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Breaking Bad. Temporada 4

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Viendo la cuarta temporada de "Breaking Bad" me dio por pensar en las mujeres que compartieron la serie junto a mí, en el sofá de mi casa, o en el sofá de la suya, precalentando el amor o enfriándolo tras el ardor. O sin amor a la vista, que era lo más frecuente, porque ese día me habían castigado o porque no estaba el desierto para bollos. La noche, lejos de Albuquerque, a veces era fría y rencorosa. 

- ¿Vemos otro episodio de “Breaking Bad”?

- Bueno...

También me acordé de aquella otra mujer que se negó a ver la serie en redondo, y en cuadrado, porque la consideraba tóxica y violenta. Un producto grasiento de los americanos. Nada que objetar: la viña del Señor es pródiga en variedades y todas producen su vino peculiar. Pasados los años me reencontré con ella y me preguntó, olvidadiza, mi opinión sobre “Breaking Bad”. A ella, por cierto, le parecía una serie maravillosa, puede que entre las cinco mejores de la historia. Le recordé aquellos melindres de juventud y me dijo que me estaba equivocando de ex amante, como si yo hubiera tenido tantas en realidad...

Pensaba, mientras Walter White luchaba por sobrevivir, que todas ellas, sin mí, hubieran descubierto “Breaking Bad” mucho más tarde, o a destiempo, o en boca de otro hombre menos entregado al entusiasmo. A falta de lujos y de hombrías, al menos quedó eso por mi parte: una contribución a su cultura. Una semilla plantada en la maceta, aunque alguna germinara con años de retraso. Una labor de apostolado, quiero decir. Una predicación voluntaria, no gratificada, que a veces vale más que las campañas muy costosas de merchandising.




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Breaking Bad. Temporada 3

🌟🌟🌟🌟🌟


He intentando jugar con mi nombre -el verdadero, Augusto Faroni- a la manera de “Breaking Bad”, descomponiéndolo en símbolos de la tabla periódica. Jugar a que yo también aparecía en los títulos de crédito como “spanish fan”, o como “repeat viewer”. O como apóstol de la serie, en estas tierras paganas -y muy raras, con sus quince lantánidos, y su escandio, y su itrio- donde se yergue La Pedanía.

Pero Instagram, que es un cutrerío grafológico, no me dejaba resaltar los símbolos. O yo, al menos, no soy capaz de resaltarlos. Ni poniendo mayúsculas, ni negritas, ni colores... Nada. Así que he desistido de este empeño científico y me he limitado a elaborar la lista de todo lo que extraje: 

El Au del oro, que es un metal que no tengo ni valoro.

La U del uranio, y por dos veces, como señalándome -con toda injusticia- como hombre radioactivo. 

La S del azufre, tan propia de los ateos que adoramos al diablo.

La O del oxígeno, también por dos veces, para redundar en mi oxidación, la física y la mental.

La F del flúor, indispensable en la dieta y después de la dieta. 

El Ar del argón, que es un gas noble que sólo flota en los palacios, lejos de la plebe. 

La N de nitrógeno, que es indispensable para mi vida y para la vida de cualquiera. 

El Ni de níquel, que no aparece en ninguna lista de los oligoelementos esenciales. 

Y por último, la I del yodo, que no puede faltar para curarse las heridas. Las del cuerpo, claro, porque las del alma necesitan una química más compleja, con muchos carbonos, e hidrógenos, y me imagino que fósforos con la P.

Lo he intentado también con mi nombre falso, el de Álvaro Rodríguez, a ver si salían elementos más exóticos y desconocidos. Pero más allá de la V del vanadio -indispensable, al parecer, para la vida moderna-  mi química sigue siendo muy básica, de andar por casa en calcetines. Quién no habría querido apellidarse Kramer para obtener el kryptón, o Dylan, para lucir de disprosio, o aún mejor, McFly, para fardar de moscovio. O llamarse Esteban, sin más, para probar el einstenio de los más listos de la clase. 




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Breaking Bad. Temporada 2

🌟🌟🌟🌟🌟

La deriva hacia el mal de Walter White -que, de momento, y todavía estamos en la segunda temporada, acarrea la destrucción de su matrimonio, la amargura de Jesse Pinkman y la muerte de la chica más sexy que jamás se vio en una serie de televisión- no se hubiera producido si en Estados Unidos existiera una Seguridad Social que sufragara operaciones tan costosas como la suya. Que los yanquis posean las armas y los cohetes les convierte en los chicos más chulos del barrio, pero no en los ciudadanos más afortunados de Occidente.

Si Walter White hubiera vivido en Albuquerque, provincia de Badajoz, y no en el otro Albuquerque, estado de Nuevo México, ninguno de estos personajes de ficción hubiera encontrado la muerte o la desgracia; pero, a cambio, en el mundo real, nos hubiéramos quedado sin esta serie intachable, implacable como la vida misma, pues a cada error le corresponde su castigo, y a cada propósito de enmienda una bofetada de los dioses. 

(Y todavía peor: nos habríamos quedado sin “Better Call Saul”, la serie que vino después pero que explicaba lo de antes. Y sin Kim Wexler, que es como imaginar un mundo sin amaneceres, o una primavera sin floraciones). 

En el Albuquerque original, cuna de quienes pusieron nombre a la ciudad en el desierto, puede que no haya tantos adelantos y moderneces -ni siquiera una franquicia de “Los Pollos Hermanos” donde poder degustar esa receta tex-mex que se adivina jugosísima- pero allí, al menos, ponerse enfermo de gravedad no implica necesariamente cargarse de facturas e hipotecas. Gualterio Blanco, el primo lejano de Walter White que también se dedica a la docencia de la química, jamás hubiera descubierto en su interior a un criminal orgulloso de su cocina. 



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Breaking Bad. Temporada 1

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En los extras del DVD -sí, del DVD, soy así de anticuado, y de fiel a mis pertenencias- puede verse una entrevista realizada a Vince Gilligan y a Bryan Cranston en el año 2008. Es el momento fundacional. Gilligan ya no era un chaval, pero lo parecía, con esa pinta de nerd algo petulante que sigue mostrando en la promoción de “Pluribus”. Cranston, por su parte, responde a las preguntas como si aún fuera al padre de Malcolm en “Malcolm in the Middle”: un señor de 52 tacos con espíritu de niño. Le preguntan, por ejemplo, si le costó mucho meterse en el papel de un cocinero de metanfetamina: “No, no mucho. Es lo que hago habitualmente en mi vida cotidiana”.

Los entrevistadores son dos críticos que trabajan para AMC, la misma productora de “Breaking Bad”. Todo queda en casa porque se trata de una entrevista promocional. La AMC acaba de forjarse un prestigio gracias a “Mad Men” y en la entrevista reina un optimismo contagioso ante el estreno de esta serie rompedora. El tránsito de Madison Avenue a los desiertos de Nuevo México -ya sin hombres guapísimos, ni mujeres de bandera- no parece preocupar a los críticos que preguntan, ni a los ejecutivos de la cadena.

Al final de la entrevista, le preguntan a Vince Gilligan si le han rasurado sus guiones al pasar por peluquería. “No”, responde Gilligan. “Me han dado entera libertad”. En ese momento -no antes, porque soy medio bobo- me di cuenta de que estaba asistiendo al nacimiento de un universo. Uno con minúscula, pero la hostia de importante. Uno que se ha expandido como el Universo que nos contiene hasta llenar gran parte de nuestras vidas -las aburridas, sobre todo. 

Gilligan, en la entrevista, era como Dios justo antes del Big Bang. Un creador absoluto, omnipotente, capaz de crear mundos enteros a partir de una fluctuación en el vacío. En el primer segundo de la Creación sólo existía un profesor de química con cáncer de pulmón; luego, gracias a la expansión incontenible del espacio y del tiempo, llegaron todos los demás, Kim Wexler incluida. 

Ahora mismo, en ese infierno terrenal de Albuquerque ya viven incluso extraterrestres.












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Better Call Saul. Temporada 6.

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No quería que se terminara, pero se terminó. La entropía es implacable con la realidad y también con la ficción. Revivir “Better Call Saul” ha sido como retomar un amor gozoso y primordial, pero traía -como todos- fecha de caducidad. 

Ha sido una segunda oportunidad más corta que la primera, pero también más madura y reposada. Un puro gozo hasta ese cigarrillo presidiario. Tras él, los títulos de crédito se desgranaron como la letra pequeña de un acuerdo de divorcio... Pero ha estado bien: ha sido una primavera pactada entre amantes veteranos. Porque así son, aunque nos duelan, los regresos de las ex.

“Better Call Saul” duró siete años en pantalla, que es el tiempo de vida de un amor excepcional: ése que sobrevive al consumo de hidrógeno antes de convertirse en una estrella apagada pero apacible, o de explotar en forma de supernova para dejar un agujero negro y mosqueante. Son las leyes de la física. Ahora, en el reencuentro, porque el tiempo se comprime cada vez más, “Better Call Saul” apenas ha durado cinco meses hipersónicos: justo el tiempo que tardan los amores retornados en agotar el combustible. La gravedad se vuelve insostenible cuando no quedan reacciones que oponer. El amor, como el universo mismo, es una ordenación de partículas elementales. 

Hice todo lo posible por estirar “Better Call Saul”. Traté de dosificar las temporadas y los episodios, pero el final me dominó el ansia, y me pudo la tentación. La última temporada ha pasado como un cometa por mi ventana. He llegado a llorar en las dos despedidas traumáticas: la de Kim marchándose del apartamento y la de Kim marchándose de la cárcel. No tengo nada que ver con esta gente -tan inteligentes todos, tan liantes, tan decididos para lo suyo- pero mis neuronas espejo, tan caprichosas, trabajaban a destajo. Se ve que ya no hay desamor que me deje como estaba. Los amores ideales, pero fallidos, rasgan el tejido del universo.





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Black Mirror: Beyond the Sea

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Cada uno vive la vida que le ha tocado vivir. Las taras y virtudes del genotipo, unidas a los vaivenes de la fortuna, hacen que al final demos fiel cumplimiento a las Escrituras. Porque todo está escrito, sí, aunque no sepamos qué nos aguarda al doblar cada esquina. De eso viven las series de misterio como “Black Mirror”, y por eso se rebelan contra el destino los rebeldes sin causa. 

A nuestro lado pasan mil, diez mil vidas envidiables, que no estaban destinadas para nosotros. La vida es una tómbola, tom, tom, tómbola... De luz de y de color. Puede que haya gente que también envidie nuestra vida, pero eso ya lo dudo mucho más. Yo, al menos, no encuentro muchas razones para ser envidiado, más allá de la salud, que de momento aguanta las erosiones y las carcomas. Me levanto a mear a medianoche, eso sí, y carraspeo un poco por las mañanas. Rara es la vez que me levanto del sofá sin exclamar “umpf”... Es la cincuentena. Peccata minuta. 

Cada día me vienen diez, quince deseos, de estar en la piel de otro hombre más afortunado. Digo hombre porque yo soy hombre, nada más. Lo aclaro por si la Inquisición Morada anduviera por aquí, buscando motivos de censura. “Jo, si yo fuera él”, se me escapa del pensamiento cuando me cruzo con el rentista de los millones o con el escritor cojonudo y reconocido. Con el futbolista que tiene el mundo entero a sus pies, en forma de balón. O ni siquiera: cuando me cruzo con alguien de mi propia estirpe pero al que le van bien las cosas modestas: su casa, y su pareja, y su viaje anual a la playa de Cancún. 

Me brota un color verde desleído, como de un Hulk de andar por casa y a medio cocer. Pero se me pasa muy pronto, la rabieta, porque sé que en el siglo XXI la suplantación todavía es un imposible para la ciencia: despojarse del propio cuerpo para introducirse en la mente de otro ajeno y gobernarlo. Sería la hostia, la verdad. A ver cómo iban a legislar estos enredos existenciales los gobernantes. Porque en “Beyond the sea” nadie parece controlar tales arrebatos pasionales. 





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El camino: una película de Breaking Bad

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Las películas y las series de televisión son como las misas de los católicos: las hay de domingo y de fiesta de guardar, que son las obligatorias para encontrar la salvación, y luego las hay optativas, de jornada laboral, para encontrar la paz cuando se nos tuerce el humor o compramos algo innecesario en las rebajas.

“Breaking Bad” fue una eucaristía inolvidable, quizá la más sagrada de cuantas se han oficiado en ese pequeño templo que es mi salón, con la tele coronando el altar y mi sofá haciendo de banco del parroquiano. Y mis películas, por las estanterías, alumbrando al dios Heisenberg cuando este se materializaba para cocinar meta con la pericia de un alquimista y almacenar fajos de billetes con la avaricia de un usurero. Las andanzas de Walter White se quedaron en el imaginario colectivo porque todos somos un poco como él, ciudadanos anónimos con un talento oculto, y con un orgullo amordazado, y la estampa del traficante en las camisetas ya es iconografía de nuestro tiempo y del tiempo que vendrá.

De “Breaking Bad”, como del cerdo, lo aprovechamos casi todo, y con sus cien recovecos y sus cien interpretaciones yo rellené larguísimas conversaciones con el hijo y con los amigos, y ahora con T., que acaba de ser bautizada en la fe de los Gilliguianos.

Ayer, para celebrar su entrada en nuestra iglesia, vimos juntos “El camino: una película de Breaking Bad”, ella por vez primera y yo por ganas de acompañarla; y así, por nuestra santa voluntad, convertimos un miércoles cualquiera, laborable y tristón, en una misa de domingo preceptiva. En un Día del Señor por todo lo alto, con ornamentos florales y cánticos de ceremonia. 

Habíamos dejado a Jesse Pinkman huyendo en su coche destartalado, escapando de la balacera, gritando al mismo tiempo por la alegría de vivir y por el miedo a seguir muriendo en otra desventura. Jesse sueña con irse a Alaska, y con perderse entre los muchos fracasados de otras películas que allí viven una segunda oportunidad. Pero para eso necesita lo de siempre, y lo de todos: dinero.





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