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El Liverpool, aunque juegue en la pérfida Albión, es el segundo equipo de mi alma. Y al paso que va la burra madridista, renqueando y a punto de despeñarse, puede que sea el primero no tardando. También es verdad que no hay muchos equipos que me caigan simpáticos: la Cultural Leonesa, claro, porque es el club de mi tierra, y el equipo de La Pedanía, donde pasé largos años de entrenador.
Si hablamos de la élite, todos los clubs españoles, salvo el Español y el Rayo Vallecano, comulgan con la fe antimadridista y contribuyen a derribarnos. No hay más que verles jugar contra el Barça, derrotados de antemano, con melindres, con suplentes, con los buenos cumpliendo el ciclo de amarillas... Boquiabiertos ante las estrellas azulgranas. Son unos miserables. Luego juegan contra el Madrid y hacen el partido de sus vidas: rocosos, inspirados, marcados por el odio... Me dan asco todos. Cuando salen por Europa quiero que pierdan contra cualquiera. ¡Que viva Chipre!, y la República Eslovena.
Mi simpatía por el Liverpool se pierde en la niebla -muy británica- de la infancia. Recuerdo que a veces, en la Segunda Cadena, mucho antes del Canal + y de las antenas parabólicas, daban partidos de la liga inglesa y allí aparecía el Liverpool todo vestido de rojo, como un ejército del proletariado, jugando a la pelota como los ángeles del Merseyside. Era el “passing game”, decían los conocedores de la vaina, y yo caía rendido ante esos jugadores talentosos y extranjeros. Por allí andaba Kenny Dalglish, enhebrando el juego de ataque, y un delantero centro altísimo, Ian Rush, que convertía en gol todo lo que tocaba, como un rey Midas con mostacho.
Luego, con los años, fui introducido en los misterios de Bill Shankly, del “You’ll never walk alone”, de Liverpool gritando “No pasarán” ante las bombardeos neoliberales de Margaret Thatcher... Me convertí en un devoto, en el cónsul honorario de su mística. Mi consulado abarca desde aquí hasta La Coruña, ya casi tocando Finisterre. Los fines de semana, y las fiestas de guardar, yo animo a los Reds desde mi televisor ultramarino gracias al adelanto de las ciencias.