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Los caballeros las prefieren rubias
Hatari
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La única palabra en suajili que yo conocía hasta hoy es “oblongo”, que significa “más largo que ancho”. La aprendí de chaval escuchando a Les Luthiers. Yo me reía mucho con sus paridas hasta que se pusieron de moda entre los compañeros más meapilas de los Maristas y empecé a sospechar que había gato encerrado. Seguramente no había gato, pero me alejé de ellos y todavía no he regresado. Uno de aquellos gilipollas ahora es un alto cargo de Vox a las órdenes de Mazón. Se veía venir desde que empezó a cantarle a Jesús con la guitarrita.
Hoy he aprendido otra palabra en suajili: “hatari”, que significa “peligro”. Un poco como el “Achtung!” sempiterno de las películas de nazis. En “Hatari” te juegas el pellejo si no sales a la sabana armado con un fusil. O con John Wayne a tu lado para protegerte de las fieras y los elefantes iracundos. Jon Baine -como le llamaba mi padre- ya recogía 55 castañas cuando llegó el otoño al África colonial, pero mantenía esa presencia magnética que no te permite apartar la mirada. Preguntarse si John Wayne fue un buen o un mal actor es no haber entendido nada. Él era John Wayne y sólo tenía que aprenderse el texto y colocarse en la marca correspondiente.
Aun así, resulta chocante que Elsa Martinelli se enamore de John Wayne en la película. Les separan 35 años y una belleza femenina escandalosa. Casi de no creerse. Son cosas de las películas de antes. Del patriarcado y eso. De los clásicos de Hollywood.
“Hatari” cuenta las aventuras de un grupo de cazadores que surten de animales a los zoológicos del primer mundo. Forman una comunidad endogámica al estilo de los Siete Enanitos del cuento, o de aquellos sabios que redactaban una enciclopedia en “Bola de fuego”, otra comedia de Howard Hawks. Los cazadores vivían sin mujeres -bueno, una sola, pero no cuenta- hasta que Elsa Martinelli, como Blancanieves, o como Barbara Stanwyck, vino a alterar la paz de sus hormonas. En contra de lo que habrían apostado los hermanos maristas, los cazadores de “Hatari” seguirán siendo unos profesionales a pesar de caer enamorados como adolescentes pajilleros.
No me gusta conducir
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A la deriva
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Hay que aguantar 45 minutos insoportables para encontrar finalmente la belleza en “A la deriva”. En eso, la película es como cualquier primer tiempo perpetrado por el Real Madrid: 45 minutos inexplicables, soporíferos, de un equipo que lleva varias temporadas vagando así, a la deriva. La diferencia es que la película al final remonta y el Madrid, últimamente, se ha olvidado de remontar.
Fueron los internautas, casi siempre generosos, los que me animaron a perseverar en la película. “Bienaventurados los que tienen paciencia porque de ellos será el reino del Yangtsé”, anunciaban en su evangelio. Y la suya era, efectivamente, palabra del Señor. De no haber sido por ellos habría abandonado a los veinte minutos. Quizá a los diez. “A la deriva” es todo un desafío para el cinéfilo de provincias: un documental mudo sobre la China profunda que baja a la mina, compra en el supermercado y luego se divierte en los karaokes. Se supone que hay un amor en marcha que luego será el hilo conductor de la narración, pero yo confundo todo el rato las caras, las situaciones, los gestos que se intercambian... Es que como si de pronto me hubiera vuelto idiota o desatento. No entiendo, no sigo, me desfondo al perseguir.
Y de pronto, en el segundo de los tres capítulos, cuando ya estaba a punto de apearme, un barco de pasajeros surca el Yangtsé camino de las Tres Gargantas y todo se vuelve hermoso aunque siga siendo difícil de entender. Ahora, por lo menos, hay una actriz china que ya no confundo con las demás. Ella -por lo que iba leyendo en las sinopsis, teléfono en mano- va en busca de un hijoputa que la abandonó años atrás sin darle ninguna explicación. Aquello sucedió en los primeros 45 minutos de la película y yo ni siquiera me había enterado.
“A la deriva” es así: poética, sublime, desafiante. Parsimoniosa y hermética. China. Muy china. Hermosa, después de todo.
Jay Kelly
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Solo los millonarios van diciendo por ahí que el dinero no es importante. Mucho ojo con ellos: son unos cínicos de cuidado. Todavía no he conocido a ninguno que acto seguido renuncie a su fortuna y se la endose a un pobre desgraciado.
Con el dinero se puede comprar todo eso que según Groucho Marx es más importante que el dinero pero cuesta demasiado: la salud, la libertad, tiempo de vida, los afectos y los amores. Serían amores interesados, por supuesto, pero así son también los amores en el mundo de los pobres. El amor incondicional es un trébol de cuatro hojas, o de cinco, tan extraño en el jardín de los millonarios como en el parque de los proletarios.
Jay Kelly -el alter ego de George Clooney- es una estrella de Hollywood que al llegar al ocaso de su carrera se arrepiente de sus éxitos económicos y sexuales. Él hubiese preferido, no sé, una existencia como la nuestra, precaria, insustancial, tan necesaria como olvidable. Vivir en un piso de mierda, y carísimo, lleno de ruidos y ahogado en estrecheces; alojarse en hoteles cutres cuando va de vacaciones y mirar tres veces la carta del restaurante para cuadrar los gastos destinados. Alternar hambrunas sexuales con relaciones amorosas donde lo erótico sucumbe rápidamente a la rutina o a la decepción. O a la pobreza misma, que a veces también pasa.
Jay Kelly es un hipócrita que despierta nuestro rencor de clase y nuestra inquina de fracasados. Y sin embargo, la película trata de emocionarnos con su dolor, con su nostalgia de la vida que no fue. “Jay Kelly” es una película mal concebida y mal parida. Un monstruo que en los tiempos antiguos hubieran arrojado por la Roca Tarpeya y que ahora, en cambio, estrenan en Netflix lanzando cohetes de colores.
A Jay Clooney -o a George Kelly- le remuerde, sobre todo, la conciencia de no haber pasado el tiempo suficiente con sus hijas. A medida que profundizamos en este “dramón” vamos descubriendo que sus hijas, ya independientes, le han ido rechazando no por ser millonario, sino por ser Jay Kelly, sin más, un tipo infantil y egocéntrico. Los millones no le cambian la personalidad a nadie: solamente la descubren, y quizá la subrayan un poquitín.
Un simple accidente
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He resistido todo lo que he podido. Me he hecho el tonto, el ciego, el olvidadizo... El paleto de provincias. “¿Panahi? Ni puta idea, no conozco a ese señor”. Pero al final no he tenido más remedio que claudicar. Hoy he visto, o mal visto, porque me he saltado tramos enteros, escenas completas, “Un simple accidente”.
Eran tantos los premios, los halagos, los sinónimos de gran maestro dedicados a Panahi, que al final me pudo la presión -la estúpida autopresión. Los corderos, al menos, pobrecicos, no saben a dónde van; pero yo sí sabía a qué venia: a aburrirme, a desesperarme, a no ver ninguno de esos hallazgos que sí ven las almas sensibles y cultivadas.
Y aun así, porque el deber me llamaba, vine. Cautivo y desarmado, pero vine, aunque solo fuera por quitarme la película de encima y no volver a saber nada de Panahi hasta su próxima ocurrencia. Hasta que lo vuelvan a encarcelar, o a liberar, que ya no sé, y le vuelvan a dar un premio de relumbrón confundiendo la disidencia con la artesanía.
Nunca entenderé el predicamento de Jafar Panahi en los círculos oficiales. Ni en los círculos amateurs que imitan a los oficiales.... O sí, lo entiendo, pero prefiero hacerme el sueco, o el iraní, porque lo contrario sería asumir del todo la estrechez de mi mirada. La omnipresencia de mi boina. Juro que lo he intentado varias veces con don Jafar -interesarme, emocionarme, seguirle el rollo- pero a la media hora de todas sus películas siempre he deseado salir huyendo a cualquier lugar: a la calle, a la cafetería, a otra película más feliz de la estantería.
Sólo una vez he sentido algo parecido a la empatía en una historia de Panahi: fue en “Offside”, hace mil años. Allí se narraba la desventura de unas pobres chicas que no podían asistir al estadio de fútbol para ver a su selección. El régimen de los ayatolás es terrible, sí, y Jafar Panahi uno de sus azotes, pero para eso ya están los premios humanitarios, y los reconocimientos políticos, no los galardones de cine que tanto me despistan.
Valor sentimental
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Desde que tengo recuerdo de mis días, el viernes por la noche es el momento más feliz de la semana. Cuando era niño, como una excepción a la regla monacal, los viernes cenábamos delante de la tele, en el salón, viendo el “Un, dos, tres” de Maira Gómez Kemp con aquellos concursantes pazguatos que preferían un utilitario de valor monetario X a un apartamento en Torrevieja, Alicante, de valor monetario 5X o superior.
El viernes era el único día de la semana en el que estaba eximido de hacer los deberes. Cenábamos tortilla francesa con jamón york y yo no concebía mayor felicidad que tener dos días por delante sin tener que acudir al presidido del colegio. El “Un, dos, tres” tiene para mí mucho valor sentimental y por eso lo traigo a colación.
Luego, de mayor, porque en realidad nunca me fugué del colegio, cuando no hay mujer a la que cortejar ni amigo al que cultivar reservo ese momento para ver las películas que intuyo magníficas y placenteras. Llevaba tiempo, por ejemplo, oyendo hablar maravillas de “Valor sentimental”, y este viernes desangelado decidí nombrarla dama interina de la corte y princesa nórdica de las holganzas.
La iba a ver igual porque en ella trabaja Renate Reinsve, y yo, que soy el caballero andante de su gloria, siempre voy por donde pisa Renate, por donde habla Renate, por donde respira Renate... Sin ser ciertamente la mujer más guapa de entre todas las escandinavas, Renate es un ideal de belleza que anida en lo más profundo de mis sueños: un canon fenotípico que me despierta instintos del Precámbrico e incluso de tiempos anteriores.
“Valor sentimental” lo tenía todo para justificar su flamante elección: el drama bergmaniano, y Renate, y los premios, y la vida siempre envidiable de los noruegos. Pero al final ha sido una decepción inesperada. “Valor sentimental” es un drakar vikingo que atraca en demasiados puertos emocionales. Es dispersa y confusa. Nos faltan datos y nos sobran silencios. Yo, al menos, camino por ella más bien perdido y perplejo. Es una película rara, un minimalismo megalómano. No me emociona para nada. Ni siento ni padezco. No tiene valor sentimental para mí.
Vergüenza. Temporada 1
Tengo un amigo que me mira mal cuando le digo que me
descojono con “Vergüenza”. Es como si de repente me devaluara ante sus ojos:
como si confesara un crimen tremebundo o una tara intolerable. Si le dijera que
evado impuestos o que me zumbo a las ovejas no me miraría con la misma cara de
desagrado. Quizá piensa que solamente un anormal puede reírse con una serie protagonizada por dos anormales como estos.
Mi amigo, en lugar de ofenderme, porque él es muy
educado y ya son muchos años de disensiones, se limita a decir que él dejó de
seguir “Vergüenza” porque no puede soportar que se haga mofa de la gente divergente.
Mi amigo es, ante todo, un humanista. También dice que todo en la serie es demasiado
absurdo e inverosímil, y que no le sorprende que un hombre como yo, tan dado a
lo raro y a lo tangencial, le ponga cinco estrellas en lugar de las dos
escuálidas que apenas se merece.
Cuando se pone en ese plan yo le recuerdo que él ha
tenido mucha suerte en la vida, siempre rodeado de amigos
normales –menos yo- y de familiares tolerables. De compañeros de trabajo
más o menos presentables. Gente normal, de andar por casa, con un equilibrio
apenas patológico entre las virtudes y los defectos. Y que gracias a esa fortuna, que le mantiene
encapsulado en un mundo feliz, no puede concebir que otras personas sí
conozcamos la triste realidad de personajes como Nuria y como Jesús.
Yo, de hecho, conozco a varios especímenes como estos
de “Vergüenza”: torpes sociales que se mueven en parámetros muy alejados de la
realidad. Fantasmones menguados que malinterpretan
las señales que marcan el camino. Desnortados que no saben cuándo
hay que perseguir los sueños y cuándo hay que conformarse con lo poco. Auténticos
gañanes, y gañanas, que jamás visitaron al oráculo de Delfos para comprender
que lo primero es conocerse a sí mismo y obrar en consecuencia.







