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Ravalear

🌟🌟🌟🌟


“Ravalear” parte de una premisa dramática que en mi caso ya nace cercenada. A mí me da igual lo que le pase a ese restaurante del Raval llamado “Can Mosques” que centra el interés. No me conmueve que lo cierren, que lo derriben, que lo reconviertan en un gastrobar con ínfulas pijoteras. 

Mi padre, de pequeños, cuando nos llevaba a comer a sitios parecidos en Asturias, siempre nos decía que el dueño del restaurante no trabajaba para satisfacer nuestros deseos, para hacernos más gratas las vacaciones con la fabada y los calamares, sino para sablearnos la cartera. Para cobrarnos un margen de beneficio excesivo, a veces incluso delictivo. Mi padre, con eso, conseguía amargarnos cada cucharada de potaje, pero al mismo tiempo nos enseñaba una lección muy válida sobre la vida: todo pequeño negocio, a pesar de su aura romántica y venerable, no es más que el sueño avaricioso de un burgués: un sujeto económico que se aprovecha de los incautos para comprarse un chalet en la playa, y un Mercedes, y enviar a sus dos hijos a estudiar a California.

(Mis prejuicios con "Ravalear" se verán reforzados cuando en el episodio 5 descubrimos que el muy honorable papá, el dueño de “Can Mosques”, es un listillo que paga en B a sus esclavos y perpetra ingeniería fiscal para no declarar los impuestos correspondientes. El empresari català, en eso, como el empresario español).

La otra premisa falsa de “Ravalear” -falsa en mi caso, insisto- es que esa ejecutiva agresiva al frente del fondo buitre tiene que caernos mal por definición. Ella es una hija de puta con todas las letras y no seré yo quien afirme lo contrario. Pero siendo como soy un viejo bolchevique, cada vez que la miro cambiaría mi roja bandera por una cita frente al mar. Por una sola mirada estrábica de sus ojos codiciosos. Casi cincuenta años de ideales comunistas creo que ya merecen un reconocimiento, un retiro espiritual: hoteles de cinco estrellas y botellas de champán. Y mujeres a la altura. Ninotchka, cuando desertó, aún no había acreditado los años necesarios, pero yo sí.





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Segundo premio

🌟🌟🌟

Recuerdo que hace un par de años, empujado por la vergüenza cinéfila, vi dos películas de Isaki Lacuesta. Sólo recuerdo que transcurrían por el sur y que los personajes sudaban mucho con la calor. En mi memoria ya no quedan ni los títulos ni las tramas. Es el olvido total. Un ejercicio de autodefensa.

Había jurado no reincidir pero al final me pudo la presión. “Segundo premio" ha sido mi tercer encuentro con el cineasta. Pero ojo: un tercer encuentro no es lo mismo que un encuentro en la tercera fase. Lo primero es una sucesión ordinal; lo segundo, un contacto avanzado con extraterrestres. “Segundo premio”, por ejemplo, tiene poco de ordinal, y de ordinaria, pero sí mucho de marciana. Va de dos alienígenas andaluces que se hacen llamar “Los Planetas” y que componen canciones con vocación universal. Ellos, además, son andaluces de Graná, que son raza aparte y curiosidad medioambiental. 

No lo digo yo, que no sé nada: me lo decían unos amigos de la misma Granada que tuve en la juventud, gente de la diáspora laboral que acabó en Toledo mezclada con norteños y meseteños. Un crisol de culturas... Recuerdo que había una ovetense rubísima con la que yo quise crisolar. Pero ná. Mis amigos de Graná eran tan de Graná que casi abogaban por su secesión de Andalucía. Yo me lo pasaba pipa con ellos pero nunca les entendí. No del todo. Para empezar no usábamos el mismo calendario, ni teníamos los relojes sincronizados. De León a Granada hay casi los mismos kilómetros que de León a Marte. Y a los planetas... Quizá era por eso.

 “Segundo premio” me ha gustado más de lo que preveía, pero menos de lo que dicen por ahí. Ni pa ti ni pa mí. Tiene hallazgos y bostezos; cosas chulas y acertijos irritantes. Por un lado se bendice la originalidad y por otro se maldice. Las canciones son insufribles y moñas. Yo, de “Los Planetas”, antes de la película, ni flowers. En León, de chaval, a los grupos de este rollo sentimental los tirábamos al pilón, como en las fiestas de los pueblos. Entonces decíamos que eran “mariconadas” de canciones. Ahora ya no se puede. Y además, es verdad: está muy feo.





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