Mostrando entradas con la etiqueta Francesc Orella. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francesc Orella. Mostrar todas las entradas

Ravalear

🌟🌟🌟🌟


“Ravalear” parte de una premisa dramática que en mi caso ya nace cercenada. A mí me da igual lo que le pase a ese restaurante del Raval llamado “Can Mosques” que centra el interés. No me conmueve que lo cierren, que lo derriben, que lo reconviertan en un gastrobar con ínfulas pijoteras. 

Mi padre, de pequeños, cuando nos llevaba a comer a sitios parecidos en Asturias, siempre nos decía que el dueño del restaurante no trabajaba para satisfacer nuestros deseos, para hacernos más gratas las vacaciones con la fabada y los calamares, sino para sablearnos la cartera. Para cobrarnos un margen de beneficio excesivo, a veces incluso delictivo. Mi padre, con eso, conseguía amargarnos cada cucharada de potaje, pero al mismo tiempo nos enseñaba una lección muy válida sobre la vida: todo pequeño negocio, a pesar de su aura romántica y venerable, no es más que el sueño avaricioso de un burgués: un sujeto económico que se aprovecha de los incautos para comprarse un chalet en la playa, y un Mercedes, y enviar a sus dos hijos a estudiar a California.

(Mis prejuicios con "Ravalear" se verán reforzados cuando en el episodio 5 descubrimos que el muy honorable papá, el dueño de “Can Mosques”, es un listillo que paga en B a sus esclavos y perpetra ingeniería fiscal para no declarar los impuestos correspondientes. El empresari català, en eso, como el empresario español).

La otra premisa falsa de “Ravalear” -falsa en mi caso, insisto- es que esa ejecutiva agresiva al frente del fondo buitre tiene que caernos mal por definición. Ella es una hija de puta con todas las letras y no seré yo quien afirme lo contrario. Pero siendo como soy un viejo bolchevique, cada vez que la miro cambiaría mi roja bandera por una cita frente al mar. Por una sola mirada estrábica de sus ojos codiciosos. Casi cincuenta años de ideales comunistas creo que ya merecen un reconocimiento, un retiro espiritual: hoteles de cinco estrellas y botellas de champán. Y mujeres a la altura. Ninotchka, cuando desertó, aún no había acreditado los años necesarios, pero yo sí.





Leer más...

El caso Asunta

🌟🌟🌟

La he visto casi de un tirón, pero eso no quiere decir nada. No me creo a ningún personaje. Aquí todo el mundo chirría, o sobreactúa, o imposta un acento gallego que da un poco de vergüenza. Hay gente que también habla en castellano o en andaluz y no se le entiende nada de nada. La Rosario Porto de las imágenes reales aún tenía un pase (mínimo) como mujer devorahombres. Pero su recreación... Jodó. 

Solo me creo a Tristán Ulloa haciendo del señor Basterra, quizá porque le miro de lejos y me veo un poco a mí mismo (en lo físico, digo, no jodamos): un tipo alto, desgarbado, con gafas de concha y pelo medio canoso. Parco en palabras y contenido en las emociones. Es el único que no ha hecho caso de los consejos y por eso construye el personaje más verosímil. Lo demás es una feria de histriones.

También me molesta mucho la banda sonora, esa cosa horrísona y machacona de gaitas y tamboriles. Ese subrayado melodramático para algo tan morboso que podía defenderse por sí mismo. Deduzco que la audiencia de Netflix necesita el redoble de emociones para creerse que hay gente mala por el mundo. La gente es estúpida del culo.

Por lo demás, todos conocemos a parejas que también están hasta los cojones de sus hijos. Gente que se dio el caprichito, que cedió a las presiones familiares, que se apuntó a la última moda entre el coro de amistades. Gente, incluso, que los tuvo de buena fe o que los adoptó en un arrebato de bonhomía, pero que luego se vio desbordada por la responsabilidad o porque tuvo que vérselas con un diablo de esos que te hacen la vida imposible. También los hay. 

A estos niños no deseados les salva que existen los abuelitos y que las parejas aberrantes como los Basterra-Porto son más bien infrecuentes. Si es verdad que fueron ellos, se tienen bien merecida la condena. Pero ojo: nunca seremos una sociedad madura hasta que esos hijos de puta que también adoptan perros y luego los abandonan en la carretera o los cuelgan de un árbol sufran las mismas penas de cárcel. Merecen la misma saña mediática en las televisiones. Nombres y apellidos, por favor. Yo nunca he visto la diferencia entre una niña china -o de cualquier lado- y un perrete que era todo amor y fidelidad.




Leer más...