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Puñales por la espalda: De entre los muertos

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Siendo una película sobre sacerdotes y titulándose “puñales por la espalda”, uno podría pensar que esta vez el detective Benoit iba a resolver una trama de abusos sexuales en el seno de la Iglesia. Un “Buenas noches, príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra” pero con curas amorosos y no con atentos educadores.

Pero no. Los tiros de la película, o las puñaladas, no iban por ahí. Hay un puñal, sí, pero de metal, y también una espalda, pero más tirando a la zona lumbar que a la parte baja de la tentación, nada de sacra ni de sacrílega. El título de la película al final era muy poco metafórico porque ya viene de las dos tramas anteriores.

Lejos de eso, el asesinado es justamente un sacerdote: uno que no sabemos si abusaba de los niños pero sí daba el coñazo un domingo tras otro, describiendo a sus feligreses las penas del infierno como hacían los curas de antes -los ibéricos sobre todo- soltando espumarajos de loco desde el púlpito consagrado. Ya eran tantos, en la película, los parroquianos que se sentían señalados y asustados, que entre todos lo mataron y él solito se murió. La tercera parte de las puñaladas podría ser una adaptación de “Fuenteovejuna” al estilo de Rian Johnson y su franquicia.

¿Pero murió? He ahí el intríngulis. Porque el padre Wicks -como hizo dos mil años antes el fundador de su secta- resucitó de entre los muertos para seguir sembrando la palabra y la discordia. Parece imposible, pero hay caminos inescrutables. El detective Benoit no se habría presentado en tan teológico berenjenal de no ser porque el principal sospechoso del crimen es el padre Jud, un pobre cuitado que también parece un sacerdote de los de antes. En concreto, uno de aquellos que sólo trataban de comprender a los demás y de echarles un cable si podían. Una rara avis, y un bendito de Dios, que decíamos entonces, antes de que los cardenales y los arzobispos tomaran cartas en el asunto.





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El misterio de Glass Onion

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“El misterio de Glass Onion” fue la última película de estas navidades. De estas vacaciones de Navidad, quiero decir, que empezaron el 22 de diciembre con la confirmación de la pobreza y terminaron el 9 de enero con la celebración de la salud, Y lo escribo sin ironía, porque la salud sigue siendo el pilar que sostiene todo este tinglado: el de la vida y el de la escritura.

Han sido diecisiete días de comidas inapropiadas y de perezas insólitas en la cama. Alcohol no mucho: algún vino extra por los bares de León y una sidra El Gaitero para celebrar que habíamos llegado vivos a Nochevieja. Han sido diecisiete días de reencuentros familiares, de compras de libros, de torneos de billar por los garitos menos recomendables. No soy yo, sino el hijo, que me arrastra... También han sido diecisiete días colgado al teléfono, como Stevie Wonder, cantando “I just called to say I love you”... Y dos citas arrebatadoras. Y bici, mucha bici, ya que cerraron las piscinas y el tiempo atmosférico  acompañaba. He logrado -no del todo- el Equilibrio de la Lorza. Ir achicando a pedaladas las grasas que entraban en los dulces y en los guisos. Y en las tapas de los bares, donde nunca sirven brócoli ni compota de manzana.

Pero ya se me acabó este privilegio, este momio, este chollo. La inflación se está llevando mi sueldo de maestro, pero, de momento, los días de asueto permanecen intocados, como en los mejores tiempos del funcionariado. Y yo, puestos a elegir, lo prefiero así. Prefiero el tiempo al oro, como cantaba Serrat. Y la vida al sueño también. Y las películas a casi cualquier otro entretenimiento. Ha sido una Navidad muy fértil en ese sentido, pero muy frívola también. He visto mucha cuchipanda que tenía pendiente a la espera de ver las cosas más serias en compañía. “Glass Onion” ha sido la guinda que coronó el pastel. La cebolla que le dio el toque último al estofado. Una película divertida, tontorrona, imperfecta... También es verdad que yo soy un lerdo de campeonato y que jamás me cosco de quién es el asesino. La red está llena de gente muy inteligente, está comprobado.





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Puñales por la espalda


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Se suponía que estos escritos eran una consecuencia de las películas, y no su causa. Que la cinefilia era lo primordial, y luego emborronar el Word una tarea secundaria, el deber escolar que mantiene la mente activa y el culo aplanado. Como la famosa curva…

    Cuando inicié esta costumbre que ya se ha hecho tan cotidiana como sacar al perrete o descubrir canas en el espejo, se suponía que yo primero elegía una película, la veía, se me revolvían los pensamientos con el éxtasis o con el bostezo, y luego, en un rato robado a las obligaciones, escribía un folio más o menos decente en lo literario pero siempre muy honesto en su contenido: cosas de mi vida, de mi ombligo, a veces autorretratos al desnudo, y otras, según el humor, un cuadro más bien misterioso, con sombras que tapan la verdad sin desmentirla. A veces, las menos, asuntos del mundo, de la sociedad, siempre en plan bolchevique de salón, revolucionario de pacotilla que jamás ha gestionado nada ni piensa hacerlo hasta que la jubilación lo libere ya de cualquier responsabilidad.



    Sin embargo, en estas cuatro semanas de confinamiento, la escritura se había convertido en causa, y la película en consecuencia. No era yo el que elegía libremente las películas, sino el blog, de pronto autoconsciente y vivo, el que me las pedía a gritos para alimentarse y hacerse el interesante: títulos apocalípticos, películas con moraleja, series sobre políticos para establecer paralelismos cachondos o sangrantes... Así que hoy me he rebelado, he respirado profundamente mientras manejaba los mandos a distancia, y he puesto la película que me ha dado la real gana. Una que es imposible de encajar en cualquier esquema autobiográfico o coronavírico. Pura… dispersión. Puñaladas por la espalda es una película como de Agatha Christie, con su muerto, sus varios sospechosos y su detective sólo tontaina en apariencia. Un lío, y un descojono, y un respiro para esta cinefilia mía que vivía secuestrada por la actualidad.




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