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Breaking Bad. Temporada 3

🌟🌟🌟🌟🌟


He intentando jugar con mi nombre -el verdadero, Augusto Faroni- a la manera de “Breaking Bad”, descomponiéndolo en símbolos de la tabla periódica. Jugar a que yo también aparecía en los títulos de crédito como “spanish fan”, o como “repeat viewer”. O como apóstol de la serie, en estas tierras paganas -y muy raras, con sus quince lantánidos, y su escandio, y su itrio- donde se yergue La Pedanía.

Pero Instagram, que es un cutrerío grafológico, no me dejaba resaltar los símbolos. O yo, al menos, no soy capaz de resaltarlos. Ni poniendo mayúsculas, ni negritas, ni colores... Nada. Así que he desistido de este empeño científico y me he limitado a elaborar la lista de todo lo que extraje: 

El Au del oro, que es un metal que no tengo ni valoro.

La U del uranio, y por dos veces, como señalándome -con toda injusticia- como hombre radioactivo. 

La S del azufre, tan propia de los ateos que adoramos al diablo.

La O del oxígeno, también por dos veces, para redundar en mi oxidación, la física y la mental.

La F del flúor, indispensable en la dieta y después de la dieta. 

El Ar del argón, que es un gas noble que sólo flota en los palacios, lejos de la plebe. 

La N de nitrógeno, que es indispensable para mi vida y para la vida de cualquiera. 

El Ni de níquel, que no aparece en ninguna lista de los oligoelementos esenciales. 

Y por último, la I del yodo, que no puede faltar para curarse las heridas. Las del cuerpo, claro, porque las del alma necesitan una química más compleja, con muchos carbonos, e hidrógenos, y me imagino que fósforos con la P.

Lo he intentado también con mi nombre falso, el de Álvaro Rodríguez, a ver si salían elementos más exóticos y desconocidos. Pero más allá de la V del vanadio -indispensable, al parecer, para la vida moderna-  mi química sigue siendo muy básica, de andar por casa en calcetines. Quién no habría querido apellidarse Kramer para obtener el kryptón, o Dylan, para lucir de disprosio, o aún mejor, McFly, para fardar de moscovio. O llamarse Esteban, sin más, para probar el einstenio de los más listos de la clase. 




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Breaking Bad. Temporada 2

🌟🌟🌟🌟🌟

La deriva hacia el mal de Walter White -que, de momento, y todavía estamos en la segunda temporada, acarrea la destrucción de su matrimonio, la amargura de Jesse Pinkman y la muerte de la chica más sexy que jamás se vio en una serie de televisión- no se hubiera producido si en Estados Unidos existiera una Seguridad Social que sufragara operaciones tan costosas como la suya. Que los yanquis posean las armas y los cohetes les convierte en los chicos más chulos del barrio, pero no en los ciudadanos más afortunados de Occidente.

Si Walter White hubiera vivido en Albuquerque, provincia de Badajoz, y no en el otro Albuquerque, estado de Nuevo México, ninguno de estos personajes de ficción hubiera encontrado la muerte o la desgracia; pero, a cambio, en el mundo real, nos hubiéramos quedado sin esta serie intachable, implacable como la vida misma, pues a cada error le corresponde su castigo, y a cada propósito de enmienda una bofetada de los dioses. 

(Y todavía peor: nos habríamos quedado sin “Better Call Saul”, la serie que vino después pero que explicaba lo de antes. Y sin Kim Wexler, que es como imaginar un mundo sin amaneceres, o una primavera sin floraciones). 

En el Albuquerque original, cuna de quienes pusieron nombre a la ciudad en el desierto, puede que no haya tantos adelantos y moderneces -ni siquiera una franquicia de “Los Pollos Hermanos” donde poder degustar esa receta tex-mex que se adivina jugosísima- pero allí, al menos, ponerse enfermo de gravedad no implica necesariamente cargarse de facturas e hipotecas. Gualterio Blanco, el primo lejano de Walter White que también se dedica a la docencia de la química, jamás hubiera descubierto en su interior a un criminal orgulloso de su cocina. 



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