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Orwell: 2+2=5

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George Orwell murió dos veces. La primera de tuberculosis, en 1950, y la segunda de pena, en el 2000, el mismo día que Mercedes Milá presentó “Gran Hermano” en la tele como un “experimento sociológico”. Los desinformados que nunca vemos televisión llegamos a pensar que Tele 5, en un extraño cortocircuito, había apostado por un programa de pedagogía política inspirado en “1984”. Pero al final, oh sorpresa, se trataba de espiar a una pandilla de chonis que se magreaban bajo las sábanas. 

El “Gran Hermano” de doña Mercedes no era una metáfora de Stalin, o de cualquier sátrapa vigilante, sino una parodia del crucifijo que presidía las camas matrimoniales y vigilaba con ojo atento las prácticas y los placeres. Y entre medias, cada quince minutos, interrumpiendo a los arrabaleros, mil anuncios de propaganda capitalista: “Sea feliz consumiendo, contaminando, aparentando...”.  “1984” pasó de ser una lectura fundamental, casi de obligada lectura en los institutos, a ser ridiculizada por la maquinaria de vender productos inútiles o prescindibles.  

Desde entonces -y ha pasado ya un cuarto de siglo- las profecías de George Orwell se han seguido cumpliendo como aldabonazos del destino. Porque en realidad no eran profecías, sino constataciones de lo humano. El concepto de dominación siempre es el mismo y solo van cambiando los rostros y los instrumentos: la legión romana, la excomunión papal, la cámara de gas, la Inteligencia Artificial... O la puta televisión. La sofisticación del engaño ya es indistinguible de la magia. Las dictaduras campan a sus anchas y las democracias han sido desactivadas. La gente ya no vota, o tira piedras contra su propio tejado. La ignorancia es la fuerza. La libertad es la esclavitud. 

Y si la propaganda no funciona, para eso están los portaaviones y los marines. La guerra es la paz. 





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El joven Karl Marx

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En el desarrollo embrionario del movimiento obrero, los socialistas se dividían entre el Frente Popular de Judea, liderado por los Monty Python, y el Frente Judaico Popular, liderado por Karl Marx y Friedrich Engels. Y luego estaban los anarquistas, claro, que venían de la estepa asiática arrasando como los hunos. 

    Mediado el siglo XIX, el zigoto revolucionario se había subdividido en varias células que discutían entre sí. Una aberración biológica que ha llegado hasta nuestros días en forma de parlamentos fragmentados y derechas siempre triunfantes. Todo empezó con aquel blastocito de proto-rojos con reloj de bolsillo que discutían en los cafés, y en las redacciones de los periódicos. Incluso en los prostíbulos respetables, enardecidos antes del desahogo sexual, o con más mansedumbre, en la relajación de los instintos.

    Los anarquistas como Bakunin confiaban en la superioridad numérica de los pobres y abogaban por lanzarse a la calle directamente y liarse a hostias con la policía. Otros, los socialistas más flemáticos, predicaban una especie de reconciliación con la burguesía para avanzar juntos hacia el horizonte de un nuevo amanecer. Y luego, a medio camino entre la violencia y la reconciliación, estaban los marxistas-engelistas, que empezaron siendo sólo dos fulanos, Marx y Engels, dos tipos concienzudos que querían empezar la casa de la revolución por los cimientos, y no por el tejado, y dotar al movimiento de un corpus teórico, de una sapiencia sobre estructura económica. Atacar la Estrella de la Muerte con unos planos que señalaran el punto débil de la burguesía, no lanzarse a lo loco con los X-Wings pilotados por obreros famélicos, ni pretender, tampoco, como esos tontainas de los utópicos, llegar a acuerdos fraternales con el Emperador de los austro-húngaros o el Darth Vader de los prusianos.

    Y en estas refriegas políticas de tipos con sombrero de copa transcurre El joven Karl Marx, que lo mismo podría haberse titulado el El joven Friedrich Engels, la verdad, pues tanto monta monta tanto, el judío exiliado como el hijo del empresario. Supongo que El joven Karl Marx es un título más comercial, más mainstream, porque de Marx, más o menos, aunque sea para ponerlo a parir, todo el mundo ha oído hablar, pero de Engels, que fue su compitrueno cuando llovían las tormentas y las hostias, sólo saben cuatro gatos que fueron a clase en el bachillerato.

    O ya puestos, La joven Jenny Marx, que es ese personaje intrigante que nació para ser baronesa y decidió seguir a su marido por los cuchitriles de media Europa, haciendo la revolución. Por amor, o por convicción, o por ambas cosas a la vez. Exige un spin-off.




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