Breaking Bad. Temporada 1
Better Call Saul. Temporada 5
🌟🌟🌟🌟🌟
Vivo enamorado de Kim Wexler. De Rhea Seehorn no lo sé. Rhea es tan guapa como Kim pero no la conozco como a ella. Rhea cuenta con la ventaja de ser real -aunque viva muy lejos- pero podría ser una persona deleznable tras esa belleza deslumbrante. No lo sé, me lo invento. Pobre Rhea: yo aquí, elucubrando... Si tuviera que apostar diría que se parece mucho a Kim Wexler en los sentimientos. Los que saben de actuación dicen que es imposible no plasmarse de algún modo en los personajes.
Kim Wexler parece de mentira, pero no lo es. Es sólo de ficción. Los hombres reales la miramos como a veces la mira el propio Jimmy McGill -que siendo ficticio es el único que la toca: incrédulos. Un poco boquiabiertos. Un poco como niños ante el truco más refinado del gran mago. Jimmy la sondea como nosotros, con un ojo alegre y el otro inquieto, por si de repente se esfumara. Por si fuera un espejismo, un holograma, un sueño que no acaba de disolverse... Jimmy no termina de creérsela. Hay algo muy pervertido -pero una perversión de caballeros, ojo- en la creación de Kim Wexler. Vince Gilligan y Peter Gould son un par de tunantes. Unos románticos empedernidos.
Kim Wexler, en el mundo real, habría nacido para ser la esposa de un abogado de relumbrón, o de un banquero, de una estrella del balompié; o, en su defecto, una mujer desligada de los hombres que se limita a devorarlos, uno por uno, según su humor y su apetito. Aquí sin embargo, dentro del televisor, ella es la esposa -ahora ya sí, en la quinta temporada- de un chiquilicuatre como cualquiera de nosotros. De un tipo que necesitaría cien vidas ejemplares para merecerla.
Kim Wexler es buena y malvada, fría y sexy, retorcida y sincera. Es un enigma que “Better Call Saul” jamás resolverá. Me tiene encandilado. La serie cuenta la caída de un hombre en la oscuridad, pero también la ascensión de una mujer hacia la luz.
Starship Troopers
🌟🌟🌟🌟
Si algo bueno tienen las guerras es que en ellas también mueren muchos gilipollas. Yo, al menos, no puedo reprimir una sonrisa cuando un imbécil se alista voluntario para defender a la burguesía y muere justo en la primera refriega atravesado por un disparo, o por la garra afilada de un insecto extraterrestre. De hecho, en “Starship Troopers”, creo que somos mayoría los que vamos con los insectos y no con los humanos. Es imposible simpatizar con esa pandilla de majaderos que van abriendo camino a los inversores trajeados.
Hay guerras y guerras, claro. Si los moros de la kabila o los andorranos de la montaña se presentaran en León para robarnos el oro y amenazaran la vida de mi hijo con francotiradores apostados, yo, por supuesto, sería el primero en acudir a la llamada del batallón. Pero sólo por eso: por la sangre de mi sangre. Y únicamente en el primer grado de consanguinidad. Los demás me dan un poco igual. Hay gente maja en las familias, sí, pero también mucho indeseable.
Mientras no nos liquiden o nos esclavicen, a mí me da igual que nos gobiernen los andorranos o los chinos. O los insectos de Klendathu. Mientras no cancelen la liga de fútbol o nos obliguen a trabajar más horas de las necesarias, me es completamente indiferente la bandera que ondee en los estadios de fútbol o en la puerta de mi colegio. La bandera no es más que la coartada de los empresarios. El trapo donde se limpian la lengua los lameculos de la monarquía. Siempre será su bandera y no la nuestra.
“Starship Troopers” va un poco de todo esto: de una pandilla de niñatos, y de niñatas, que tienen el cerebro lavado por la propaganda y se alistan para combatir contra unos pobres bichos que viven en la otra punta de la galaxia. Paul Verhoeven rodó una parodia sobre las guerras de los americanos pero nadie quiso reírle la gracia y el exceso. Es más: le acusaron de belicista e incluso de fascista. En la izquierda ya no existe el sentido del humor. Unos por bobos y otros por talibanes. Ya dijo Ignatius Farray que el gran drama de la progresía es que hemos cancelado la ironía.
Breaking Bad. Temporada 5
“Breaking Bad” no habría terminado
como el rosario de la aurora si Walter hubiera sido un padre que se lo pule
todo en cachondeos y solo deja las migajas para que la familia tire mes a mes,
sin preocuparse por el futuro. Un Walter White más jaranero habría protagonizado
otra serie muy diferente: quizá un dramón de sobremesa, puede que turco o
venezolano, en el que la mujer está hasta los ovarios de sus despilfarros y
decide ponerle los cuernos con el compañero más salado de la oficina, mientras que
el hijo con parálisis cerebral, allá en el instituto de Ankara o de Maracaibo,
duda entre ser un muchacho virtuoso y alejarse de su influencia, o seguir los
pasos de su padre para que dentro de unos años, cuando le venga el cáncer o la
cirrosis, tengan que quitarle con fórceps lo bailado.
Pero gracias a que Walt Whitman -perdón, Walter White- era un padre responsable que quería legar muchos millones antes de morirse, nosotros hemos disfrutado como enanos de esta serie que ya es patrimonio cultural y calcio de nuestros huesos. Hubo, incluso, quienes se compraron camisetas con la imagen de Heisenberg frunciendo el ceño y oteando el horizonte de los desiertos. Yo mismo, recuerdo, lo tuve algún tiempo de fondo de pantalla, como si Willy Wonka -perdón otra vez, Walter White- fuera un héroe de la voluntad o algo parecido. Ahora mismo, después de ver la serie por tercera vez, siento un poco de vergüenza por aquella concesión a su mitología.
A veces se nos olvida que el título de la serie, traducido al román paladino, es “Volviéndose malo”, “O tomando el camino equivocado”. La gente, en las tertulias de la seriefilia, todavía debate si Walter White es un héroe trágico zarandeado por las olas o un genio del mal que vivía embotellado en su apariencia de pusilánime. No sé... Yo estoy cada día más convencido de lo segundo. Cada vez que repaso la serie me parece un personaje más imperdonable e hijoputesco. Pero ojo, no solo Walter White. El orgullo cerril anida en cada uno de nosotros, esperando su oportunidad. Y un orgullo desatado es una fuerza indomable de la naturaleza.
Breaking Bad. Temporada 4
🌟🌟🌟🌟🌟
Sí, la temporada 4, sin haber
repasado las tres anteriores, porque T. llegó a casa como un vendaval y me pidió
que le chutase mis viejos DVD para seguir la trama donde ella la dejó, justo
cuando Walter y Gustavo deciden matarse a la primera oportunidad.
T. -que venía muy agitada,
un tanto demacrada desde la última vez que la vi- me dijo que no podía aguantar
más, que desfallecía, que confesaba ser una adicta a la serie y vivir
descoyuntada desde que salió conduciendo de su pueblo. Que las pocas horas que
había pasado sin su dosis de metanfetamina habían sido para ella como el sueño del mono
loco, o como la última abstinencia de Renton en “Trainspotting”.
Mientras yo rebuscaba los
DVD en la estantería del salón, T. me confesó que llevaba días sin apenas
dormir, amorrada al logotipo de Netflix y a la cabecera del Bromo y del Bario.
Que no atendía los recados, que apenas comía, que ya ni siquiera descolgaba el
teléfono ni atendía a los wasaps. Que por eso había estado perdida, asociable, incomunicante...
Que se había encerrado en casa a cal y canto, a pestillo puesto y a persiana
bajada. Que la perdonara, pero que la culpa era mía, por haberle recomendado la
serie semanas atrás, “¿Cómo es posible que nunca hayas visto “Breaking Bad”..?
Me dijo, nada más desplomarse en el sofá, que a la porra las películas que teníamos programadas, y las otras series, y la vida más o menos en general. Que ella consumía la droga televisiva más pura y ya no podía detenerse. La droga que fabrica Walter White en los desiertos de Nuevo México y que luego vende Vince Gilligan a 11 euros la suscripción. Me dijo– impaciente, nerviosa, casi atacada, porque el viejo aparato tarda en cargar los DVD y primero salen las advertencias de la autoridad- que las horas pasadas lejos de Albuquerque le habían parecido el decimoquinto círculo de los infiernos. Pero que no se engañaba, y que era plenamente consciente de su adicción, y que yo, que también había pasado por estos trances, tenía que entenderla y arroparla. Y ponerle los DVD de una puta vez... Y sentarme a su lado para hacer de pañuelo de lágrimas, y de alivio de tensiones, y de confidente de teorías.




