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Ione Montero e Irene Belarra –creo que he confundido los apellidos- no están muy contentas con la última película de Luca Guadagnino. Lo sé porque el otro día, en la radio, una de sus acólitas decía que el director italiano era un “misógino que cuestionaba el testimonio veraz de las mujeres”. El presentador del programa, en la SER, asentía con su silencio al igual que el resto de tertulianos. El miedo a perder oyentes es más poderoso que el afán de disentir, cuando disienten. Como oyente de izquierdas ya he aprendido a interpretar esta nueva realidad: cuando están de acuerdo con la delegada inquisitorial, los tertulianos lo dicen abiertamente; y cuando no, callan o carraspean levemente. Son tiempos de autocontención.
Yo pensaba que Luca Guadagnino era un director bien querido a ese lado del Mississippi porque es una especie de Almodóvar italiano que reivindica gozosamente lo gay, lo queer, el poliamor no posesivo entre heterosexuales... Un director moderno con todas las connotaciones posibles de la palabra. Un cineasta que a veces firma películas meritorias y otras veces “experiencias fílmicas” aburridísimas. Pero siempre, hasta hoy, un compañero de barricada.
Yo veo todas sus películas porque prefiero el riesgo de aburrirme a la duda de perdérmelo, y tengo que decir que no me sorprende el enfado de la “I & I Corporation” con “Caza de brujas”. El espectador sabe exactamente lo mismo que el personaje de Julia Roberts. Es decir: nada. La denunciante dice que sí y el denunciado dice que no. No hay pruebas. No hay vestigios. No hay grabaciones. Es palabra contra palabra. El tipo es ciertamente un macho repulsivo al que le cuesta entender las negativas; pero ella, no menos sospechosa, ha hecho de su cuádruple categoría -mujer, lesbiana, negra y asquerosamente rica- un arma imbatible para ir trepando en la Universidad.
Guadagnino no se moja. De hecho, la agresión sexual, cierta o no, sólo es un mcguffin argumental. Lo interesante en la película es el juego de egos, de intereses, de cosas que se tapan y se desdicen... Una película gris. Personajes con dos caras. Un pecado mortal para las podemitas.

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