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La larga marcha

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A estos muchachotes que participan en La Larga Marcha tampoco se les ve especialmente desnutridos. Ni desesperados. Hay un poco de todo: caucásicos musculados, negros fibrosos e indios indómitos. Quarterbacks de manual. Y chinos enjutos, sí, pero más listos que cualquiera. Estos chicos, por muy mal que vengan dadas, aún podrían ganarse la vida trabajando en una obra, o de estibadores en el puerto. Es una mierda, ya lo sé, pero es mucho mejor que apuntarse a una carrera suicida con un único superviviente. A un Juego del Hambre, o a un Juego del Calamar. 

No se entiende bien su presencia en el matadero. Quitando a un par de desgraciados que serán la primera carne de cañón -entre ellos el entrañable Jojo Rabbit- el resto aún puede caminar días seguidos sin apenas dormir o alimentarse. En las márgenes de la carretera se ve, eso sí, un paisaje de posguerra civil que ahora es la última moda argumental traída de Estados Unidos. Y es que la cosa, por allí, debe de estar más jodida de lo que pensamos. Va a ser la hostia, nen, porque ya no serán yankis y sudistas armados con fusiles, sino fascistas del MAGA contra demócratas de la ANR manejando granadas y ametralladoras a lo rambo. 

Una de dos: o la novela de Stephen King no se sostiene de partida, o aquí hay cosas que están mal explicadas. Yo, desde luego, no dejo de rascarme el cogote. Que Luke Skywalker ahora se gane la vida como militar psicopático tampoco ayuda demasiado a suspender la incredulidad. Al primer disparo en la sien me salí de la película y el resto ya fue un continuo avanzar con el mando a distancia, a ver cómo terminaba la prueba desesperada. Fue... la larga marcha de la tecla wind. La muy corta carrera de mi paciencia.






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Jojo Rabbit

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Hay que tener muchos huevos para hacer una película como "Jojo Rabbit" en los tiempos que corren. Y luego tener mucho talento para resolverla sin pisar demasiados callos, sólo los consabidos, los que crecen en los pies de los hipersensibles sin remedio. Hay que arriesgar mucho, de narices, para cerrar la película con los dos chavales bailando “Heroes”, la canción de David Bowie, que se compuso 32 años después de que Hitler asesinara a Blondie en el búnker de Berlín.

Un pasote, desde luego, soltar este anacronismo que podría haber quedado ridículo, metedúrico de pata, pero que sólo dura un segundo en la perplejidad del espectador. Al principio no sabes cómo reaccionar, pero luego, recompuesto de la sorpresa, ya no puedes evitar la sonrisa, ni la lágrima de emoción, porque mira que es bonita la canción, y mira que viene a cuento su letra, que trata de dos seres desangelados que necesitan creerse eso mismo: héroes, reyes por un día de su ciudad hecha pedazos. De sus vidas colgadas de una interrogación.

 Hay que medir mucho el chiste, la caricatura, para que Adolf Hitler haga de amigo imaginario del pobre Jojo y su presencia no provoque la náusea ni la indignación. En otros tiempos, Taika Waititi -que es el artífice de estos saltos al vacío- podría haber ido incluso más lejos: se nota que en algunos momentos de la película se contiene, que el cuerpo le pide más marcha… Pero son malos tiempos para la lírica, como cantaba Germán Coppini, y también para el sentido del humor. Taika Waititi podría haber sido el séptimo Monty Python si hubiera nacido en otro tiempo, y en otro lugar. Ahora los Monty Python posiblemente no podrían ni existir.

Internet, que parecía el logro definitivo, el universo expandido del humor sin limitaciones se volvió en nuestra contra. Dio altavoz a los listos, pero también a los tontos, que son más propensos a expresarse.



   

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