Patton

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Recuerdo haber visto Patton de niño, con diez o doce años, en un reestreno para la pantalla grande que entonces era práctica habitual. Había batallas, tanques, cañonazos, y el general Patton soltaba muchas veces la expresión “hijo de perra”. La fiesta absoluta para un niño de barrio.... Eran una fiesta, sí, las películas de guerra. Nunca nos perdíamos una cuando la daban en la tele, o cuando la ponían en el cine. Sobre todo si era de la II Guerra Mundial, que nos la sabíamos de cabo a rabo, desde las playas de Iwo-Jima hasta las playas de Dunquerque.

       Si caía un soldado alemán nos alegrábamos, porque ellos eran los malos, los jodidos teutones. Caían a decenas, en cada cañonazo, lanzados al aire como guiñapos por la fuerza tremebunda de la onda expansiva, portadora de la verdad y de la democracia. Los alemanes siempre se llamaban Otto, o Hans, o Karl, y merecían la suerte que les había deparado el destino, por estar en el lado equivocado de la trinchera. Sentíamos pena, en cambio, si el que moría era un soldado americano, porque era una muerte siempre injusta, agónica, en la última bala de los diez ametrallamientos que lo persiguieron, con música muy sentida mientras transmitía sus últimos deseos a los compañeros. Al final siempre lo enterraban en una fosa improvisada, con su fusil haciendo de cruz, y en la culata que sobresalía grababan Sam, o Bill, o Jim, el nombre invariablemente monosilábico del muchachote que se había ganado nuestra simpatía porque guardaba bajo el colchón la foto de su novia rubia en bikini.

       De niños teníamos estos sentimientos, sí, pero no íbamos al cine para conmovernos por el drama humano. Sabíamos que esas batallas no eran inventadas, que habían causado muertes reales en escenarios sangrientos del pasado. Pero era un conocimiento sin emoción, neutro, como el que se aprende en un libro de texto. A nosotros nos interasaba ver en acción a los Panzer, a los Stukas, a los Spitfire, a los lanzallamas que casi siempre llevaban los alemanes y que arrasaban con un montón de soldados aliados a la vez, en un churrascazo de mucho cuidado que nos dejaba muertos de envidia. Quién tuviera uno así, en el cole, para freír a unos cuantos capullos en su punto… Éramos unos pequeños psicópatas, unos pequeños cabronazos insensibles. Unos monstruos fascinados por la tecnología de la muerte.

       Hoy he vuelto a ver Patton. Es una película que se ha quedado vieja. Muy vieja. Ya no puede conmover a nadie, excepto a los carcamales que sueñan con pasados heroicos, y con marchas militares sobre Cataluña. Hoy en día, la glorificación de un militar es igual de ridícula que la glorificación de un político. O de un obispo. Ya sabemos quiénes son, los unos y los otros. Sabemos de sobra qué les anima, qué les reconcome, qué les mueve a la acción. Qué mierda esconden detrás de las grandes palabras y de los grandes gestos. No son trigo limpio. Nunca lo fueron. Patton, la película, con su amable retrato del generalote malhablado y campechano, ya es prehistoria del cine.




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Sans Soleil

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Venía muy recomendado este documental francés, Sans soleil, del recientemente fallecido Chris Marker. "Un embrujo, un ensueño, poesía filmada…". Cosas así decía la prensa y escribían los foreros. Y quizá fuese así, en el año 83, cuando nada sabíamos de Japón -del Japón, decíamos- y cualquier parrafada poética que sonara a orientalista nos dejaba el alma arrebatada. Pero ahora, casi treinta años después, Sans soleil no pasa de ser un documento curioso, entretenido, y también muy pedante. Han sido treinta años muy fructíferos en lo que al conocimiento de Japón se refiere: muchas siestas de La 2, mucho canal Viajar en las plataformas de pago, muchos españoles por el mundo que terminaban recalando allí por trabajo, o enamoriscados de una geisha complaciente… 

Ahora paseamos virtualmente por las calles de Tokio y nada nos sorprende en demasía. Ya sabemos tanto de los japoneses como de los extremeños. Sans soleil redunda, pero no aporta. Y en algunas cosas, como en la parte dedicada a la esencia taoísta de los videojuegos -o un rollo parecido- se ha quedado antiquísimo. Tanto como el PONG de Atari. O la primera película de Tron.

¿Hay alguien, de verdad, entre tanto entusiasta del documental, que entienda el sentido último de lo que narra la voz en off? ¿Hay alguien que sepa explicar esos saltos narrativos que de repente nos conducen a Cabo Verde, o a Islandia? ¿Qué pretende Sans soleil? Más allá de sus bellas imágenes, su discurso resulta arcano y cargante. Eso sí: quien tenga la suerte de escuchar la voz original francesa, podrá disfrutar, si no del contenido, sí del continente. Poco importa que el discurso sea inconexo y pretencioso si la voz de esta mujer, Florence Delay -gracias, IMDB- te acaricia con la suavidad de una amante. Ya he dicho en algún sitio que en francés, si es una mujer quien te habla, todo suena a seducción y a sexo presentido. Aunque sean filosofadas sobre el carácter peculiar de los nipones. Sans soleil es, en ese sentido, un documental erótico como pocos. 



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Una mujer en África

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Durante unas horas terribles del atardecer he temido estar loco. Loco de remate. De los de verdad, de los que son conducidos al manicomio arrastrados por cuatro forzudos de bata blanca. O eso, o que estaba sufriendo un delirium tremens sin alcohol. O un rapto psicótico sin marihuana. O un traumatismo craneal sin accidente. Así he pasado la tarde, con el sofocón, con el acojone, barajando las distintas explicaciones de mi mala cabeza, hasta que los foros de internet, a veces tan frustrantes, a veces tan salvíficos, vinieron a demostrarme que no estaba loco, o que al menos mi locura era ampliamente compartida: Una mujer en África, dijeran lo que dijeran algunos críticos insignes, era una sandez inexplicable, inexplicada, el despliegue emocional de una Isabelle Hupert entregada a la causa de la nada, entrando y saliendo del jodido cafetal sin más propósito aparente que entrar y salir. 

Tengo que apuntar el nombre de estos críticos en una libreta. Siempre lo digo, pero nunca lo hago. Luego pasa el tiempo y se me olvidan sus nombres. Y así nunca me desembarazo de ellos, porque tarde o temprano vuelvo a toparme con sus gustos antipodianos, con sus opiniones marcianas, con la autoridad intimidante que otorga el escribir en un periódico de prestigio, o en una web de lujo. Esos reductos donde sueltan -sin que les tiemble la escritura- que Una mujer en África es la obra maestra del último cine francés. Tengo que apuntarlos, sí… A estos sospechosos habituales.




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Conspiración de silencio

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Mientras los pueblos de España celebran sus fiestas en honor a la Virgen, yo, escondido en la oscuridad del salón, me rasco la cabeza preguntándome por qué estoy viendo Conspiración de silencio a la hora de la siesta. Y no porque sea una mala película, ni mucho menos, aunque Spencer Tracy haciendo de héroe viejuno en el Far West sea una cosa de mucho pasmo. El guión juega sus cartas con habilidad, y los actores tienen carisma y jetos contundentes. Por ahí pululan Walter Brenan, Lee Marvin, Robert Ryan..., hombres hechos y derechos que nacieron para bordar estos papeles de pistoleros curtidos. Ya digo que no es una mala película, aunque grandiosa, la verdad sea dicha, tampoco.

Sucede, simplemente, que no puedo rebobinar el hilo mental que me llevó hasta Black Rock. ¿A quién perseguía yo cuando me topé con Conspiración de silencio? ¿A Spencer Tracy, quizá, que es uno de los espíritus que más se pasean por mi televisor? Es la opción más probable, porque Lee Marvin, por muy buen actor que sea, es un tipo al que me voy encontrando por casualidad, como esos amiguetes sin cita que suelen aparecer por el bar. Y el director de la función, John Sturges, apenas es un conocido al que saludo de vez en cuando. 

Preguntado así, a bocajarro, sólo podría mencionar de su obra Los siete magníficos, y La gran evasión. Mi ignorancia es, como ya ha quedado patente, lamentable en muchas materias. Mi pretendida cinefilia no es más que un queso gruyere con más agujeros que queso. El cinéfilo fetén se echará las manos a la cabeza cuando lea estas cosas. ¡El gran John Sturges, ninguneado por este mequetrefe! ¡El soberbio artesano, el gran maestro, el clásico director, maltratado por este mentecato que dice ser aficionado al cine! Pues sí, señores. Así son las cosas. No les voy a quitar la razón. Pero eso no hará que me ponga a bucear en su filmografía. Y no es que me regodeé en el error: es, simplemente, que ya no tengo tiempo para rectificar. ¿La filmografía incógnita de John Sturges o los próximos estrenos en la tele de pago? ¿Los inicios prometedores de John Sturges o la enésima temporada de mis series preferidas? ¿La época de madurez de John Sturges o el repaso gozoso a la filmografía íntegra de Azcona y Berlanga? Estudiaré a John Sturges en otra vida, con todo el tiempo por delante. Emprenderé un aprendizaje más sistemático, con una paciencia más refinada, con un tutor que me enseñe bien las lecciones, una a una, sin saltarme ninguna esencial. Como en esta vida han hecho los alumnos más aplicados.






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El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina

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Y aquí está, por fin, la primera película búlgara de mi vida. Se hizo de rogar, pero cuando llegó, lo hizo con el título más largo imaginable: El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina. Frase que pretende ser un canto a la vida, un acicate a nuestra lánguida voluntad, y que esconde algo de verdad y mucho de mentira. Porque que el mundo sea grande es asunto relativo y de mucha discusión, como bien saben los que viajan a Moscú y se encuentran al vecino del quinto en la Plaza Roja, visitando la momia. Y por otro lado, que la felicidad esté a la vuelta de la esquina, siendo muchas veces verdad, nada dice de la posibilidad real, casi siempre nula, de alcanzarla. Ahí está, sin ir más lejos, el despacho de quinielas que nunca me hace rico, o la pelirroja cuyo asentimiento me haría un hombre feliz. Ahí están, tan cerca, y tan lejos…

Ahora que ya no hay tanques soviéticos rondando por sus calles, los países del Este aprovechan sus películas para soltarle unos buenos palos al comunismo. Ahí están los extintos alemanes repúblico-democráticos, con Good bye, Lenin o La vida de los otros, o los polacos, con Katyn, o Popieluzsko, tan grata esta última a nuestra ultraderecha católica. Los rumanos dejaron testimonio de los grises tiempos de Ceaucescu con 4 meses, 3 semanas y 2 días, y los checos, pioneros en la denuncia, ya protestaron lo suyo en Kolya, o en La insoportable levedad del ser, aunque esta última la pagaran los americanos, y saliera en ella la belleza divina de una francesa muy chic. Eso sí: fueron los mismísimos rusos quienes gracias a Nikita Mijalkov filmaron la crítica más demoledora contra el sistema soviético, la más honda, la más poética, la que es distinta a todas las demás: Quemado por el sol.

Del cine búlgaro, en cambio -como del húngaro, o del eslovaco- nada sabíamos hasta la fecha. Y poco, muy poco, de la propia Bulgaria. Y por eso mismo, porque somos muy ignorantes, se agradecen las películas que vienene de países tan ignotos, ya que además de una historia que nos conmueva, nos traen noticias de cómo son sus gentes: qué comen, a qué juegan, qué programas ven por la televisión... De El mundo es grande y tal y tal, yo, la verdad, he sacado poca cosa. He aprendido, eso sí, que allí juegan mucho al backgammon. A todas horas. Que el backgammon, más que un juego, es una metáfora nacional de la vida. Que los abuelos regalan a sus nietos un tablero de backgammon como ritual de entrada al mundo de los adultos. Que el backgammon tienen pinta de ser un estrujamentes de mucho cuidado. Y cosas así... Porque sucede que una mitad de la película transcurre en Alemania, de cuya fauna y flora ya lo sabíamos casi todo, y la otra mitad en una taberna de la Bulgaria rural, que lo mismo podría ser el bar Paco de Villamulas del Peral, con su tabernero, sus parroquianos, sus mesas de formica. Floja como película, escasa como documental. La olvidaré, muy pronto.



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Últimos días de la víctima

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Emperrado en la tarea de completar mis círculos imperfectos, veo -o más bien malveo- Últimos días de la víctima, una película  de Adolfo Aristarain. Y digo malveo porque la única copia que ofrece internet es una versión sacada de un VHS casero, con imagen borrosa y sonido lamentable. Millones de hispanohablantes aficionados al cine no han sido capaces, en años, de colgar en la red una versión más apañada. Y es extraño, porque por muy vieja que sea la película, se trata de Adolfo Aristarain, ya digo, y de Federico Luppi, dos pesos pesados a ambos lados del Atlántico. Así que uno, a pesar del cabreo, debe dar las gracias a este inspirado fulano -o fulana- que un buen día decidió que su cochambrosa grabación podía serle útil a alguien.

Últimos días de la víctima es un thriller patagónico que no consigue emular la atmósfera que sí crean sus primos californianos, aunque Luppi, como siempre, se deje el bigote en el intento. Pero debo de ser su único espectador defraudado, porque las opiniones en internet son todo loas y alabanzas. El que menos, la pone de magistral y de thriller modélico. ¡Su guión lo firmaría el mismísimo Borges, o el mismísimo Kafka!, claman los más entusiastas. Y yo, ante tal torrente de simpatía, me siento como un estúpido en mitad de la multitud, a solas con mi hosca opinión, que es la mía, faltaría más, pero en la que es evidente que algo no funciona. Algo me he perdido que los demás opinantes, todos de muy alta prosapia, sí han visto en Últimos días de la víctima: un tono, una alegoría, un magisterio. En las otras películas de Aristarain yo era uno más con la masa, que aplaudía casi unánime. Pero ahora vuelvo a ser el Jeremíah Johnson de las estribaciones cantábricas. Vuelvo a ser el cegarato de la platea, el despistado de lo artístico, el más estúpido de los espectadores. Tendría que volver a verla, para deshacer este equívoco. Repasarla con otra atención, con otra actitud, más sentado que tumbado, más despierto que somnoliento. 

Pero para verla de nuevo tendría que volver a descargarla, pues la he borrado del disco duro en un arrebato de decepción. Otra vez el tiempo infinito de la descarga, otra vez la imagen pésima y el sonido cochambroso…




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El vuelo de la paloma

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Cuánto nos reíamos, en los años ochenta, de los fachas... En las películas españolas los ridiculizaban  como espantajos risibles del pasado. Y nosotros aplaudíamos felices y liberados. Qué tontos fuimos.

    Termino de ver El vuelo de la paloma, comedia entrañable del dúo García Sánchez y Azcona, y una insidiosa melancolía se instala en mi ánimo. Aquí se ríen de un fascistilla que regenta la Asociación de Amigos del Tirol, y que se pasa todo el día asomado al balcón, lanzando proclamas, exhibiendo banderas, riñendo a los artistas porque ya no ruedan películas como las de antes, como Raza, o ¡A mí la legión!, o Los últimos de Filipinas... Cuánta risa nos daban entonces los fachas, sí. Cuando de jóvenes íbamos al cine pensábamos que estos tipos ya eran toro pasado, carne de carcajeo, fantasmones sin susto. Pensábamos que España era un país definitivamente moderno, liberal, europeo. Eran los años de la movida, del revolcón, de los armarios abiertos. Los socialistas siempre ganaban las elecciones. Chanchullaban, mentían, traicionaban los principios, pero también construían hospitales, y escuelas, y repartían condones entre los jóvenes, aunque muchos no llegáramos ni a estrenarlos, perdedores eternos en la ideología ancestral de las mujeres guapas.

    En los años ochenta pensábamos que todo el monte era orégano. Qué poco sabíamos.... Sólo cuatro años después de estrenarse El vuelo de la paloma, un admirador de los viejos tiempos, con mostacho falangista y cara de mala hostia, gobernaba este país con una máscara de sonrisa falsa que te helaba la sangre. Luego se le subió la megalomanía hasta el bigote, y envuelto en banderas y en himnos militares nos llevó al borde del abismo moral. Desaparecido del panorama, creímos que su presencia sólo había un mal sueño, la psicosis colectiva de un puñado de votantes engañados. Y alegres y triunfantes volvimos a reírnos de los fachas, de los derechistas carpetovetónicos, de los pijos de Nuevas Generaciones. De las rubias con mechas que sabían perfectamente cuanto costaba un bolso de Loewe y no tenían ni puta idea de lo que costaba un kilo de tomates. Cuánto nos volvimos a reír de ellos, sí.

     Y de repente, en una cascada vertiginosa de acontecimientos que todavía no hemos acertado a digerir, unos fulanos dejan de pagar sus hipotecas en Estados Unidos y por arte de magia los tenemos otra vez aquí, aprovechando la ruina y la depresión, a los nietos de los fachas, a los hijos de los fachorros, trajeados, engominados, melifluos, riéndose ahora de nosotros: de los progres, de los rojos, de los perdedores de la historia, de los tontainas del buen corazón, de los ignorantes de la vida.





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Generation Kill

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Termino de ver los siete episodios de Generation Kill. Si lo que pretendía David Simon era que uno empatizara con estos marines de bajo escalafón, no lo ha conseguido. Pretende hacernos creer, con una insistencia machacona en los diálogos, que estos locos con sus gatillos son gente sensible y humanitaria. Unos simples mandados, en esto de asesinar moros comunistas  en el desierto. No, hombre, no.... Uno sí se apena, por ejemplo, de los soldados de la II Guerra Mundial, porque eran tipos, en su mayoría, arrancados de sus granjas, de sus pueblos, de sus talleres en la ciudad, a los que ponían un fusil en la mano y enviaban al matadero. ¿Pero estos marines de las guerras modernas, voluntarios todos en el oficio, hipertecnificados y chulescos? Bah
            Ahora mismo termino de ver un partido de la selección norteamericana de baloncesto, en los Juegos Olímpicos. Han ganado 100-0, o algo así, a un país de esos que suelen bombardear cuando el negocio vive horas bajas, o cuando el presidente de turno se presenta a la reelección y quiere dar un subidón en las encuestas. Son la hostia, sí, los atletas de la NBA. ¿Pero quién puede sentir simpatía por ellos, más allá de los adolescentes, o de los pijos vendidos a Nike, gente toda ella sin criterio? Ahí están, descojonándose en cada canasta propia, partiéndose el culo en cada cagada ajena, saludándose a todas horas con gestos raros de las manos. Ellos son los soldados invencibles y prepotentes del deporte, como los chicos de Generation Kill son los soldados imbatibles y pendencieros de la guerra. Insoportables, todos



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Hilary y Jackie

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Con la biografía atribulada de Mozart, Milos Forman rodó hace tres décadas Amadeus, un clásico intemporal alejado de cualquier cliché de los biopics. Por el contrario, con la vida igualmente atribulada de Jacqueline du Pré, este tal Anand Tucker filma un bodrio de cuarta categoría titulado Hilary y Jackie, sólo comparable a las TV movies con las que Antena 3 rellena su programación vespertina. Esa es la diferencia entre el gran cineasta y el mero colocador de cámara; entre el hombre cultivado que sabe dónde poner los subrayados y el mequetrefe sin luces que se deja llevar por la vena lacrimógena y marujil.

Llevo años escuchando la música de la malograda Jacqueline du Pré mientras escribo, o mientras sueño con mundos mejores en la oscuridad del habitación. Sus dúos con Daniel Baremboim son piezas que obran ese raro milagro de reconciliarte con la vida. Es por eso que Hilary y Jackie, de cuya existencia supe hace unos meses, era parada obligatoria en este periplo estival por las cinefilias menos transitadas. Y digo bien, obligatoria, y no deseada, porque ya en el mismo título de la película había algo que me desagradaba: Hilary y Jackie, como Banner y Flapy, como Pili y Mili, algo que sonaba a cursilón y tontaina, y que luego se vio lamentablemente cumplido ¿Qué nos importa la vida de su hermana Jackie, la flautista, si nosotros vamos detrás del genio, de la vida excepcional, de la artista irrepetible?  Si al menos se odiaran como Joan Crawford y Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane?, habríamos disfrutado de un melodrama tenso y malévolo, con ex-estrellas de la música en lugar de ex-niñas prodigio de Hollywood. Pero Hilary du Pré, además de personaje real en la película, es coguionista de este culebrón, y no iba a permitir que una buena historia estropeara su mermeládica participación. Con el ego hemos topado, amigo Sancho.




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I want you

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Es un impulso obsesivo el que me lleva a completar las filmografías de mis directores preferedios, aunque ya sepa, por dolorosa experiencia, que muchas de esas películas merecen de sobra su lugar en el desván. Supongo que por eso llaman, a lo mío, una cinefilia de caballo Si uno pudiera acallarla, regularla, someterla a la fría reflexión de los datos, quizá mi vida sería diferente, o el tiempo de ocio, al menos, más fructífero y relajado.

            Pero los mismos dioses que me regalaron el cine me regalaron la tara de la bulimia, y ante sus designios sólo cabe la resignación. Alabados sean por siempre, aunque me hagan perder el tiempo en películas como I want you, de mi idolatrado Michael Winterbottom, que en su -también- obsesiva compulsión de hacer una película cada año, va construyendo su filmografía con unas paladitas de cal y otras de arena.




            Que una película sea tan difícil de rastrear en Internet -y para I want you tuve que ponerme la gorra de Sherlock Holmes y comprarme la lupa más cara de la óptica- es síntoma de que o es una obra maestra maldita (en el 5% de los casos), o un lastre hundido por su propio peso en las profundidades del olvido. I want you es una versión oscura y carnal de Algo pasa con Mary, solo que aquí Mary se llama Helen y es la peluquera buenorra del pueblo, a la que todos los tíos, sean estos pinchadiscos, exconvictos o adolescentes tarados, quieren tirarse aplicando cada uno su táctica cinegética. Y es que Helen lleva en el rostro la belleza superlativa de Rachel Weisz, y una chica como ella, en un pueblo de mala muerte como éste, supone una incongruencia cósmica de tal calibre que sólo puede causar la confusión, el sinsentido, el pasmo intelectual del espectador que nunca atina ni con el género ni con la trama. Una historia así sólo puede abordarse en tono de comedia, porque tomada en serio, como se quiere la  tomar Winterbottom, lo que sale es una farsa inenarrable y aburrida.


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Gente de mala calidad

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Me gustaría encontrarme cara a cara con el fulano que en algún sitio de internet, o en alguna columna de la prensa, llegó a escribir que Gente de mala calidad era la gran comedia española de nuestros tiempos. Me gustaría gritarle cuatro cosas a la cara, a este juntaletras seguramente paniaguado por la productora. A este timador del tiempo libre, que es un bien tan preciado en el otoño de la edad. 

Son decenas, centenares, las grandes películas que uno todavía no ha visto, y que están ahí, en los canales de pago, en las estanterías de las tiendas, en las programaciones de madrugada, esperando su oportunidad. Son miles de horas que uno espera y atesora como agua de mayo en la sequía general de la vida. La vida es corta, terriblemente corta, y uno, que desgraciadamente no puede ganarse la vida yendo a festivales para ver todo lo que se produce, necesita que le orienten y que le recomienden. Uno, con los años, ha aprendido a distinguir los juicios serenos de las opiniones pagadas. Uno se sabe los tics, los tufillos, las afirmaciones que no cuadran. A veces, sin embargo, una información errónea elude todos los filtros, y se salta todas las aduanas. Y da lo mismo que tengas el olfato desarrollado de un perro policía. Siempre hay una tarde tonta, un momento de inatención, una prosa demoníaca que te embauca con artes sibilinas para luego dejarte en la mano un truño maloliente con dos moscas volando alrededor. Ocurre de Pascuas a Ramos, pero ocurre.

Y eso que yo, sólo con el título, me las prometía muy felices con Gente de mala calidad. Pocos habrá más irresistibles para un misántropo incorregible... Me ilusionaba ver una película que orbitase sobre el principio filosófico de que toda la gente, incluido quien esto suscribe, es, efectivamente, de mala calidad. Una cosa como de Billy Wilder, vamos, trasladada al siglo XXI de la España caída en desgracia. Diez minutos de metraje me bastaron para comprender que las intenciones no apuntaban tan alto, sino que se trataba, simplemente, de mostrar a gente haciendo el indio por la calle, ideando gamberradas, puteando al prójimo, sableando al amigo, sin un guión digno de tal nombre.





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El rey de la colina

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Meses después de haber visto Bubble y The Girlfriend Experience, completo este miniciclo errático por las rarezas de Steven Soderbergh con El rey de la colina. Había leído en algún sitio que las desventuras de este niño en la América deprimida de los años treinta componían la mejor película de Soderbergh. Supongo que quien esto escribió no había visto Sexo, mentiras y cintas de vídeo, o Traffic, o que simplemente, como tantas otras veces, sólo tenía ganas de darse pisto declarando genial una película que el populacho debía de desconocer. He vuelto a caer, una vez más, en la trampa de estos tipejos. No es mala película, El rey de la colina, que tiene un pase como fábula de superación personal, pero que no pasa de ser eso, un cuento con moraleja, un pasatiempo con mensaje, una historia que mi recuerdo difuminará, fraccionará y perderá en el plazo de unos meses.

Habría que establecer ahora, si esto fuese un diario serio, un paralelismo documentado y esclarecedor entre la Gran Depresión del 29 -tema de fondo de El rey de la colina- y la Super Depresión que ahora mismo se está llevando nuestros dineros. Pero esto, como ya habrán deducido los lectores más inteligentes, no es un diario serio. Sólo un manojo de ocurrencias soltadas al capricho de mis cortas entendederas.




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The corner

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The corner, la pretérita serie de David Simon, ahonda en aquello que The Wire tenía por menos interesante: el drama humano de los drogadictos. Uno siente pena, lástima, compasión, el abanico entero de sentimientos loables. Pero en The Wire ellos no eran el argumento principal. Ni nosotros, los espectadores, ávidos de corruptelas y cinismos, queríamos que lo fuesen. Nos interesaba mucho más el eterno juego de los policías y ladrones, de los políticos que no quieren o no pueden mover un dedo por sus ciudadanos. Uno ve desfilar en The corner a los yonquis desdentados, y no puede remediar que el bostezo o el desinterés asomen la patita de vez en cuando. Y eso que es -faltaría más, tratándose de David Simon- una serie cojonuda, concienzuda, verosímil, de actores en estado de gracia y líneas de guión de la más alta literatura callejera. Como en The Wire, vamos. Pero aquí ya no hay escuchas, ni griegos, ni politicastros, ni Stringer Bells, ni Marlos, ni McNulties…  Sólo la tragedia humana de quien cae devorado por la adicción. Sólo.

Ocurre además, en The corner, que muchos actores que luego en The Wire hicieron de policías, aquí hacen de yonquis, o de camellos, con el mismo telón de fondo de las esquinas y los barrios degradados. A los pocos meses de haber terminado con The Wire, uno se encuentra a los perseguidores haciendo de perseguidos; a los cacheadores haciendo de cacheados. Y el cerebro humano, que siempre es tan torpe, y tan remiso a los cambios, piensa que a estos tipos finalmente los echaron de la policía, con tanto recorte presupuestario y tanta puñalada trapera, y que ahora vagan por las calles comprando droga con sus pensiones raquíticas. En fin. No quiero pensar qué extrañas relaciones establecerá mi cerebro cuando dentro de unas semanas encare Treme, la que dicen nueva obra maestra de David Simon. 



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Jules y Jim

🌟🌟

Movido por el deber de las revisitaciones, cedo dos veces a la cabezadita del sueño mientras veo, o más bien trato de ver, Jules et Jim, el aclamadísimo clásico de Truffaut. El primer sueño interrumpe la película a los diez minutos, y cuando vuelvo en mí, el reloj del vídeo ya corre raudo por la media hora. Han sido, pues, veinte minutos de vuelo sin motor por los paisajes de mi interior, indiferente a las golferías trifásicas de estos dos tunantes enamorados. Reconcomido por la culpa rebobino lo perdido, pero unos minutos después vuelvo a caer fulminado por el aburrimiento, justo cuando Jean Moreau hace su primera aparición en la tostada, y el ménage à trois más citado en la historia del cine está cometiendo sus primeros y terribles pecados. Rebobino de nuevo la grabación, molesto por mi desidia, avergonzado por mi comportamiento. Pero ninguna actitud de niño aplicado podrá salvarme ya del tedio y la indiferencia. El resto de Jules et Jim lo voy troceando con pausas para el café, con visitas al cuarto de baño, con parones esporádicos para ver como va el partido de Nadal en Wimbledom... Llego al final de la película desfondado, arrastrándome por el metraje, como un maratoniano cojitranco que sólo quiere traspasar la línea de meta por orgullo.

Truffaut, una vez más, vuelve a dejarme indiferente. E incluso un pelín mosca. Cincuenta años de cine separan sus clásicos en blanco y negro de mi deficiente formación como espectador, y ese abismo ya no hay puente que lo salve. Jules et Jim, como tantos otros clásicos del santoral, es una película de obligada visión, porque es historia del cine, obra capital de una época donde sólo sugerir un ménage à trois encendía las plateas y resquebrajaba la sociedades. Pero no es, desde luego, una película de obligado disfrute. Que me aspen si he entendido algo de lo que Jules, Jim, Truffaut y esa locatis de Catherine querían enseñarme.

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Le quattro volte

🌟🌟🌟

Uno, en auntos de literatura, identifica la poesía con el perifollo, con el lenguaje florido, con el exceso verbal. En cambio, en el cine, uno siempre ha pensado que la poesía está en el minimalismo, en la quietud del paisaje, en el rostro sostenido de un personaje que no habla. Es por eso que Le quattro volte, película italiana que acaban de pasar por los canales de pago, y que firma un primo de José Luis Guerín perdido en la Calabria, puede catalogarse de poesía pura. Pues no hay en ella diálogo alguno, ni armazón dramático de homínidos que se amen o se odien. Sólo paisajes rurales, postales de la naturaleza, metáforas de los ciclos vitales...

Los personajes de Le quattro volte son un pastor, una cabra, un árbol y un trozo de carbón que se suceden en protagonismo a medida que el alma que los abandona se reencarna en el ser inferior. Es una cosa extraña a medio camino entre el documental y la reflexión mística. No creo que este primo italiano de Guerín, el tal Michelangelo Frammartino, se haya hecho muy rico con el proyecto. A los espectadores que presumimos ante las mujeres de ser distintos y profundos, Le quattro volte nos ha dejado pensativos, sumidos en honduras existenciales. A los incautos que desconocían el asunto, y han caído aquí por pura casualidad, les habrá irritado la lentitud, la inconcreción, la ortodoxia nula del invento. Le quattro volte es cine marginal, arriesgado, muy recomendable para quienes quieran poner a prueba la pureza de su cinefilia. 




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Margin Call

🌟🌟🌟🌟

Veo, en dos tandas de cuarenta y cinco minutos cada una, porque el sueño de la siesta es poderoso y tiránico, y no conoce aplazamientos ni concesiones, Margin Call, esta película que aborda las horas previas al hundimiento de un banco inversor que recuerda mucho, pero mucho, joder qué casualidad, a la estética y a la moral de Lehman Brothers.

        A Margin Call se le agradece que no trate de explicarnos, a los espectadores que no leemos las páginas salmón de los periódicos, cuáles son los mecanismos financieros que dieron al traste con el negocio de las hipotecas y los castillos en el aire. Uno ya escarmentó en su día con Inside Job, que era un documental que prometía explicarlo todo y nos dejó igual que estábamos, porque no conocemos la germanía, ni entendemos las matemáticas, ni nos aclaramos con los conceptos. Y porque sospechamos, además, que nadie nos contará jamás la verdad última del asunto, la arquitectura oculta del desaguisado, por muy didácticos y radicales que se pongan los documentalistas y los cineastas. Pues la cruda verdad, la simple y siniestra, es la que financia sus proyectos profesionales, y paga sus hipotecas, y al final siempre hay un alto ejecutivo en el despacho que grita: "¡Hasta aquí hemos llegado!"




        Se le agradece también, a Margin Call que ponga frente a frente, en duelos diálecticos de primera categoría, con mucha filosofía del egoísmo y mucha reflexión sobre la avaricia, a dos tipos como Jeremy Irons y Kevin Spacey, que en los amplios salones que dominan Manhattan se visten para la esgrima con trajes de ejecutivos sin alma, y toman sus floretes muy afilados para brindarnos una lucha épica de estocadas finísimas, de fintas elegantes, de una agresividad animal enmascarada con formas exquisitas. Qué fulanos. Impagables. En Margin Call, y en todas las demás.


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Un día en Nueva York

🌟🌟🌟

Es sábado por la mañana. En el desayuno, sin la prisa de la escuela, mi hijo y yo vemos el arranque de Un día en Nueva York, que hemos pillado por casualidad en los canales de pago. Es justo la escena inicial, cuando Gene Kelly, Frank Sinatra y el otro tipo cuyo nombre se comió la historia bajan del barco cantando ”New York, New York... ¡It’s a wonderful town!, dispuestos a destripar la ciudad en un solo día.

Mi hijo se ha levantado tan somnoliento que ni siquiera protesta por la usurpación de su territorio, donde los dibujos animados son reyes absolutos y tiránicos. Yo me ducho, me visto, saco el perro a pasear, y al volver a casa, cuarenta minutos después, ahí sigue el retoño, en la silla del comedor, con el desayuno ya terminado, siguiendo las andanzas de los tres marineros cantarines. Y aunque quiero alegrarme, no sé si preocuparme también. O Un día en Nueva York es un clásico tan luminoso que encandila incluso a los niños playstónicos del siglo XXI, o este chaval no ha dormido un carajo y ni siquiera sabe qué es lo que está viendo, más allá de unos tíos vestidos de primera comunión que cantan y bailan cuando les apetece. 

Tengo la tentación momentánea de preguntarle, de desvelar el misterio científico de su interés, pero en el último instante prefiero pasar de largo por el pasillo. De pronto me da miedo conocer la verdad. Un niño de trece años fascinado por Un día en Nueva York -no drogado, no alelado, no amenazado-  sería realmente, en los tiempos que corren, un friki. Una rareza de la que presumir sólo en voz baja, en ambientes muy selectos y discretos. Un motivo de orgullo, sí, y hasta de honda satisfacción. Pero una preocupación más en este páramo cinematográfico donde nadie nos entiende, y nadie nos acepta. El repelente niño Vicente al que uno no sabría si exhibir o esconder.








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Austin Powers 2: la espía que me achuchó

🌟🌟🌟🌟

Vemos, Pitufo y yo, en dos ratos robados a la Eurocopa de fútbol, las dos primeras películas de Austin Powers. La verdad es que son malas, muy malas, de un humor chusco y pedorrero, pero nos lo hemos pasado como enanos. Nos hemos revolcado como cerdos en la basura que Mike Myers nos echaba a paletadas desde el otro lado de la tele. Lo hemos hecho por voluntad propia, sabiendo a lo que veníamos. Yo, el liante, porque ya las había disfrutado en su tiempo como un tontaina, y Pitufo, el liado, porque venía puesto sobre aviso de lo que Austin Powers iba a ofrecernos. Que es el humor, por otro lado, que a él más le gusta, el que se gana las carcajadas y los aplausos en su instituto de barriada periférica.

Aquí, en principio, el que sobraba  era yo, con mi adolescencia irresuelta, con mis cuarenta años desaprovechados. Con mi bochornosa predilección por películas que otras gentes de mi edad ya no aguantan más allá de diez minutos, ofendidas en su gusto, y en su orgullo. Yo, en cambio, que ya he tirado la toalla de la madurez, que me sé perdido para la causa de los adultos, me regocijo como un paleto de pueblo con las necedades que vomita Mike Myers. Y no sólo eso, sino que las recuerdo, y las imito, y algunas hasta las incorporo a mi propio repertorio, como el “sí, nena”, o el “mojo”, o la tronchante parida del “miniyo”, uno de los muchos apodos que Pitufo ha ido recibiendo en sus trece sufridos años de existencia, como mi querido Padawan, o Luke Rodríguez (porque yo era Darth Vader), o Fredo (cuando se comporta como el hijo tonto de la familia). Un infatilismo vergonzoso que sólo aquí, en estas páginas que nadie lee, me atrevo a confesar.

       Pitufo, por cierto, sigue sin encontrarle el chiste a que una agente secreta se llame Marifé Lación. Era lo más guarrindongo de la función, y no se ha coscado del asunto. Bendito sea.




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Mientras duermes

🌟🌟🌟

Veo en los canales de pago Mientras duermes, película de intriga y terrorcillo que protagoniza Luis Tosar en el papel de Luis Tosar, y que viene firmada por Jaume Balagueró, el genial documentalista que ya plasmara en REC la realidad cotidiana de nuestros patios vecinales.

            Mientras duermes es una película entretenida, no digo que no, pero la olvido casi al instante de levantarme del sofá. Como muchas películas del género, guarda una trampa de guión casi en cada giro. De adolescente me entretenía en anotarlas, en pasárselas por el morro a todos los que decían que tal película era cojonuda. Me sentía muy listo, y muy importante. Ahora, sin embargo, que me dedico a la vagancia y a la vida contemplativa, y que prefiero disfrutar del cine sin buscarle las cosquillas o las tres patas, he aprendido a no hacer caso de las mentirijillas que pueblan estas películas. Pero hay un mecanismo interior que nunca descansa, una inteligencia en alerta que va apuntando  las incoherencias, las imposibilidades, las lagunas inexplicadas, y que al final, cuando empiezan a pasar los títulos de crédito, llama a la puerta de la conciencia y me entrega el sobre con la nota definitiva, siempre menos entusiasta.

Mientras duermes pretende ser, a su estilo, también algo dreyeriana. Pero donde Dreyer necesita media hora de aburrimiento para hacernos entender la existencia metafísica del Mal, a Balagueró, que es un cineasta moderno, le basta con poner a Tosar frunciendo el ceño y mirando de soslayo para hacernos entender la naturaleza retorcida de sus entrañas. Mientras duermes va mucho más allá de Dreyer en sus aspiraciones filosóficas. Porque descubrir en Marta Etura las primeras arrugas, los primeros defectillos de su piel antes impoluta, le hace a uno pensar en el paso del tiempo, en la fragilidad de la vida. Y eso, señores míos, estarán conmigo, que es Dreyer elevado al cuadrado, o al cubo, pero en una película española, de colorines, casi de ayer mismo, que no pretende ser nada del otro mundo, y que no es nada del otro mundo en realidad.





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El cielo gira

🌟🌟🌟

Veo, en La 2, que en tiempos fue la universidad de mi cinefilia, de cuando vivía con mis padres y la tele de pago era un imposible tecnológico y monetario, el aclamado documental patrio El cielo gira.

La documentalista Mercedes Álvarez, que sigue los pasos rurales del inefable José Luis Guerín, regresa al pueblo soriano donde nació, Aldealseñor, para retratar la decadencia que amenaza con borrarlo primero del censo y luego del mapa. Se podría haber titulado el documental así, Aldealseñor, del mismo modo que Guerín, en un alarde de simplicidad, llamó al suyo sobre Innisfree, Innisfree. Pero los topónimos castellanos no poseen la misma resonancia que los británicos, o que los franceses, aunque todos vengan a decir más o menos lo mismo sobre los valles y los caminos. Mistertown, en traducción libre, hubiese sonado mucho mejor. Pero Aldealseñor, así, a palo saco, con sus paleticos con boina y sus mujericas con mandil, no habría sacado un duro en las salas de cine. En cambio, con este título que le pusieron al final, El cielo gira, tan poético y tan sujeto a interpretaciones, uno se deja llevar al huerto de secano con la esperanza de pasar un buen rato, y de extraer unas cuantas reflexiones. Aunque luego, realmente, la cosa no pasa de ser un documento curioso que los lugareños aprovechan para contar sus cuitas y divagar sobre lo divino y lo humano, con esa letanía de los pueblos que uno nunca sabe si es sabiduría milenaria, o estulticia revestida de gramática rancia.

De todos modos, hay en El cielo gira diez minutos que te despiertan la admiración y te sacuden de encima la modorra. Esos en los que el pintor Pello Azketa, ya medio ciego, planifica y ejecuta el lienzo sobre el que plasmará la dureza cromática de estos páramos sorianos. Uno queda pasmado ante el arte inalcanzable de quien va ordenando sus esquemas y sus colores en el recogimiento de su estudio. Imposible no recordar a Antonio López en El sol del membrillo, enfrascado en aquella tarea imposible de captar la luz del sol reflejada en los frutos cada vez más grandes y caídos.





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La vida mancha

🌟🌟🌟🌟

Con La vida mancha, cuarta película de esta retrospectiva titulada Qué ocurre en mi puta cabeza con el buen cine español que una vez vi e incomprensiblemente terminé por olvidar, pongo fin a este ciclo sobre Enrique Urbizu que ha ocupado los días más radiantes y jodidamente calurosos de la primavera.

De La vida mancha guardaba el recuerdo de que había dos hermanos, uno de ellos metido en un lío monetario del copón, y otro, el más chulo y peripuesto, el inevitable José Coronado del universo urbiziano, que venía a solucionar los asuntos monetarios y a enredar la madeja en los temas del amor. Nada más que eso. Lamentables, una vez más, mis escombros. Estos son los retales que me quedan de las películas que un día me hicieron la vida soportable. Así es como agradezco sus desvelos. Tan grave como no recordar el nombre de un amigo, o de una amante. La misma vergüenza, el mismo error imperdonable, la misma mala opinión de uno mismo.

La vida mancha es una buena película. Mucho más cuando José Coronado pasea en ella su cara de póker y no sabes muy bien por dónde te va a salir. Lo mismo esperas una peli de asesino psicópata que de cura obrero que viene a socorrer a la barriada. En cambio, cuando él no asoma por el escenario, la película se pone tontorrona y poética. Con esa poesía desubicada y sucia de los barrios proletarios. Ni siquiera Zay Nuba, que es una mujer de bandera, de aires orientales y sonrisa de mandarina, es capaz de sostener con su belleza los interregnos donde Coronado no está. Pero estos pecados no justifican la gran apostasía mía del olvido. Al contrario: la La vida mancha tiene virtudes incuestionables que afean aún más mi defecto. 

Como dice la inscripción que lleva el personaje de Coronado en su pitillera: “Cuarenta inviernos asedian tu cabeza” Una cita que supongo extraída de este poema desconsolado de William Shakespeare (gracias, de nuevo, internet, solución vergonzosa de mi incultura):



Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos
y ahonden surcos en tu prado hermoso,
tu juventud, altiva vestidura,
será un andrajo que no mira nadie.


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El funeral

🌟🌟🌟

Veo, en la sobremesa sudorosa de finales de mayo, El funeral, película rescatada del túnel del tiempo gracias al dinero que me gasto en el satélite Astra. Recuerdo que los críticos, en su tiempo, decían que esta película de Abel Ferrara iba para obra maestra definitiva del género. Recuerdo que la vi hace la porra de años en un cine de León, en compañía de cuatro gatos silenciosos. Recuerdo que me gustó, y que comulgué con el entusiasmo gafapástico de la crítica. Que me sentí, una vez más, miembro iniciado de la secta. Pero luego llegó el tiempo, y el sosiego que analiza las películas con más frialdad, y El funeral se quedó en los puestos mediocres de las 50 mejores películas de gánsters de todos los tiempos.

No es mala película, El funeral. Sale Christopher Walken, y Benicio del Toro, y el malogrado Chris Penn, que son actores que ya nacieron con cara de mafiosos, y que se mueven en estos argumentos como peces en el agua putrefacta. Pero nada, después de Los Soprano, volverá a ser lo mismo en el género: ni la tragicomedia, ni los estallidos de cólera, ni los crímenes sorpresivos… El funeral, con sólo dieciséis añitos de vida, se nos ha quedado vieja. Pretende impresionarnos con su dureza, con su bestialidad, con sus diálogos sobre la conciencia y el correcto proceder de los sicarios.  Pero estos tíos, en comparación con la banda de Tony Soprano, no pasan de ser unas nenazas. Los seguidores del género nos hemos hecho mayores, y tenemos el alma recubierta de callo.

Rescato de El funeral este diálogo mantenido entre Vincent Gallo y su matón:
       - Necesitamos algo que nos distraiga, y sólo tenemos libros. Quizá la radio, y el cine, nos mantienen vivos. ¿Crees que la vida tiene mucho sentido sin las películas?
     - Yo creo que vas a ir al infierno, por hablar así.

      

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Mataharis

🌟🌟🌟🌟

Por la noche, en esta segunda película del ciclo que lleva por título Olvidos Imperdonables del Cine Español, rescato Mataharis, que llevaba meses pidiendo turno en la estantería. Y quedo, una vez más, prendado de la facilidad que tiene Icíar Bollaín para abordar historias tan complejas de un modo tan simple. Para lograr que sus actores y actrices siempre salgan impecables y creíbles; para que hablen como usted, o como yo, en el lenguaje de la calle, con acentos y expresiones que uno reconoce propios, o cercanos, y no esos envaramientos teatrales tan habituales en el cine patrio, donde los actores que interpretan a un carnicero de barrio y a su clienta marujona, pongamos por caso, declaman textos imposibles y engolan la voz de un modo ridículo.

Hoy es 24 de mayo. Consulto mis registros, que los tengo, aunque algo descuidados, y descubro, entristecido y preocupado, que sólo han pasado tres años desde la última vez que vi Mataharis En este suspiro de tiempo ya había olvidado una de sus historias principales, y de otra sólo conservaba el planteamiento inicial. ¿Cómo pueden sucederme estas cosas? ¿Dónde van a parar estos recortes de mi vida? ¿Qué oscuro proceso mental los lleva del aplauso a la papelera, de la emoción al olvido? ¿Qué dioses malévolos juegan así con mis recuerdos? ¿Cómo son capaces de robármelos antes mis propias narices? ¿Cómo pueden transportarlos a los sótanos de mi cabeza sin hacer un solo ruido? ¿Cómo transitan por mis carreteras interiores sin que ningún control los detenga, sin que ningún aduanero registre su paso? ¿Cómo lo hacen, estos habilidosísimos ladrones?



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El caso Farewell

🌟🌟🌟

Huyo del canal TCM autor -donde José Luis Guerín se ríe de mi incapacidad para comprenderle- y encuentro, en el Canal +, donde la programación suele ser menos exquisita, una película adaptada a mis menguantes capacidades. Allí me topo con una de espías y topos a la francesa, El caso Farewell, donde se narra la true story  de un coronel soviético que allá por los años ochenta pasaba jugosísimas informaciones a los servicios de espionaje occidentales. El caso Farewell es un regreso feliz al esquema clásico del género. Sin ser una película de las de recomendar a voces, me ha quitado, al menos, el complejo de idiota que desde ayer llevaba colgado a la espalda como un monigote. No es que su trama sea la madre de todos los líos, precisamente, pero requiere, al menos, un mínimo de atención, y también, para entender las intrigas, una culturilla básica sobre la Guerra Fría, la Francia de Miterrand y los orígenes de la Perestroika. 

Nada del otro mundo, ciertamente, sólo un mínimo aprovechamiento de la EGB y de la historia que uno ha visto desarrollarse en televisiones y periódicos. Estoy seguro de que muchos que presumen de entender los procesos mentales de Guerín, con sus sombras, sus trenes y sus cortinas, andan muy perdidos en estos menesteres históricos de El caso Farewell. O ésa es, al menos, la creencia a la que debo aferrarme para levantar un poco el orgullo alicaído.

Lo peor de El caso Farewell es que uno de sus protagonistas, el franchute metido a espía amateur, es el últimamente omnipresente en mi vida Guillaume Canet, el marido en la vida real de Marion Cotillard. Cada vez que él sale en pantalla, yo pienso en Marion, con una mezcla de melancolía y de despecho, porque ella no está, y además le pertenece… 




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The Girlfriend Experience

🌟🌟🌟🌟

The Girlfriend Experience es la curiosa indagación de Steven Soderbergh en la vida cotidiana de una prostituta de lujo en Nueva York. Una prostituta que no vende sexo exactamente, o no sólo, sino una girlfriend experience completa, global, cuerpo y espíritu, la ilusión masculina de que esta mujer guapísima y sofisticada, previo pago de 10.000 pavos la noche, es tu novia solícita y enamorada. Un subidón de autoestima artificial que sólo pueden pagar, curiosamente, los que ya tienen la autoestima por las nubes. Es una gran contradicción, sí. El contrato incluye cine con palomitas, cena en restaurante chic, y confesiones muy íntimas en la almohada cuando llega el cigarrillo de después... Un servicio, ya digo, muy exclusivo, que sólo pueden permitirse los tiburones de las finanzas y los cachalotes de la política, estresados por el trabajo de tener que robar a tantos pringados.



            La chica que encarna a la girlfriend en cuestión es Sasha Grey, la actriz porno más famosa de nuestros pecados inconfesables. Sasha no es una mujer mayor, ni mucho menos, y conserva sus atractivos como si hubiera pactado su edad con el diablo. Pero se ve que necesita cambiar de aires profesionales: abandonar las camas, las piscinas, los asientos traseros de los coches, y hacer cine del que se desarrolla en otros ambientes más normalizados, con conversaciones que no se dirigen siempre hacia el mismo y húmedo tema. Sasha también se ha tomado la película como una personal experience, como un desafío novedoso a su carrera de actriz, y nosotros, por supuesto, sus fans más o menos entusiastas, aplaudimos y respaldamos sus inquietudes.


           De cualquier modo, el personaje más fascinante de la película es ese tipo que se presenta a sí mismo como Probador de Prostitutas de Lujo, un fulano que a modo de inspector de la guía Michelin pide permiso para catar el producto, y a cambio te regala una crítica laudatoria –o no- en su blog especializado. Es un hombre mayor, veterano, que con el cuento de su sacrosanta palabra ha vivido miles de experiences así por la cara. Un tipo muy listo, o un jeta de cuidado, o un viejo rijoso lamentable, lo que ustedes prefieran. 





            
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Bubble

🌟🌟

Por la noche, porque hoy había Copa de Europa, y el tiempo dedicado al cine se estrecha en la franja nocturna, veo Bubble, otro personalísimo divertimento de Soderbergh que apenas sobrepasa la hora y poco de metraje. Era la pieza exacta que necesitaba para completar el puzzle milimétrico del día. Aunque ya puestos, habría sido de agradecer que Bubble durase incluso menos, porque si en The girlfriend experience, la película de ayerhabía una intención clara de contar una historia original con un estilo resultón, aquí, en un pretendido ejercicio de estilo, nos adentramos en un thriller casposo y sin chicha, con personajes que desprenden un nivel de empatía cero en la escala Richter de las emociones.

            - Hemos encontrado a tu novia asesinada…
            - Pues vaya. ¿Qué pena, no? La quería tanto…

            Y cosas así, de diálogos de editorial Bruguera. Y si a los mismos personajes les importa un bledo el crimen, y su resolución, qué nos va a importar a nosotros, espectadores al otro lado del Atlántico, que sentimos porque los personajes sienten y nos quedamos chafados y aburridos si ellos dimiten de sus obligaciones, bostezando nuestra indolencia sobre los muelles ya quejosos del sofá.





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Blackthorn

🌟🌟🌟

No hay nada más aburrido que un western típico, con su pueblo fotocopiado, su saloon y su whisky, sus putas y su cancán, sus duelos al sol y sus petulancias de macarras al atardecer. El sheriff guapísimo y el malo sin dientes. El bueno que no falla un disparo y el malo que jamás acierta ninguno. El médico borracho y el leguleyo con gafas. Los de la partida de póker y los cuatreros sin afeitar. Los héores que reciben balazos en el hombro y los indios que caen muertos a tres por disparo. Los colonos piadosos en su carromato y los lunáticos vestidos con pieles de oso en las montañas. El Séptimo de Caballería -¿no había otro, el Sexto, o el Segundo?- que siempre llega a tiempo y siempre comparece impoluto. Las bandas de mexicanos que nunca llegan a tiempo y jamás encuentran el momento de lavarse.

            Me pasé la infancia viendo la misma película en la tele, una y otra vez. Y se me ha quedado un trauma. Es ver a un cowboy llegar al pueblo y cambio de canal como reacción instintiva. El western ha producido obras maestras incontestables, algunas de las cuales ocupan un lugar preemimente en mis estanterías: El hombre que mató a Liberty Valance, Sólo ante el peligro, Río Rojo, Sin Perdón, Centauros del desierto, Grupo Salvaje, Jeremiah Johnson... Pero son una de cada diez, o de cada cien. Perlas valiosísimas  desperdigadas en la inmensidad del océano. 

          Aunque los paisajes bolivianos que acogen las andanzas del viejo Butch Cassidy sean bellísimos, Blackthorn, me temo, es una nueva reiteración del asunto. El Oeste era como era, eso lo comprendo, y tampoco van a poner en él ordenadores o legiones romanas para darme a mí el gustazo de lo original. O alienígenas, como en la última parodia del género. Pero el Oeste, eso seguro, ya da muy poco de sí. Es un filón próximo al agotamiento. ¿Para qué, pues, estas revisitaciones, estos remakes, estos homenajes, estos "westerns crepusculares" que ya sólo son el eufemismo de lo visto mil veces? Qué ganas me están dando, jo, de poner al otro Butch Cassidy, mucho más joven, en "Dos hombres y un destino", antes de la balacera.





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