Breaking Bad. Temporada 1
Better Call Saul. Temporada 6.
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No quería que se terminara, pero se terminó. La entropía es implacable con la realidad y también con la ficción. Revivir “Better Call Saul” ha sido como retomar un amor gozoso y primordial, pero traía -como todos- fecha de caducidad.
Ha sido una segunda oportunidad más corta que la primera, pero también más madura y reposada. Un puro gozo hasta ese cigarrillo presidiario. Tras él, los títulos de crédito se desgranaron como la letra pequeña de un acuerdo de divorcio... Pero ha estado bien: ha sido una primavera pactada entre amantes veteranos. Porque así son, aunque nos duelan, los regresos de las ex.
“Better Call Saul” duró siete años en pantalla, que es el tiempo de vida de un amor excepcional: ése que sobrevive al consumo de hidrógeno antes de convertirse en una estrella apagada pero apacible, o de explotar en forma de supernova para dejar un agujero negro y mosqueante. Son las leyes de la física. Ahora, en el reencuentro, porque el tiempo se comprime cada vez más, “Better Call Saul” apenas ha durado cinco meses hipersónicos: justo el tiempo que tardan los amores retornados en agotar el combustible. La gravedad se vuelve insostenible cuando no quedan reacciones que oponer. El amor, como el universo mismo, es una ordenación de partículas elementales.
Hice todo lo posible por estirar “Better Call Saul”. Traté de dosificar las temporadas y los episodios, pero el final me dominó el ansia, y me pudo la tentación. La última temporada ha pasado como un cometa por mi ventana. He llegado a llorar en las dos despedidas traumáticas: la de Kim marchándose del apartamento y la de Kim marchándose de la cárcel. No tengo nada que ver con esta gente -tan inteligentes todos, tan liantes, tan decididos para lo suyo- pero mis neuronas espejo, tan caprichosas, trabajaban a destajo. Se ve que ya no hay desamor que me deje como estaba. Los amores ideales, pero fallidos, rasgan el tejido del universo.
Black Mirror: Beyond the Sea
🌟🌟🌟🌟
Cada uno vive la vida que le ha tocado vivir. Las taras y virtudes del genotipo, unidas a los vaivenes de la fortuna, hacen que al final demos fiel cumplimiento a las Escrituras. Porque todo está escrito, sí, aunque no sepamos qué nos aguarda al doblar cada esquina. De eso viven las series de misterio como “Black Mirror”, y por eso se rebelan contra el destino los rebeldes sin causa.
A nuestro lado pasan mil, diez mil vidas envidiables, que no estaban destinadas para nosotros. La vida es una tómbola, tom, tom, tómbola... De luz de y de color. Puede que haya gente que también envidie nuestra vida, pero eso ya lo dudo mucho más. Yo, al menos, no encuentro muchas razones para ser envidiado, más allá de la salud, que de momento aguanta las erosiones y las carcomas. Me levanto a mear a medianoche, eso sí, y carraspeo un poco por las mañanas. Rara es la vez que me levanto del sofá sin exclamar “umpf”... Es la cincuentena. Peccata minuta.
Cada día me vienen diez, quince deseos, de estar en la piel de otro hombre más afortunado. Digo hombre porque yo soy hombre, nada más. Lo aclaro por si la Inquisición Morada anduviera por aquí, buscando motivos de censura. “Jo, si yo fuera él”, se me escapa del pensamiento cuando me cruzo con el rentista de los millones o con el escritor cojonudo y reconocido. Con el futbolista que tiene el mundo entero a sus pies, en forma de balón. O ni siquiera: cuando me cruzo con alguien de mi propia estirpe pero al que le van bien las cosas modestas: su casa, y su pareja, y su viaje anual a la playa de Cancún.
Me brota un color verde desleído, como de un Hulk de andar por casa y a medio cocer. Pero se me pasa muy pronto, la rabieta, porque sé que en el siglo XXI la suplantación todavía es un imposible para la ciencia: despojarse del propio cuerpo para introducirse en la mente de otro ajeno y gobernarlo. Sería la hostia, la verdad. A ver cómo iban a legislar estos enredos existenciales los gobernantes. Porque en “Beyond the sea” nadie parece controlar tales arrebatos pasionales.
Breaking Bad. Temporada 5
“Breaking Bad” no habría terminado
como el rosario de la aurora si Walter hubiera sido un padre que se lo pule
todo en cachondeos y solo deja las migajas para que la familia tire mes a mes,
sin preocuparse por el futuro. Un Walter White más jaranero habría protagonizado
otra serie muy diferente: quizá un dramón de sobremesa, puede que turco o
venezolano, en el que la mujer está hasta los ovarios de sus despilfarros y
decide ponerle los cuernos con el compañero más salado de la oficina, mientras que
el hijo con parálisis cerebral, allá en el instituto de Ankara o de Maracaibo,
duda entre ser un muchacho virtuoso y alejarse de su influencia, o seguir los
pasos de su padre para que dentro de unos años, cuando le venga el cáncer o la
cirrosis, tengan que quitarle con fórceps lo bailado.
Pero gracias a que Walt Whitman -perdón, Walter White- era un padre responsable que quería legar muchos millones antes de morirse, nosotros hemos disfrutado como enanos de esta serie que ya es patrimonio cultural y calcio de nuestros huesos. Hubo, incluso, quienes se compraron camisetas con la imagen de Heisenberg frunciendo el ceño y oteando el horizonte de los desiertos. Yo mismo, recuerdo, lo tuve algún tiempo de fondo de pantalla, como si Willy Wonka -perdón otra vez, Walter White- fuera un héroe de la voluntad o algo parecido. Ahora mismo, después de ver la serie por tercera vez, siento un poco de vergüenza por aquella concesión a su mitología.
A veces se nos olvida que el título de la serie, traducido al román paladino, es “Volviéndose malo”, “O tomando el camino equivocado”. La gente, en las tertulias de la seriefilia, todavía debate si Walter White es un héroe trágico zarandeado por las olas o un genio del mal que vivía embotellado en su apariencia de pusilánime. No sé... Yo estoy cada día más convencido de lo segundo. Cada vez que repaso la serie me parece un personaje más imperdonable e hijoputesco. Pero ojo, no solo Walter White. El orgullo cerril anida en cada uno de nosotros, esperando su oportunidad. Y un orgullo desatado es una fuerza indomable de la naturaleza.
El camino: una película de Breaking Bad
Las películas y las
series de televisión son como las misas de los católicos: las hay de domingo y de
fiesta de guardar, que son las obligatorias para encontrar la salvación, y luego
las hay optativas, de jornada laboral, para encontrar la paz cuando se nos
tuerce el humor o compramos algo innecesario en las rebajas.
“Breaking Bad” fue una
eucaristía inolvidable, quizá la más sagrada de cuantas se han oficiado en ese
pequeño templo que es mi salón, con la tele coronando el altar y mi sofá haciendo
de banco del parroquiano. Y mis películas, por las estanterías, alumbrando al
dios Heisenberg cuando este se materializaba para cocinar meta con la
pericia de un alquimista y almacenar fajos de billetes con la avaricia de un usurero.
Las andanzas de Walter White se quedaron en el imaginario colectivo porque
todos somos un poco como él, ciudadanos anónimos con un talento oculto, y con
un orgullo amordazado, y la estampa del traficante en las camisetas ya es
iconografía de nuestro tiempo y del tiempo que vendrá.
De “Breaking Bad”, como
del cerdo, lo aprovechamos casi todo, y con sus cien recovecos y sus cien
interpretaciones yo rellené larguísimas conversaciones con el hijo y con los
amigos, y ahora con T., que acaba de ser bautizada en la fe de los Gilliguianos.
Ayer, para celebrar su entrada en nuestra iglesia, vimos juntos “El camino: una película de Breaking Bad”, ella por vez primera y yo por ganas de acompañarla; y así, por nuestra santa voluntad, convertimos un miércoles cualquiera, laborable y tristón, en una misa de domingo preceptiva. En un Día del Señor por todo lo alto, con ornamentos florales y cánticos de ceremonia.
Habíamos dejado a Jesse Pinkman huyendo en su
coche destartalado, escapando de la balacera, gritando al mismo tiempo por la
alegría de vivir y por el miedo a seguir muriendo en otra desventura. Jesse
sueña con irse a Alaska, y con perderse entre los muchos fracasados de otras
películas que allí viven una segunda oportunidad. Pero para eso necesita lo de
siempre, y lo de todos: dinero.
Breaking Bad. Temporada 4
🌟🌟🌟🌟🌟
Sí, la temporada 4, sin haber
repasado las tres anteriores, porque T. llegó a casa como un vendaval y me pidió
que le chutase mis viejos DVD para seguir la trama donde ella la dejó, justo
cuando Walter y Gustavo deciden matarse a la primera oportunidad.
T. -que venía muy agitada,
un tanto demacrada desde la última vez que la vi- me dijo que no podía aguantar
más, que desfallecía, que confesaba ser una adicta a la serie y vivir
descoyuntada desde que salió conduciendo de su pueblo. Que las pocas horas que
había pasado sin su dosis de metanfetamina habían sido para ella como el sueño del mono
loco, o como la última abstinencia de Renton en “Trainspotting”.
Mientras yo rebuscaba los
DVD en la estantería del salón, T. me confesó que llevaba días sin apenas
dormir, amorrada al logotipo de Netflix y a la cabecera del Bromo y del Bario.
Que no atendía los recados, que apenas comía, que ya ni siquiera descolgaba el
teléfono ni atendía a los wasaps. Que por eso había estado perdida, asociable, incomunicante...
Que se había encerrado en casa a cal y canto, a pestillo puesto y a persiana
bajada. Que la perdonara, pero que la culpa era mía, por haberle recomendado la
serie semanas atrás, “¿Cómo es posible que nunca hayas visto “Breaking Bad”..?
Me dijo, nada más desplomarse en el sofá, que a la porra las películas que teníamos programadas, y las otras series, y la vida más o menos en general. Que ella consumía la droga televisiva más pura y ya no podía detenerse. La droga que fabrica Walter White en los desiertos de Nuevo México y que luego vende Vince Gilligan a 11 euros la suscripción. Me dijo– impaciente, nerviosa, casi atacada, porque el viejo aparato tarda en cargar los DVD y primero salen las advertencias de la autoridad- que las horas pasadas lejos de Albuquerque le habían parecido el decimoquinto círculo de los infiernos. Pero que no se engañaba, y que era plenamente consciente de su adicción, y que yo, que también había pasado por estos trances, tenía que entenderla y arroparla. Y ponerle los DVD de una puta vez... Y sentarme a su lado para hacer de pañuelo de lágrimas, y de alivio de tensiones, y de confidente de teorías.
Breaking Bad. Temporada 2
La deriva hacia el mal de Walter White -que acarrea la destrucción de su matrimonio, la desdicha de Jesse Pinkman, y la locura homicida que se lleva por delante a varios personajes- no se hubiera producido si en Estados Unidos existiera una Seguridad Social que sufragara operaciones tan costosas como la suya. Si Walter White hubiera vivido en Albuquerque provincia de Badajoz, y no en el otro Albuquerque, estado de Nuevo México, nos hubiéramos quedado sin esta serie modélica, y sin Better Call Saul, además, que vino antes, o después, según se mire. En el Albuquerque original, cuna de quienes pusieron nombre a la ciudad en el desierto, no habrá tantos adelantos de la vida moderna, pero al menos, allí, ponerse enfermo de gravedad no implica necesariamente cargarse de facturas, de hipotecas, de apreturas.
Bojack Horseman. Temporada 1
Uno de los temas preferidos de Hollywood son las entrañas del Hollywood mismo. Y casi nunca para contar historias ejemplares, luminosas, de profesionales que llevan vidas intachables y parecen alérgicos al escándalo. En el cine -porque los espectadores somos animales morbosos y malévolos- quedan más resultonas las historias de actores caídos en desgracia, y de directores atrapados en la locura. De fracasados y fracasadas que jamás lograron un papel que los inmortalizara en las enciclopedias. Nos interesa mucho más la mugre, la envidia, los sueños rotos. Las carreras meteóricas que terminan estrellándose. Los cohetes que nunca llegaron a despegar. El sexo inapropiado, o el delictivo, o la falta de sexo incluso. La falta de ética y de principios. El fracaso. Los estupefacientes. El reverso tenebroso del glamour.






