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Breaking Bad. Temporada 2

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La deriva hacia el mal de Walter White -que, de momento, y todavía estamos en la segunda temporada, acarrea la destrucción de su matrimonio, la amargura de Jesse Pinkman y la muerte de la chica más sexy que jamás se vio en una serie de televisión- no se hubiera producido si en Estados Unidos existiera una Seguridad Social que sufragara operaciones tan costosas como la suya. Que los yanquis posean las armas y los cohetes les convierte en los chicos más chulos del barrio, pero no en los ciudadanos más afortunados de Occidente.

Si Walter White hubiera vivido en Albuquerque, provincia de Badajoz, y no en el otro Albuquerque, estado de Nuevo México, ninguno de estos personajes de ficción hubiera encontrado la muerte o la desgracia; pero, a cambio, en el mundo real, nos hubiéramos quedado sin esta serie intachable, implacable como la vida misma, pues a cada error le corresponde su castigo, y a cada propósito de enmienda una bofetada de los dioses. 

(Y todavía peor: nos habríamos quedado sin “Better Call Saul”, la serie que vino después pero que explicaba lo de antes. Y sin Kim Wexler, que es como imaginar un mundo sin amaneceres, o una primavera sin floraciones). 

En el Albuquerque original, cuna de quienes pusieron nombre a la ciudad en el desierto, puede que no haya tantos adelantos y moderneces -ni siquiera una franquicia de “Los Pollos Hermanos” donde poder degustar esa receta tex-mex que se adivina jugosísima- pero allí, al menos, ponerse enfermo de gravedad no implica necesariamente cargarse de facturas e hipotecas. Gualterio Blanco, el primo lejano de Walter White que también se dedica a la docencia de la química, jamás hubiera descubierto en su interior a un criminal orgulloso de su cocina. 



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Breaking Bad. Temporada 1

🌟🌟🌟🌟🌟

En los extras del DVD -sí, del DVD, soy así de anticuado, y de fiel a mis pertenencias- puede verse una entrevista realizada a Vince Gilligan y a Bryan Cranston en el año 2008. Es el momento fundacional. Gilligan ya no era un chaval, pero lo parecía, con esa pinta de nerd algo petulante que sigue mostrando en la promoción de “Pluribus”. Cranston, por su parte, responde a las preguntas como si aún fuera al padre de Malcolm en “Malcolm in the Middle”: un señor de 52 tacos con espíritu de niño. Le preguntan, por ejemplo, si le costó mucho meterse en el papel de un cocinero de metanfetamina: “No, no mucho. Es lo que hago habitualmente en mi vida cotidiana”.

Los entrevistadores son dos críticos que trabajan para AMC, la misma productora de “Breaking Bad”. Todo queda en casa porque se trata de una entrevista promocional. La AMC acaba de forjarse un prestigio gracias a “Mad Men” y en la entrevista reina un optimismo contagioso ante el estreno de esta serie rompedora. El tránsito de Madison Avenue a los desiertos de Nuevo México -ya sin hombres guapísimos, ni mujeres de bandera- no parece preocupar a los críticos que preguntan, ni a los ejecutivos de la cadena.

Al final de la entrevista, le preguntan a Vince Gilligan si le han rasurado sus guiones al pasar por peluquería. “No”, responde Gilligan. “Me han dado entera libertad”. En ese momento -no antes, porque soy medio bobo- me di cuenta de que estaba asistiendo al nacimiento de un universo. Uno con minúscula, pero la hostia de importante. Uno que se ha expandido como el Universo que nos contiene hasta llenar gran parte de nuestras vidas -las aburridas, sobre todo. 

Gilligan, en la entrevista, era como Dios justo antes del Big Bang. Un creador absoluto, omnipotente, capaz de crear mundos enteros a partir de una fluctuación en el vacío. En el primer segundo de la Creación sólo existía un profesor de química con cáncer de pulmón; luego, gracias a la expansión incontenible del espacio y del tiempo, llegaron todos los demás, Kim Wexler incluida. 

Ahora mismo, en ese infierno terrenal de Albuquerque ya viven incluso extraterrestres.












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Better Call Saul. Temporada 5

🌟🌟🌟🌟🌟


Vivo enamorado de Kim Wexler. De Rhea Seehorn no lo sé. Rhea es tan guapa como Kim pero no la conozco como a ella. Rhea cuenta con la ventaja de ser real -aunque viva muy lejos- pero podría ser una persona deleznable tras esa belleza deslumbrante. No lo sé, me lo invento. Pobre Rhea: yo aquí, elucubrando... Si tuviera que apostar diría que se parece mucho a Kim Wexler en los sentimientos. Los que saben de actuación dicen que es imposible no plasmarse de algún modo en los personajes.

Kim Wexler parece de mentira, pero no lo es. Es sólo de ficción. Los hombres reales la miramos como a veces la mira el propio Jimmy McGill -que siendo ficticio es el único que la toca: incrédulos. Un poco boquiabiertos. Un poco como niños ante el truco más refinado del gran mago. Jimmy la sondea como nosotros, con un ojo alegre y el otro inquieto, por si de repente se esfumara. Por si fuera un espejismo, un holograma, un sueño que no acaba de disolverse... Jimmy no termina de creérsela. Hay algo muy pervertido -pero una perversión de caballeros, ojo- en la creación de Kim Wexler. Vince Gilligan y Peter Gould son un par de tunantes. Unos románticos empedernidos. 

Kim Wexler, en el mundo real, habría nacido para ser la esposa de un abogado de relumbrón, o de un banquero, de una estrella del balompié; o, en su defecto, una mujer desligada de los hombres que se limita a devorarlos, uno por uno, según su humor y su apetito. Aquí sin embargo, dentro del televisor, ella es la esposa -ahora ya sí, en la quinta temporada- de un chiquilicuatre como cualquiera de nosotros. De un tipo que necesitaría cien vidas ejemplares para merecerla.

Kim Wexler es buena y malvada, fría y sexy, retorcida y sincera. Es un enigma que “Better Call Saul” jamás resolverá. Me tiene encandilado. La serie cuenta la caída de un hombre en la oscuridad, pero también la ascensión de una mujer hacia la luz.




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Starship Troopers

🌟🌟🌟🌟


Si algo bueno tienen las guerras es que en ellas también mueren muchos gilipollas. Yo, al menos, no puedo reprimir una sonrisa cuando un imbécil se alista voluntario para defender a la burguesía y muere justo en la primera refriega atravesado por un disparo, o por la garra afilada de un insecto extraterrestre. De hecho, en “Starship Troopers”, creo que somos mayoría los que vamos con los insectos y no con los humanos. Es imposible simpatizar con esa pandilla de majaderos que van abriendo camino a los inversores trajeados. 

Hay guerras y guerras, claro. Si los moros de la kabila o los andorranos de la montaña se presentaran en León para robarnos el oro y amenazaran la vida de mi hijo con francotiradores apostados, yo, por supuesto, sería el primero en acudir a la llamada del batallón. Pero sólo por eso: por la sangre de mi sangre. Y únicamente en el primer grado de consanguinidad. Los demás me dan un poco igual. Hay gente maja en las familias, sí, pero también mucho indeseable. 

Mientras no nos liquiden o nos esclavicen, a mí me da igual que nos gobiernen los andorranos o los chinos. O los insectos de Klendathu. Mientras no cancelen la liga de fútbol o nos obliguen a trabajar más horas de las necesarias, me es completamente indiferente la bandera que ondee en los estadios de fútbol o en la puerta de mi colegio. La bandera no es más que la coartada de los empresarios. El trapo donde se limpian la lengua los lameculos de la monarquía. Siempre será su bandera y no la nuestra.

“Starship Troopers” va un poco de todo esto: de una pandilla de niñatos, y de niñatas, que tienen el cerebro lavado por la propaganda y se alistan para combatir contra unos pobres bichos que viven en la otra punta de la galaxia. Paul Verhoeven rodó una parodia sobre las guerras de los americanos pero nadie quiso reírle la gracia y el exceso. Es más: le acusaron de belicista e incluso de fascista. En la izquierda ya no existe el sentido del humor. Unos por bobos y otros por talibanes. Ya dijo Ignatius Farray que el gran drama de la progresía es que hemos cancelado la ironía.




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Breaking Bad. Temporada 5

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“Breaking Bad” no habría terminado como el rosario de la aurora si Walter hubiera sido un padre que se lo pule todo en cachondeos y solo deja las migajas para que la familia tire mes a mes, sin preocuparse por el futuro. Un Walter White más jaranero habría protagonizado otra serie muy diferente: quizá un dramón de sobremesa, puede que turco o venezolano, en el que la mujer está hasta los ovarios de sus despilfarros y decide ponerle los cuernos con el compañero más salado de la oficina, mientras que el hijo con parálisis cerebral, allá en el instituto de Ankara o de Maracaibo, duda entre ser un muchacho virtuoso y alejarse de su influencia, o seguir los pasos de su padre para que dentro de unos años, cuando le venga el cáncer o la cirrosis, tengan que quitarle con fórceps lo bailado.

Pero gracias a que Walt Whitman -perdón, Walter White- era un padre responsable que quería legar muchos millones antes de morirse, nosotros hemos disfrutado como enanos de esta serie que ya es patrimonio cultural y calcio de nuestros huesos. Hubo, incluso, quienes se compraron camisetas con la imagen de Heisenberg frunciendo el ceño y oteando el horizonte de los desiertos. Yo mismo, recuerdo, lo tuve algún tiempo de fondo de pantalla, como si Willy Wonka -perdón otra vez, Walter White- fuera un héroe de la voluntad o algo parecido. Ahora mismo, después de ver la serie por tercera vez, siento un poco de vergüenza por aquella concesión a su mitología. 

A veces se nos olvida que el título de la serie, traducido al román paladino, es “Volviéndose malo”, “O tomando el camino equivocado”. La gente, en las tertulias de la seriefilia,  todavía debate si Walter White es un héroe trágico zarandeado por las olas o un genio del mal que vivía embotellado en su apariencia de pusilánime. No sé... Yo estoy cada día más convencido de lo segundo. Cada vez que repaso la serie me parece un personaje más imperdonable e hijoputesco. Pero ojo, no solo Walter White. El orgullo cerril anida en cada uno de nosotros, esperando su oportunidad. Y un orgullo desatado es una fuerza indomable de la naturaleza.




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