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La vida alegre

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Gracias al condensador de fluzo que te venden con FlixOlé, esta tarde aparqué el Delorean junto al dispensario que regentaba Verónica Forqué en “La vida alegre”: una comedia de Fernando Colomo que sigue la pista a varios gonococos que pasan de cama en cama hasta llegar a los genitales del ministro de Sanidad. 

“La vida alegre” es una comedia descocada y muy propia de la movida madrileña. Si hacemos caso de las crónicas que nos llegaban de la capital, allí, en los años 80, cuando cerraban los negocios, heterosexuales y homosexuales se lanzaban a una bacanal donde follaban hasta los del percentil más bajo de la belleza. Si en los años 60 llegaron los emigrantes del campo para ganarse las perras, en los años 80 llegaron los libertinos frustrados para echar los polvos que en provincias no se permitían o eran más raros que el uranio mineral.

En “La vida alegre”, Verónica Forqué estaba en la flor de su simpatía y Antonio Resines antoniorresinaba más que nunca con su cara de panoli y sus titubeos de calzonazos. Justo por allí, por los pasillos del ministerio de Sanidad, correteaba Ana Obregón con sus vestidos ceñidos y su sonrisa pomular, interpretando -o algo parecido- a una auxiliar administrativa que sólo sirve para elevar la moral de los funcionarios. Ahora nos reímos mucho de Ana Obregón porque se ha convertido en un personaje extravagante, pero hace cuarenta años, en el esplendor en la hierba, se nos congelaba la sonrisa cuando lucía su palmito en las películas y nos quedábamos pegados a la tele como moscas -moscones- de la fruta.

En aquellos tiempos todavía había actrices florero que se desnudaban -o dejaban entreverse- para jolgorio del personal. Lo igualitario, lo propio de la vida alegre, hubiera sido que también se despelotaran los actores para regocijo de las señoras, y no este puritanismo medieval que ahora nos venden como el no va más del progresismo.



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El día de la bestia

🌟🌟🌟🌟


“El día de la bestia” ya forma parte de nuestro entramado neuronal. De momento, hasta que vengan otras generaciones a jodernos la marrana y a sumirnos en el olvido, es una película inmortal. No sé si buena o mala: solo digo que inmortal. 

Cuando alguien la menciona te vienen a la cabeza las imágenes imborrables y los diálogos antológicos: “Soy satánico, ¡y de Carabanchel”; “Sí, padre, yo peco la hostia”; "Hace de Cé"... Qué recuerdos. Qué chanzas con los amigotes. Santiago Segura en su “prime". Todo lo suyo que vino después -salvo algún chiste afortunado del primer Torrente- ha sido decadencia y mercantilismo calculado. Una pérdida incalculable.    

Treinta años después de la venida fallida del Anticristo, yo caminaba por la Gran Vía de Madrid bajo el anuncio luminoso de la Schweppes y recordé, como en un acto reflejo, que allí, en el edificio Capitol, o en el estudio que lo recreaba, estuvieron colgados el padre Berriatúa, Jose Mari el rockero y el profesor Cavan del Chichinabo. Los tres Reyes Magos del Anticristo... Recuerdo que hice una foto nocturna para el Instagram y como único comentario puse “666”. Nadie la entendió, o al menos nadie le dio al like. También es verdad que mi cuenta es un sistema muy alejado del centro de la galaxia. 

El último día de mi turisteo por Madrid decidí ir caminando hasta la estación de Chamartín. Y en el camino, claro, me topé con las torres KIO, que oficialmente son la "Puerta de Europa" porque Castilla no es Europa pero sirve de antesala. Y recordé que allí detrás, en una obra que ahora estará sepultada bajo otras diez innecesarias, nació el anti-Dios que fue sacrificado casi de inmediato por el mismo Diablo que lo engendró. En eso, la verdad, “El día de la bestia” siempre ha sido una peli muy confusa. Rematada casi con desgana. 

El Anticristo, al final, era la Anticrista, y ya tenía 16 años cuando el padre Berriatúa vendió su alma para encontrarla. Se ve que llevaba muy equivocados los cálculos de la Cábala. Y en esas estamos, al borde del fin del mundo, como pronosticaba la película, con la Anticrista viviendo en un ático y los cayetanos poniendo orden en las aceras.  





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Michael Moore in TrumpLand

🌟🌟🌟

TrumpLand es Wilmington, Ohio, un villorrio de diez mil habitantes donde Donald Trump, en las primarias de su partido, cuadruplicó el número de votos que obtuvo Hillary Clinton. Wilmington es territorio comanche para Michael Moore, que es el azote de los conservadores, el paladín del socialismo en Estados Unidos. Pero nuestro gordo tiene un par de cojones, y una gorra de béisbol que le concede un valor temerario, y para su nuevo discurso se ha traído los bártulos al teatro principal de la ciudad, donde se enfrentará cara a cara con los votantes del empresario extemporáneo. Como si el Gran Wyoming se presentara en el centro cívico de La Moraleja para mantener un cara a cara con los peperos que lo tienen por un terrorista bolivariano. Afortunadamente para Michael Moore, ningún gordito socialista fue herido por arma de fuego en el rodaje de este documental. Que no era descartable, en semejante ecosistema.
 
    La misión de Michael Moore, por supuesto, a pocas semanas de las elecciones presidenciales, es convencer a los votantes de Donald Trump de que se lo piensen dos veces, antes de liarla. Moore entiende su frustración de clase media venida a menos. Su enfado contra el sistema económico que se ha llevado las fábricas y los empleos a otro lugar. Él mismo procede de Flint, Michigan, antiguo paraíso de los obreros del automóvil que ahora es una distopía de industrias vacías y casas destartaladas. Los páramos de Robocop. Michael Moore les grita que de acuerdo, que muy bien, que den rienda suelta a su indignación, pero que de ahí, a votar a un botarate como Trump, media un abismo de responsabilidad. Porque además, Hillary Clinton, lejos de ser la mujer guatemala frente al hombre guatepeor, todavía puede darnos una sorpresa agradable. Quién sabe.
 
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