Me siento rejuvenecer
Mr. Scorsese
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Entre las 30 películas que me llevaría a la isla desierta -o al presidio de los rojos- hay dos que están dirigidas por Martin Scorsese: “Uno de los nuestros” y “El lobo de Wall Street”. Quizá, también, “La edad de la inocencia”, porque yo soy mucho de amores imposibles y vedados. Las demás de don Martin, no. Ni siquiera “Taxi Driver” o “Toro salvaje”, aunque sea pecado mortal y se enfaden los puritanos. Esto no es la iglesia de los santos, sino un diario personal.
Pocos directores más tendrían el -dudoso- privilegio de meter un par de películas en mi arca de Noé, para que sobrevivan y se reproduzcan. Estarían, así, a vuelapluma, Spielberg, Kubrick y Coppola. También Billy Wilder y Paul Thomas Anderson. Y David Fincher, claro. Y Fellini, y John Ford, y Berlanga con Azcona. Gastón Duprat y Mariano Cohn... Y Godard colgado del palo de mesana. Me dejo muchos en el tintero y empiezo a pensar que el arca de Noé se me está quedando muy corta de manga y estrechísima de eslora.
”El lobo de Wall Street” tiene un lugar especial en mi corazón porque en ella conocí a Margot Robbie y encontré un nuevo motivo para levantarme cada mañana. Pero también porque una vez, cuando ya estaba todo perdido, me sirvió de enlace generacional. Mi hijo, de adolescente, la vio con sus colegas y me preguntó que quién era ese director tan colgado y excesivo. “Pues un anciano venerable”, le respondí. El retoño se animó a profundizar en su filmografía -esperando, seguramente, un desparrame parecido- y una tarde lluviosa sin fútbol vimos “Uno de los nuestros”. Yo me reafirmé en que era una obra maestra, pero a mi hijo, incrédulo, le pareció una película lenta y poco gloriosa. “Hay muchos diálogos”, me espetó, y el abismo generacional, que parecía haberse suturado, encontró de nuevo la falla tectónica y partió en dos mitades el sofá de mi salón.
Ciudadano Kane
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En mi caso es imposible ver “Ciudadano Kane” y no recordar a Carlos Pumares en las madrugadas de la radio, en “Polvo de estrellas” de Antena 3, cuando le pedían una y otra vez, noche tras noche, en un machaconeo exasperante pero muy divertido, su opinión personal sobre la película.
Pumares siempre respondía que era una obra maestra pero que tenía una fallo tremebundo en su guion. ¡Cómo tenía que ser de maravillosa la película! -le gritaba luego al micrófono y ya de paso al oyente- para que nadie se percatara de ese fallo argumental y siguiéramos considerándola un clásico atemporal.
Entonces el oyente se hacía el tonto, o el despistado, porque ya sabía de sobra la respuesta, después de tantos años oyendo la matraca sobre “Rosebud”, pero aun así preguntaba que cuál era el fallo cometido por Orson Welles, y entonces, Pumares -porque también se gustaba mucho a sí mismo y creía que sólo él se había dado cuenta del error- volvía a explicar que cuando Charles Foster Kane pronuncia “Rosebud” en su lecho de muerte y deja caer al suelo la bola de cristal, no hay nadie a su lado que pueda escuchar su última palabra. La invocación postrera a su trineo de juguete.
Y es verdad: esta vez, después de veinte años sin haber visto la película, me he fijado mucho en la escena de su muerte y la enfermera entra en la habitación justo cuando Kane ya ha exhalado su último suspiro. “Rosebud” no es más que un temblor inaudible en el aire; las últimas tres gotitas de saliva suspendidas en la gravedad. Toda la trama de la película se sustenta en la búsqueda de una palabra que nadie ha podido percibir.
Por cosas mucho menos graves que ésa Pumares despellejaba otras películas que a mí me gustaban más que “Ciudadano Kane”. Pero yo se lo perdonaba todo porque luego, en el epílogo archisabido de la función, siempre nos recordaba que “Rosebud”, en la vida real, había sido el apelativo cariñoso del coño de Marion Davies, la amante de William Randolph Hearst, que es el ciudadano Randolph del que Orson Welles y Herman Mankiewicz, tan izquierdistas, se ríen como dos truhanes maravillosos.
Los caballeros las prefieren rubias
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Hatari
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La única palabra en suajili que yo conocía hasta hoy es “oblongo”, que significa “más largo que ancho”. La aprendí de chaval escuchando a Les Luthiers. Yo me reía mucho con sus paridas hasta que se pusieron de moda entre los compañeros más meapilas de los Maristas y empecé a sospechar que había gato encerrado. Seguramente no había gato, pero me alejé de ellos y todavía no he regresado. Uno de aquellos gilipollas ahora es un alto cargo de Vox a las órdenes de Mazón. Se veía venir desde que empezó a cantarle a Jesús con la guitarrita.
Hoy he aprendido otra palabra en suajili: “hatari”, que significa “peligro”. Un poco como el “Achtung!” sempiterno de las películas de nazis. En “Hatari” te juegas el pellejo si no sales a la sabana armado con un fusil. O con John Wayne a tu lado para protegerte de las fieras y los elefantes iracundos. Jon Baine -como le llamaba mi padre- ya recogía 55 castañas cuando llegó el otoño al África colonial, pero mantenía esa presencia magnética que no te permite apartar la mirada. Preguntarse si John Wayne fue un buen o un mal actor es no haber entendido nada. Él era John Wayne y sólo tenía que aprenderse el texto y colocarse en la marca correspondiente.
Aun así, resulta chocante que Elsa Martinelli se enamore de John Wayne en la película. Les separan 35 años y una belleza femenina escandalosa. Casi de no creerse. Son cosas de las películas de antes. Del patriarcado y eso. De los clásicos de Hollywood.
“Hatari” cuenta las aventuras de un grupo de cazadores que surten de animales a los zoológicos del primer mundo. Forman una comunidad endogámica al estilo de los Siete Enanitos del cuento, o de aquellos sabios que redactaban una enciclopedia en “Bola de fuego”, otra comedia de Howard Hawks. Los cazadores vivían sin mujeres -bueno, una sola, pero no cuenta- hasta que Elsa Martinelli, como Blancanieves, o como Barbara Stanwyck, vino a alterar la paz de sus hormonas. En contra de lo que habrían apostado los hermanos maristas, los cazadores de “Hatari” seguirán siendo unos profesionales a pesar de caer enamorados como adolescentes pajilleros.
No me gusta conducir
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A la deriva
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Hay que aguantar 45 minutos insoportables para encontrar finalmente la belleza en “A la deriva”. En eso, la película es como cualquier primer tiempo perpetrado por el Real Madrid: 45 minutos inexplicables, soporíferos, de un equipo que lleva varias temporadas vagando así, a la deriva. La diferencia es que la película al final remonta y el Madrid, últimamente, se ha olvidado de remontar.
Fueron los internautas, casi siempre generosos, los que me animaron a perseverar en la película. “Bienaventurados los que tienen paciencia porque de ellos será el reino del Yangtsé”, anunciaban en su evangelio. Y la suya era, efectivamente, palabra del Señor. De no haber sido por ellos habría abandonado a los veinte minutos. Quizá a los diez. “A la deriva” es todo un desafío para el cinéfilo de provincias: un documental mudo sobre la China profunda que baja a la mina, compra en el supermercado y luego se divierte en los karaokes. Se supone que hay un amor en marcha que luego será el hilo conductor de la narración, pero yo confundo todo el rato las caras, las situaciones, los gestos que se intercambian... Es que como si de pronto me hubiera vuelto idiota o desatento. No entiendo, no sigo, me desfondo al perseguir.
Y de pronto, en el segundo de los tres capítulos, cuando ya estaba a punto de apearme, un barco de pasajeros surca el Yangtsé camino de las Tres Gargantas y todo se vuelve hermoso aunque siga siendo difícil de entender. Ahora, por lo menos, hay una actriz china que ya no confundo con las demás. Ella -por lo que iba leyendo en las sinopsis, teléfono en mano- va en busca de un hijoputa que la abandonó años atrás sin darle ninguna explicación. Aquello sucedió en los primeros 45 minutos de la película y yo ni siquiera me había enterado.
“A la deriva” es así: poética, sublime, desafiante. Parsimoniosa y hermética. China. Muy china. Hermosa, después de todo.
Jay Kelly
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Solo los millonarios van diciendo por ahí que el dinero no es importante. Mucho ojo con ellos: son unos cínicos de cuidado. Todavía no he conocido a ninguno que acto seguido renuncie a su fortuna y se la endose a un pobre desgraciado.
Con el dinero se puede comprar todo eso que según Groucho Marx es más importante que el dinero pero cuesta demasiado: la salud, la libertad, tiempo de vida, los afectos y los amores. Serían amores interesados, por supuesto, pero así son también los amores en el mundo de los pobres. El amor incondicional es un trébol de cuatro hojas, o de cinco, tan extraño en el jardín de los millonarios como en el parque de los proletarios.
Jay Kelly -el alter ego de George Clooney- es una estrella de Hollywood que al llegar al ocaso de su carrera se arrepiente de sus éxitos económicos y sexuales. Él hubiese preferido, no sé, una existencia como la nuestra, precaria, insustancial, tan necesaria como olvidable. Vivir en un piso de mierda, y carísimo, lleno de ruidos y ahogado en estrecheces; alojarse en hoteles cutres cuando va de vacaciones y mirar tres veces la carta del restaurante para cuadrar los gastos destinados. Alternar hambrunas sexuales con relaciones amorosas donde lo erótico sucumbe rápidamente a la rutina o a la decepción. O a la pobreza misma, que a veces también pasa.
Jay Kelly es un hipócrita que despierta nuestro rencor de clase y nuestra inquina de fracasados. Y sin embargo, la película trata de emocionarnos con su dolor, con su nostalgia de la vida que no fue. “Jay Kelly” es una película mal concebida y mal parida. Un monstruo que en los tiempos antiguos hubieran arrojado por la Roca Tarpeya y que ahora, en cambio, estrenan en Netflix lanzando cohetes de colores.
A Jay Clooney -o a George Kelly- le remuerde, sobre todo, la conciencia de no haber pasado el tiempo suficiente con sus hijas. A medida que profundizamos en este “dramón” vamos descubriendo que sus hijas, ya independientes, le han ido rechazando no por ser millonario, sino por ser Jay Kelly, sin más, un tipo infantil y egocéntrico. Los millones no le cambian la personalidad a nadie: solamente la descubren, y quizá la subrayan un poquitín.







