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“Ravalear” parte de una premisa dramática que en mi caso ya nace cercenada. A mí me da igual lo que le pase a ese restaurante del Raval llamado “Can Mosques” que centra el interés. No me conmueve que lo cierren, que lo derriben, que lo reconviertan en un gastrobar con ínfulas pijoteras.
Mi padre, de pequeños, cuando nos llevaba a comer a sitios parecidos en Asturias, siempre nos decía que el dueño del restaurante no trabajaba para satisfacer nuestros deseos, para hacernos más gratas las vacaciones con la fabada y los calamares, sino para sablearnos la cartera. Para cobrarnos un margen de beneficio excesivo, a veces incluso delictivo. Mi padre, con eso, conseguía amargarnos cada cucharada de potaje, pero al mismo tiempo nos enseñaba una lección muy válida sobre la vida: todo pequeño negocio, a pesar de su aura romántica y venerable, no es más que el sueño avaricioso de un burgués: un sujeto económico que se aprovecha de los incautos para comprarse un chalet en la playa, y un Mercedes, y enviar a sus dos hijos a estudiar a California.
(Mis prejuicios con "Ravalear" se verán reforzados cuando en el episodio 5 descubrimos que el muy honorable papá, el dueño de “Can Mosques”, es un listillo que paga en B a sus esclavos y perpetra ingeniería fiscal para no declarar los impuestos correspondientes. El empresari català, en eso, como el empresario español).
La otra premisa falsa de “Ravalear” -falsa en mi caso, insisto- es que esa ejecutiva agresiva al frente del fondo buitre tiene que caernos mal por definición. Ella es una hija de puta con todas las letras y no seré yo quien afirme lo contrario. Pero siendo como soy un viejo bolchevique, cada vez que la miro cambiaría mi roja bandera por una cita frente al mar. Por una sola mirada estrábica de sus ojos codiciosos. Casi cincuenta años de ideales comunistas creo que ya merecen un reconocimiento, un retiro espiritual: hoteles de cinco estrellas y botellas de champán. Y mujeres a la altura. Ninotchka, cuando desertó, aún no había acreditado los años necesarios, pero yo sí.

