que desfogo mis ínfulas literarias. Como esa belleza extraña de algunas mujeres que sin embargo te dejan paralizado y sin aliento. Es más: la ignorancia, a veces, añade un misterio, una mística, una seducción añadida a lo que nuestros sentidos disfrutan pero no saben desvelar.


    Hoy he regresado a Bird llevado por la cita de Mr. Fletcher en Whiplash, y llevado, también, por una curiosidad creciente hacia este estilo musical. Bird sigue siendo una película demasiado larga, curiosamente muy poco musical, que a ratos te seduce y a ratos te hace pensar en la agenda deportiva, cuadrando horarios y partidos en la cuadrícula simbólica del aire. El saxofón de Charlie Parker, en cambio, ha resonado en mis oídos con otro brío, con otra enjundia, a pesar de no entender los rudimentos que distinguen al swing del bebop, conflicto artístico y principal de la película. Pero mis pies danzaban, y los dedos tamborileaban, y el ratico musical me ha sentado en el cuerpo como una sopita caliente en el crudo invierno del aburrimiento. 




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Orígenes

Me las prometía muy felices en el arranque de Orígenes porque su protagonista es un biólogo que estudia la evolución del ojo humano, y quiere poner fin a las monsergas de los creyentes en un Diseño Inteligente de la vida: esos tipos que aseguran que la selección natural no pudo cincelar paso a paso tal maravilla biológica, y que tuvo que ser un anciano con barba el que lo creara en un sólo golpe de ingenio, allá en el laboratorio de su nube interestelar.

    El doctor Ian es un hombre metódico, trabajador, convencido de la verdad científica que predicara Charles Darwin a sus discípulos. Los espectadores que militamos en el agnosticismo o en el ateísmo le animamos desde nuestro sofá cada vez que entra en el laboratorio y se pone a trajinar con los microscopios, como si no estuviésemos viendo una película, sino un partido de fútbol con penalti a favor. Yo, desde chaval, gracias a la labor misionera de los curas, soy hincha del Anticlerical F. C., y en Orígenes me pongo muy fanático, muy forofo. Cada vez que un personaje desliza la duda metafísica me levanto del sofá como si me levantara de mi asiento en la grada, y maldigo su nombre en varios idiomas irreproducibles.

         Llegamos a la mitad de la película y nuestro equipo va ganando por goleada a los creyentes, a los curas, a los catequistas que enseñan  la Creación de los Seis Días y el Séptimo en el sofá. El doctor Ian y la doctora Karen han activado y desactivado unos cuantos genes para otorgar la vista a gusanos que no antes no veían, como dicen que hizo Jesús con los ciegos humanos de Judea. Pero ojo (y valga la redundancia): aqui hay una chica preciosa que tiene cogido a nuestro héroe por la bragueta, enviada por el diablo para tentarle y hacerle dudar de sus demostraciones. Ella, entre polvo y polvo, trata de convencerle de la cortedad de sus planteamientos, de la existencia de un más allá espiritual  que él está incapacitado para percibir. Cualquier otro hombre hubiera sucumbido a las filosofías de esta mujer perfecta de ojos magnéticos. Pero Ian, para nuestro asombro, para nuestra envidia de hombres volubles y poco voluntariosos, aguanta como un coloso las embestidas de su lengua juguetona y viperina. Si no fuera porque juega en nuestro equipo, diríamos que es un santo varón.

    Pero ay, de Mike Cahill, el responsable de la función, que en el intermedio del partido recula posiciones como un cobarde en medio de la batalla, y empieza a pitarnos penaltis en contra, y a conceder goles que no son, y a sacarnos tarjetas rojas por cualquier tontería. Y así, en un plis plas, ante nuestros ojos atónitos, el F. C. Espiritual remonta el marcador y se pitorrea de nosotros. Cahill, al que yo creía paladín de nuestra causa, se saca de la chistera varios trucos para hacernos creer que bueno, que en fin, que quién sabe, que tal vez es posible que los cuerpos se pudran pero las almas permanezcan. Que la duda es beneficiosa y sana, y que hay que estar abiertos a otras posibilidades existenciales. Que millones de  personas en el mundo no pueden estar tan equivocadas cuando se abarrotan los templos y dan gracias al anciano alquimista que dicen que nos creó. 

    Nos han robado el partido, otra vez, a los mismos de siempre.



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Locke

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Ahora que se han puesto de moda los biopics sobre británicos egregios -Alan Turing, el matemático, Stephen Hawking, el astrofísico, William Turner, el pintor-, alguno puede pensar que Locke es una biografía del filósofo inglés que estudiábamos en el BUP. Aquel tipo que metió la pata hasta el corvejón cuando negó la existencia de los conocimientos innatos y lo confió todo a la experiencia, a la educación, a la pedagogía machacona... Ahora las personas informadas ya saben que lo que Natura no da Salamanca no lo presta, y que quien viene al mundo con el cerebro desestructurado, y las perchas del conocimiento demasiado endebles, se pierde sin remedio en los vericuetos del sistema. 

    Pero no: Locke responde al apellido de Ivan Locke, contratista contemporáneo del hormigón armado al que la vida, en un terremoto imprevisto que aquí no se puede desvelar, se le desploma como lo haría uno de los edificios gigantescos que él mismo construye. Si el otro día era Brad Pitt quien dentro de un tanque luchaba por su vida en los campos de Alemania, hoy es Tom Hardy quien a los mandos de un BMW también muy guerrero lucha por su dignidad en las autopistas británicas de la noche. Y hasta aquí puedo leer, y mira que me quedo parco, y que me asaltan los remordimientos de la vagancia, pero es imposible hablar de esta película sin destriparla, sin dejar malhumorados a los incautos lectores que todavía no la hayan visto... Que mi pereza en hablar sobre Locke, que a otros indignará, a ellos les satisfaga.




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El fin de la comedia

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Ignatius Farray es ese cómico con acento canario, gafas de culo de vaso y barbas de profesor Bacterio que en sus monólogos cuenta historias tremendas y surrealistas, muchas veces incomprensibles, porque brotan de meninges muy retorcidas de su mente. Él mismo, en su afán por explicarse, enreda todavía más los argumentos, y cuando el público ya no sabe a qué atenerse, se arranca con charlotadas de humor colegial y lo mismo se pone a gruñir que se quita la camisa para lucir lorzas mientras se marca unos pasos de baile. Farray es un ciclón que barre el escenario y no deja a nadie indiferente. Los tíos nos descojonarnos con sus ocurrencias porque intuimos que sus problemas, en el fondo, son los mismos que nos aquejan a nosotros: el alejamiento de las mujeres, la decadencia de los músculos, la crisis de la edad que nos convierte en seres desvalidos y muy pelmazos. Los tíos somos seres simples que entendemos fácilmente la simplicidad de nuestros congéneres. Las mujeres, en cambio, las que aguantan las gracias de Farray a pie de micrófono, o  las que lo ven por casualidad, en la televisión, sienten por nuestro querido cómico una repugnancia instintiva, y se cubren los ojos, y se tapan los oídos, y se ríen por no llorar, o por no soltarle un guantazo al novio que las enredó en la aventura, porque a ellas no les van los chistes de pollas, de coños, de muertas que los celadores se follaban en una morgue, y mucho menos si quien los cuenta es un tipo como Farray, con esos pelos de loco, con esa mirada de orate, con esa pinta de haber salido de la cueva para contar las gracias y luego cazar el mamut con los amigos.





    Pero todo esto, como ya suponíamos, es una farsa. Un recurso disparatado que Ignatius Farray utiliza para ganarse la vida en la dura competencia de los cómicos. En El fin de la comedia, que es una miniserie inspirada en las andanzas de Louis C. K. en Louie, Farray, al igual que el humorista neoyorquino, se baja del escenario tras soltar sus barbaridades y se transforma en un tipo como cualquiera de nosotros, un hombre educado, afable, enamorado de sus libros y de sus películas, que busca contratos en los garitos de la noche y en las productoras de televisión para llenar el frigorífico de viandas, y pagar las pensiones alimenticias de su divorcio. El Mr. Hyde que en el escenario se comporta como un orangután y no conoce el filtro de las ocurrencias, luego, en las tiendas del barrio, en las entrevistas laborales, en las charlas con los amigos, es un Dr. Jekyll generoso y bonachón, muy grande y peludo, tan suave y tan blando por fuera que se diría todo de algodón.


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Corazones de acero

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Gracias al generoso esfuerzo de un barco corsario, que supongo centroamericano por los subtítulos que su grumete ha colocado en la película, con mucho chingón y mucha pinche de tu madre aderezando las batallas, ha llegado a mi pantalla esta película de Brad Pitt y sus muchachos matando nazis desde su tanque indestructible y afortunado.

    Si los alemanes hablaron en Das boot de la claustrofobia guerrera que se sufría en un submarino, los americanos, que no iban a ser menos, han embutido a sus héroes de acción en un tanque que cruza Alemania camino de Berlín, a ver quién es el primero que le mete el cañón a Hitler por el culo. Corazones de acero tiene un arranque prometedor, con horrores de la guerra, y éticas arrastradas por el barro. Hay batallas de un realismo sangriento y metálico que acojonan al más pintado de los espectadores. Pero es su propia americanidad -la misma que les anima a producir estos grandiosos espectáculos- la que luego, a la hora de resolver los argumentos, les apuñala por la espalda y les condena a repetirse una y otra vez en la heroicidad tonta, en la cachaza casi mesiánica de estos tipos musculosos nacidos en Wisconsin o en Alabama que se quitan la guerrera, se cuelgan el cigarrillo en la boca y se ponen a ametrallar alemanes mientras las balas del enemigo les pasan rozando el hombro. Una calamidad, y un bostezo, este remate final de Corazones de acero, que nos deja como estábamos, con el corazón frío, y el alma hueca, y las meninges de pedernal.

      (Uno, por estar viendo gratis lo que otros, a esta misma hora, están pagando en los cines, debería sentir el gusanillo de la conciencia hurgando en el aparato digestivo. Pero ya hace tiempo que no siento el mordisqueo de los remordimientos. Las películas que me gustan luego las compro en DVD, o en Bluray, en las Grandes Estafas de los Grandes Almacenes. Mi bucanería sólo es una estrategia de espectador, no una filosofía de vida).


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El niño

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¿Baltimore? No, Algeciras, pero gracias por concursar. Aunque hay que reconocer que se parecen mucho. El arranque de El niño -con su alijo de droga escondido en el contenedor de un carguero- casi nos arranca una lagrimilla de nostalgia por la segunda temporada de The Wire. Uno casi espera que aparezcan en el puerto gaditano los detectives Bunk y McNulty para oler el rastro del hachís mientras sueltan unos cuantos fuckings y lanzan sonrisas cómplices de socarronería. 

    Luis Tosar y Eduard Fernández tienen muy poco de irlandeses borrachos o de afroamericanos orondos, pero son dos actores también muy curtidos, muy malahostiados, que se ponen el traje de policías celtibéricos y tiembla el Estrecho con sus amenazas y sus vozarrones cazalleros. 

    Su compañera de fatigas, que es una policía eficaz y marisabidilla, lleva los rasgos hermosísimos de Bárbara Lennie. Y Bárbara, para quien esto escribe, es un viejo amor de esos que nunca se olvidan. Hay además, al comienzo de El niño, una persecución muy jugosa entre el helicóptero de la poli y la lancha de los traficantes, una cosa como de Paul Greengrass filmando una escapatoria de Jason Bourne en aguas internacionales. Y uno, entre el reparto tan cojonudo, la trama que se adivina, y las escenas de acción rodadas con esmero, se las promete muy felices en el sofá resudado del  jueves laboral. 



            Pero luego, poco a poco, como un juguete de arena que se fuera deshaciendo al viento de Tarifa, la película se va quedando en muy poquita cosa, todo muy light y edulcorado, con malvados de buen corazón, policías enfangados en corruptelas y polvos de porno soft entre el guapo y a la guapa.  Eduard Fernández sale lo justito en pantalla; Bárbara Lennie nos es suministrada en dosis muy cicateras; y a Luis Tosar le arrebatan la chicha macarra de su personaje. O sea: la película queda muy lejos de ser el hito nacional que tanto nos habían vendido en las revistas.
     




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Crimen organizado (Layer cake)

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Crimen organizado, en el inglés original, se titula Layer Cake, cuya traducción vendría a ser “pastel de capas”, hojaldrado quizá. No sé muy bien, porque ni el inglés ni la repostería son temas que uno domine con soltura. Y porque, además, los subtítulos que escriben los esforzados internautas a veces se quedan cojos o inconcretos, o dialécticamente paraguayos, y no se corresponden con el inglés velocísimo que llevo veinte años tratando de atrapar como un abuelete sordo, o como un gilipollas de remate. 

    Luego, en la película, en uno de esos diálogos entre mafiosos que un día pusiera de moda Quentin Tarantino, y que hacen mucha menos gracia que entonces -a veces ni puta gracia, la verdad- un viejo traficante le explica al novato que la vida, básicamente, consiste en ir comiendo mierda, capa tras capa, desengaño tras desengaño, y que el dinero que ellos ganan a espuertas con la farlopa sólo sirve para tener que tragarse un poco menos.


Este diálogo tarantiniano se produce ya en la recta final de la película, pero uno, a esas alturas, ya camina bastante perdido por la trama. Estas moderneces vienen cortadas todas por el mismo patrón: ágiles, desenvueltas, con mucho taco y mucha muerte que busca la risa cómplice del espectador. Son plagios de Pulp Fiction más o menos afortunados. Los responsables de Layer Cake engrosan esta lista que ya debe de ser kilométrica, y muy cansina. Su Pulp Fiction a la británica es un pandemónium de personajes que vienen y van, que entran y salen, que matan y mueren, soltando tacos a todas horas y disparando pistolas como los niños se tragan gominolas, a diestro y siniestro, sin ton ni son. Me ha pillado con el paso cambiado, la aventura de la cocaína. 




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Olive Kitteridge

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Esta nueva joya de la HBO que es Olive Kitteridge trata del paso del tiempo y de la decadencia insobornable. Hacía semanas que llegaban, del otro lado del Atlántico, delicados piropos hacia esta serie que luego, en realidad, ha resultado ser una miniserie. Los showrunners han comprendido que los espectadores estamos hartos de ver historias convertidas en culebrones, en congas interminables. 

    No le sobra, a Olive Kitteridge, ninguno de esos adjetivos que la acompañaron en su viaje hacia Europa. Son cuatro episodios que siguen a una maestra de escuela, ácida y refunfuñante, en su lento caminar por la cuesta abajo de la edad, de los afectos, de la ilusión de levantarse cada mañana. Una serie que relatando amarguras y depresiones, conflictos y muertes, consigue, contradictoriamente, arteramente, como trabajando la psicología inversa en nuestros cerebros, insuflarte un apego renovado por la vida. Una mirada más luminosa sobre el mundo y sobre sus gentes. Aunque hoy sea 1 de enero, y la humanidad esté mucho más gilipollas de lo habitual, y el 2015 huela a la misma chamusquina de sus antepasados anuales ya enterrados, unos hijos de puta, casi todos. 




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Tucker & Dale contra el mal

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La tenía que haber visto ayer, día de los Santos Inocentes, Tucker & Dale contra el mal, porque la película es una inocentada de mucho reírse. Dos paletos de la Canadá profunda -que sólo se diferencian de sus primos españoles en que siempre usan gorra de béisbol- van asesinando, sin quererlo, por la pura mala suerte de los tropezones o de los accidentes, a una panda de universitarios con sus listillos y sus buenorras, que han ido al bosque de acampada para confraternizar bajo las coníferas. Ellos, los chicos de la ciudad, bien vestidos y repeinados, son los verdaderos psicokillers de la película, mientras que Tucker y Dale, a pesar de manejar motosierras y trituradoras de carne, son dos benditos que no matarían ni a una mosca de la espesura. 




            He recordado, mientras me reía como un adolescente de las sanguinolencias y las muertes estúpidas, aquella noche de lunes de hace más de treinta años, en mi casa de León, cuando Chicho Ibáñez Serrador, por coincidir Mis terrores favoritos con el Día de los Inocentes, programó Agárrame ese fantasma en lugar de la habitual película de horror. Yo vivía cagado de miedo aquellas citas con el televisor, que mi padre concertaba  para curtirme la piel y hacerme un hombre de provecho. Luego, por la noche, tenía unas pesadillas espantosas, terriblemente vívidas. Recuerdo la noche en que aguanté el sueño hasta la madrugada para no ser suplantado por un alienígena envainado después de ver  La invasión de los ladrones de cuerpos. Recuerdo haberme despedido de la vida con la certeza de ser asesinado al día siguiente camino del colegio, tiroteado por un psicópata como el que en Target disparaba contra la multitud. Recuerdo la manta que me tapaba hasta el flequillo para no ver a los muertos del cementerio  entrando en mi habitación para comerse mi hígado crudo, arrancado de cuajo, después de ver, con los ojos medio cerrados y el gesto medio torcido, La noche de los muertes vivientes.

    Es por eso, quizá, que las películas que hacen humor con el terror me reconfortan el alma, y ya me seducen desde el principio, a muy poco que ofrezcan , porque aún guardo memoria de Abbott y Costello haciendo el indio por un castillo, o por una mansión, en aquella película tonta que me hizo reír como nunca en mi vida. No la mejor comedia de todos los tiempos, desde luego, ni la más graciosa, pero sí, desde luego, la que me trajo una felicidad incomparable, el alivio supremo que todavía hoy me hace suspirar de gustillo, tres décadas después.



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El nombre (Le prénom)

🌟🌟

Un amigo de probada cultura y sobrada inteligencia me recomienda, en el bar de tapas , una película francesa que encontró en la tele por casualidad. Se titula El nombre, y me la trae a colación porque yo, en una de mis diatribas, he cargado irónicamente contra el sagrado concepto de la familia, en tiempos de Navidad. Mi amigo se lo pasa teta, con mis filípicas, porque me conoce de toda la vida, y le sirvo de contraste para su mundo regido por la tradición. Él sigue siendo un hombre religioso, aferrado a las viejas costumbres, inoxidable al desaliento que provocan los familiares estúpidos y los silencios de Dios. Y aunque él asegura que yo soy el bicho raro, la oveja descarriada, tengo por seguro que la sociología moderna le señala a él como el verdadero espécimen en extinción: un curioso homínido que descubierto en su hábitat natural de la Navidad ya despierta el asombro, y la incredulidad, como si uno se topara con un superviviente del siglo XIX, o con un astronauta extraviado en la línea del tiempo.




            El nombre, dice mi amigo, va a satisfacer esa pulsión mía de lo antifamiliar, pues su esqueleto argumental es una reunión de parientes que termina, reproche a reproche, como el rosario de la aurora. Pero yo también conozco a mi amigo, de toda la vida, y sé que una película como la que él me describe no iba a aguantarla hasta el final.  No hay que ser muy listo para deducir que El nombre , por mucho que él diga, por mucha pelea que le metan sus guionistas, va a terminar en luminosa reconciliación, con brindis de champán, abrazos de perdón y juramentos eternos de comprensión. Navidad, al fin y al cabo. 

            Pero todo esto, que pasa por mi cabeza en un segundo de lucidez, prefiero no decírselo a mi amigo, para no parecer un tipo orgulloso y desagradecido. Horas después, ya en casa, me enfrento a una versión de El nombre que no he podido descargar subtitulada, y al fastidio de conocer el final por anticipado, se une la molesta sensación de estar perdiéndome las discusiones en francés, porque en francés, todo parece más agudo, más inteligente, más cargado de razones. El francés es un idioma que se inventó para seducir, para convencer, lo mismo en el amor que en las broncas familiares. Si a mí, en la vida real, la gente me hablara en francés, yo sería un manso corderito dispuesto a hacer cualquier cosa. En el amor y en la guerra. Hasta católico, regresaría yo al redil de la Iglesia, si las homilías y las cartas a los Corintios las recitaran desde el púlpito en el idioma de Montaigne. Pero en mi hábitat natural sólo me hablan en castellano, y el castellano, en mi oído, resuena como un mandato, como una ofensa, con esas vocales rotundas que suenan a imperativo y a injerencia.


            Al final, en El nombre, como yo me olía, todos los personajes se perdonan con efusión de lamentos y contriciones. En su francés original, los actores deben de estar muy convincentes, pero doblados al castellano suenan falsos, desganados, como guardándose la venganza para más tarde. Como sucede en las reconciliaciones verdaderas, a este lado del televisor.
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Marathon Man

🌟🌟🌟

Después de ver Cowboy de medianoche, buceo en la filmografía de John Schlesinger para concertar próximas citas y me encuentro con Marathon Man, de la que sólo recuerdo a Dustin Hoffman corriendo sudoroso por Central Park. Eso, y la famosa escena en la que Lawrence Olivier, interpretando al pleonasmo de un nazi malvado, le practica a Hoffman una endodoncia sin anestesia, no sé si para que cante el escondrijo de un dinero, o si para ajustar cuentas con el hijo de un judío que no pereció en el Holocausto. Mis recuerdos de Marathon Man yacen bajo los sedimentos de otras mil películas que vinieron después, como una ciudad de la antigüedad que ahora, disfrazado de arqueólogo, pretendo desescombrar y sacar a la luz.





            Marathon Man, con sus resonancias de proeza deportiva, llega en un momento muy atlético de mi vida, lamentable para el estándar de los corredores habituales, ahora llamados runners, pero una experiencia inusitada, muy meritoria, en mi larga pereza de cinéfilo, y de aficionado al sillón-ball. Llevaba años, qué digo, lustros, sin caminar tanto por las mañanicas, y por las tardecicas, diez o quince kilómetros al día, desde que siendo adolescente me perdía por los montes de León para olvidar mis desamores. Y para dejar caer por las cunetas los aprendizajes del colegio, inservibles ya tras los exámenes. Esta voluntad muscular de ahora- que todavía no es férrea, que todavía está implantándose-no surgió de un acto heroico y prudente, sino del pavor hipocondríaco que me ha inoculado el médico de mis entrañas, un cascarrabias que me augura desgracias metabólicas si me quedo aquí apalancado, en este sofá que me da la vida con las películas, y con el fútbol, pero que también, por sobreuso, por exceso de amor, podría quitármela, como hacen las mujeres fatales, o los hijos que van chupándonos las energías.  

  Llevo meses levantando polvo y barro por los montes de Invernalia, desgastando las suelas, empapando las camisetas, deshilachando los bajos de mis pantalones chandaleros. Busco en el Dustin Hoffman inicial de Marathon Man a un colega, a un compañero de fatigas, tal vez a un modelo deportivo si persevero en esta vida sana del trotamundos. Pero el entusiasmo apenas me dura cuatro de sus zancadas. Hoffman suda copiosamente, y corre a un ritmo inalcanzable con  la respiración acompasada, y a mí me entra como un rubor, como una vergüenza, como un acceso de ridículo que me tuerce el humor. Palpo la barriga que sirve de pedestal al mando a distancia y me entra, finalmente, una depresión lipídica que me amarga el resto de la película. Me he desfondado en el primer kilómetro de Marathon Man. El resto, que ya no es atletismo, sino trama de espías algo viejuna, lo veo de lejos, entre brumas, desplomado sobre el asfalto del sofá.


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Cowboy de medianoche

🌟🌟🌟🌟

Rescato, en estas vacaciones tan cortas como necesarias, varios DVDs que tenía pendientes de revisión obligatoria, o de estreno tardío. Pero no estoy en el salón de mi casa, en La Pedanía, donde tengo un reproductor que reproduce lo que le echen, sino que estoy en León, con la familia, de navideñeo, y mi ordenador portátil es un exquisito, y un burro, y un cacharro que nunca entenderé. Cuando le pongo las películas que me traje en la maleta,  empieza a hacer ruidos raros, como de tos de abuelete, como de moto gripada, y los programas encargados de rescatar la película fallan uno detrás de otro. Error, vuelva a intentarlo, imposible acceder... Son DVDs que hace tiempo grabé sobre soporte virgen, en el viejo reproductor-grabador que ya mora en el cementerio del reciclaje, y se ve que la tecnología moderna no reconoce el formato, o que le da la risa con mis tontos remiendos, y de la carcajada se congestiona, y deja de funcionar. 



   Sólo dos películas de las que quería ver fueron adquiridas en una tienda, y sólo ellas, como premio a mi legal dispendio, logran trasponer el umbral de lo visible: una, la Crazy, Stupid, Love del otro día, y la otra, Cowboy de medianoche, esta tarde. La película de Schelesinger es un clásico incontestable al que hace años le debía una revisión. Tantos años que su carátula todavía conservaba su delgadísima funda de celofán, con un precio desorbitado pegado por detrás que me ha hecho recordar los viejos tiempos de su compra, de cuando empezaron a venderse los DVDs en El Corte Inglés de León como una novedad ultratecnológica de los tiempos modernos, y a los dependientes se les escapaba la risa tonta cuando te cobraban en caja, sorprendidos de que algunos imbéciles, en esta ciudad de curas y paletos, de militares y gentes de paso, siguieran picando en la estafa abusiva de sus precios. Desde aquel tiempo delictivo dormía su sueño, el DVD de Cowboy de medianoche, en grave pecado de tardanza que aquí mismo confieso de rodillas. Y aún pensé, por un momento, antes de que el menú de inicio arrancara en la pantalla del portátil: ¿y si ahora resulta que el disco está escoñado, o defectuoso, o contiene otra película diferente? ¿A quién reclamo yo, tantos años después, sin ticket ni nada, en El Corte Inglés, para seguir con la broma y el cachondeo? 


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Gente en sitios


🌟🌟🌟

El cine es el asunto más serio de mi jornada, casi de mi vida entera, y no puede ser tratado a la ligera. El resto del día viene impuesto, o puede ser improvisado sin consecuencias fatales. La película, en cambio, tiene que ajustarse a mis exigencias, a mis estados de ánimo cambiantes. Lo otro sería la ruina mental, el acabose, el colofón de mierda a una jornada perdida por entero.

La película tiene que coronar la medianoche con el mismo brío de los ciclistas alcanzando la cima del Tourmalet. Las dos horas de la película han de equilibrar, en la balanza, las otras veintidós de tiempo perdido. Antes de embarcarme en la aventura leo las críticas, escruto los repartos, busco referencias del director o del guionista como si estuviera contratándolos para hacer un trabajo. De hecho, ellos trabajan para mí, alquilados durante dos horas en mis propios aposentos, como hacían los antiguos reyes en sus palacios con los músicos o con los bufones. A cambio, yo les sufrago las mansiones, y los cochazos, y las titis despampanantes, con el dinero que me dejo en los canales de pago y en los DVDs del centro comercial, único pagano en esta tierra sodomítica de los gratuiteros sin complejos, que Yahvé no parece condenar.






            Hoy, sin embargo, me he lanzado a la piscina sin haber probado el agua con el dedico, guiado sólo por este título enigmático, Gente en sitios, que viene a ser como una fórmula magistral que resume la vida misma: el devenir azaroso de los humanos, la madeja inextricable de los destinos. Porque la vida es, efectivamente, despojada de adjetivos y de palabrerías, gente en sitios. Gente que nace y mata, gente que construye y destruye, que folla a lo loco o reza el Padrenuestro. Gente en sitios, haciendo cosas. Qué es, si no, esta pesada Navidad, con su barullo de compras y parabienes, de cenas y comilonas: gente en sitios, muchos desubicados del habitual, en casa de la mamá, o del cuñado, contando las horas para volver al sitio propio, al hogar donde uno puede poner los cojones encima de su propia mesa La Navidad viene a ser, mayormente, gente fuera de su sitio, y de ahí tanto conflicto, y tanta mala hostia a punto de explotar. Gente en sitios... Me parece cojonuda, la expresión, una cosa enigmática, pura, casi oriental, un haiku... 

    Luego, la verdad, la película no es gran cosa, una sucesión de sketches con gente rara sorprendida en lugares comunes. A veces sonríes, y a veces te rascas la cabeza, desubicado y perplejo. Es difícil saber qué pretendían sus creadores con esta sucesión de surrealismos buñuelanos y tontacas que parecen sacadas de Muchachada Nui. Pero queda un poso, un provecho, un algo indefinido sobre lo estúpida e impredecible que puede ser la gente. Hay algo muy turbio, muy negro, en Gente en sitios, y eso, en Navidad, aunque sólo para tocar los cojones, siempre se agradece.


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Omar

🌟🌟🌟

Omar, el protagonista de la película Omar, es un panadero palestino que tiene su negocio en el lado israelí de la barrera cisjordana. Pero se ha dejado, ay, a la novia en el otro lado, porque los hebreos, como los soldados de la RDA en Berlín, no le preguntaron a nadie por dónde debía levantarse el muro de hormigón. Nadia, que lleva el nombre bellísimo de las gimnastas, y de las rusas enigmáticas, es una chica a la que Omar no puede renunciar, así que todas las mañanas, después del trabajo, trepa el muro con una cuerda y salta al otro lado para hablar con ella, para besarla castamente, para presentar sus respetos al hermano de la chavala, Tarek, que además es un buen amigo de la infancia.





            Omar, sin embargo, no es una película romántica. Tarek y Omar, junto con otro amigo palestino de los andurriales, conforman una unidad de resistencia que practica el tiro al blanco por las mañanas, y el tiro al soldado israelí por las noches. Una mala tarde, como las de Chiquito de la Calzada, acertarán en el pecho sin chaleco de un soldado, y darán comienzo las persecuciones, las traiciones y las torturas. El director de la función, Hany Abu-Assad, que hace diez años ya rodó una película notable titulada Paradise Now, prefiere no tomar partido ante los hechos. Él coloca a sus personajes en el paisaje y luego les da cuerda para que sigan el derrotero lógico de sus posiciones. Suponemos que él está con la resistencia, claro, con sus compatriotas arrinconados entre el muro y la pobreza, pero no envuelve los discursos en banderas patrióticas, ni en músicas cargantes. Omar no pretende ser Rambo, ni falta que nos hace. Ningún espectador informado puede permanecer equidistante en este conflicto irresoluble, y por eso mismo no necesitamos que nos chisten, que nos subrayen, que nos señalen con el dedo. Se agradece que de vez en cuando nos traten como a espectadores inteligentes. 


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Open windows

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Open windows es un curioso experimento de Nacho Vigalondo. Una apuesta que tal vez hizo con los amigos, o con la productora, para rodar un thriller con varias tramas y personajes que cupiera en la pantalla de un ordenador, a modo de ventanas que se van abriendo y cerrando. 

    Y no le ha salido mal la película, no señor, aunque la parte final, que es curiosamente la que se escapa del artificio, de la ocurrencia, vaga por los caminos más trillados del suspense. Open windows,  despojada de las tramas criminales, es la triste historia de un pajillero que monta una página web en homenaje a su actriz amada, con fotos y vídeos, con noticias y cotilleos, y uno siente que comprende a ese personaje, que se identifica con él, porque muchas veces he pensado que este mismo blog, con su pátina de cinefilia, con su verborrea de gafapasta, no es más que una tapadera, una excusa rebuscada para hablar de mujeres bellísimas y poner fotos suyas a modo de ilustración.




            En realidad, Open windows se desinfla en el mismo momento en que Sasha Grey, la ex-actriz porno, ahora reconvertida en actriz seria, se abre la bata ante la webcam y nos enseña ese bello torso que muchos ya conocíamos de su etapa anterior, de cuando se ganaba los dólares haciendo felices a hombres y mujeres, a veces en entrega individual y a veces formando parte de equipos muy coordinados. Una vez que nuestra curiosidad queda satisfecha, y que comprobamos que Sasha Grey sigue siendo una mujer muy hermosa de complexión juvenil, Open windows baja de voltaje y deja de interesarnos un poquito. Es como esa súbita indolencia que a uno le entra después de eyacular. Uno quisiera hacerle cariñitos postcoitales a la pareja, como quiere, también, prestarle atención a la película de Vigalondo, pero el bajonazo del ánimo está fuera de nuestro control. Son fuerzas hormonales muy poderosas las que en esos momentos toman el control, y nos secuestran las intenciones que nacían, ay, puras y románticas.


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Dos vidas

🌟🌟🌟

En los comienzos de la II Guerra Mundial, a medida que iban conquistando Europa, las tropas alemanas fueron alentadas por Heinrich Himmler y sus científicos raciales a esparcir la semilla aria entre las mujeres conquistadas. El Lebensborn, que era el programa encargado de estimular la reproducción sexual de la raza pura, traspasó las fronteras de Alemania para abrir nuevos mercados promisorios. Himmler empezó a soñar con un Imperio Mundial en el que los rubios se arracimaban como espigas de trigo en el campo...

      Uno de los países donde las SS y los oficiales de la Vehrmacht reafirmaron su afán reproductor fue en Noruega, pues los ideólogos del nazismo tenían a las vikingas del norte por miembros de una raza pura, asimilable a la aria, incontaminada de pueblos morenos y mediterráneos decadentes. Allí, en el país de los fiordos, los alemanes establecieron varios lebensborn que eran guarderías donde los niños nacidos del experimento eran acogidos y criados, bajo estricta supervisión de los pediatras y las matronas.





            El sueño ario de Noruega apenas duró un lustro. Previendo la derrota militar, los alemanes trasladaron los lebensborn noruegos al suelo patrio, para no perder la cosecha recogida. Después de 1945, cuando se hicieron mayores, la mayoría de estos niños abandonaron el orfanato pensando que eran alemanes de pura cepa, hijos de soldados caídos en combate, o de madres que perecieron en los bombardeos aliados. Sólo unos pocos, y unas pocas, que tuvieron acceso a archivos secretos, o que fueron advertidos por sus antiguas niñeras, llegaron a saber que en realidad habían nacido en otro país, de madres que tuvieron que desprenderse de ellos a la fuerza, y que luego vivieron con el estigma de haber procreado con el invasor. Un dramón de hijas perdidas y madres arrepentidas que haría las delicias de una TV movie de Antena 3, pero que sin embargo, porque está bien escrito, y bien interpretado, y sólo cursilea los justito, vertebra esta notable película de hoy, Dos vidas

     Dos vidas es un lío del copón -aunque muy bien contado, eso sí- en el que caben nazis retorcidos, comunistas muy malos y mataharis arias de una belleza incuestionable. Y todo ello en el marco incomparable de  un pueblo de los fiordos en el que uno, de ser millonario, y de manejarse bien con el inglés, se perdería alegremente para siempre, muy lejos de las gentes conocidas, y de las gentes por conocer, a miles de kilómetros de la mugre patria. Con una antena parabólica, eso sí, para seguir la liga española, que la noruega, por muy civilizados que estén estos nórdicos, no da para mucho. O quizá por eso. 

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Starbuck

🌟🌟

Starbuck cuenta la historia de un masturbador compulsivo -y quién no lo fue, a ciertas edades- que decide, para ganarse unos dólares canadienses, en lo más florido de su juventud, y de su vigor sexual, hacerse donante de semen en una clínica de fertilidad. Para qué desperdiciar gratuitamente un líquido que la ciencia tiene por tan valioso y productivo. 

Años después, nuestro donante -que se ha convertido en un tipo calamitoso de barriga cervecera- descubrirá que la clínica de fertilidad, debido a un error administrativo, ha usado su semen para satisfacer los instintos maternales de más de 500 mujeres. Media juventud de Montreal pasea sus genes por las aulas de la universidad, y por los garitos de moda, y por las líneas más populosas del metro. Rubios y morenas, obesos y deportistas, heterosexuales y homosexuales, ejemplos a seguir y escorias de la sociedad... Las combinaciones genéticas, siempre azarosas, han creado una fauna de personajes que ahora Starbuck desea conocer y apadrinar en la medida de lo posible, con su gran corazón de padrazo y su tontuna de cuarentón decadente. Nuestro héroe se ha convertido en el nuevo Gengis Khan de las estepas canadienses, porque el mogol también repartió su simiente entre cientos de mujeres, aunque él disfrutara, eso sí, del contacto carnal bajo las yurtas, y no del frío borde de un vasito desprecintado.  




    Varias personas me habían recomendado esta película, y ahora caigo en la cuenta de que ninguna de ellas me conoce bien: conocidos de paso, amistades periféricas, coleguillas del café... Porque la película exuda buenas intenciones, nobles sentimientos, músicas de violín en los encuentros paterno-filiales. Y esas cosas, los que me conocen de verdad, saben que me producen urticaria, y me ponen enfermo, y me joden la velada que uno venía soñando desde las ocho de la mañana. Starbuck es una celebración de la paternidad, una exaltación de la procreación, una película que los vaticanistas -aunque los 500 retoños provengan del pecado onanista-, recomiendan a sus parroquianos como ejemplo de fecundidad cristiana. Starbuck ama a sus hijos con tanto sentimiento porque no convive con ellos, porque legalmente no está obligado a nada, porque coleguea con ellos un rato y luego regresa a su apartamento cochambroso, a beber cervezas y a ver el fútbol por la tele. Así cualquiera. 

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