Breaking Bad. Temporada 2
Breaking Bad. Temporada 1
Sugar
🌟🌟🌟🌟
“Sugar” es la serie más rara de los últimos tiempos: es cine noir durante seis episodios y -¡ojo, spoiler!- ciencia ficción en los últimos dos. Al principio es como estar viendo “El sueño eterno” porque estás en Los Ángeles y sale un detective removiendo la mierda de los ricos que le contratan. Pero, de pronto, en un giro tan surrealista como cuestionable, “Sugar” se convierte en una versión trágica de “Man in Black” con extraterrestres que intentan pasar desapercibidos y regresar por patas -o por tentáculos- a su planeta.
Había cosas raras en los primeros episodios y al final no eran extravagancias del guionista, sino los síntomas de una neurosis alienígena. Sucedía, simplemente, que no es fácil adaptarse a la vida en la Tierra y mucho menos infiltrarse entre los oriundos. Que me lo digan a mí, que llevo casi treinta años viviendo en el planeta Bierzo y todavía no termino de quedar bien camuflado.
“Sugar”, además, es una romántica parábola sobre la búsqueda del hombre perfecto. Del ideal platónico de las mujeres. John Sugar es como Don Draper pero sin su peligro ni su chulería. Sugar es guapo, atento y enigmático. Viste un traje italiano y siempre va perfumado y repeinado. En la serie no practica bailes de salón, pero seguro que los clava el muy jodido cuando suena el bandoneón de los porteños. Sugar ama a los perros y se compadece de los mendigos. No piropea a las señoritas. Es como si el sexo le interesara muy a largo plazo, o apenas le interesara. Ya digo que es el ideal platónico. No parece que vaya a enfadarse porque le digas que no te apetece o que te duele mucho la cabeza. Al revés: puede que hasta te lo agradezca.
Pero eso sí: si un desalmado se atreve a tocarte un pelo, Sugar lo muele a hostias en un santiamén. Es, ademas de todo lo anterior, un guardaespaldas de primera. Es un parto alienígena bien aprovechado. Posiblemente un reptiliano. Una vez tuve una novia loca que aseguraba haberse acostado con uno de su especie. Era la menor de sus locuras y nunca se la tuve muy en cuenta para quererla. Ahora comprendo que su fantasía quizá era la mayor de sus (escasas) sensateces.
Breaking Bad. Temporada 5
“Breaking Bad” no habría terminado
como el rosario de la aurora si Walter hubiera sido un padre que se lo pule
todo en cachondeos y solo deja las migajas para que la familia tire mes a mes,
sin preocuparse por el futuro. Un Walter White más jaranero habría protagonizado
otra serie muy diferente: quizá un dramón de sobremesa, puede que turco o
venezolano, en el que la mujer está hasta los ovarios de sus despilfarros y
decide ponerle los cuernos con el compañero más salado de la oficina, mientras que
el hijo con parálisis cerebral, allá en el instituto de Ankara o de Maracaibo,
duda entre ser un muchacho virtuoso y alejarse de su influencia, o seguir los
pasos de su padre para que dentro de unos años, cuando le venga el cáncer o la
cirrosis, tengan que quitarle con fórceps lo bailado.
Pero gracias a que Walt Whitman -perdón, Walter White- era un padre responsable que quería legar muchos millones antes de morirse, nosotros hemos disfrutado como enanos de esta serie que ya es patrimonio cultural y calcio de nuestros huesos. Hubo, incluso, quienes se compraron camisetas con la imagen de Heisenberg frunciendo el ceño y oteando el horizonte de los desiertos. Yo mismo, recuerdo, lo tuve algún tiempo de fondo de pantalla, como si Willy Wonka -perdón otra vez, Walter White- fuera un héroe de la voluntad o algo parecido. Ahora mismo, después de ver la serie por tercera vez, siento un poco de vergüenza por aquella concesión a su mitología.
A veces se nos olvida que el título de la serie, traducido al román paladino, es “Volviéndose malo”, “O tomando el camino equivocado”. La gente, en las tertulias de la seriefilia, todavía debate si Walter White es un héroe trágico zarandeado por las olas o un genio del mal que vivía embotellado en su apariencia de pusilánime. No sé... Yo estoy cada día más convencido de lo segundo. Cada vez que repaso la serie me parece un personaje más imperdonable e hijoputesco. Pero ojo, no solo Walter White. El orgullo cerril anida en cada uno de nosotros, esperando su oportunidad. Y un orgullo desatado es una fuerza indomable de la naturaleza.



