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El que titula no es traidor: las cosas que decimos y las
cosas que hacemos no suelen coincidir. O coinciden menos de lo deseable. Pasa
en todos los órdenes de la vida, laborales o familiares, deportivos o
judiciales, pero en el amor nos llevamos la palma. Es ahí donde solemos decir
digo y hacer Diego, o donde nos dicen Diego, y nos hacen digo. Creo que me
explico... La mentira es una hipocresía lamentable, pero inevitable, porque con
la verdad absoluta por delante, con el corazón en la mano, y la lengua sin pelos,
aquí sólo sobrevivirían los más aptos, como en la teoría de Darwin. Apenas
quedarían por el mundo tres o cuatro parejas verdaderamente ensartadas por la
misma flecha, capaces de mirarse a los ojos sin descubrir la sombra de una duda
o de un secreto deplorable.
Las cosas que hacemos y las cosas que decimos se bifurcan,
sobre todo, en el desamor, que es ese estado límbico (de limbo) que precede a
la ruptura, y en el que el amante desertor ya apunta con el catalejo a otra
isla de promisión. Ahora está muy de moda lo de vivir la soledad como una
fortaleza, como una oportunidad para el descanso de los genitales desamparados,
pero en realidad, quienes así peroran, sólo están predicando la necesidad como
virtud, y la desgracia como evangelio. Si se puede, si uno tiene cierto valor
en el mercado, aquí nadie salta sin red, como demuestran estos franceses y estas
francesas de la película, que se enamoran de continuo, luego se desenamoran, y
hasta que consolidan el siguiente amor, incapaces de vivir solos, llegan a casa
a las dos de la mañana diciendo que se perdieron en el metro, o que se les hizo
tarde en el trabajo.
Lo bueno de la película -y del mundo real donde se mueve esta
gente tan guapa- es que aquí nadie sale dañado del todo, porque el engañado, o
la engañada, cuando se sabe cornudo, o cornuda, apenas tarda un cuarto de hora
en arreglarse, bajar a la cafetería, pedir un café con croissant y despertar el
deseo en catorce mesas a la redonda. Así cualquiera.
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