Punch-Drunk Love
Tal como éramos
🌟🌟
No estoy muy seguro de
suscribir la moraleja final de la película: que el amor verdadero dura toda la
vida a pesar del fracaso o la distancia. A pesar de los pesares... Yo en esto soy
más politeísta que monoteísta. No creo que haya un solo amor puro que recorra nuestras
biografías. Y que el resto, cuando van llegando, solo sean esfuerzos por
recuperarlo. Cada edad tiene su amor; cada viaje, su puerto de mar. El amor,
cuando es de verdad, nace con vocación de ser eterno. En eso estamos de acuerdo
todas las religiones. Pero la eternidad, muchas veces, también viene con fecha
de caducidad.
Los monoteístas, sin
embargo, que son unos románticos de tomo y lomo, y que salen llorando a moco
tendido de ver esta película, creen firmemente en la existencia de un solo amor
en las alturas. Creen que solo hay un documento original y que el resto son
fotocopias cada vez más borrosas e ilegibles. A veces, para su bien, la copia
se parece mucho al original y todo funciona como en un encantamiento. No es el Gran
Amor, pero les ayuda a continuar. Tampoco es cuestión de meterse en un convento
y renunciar a la ilusión. Sin embargo, lo más normal es que la copia palidezca,
se muestre incapaz de competir, y sea arrojada a la papelera en una sucesión de
llantos inconsolables.
“Tal como éramos” es un pastelón.
De hecho, creo que inventaron la palabra el día de su estreno. Su envoltorio se
ha vuelto muy cursi y excesivo. Salvo su canción, claro, que es eterna y estremece... No
creo en sus postulados, ya digo, pero me gustaría creer. Es como cuando
envidias a los católicos enfrentados a la muerte. Es bonito pensar que hay amantes condenados al
amor a pesar de que no se soporten, o de que hayan probado sin éxito mil maneras
de continuar. Aunque se odien y pasen décadas sin encontrarse. En el
monoteísmo, el amor verdadero no termina en la separación definitiva. Continua
en corrientes subterráneas, y aflora de vez en cuando para formar charcos en los
que poner los pies y contemplar nuestro reflejo. Tal como éramos.
The Office (BBC). Temporada 1
🌟🌟🌟🌟
Yo tuve un amigo que se parecía mucho a David Brent: un tipo más bien bajo, rechoncho, con un ego tan grande que no podría explicarse ni en una telecomedia de 400 temporadas.
Si existe un “The Office” de la BBC y otro “The Office” de la NBC, aún queda por rodar otro reboot para la Televisión de León titulado “La Oficina”. Porque mi amigo también era un comercial con traje y corbata, aunque no del papel, sino del sector de la cerámica. Un comercial al que además, para presumir de ser el sostén de la economía local, le pilló de lleno la locura de la construcción, cuando los azulejos y las baldosas se compraban casi a granel como las lentejas en el mercado.
Mi amigo -muy a lo David
Brent- afirmaba que cuando él se ponía enfermo, y su despacho de vendedor
quedaba vacío durante tres días- toda la construcción del Noroeste peninsular
quedaba paralizada, y nos narraba, con todo lujo de detalles, siempre con un
copazo en la mano o con una comilona sobre la mesa, que la Federación de
Empresarios acudía en procesión a la Catedral para encender dos velas rogativas
y pedirle la Virgen Blanca una pronta recuperación de sus anginas como tomates
o de sus resacas como cetáceos.
Es que joder... Son casi
idénticos, mi ex amigo y David Brent. La misma gomina, y las mismas gansadas, y
los mismos pavoneos irrefrenables cada vez que una gachí se ponía a tiro de
lengua o de lengüetazo. El mismo afán de protagonismo, el mismo acaparamiento
de la escena como vedettes bajando por la escalinata del “Moulin Rouge”. Las
mismas bromas, los mismos chistes, los mismos comentarios socarrones en los que
él siempre quedaba como el “enterado” y los demás quedábamos como “pardillos”,
hombres sin mundo atrapados en las trampas de la ética o de la simplicidad.
Y, también -hay que
joderse- el mismo éxito sexual, inexplicable y envidiable, aunque en verdad
solo momentáneo, hasta que la gachí de turno descubría que tras las risas solo
había una soberbia más bien inane y vacía.
Pero mira: que le quiten
lo bailado, como a David Brent en “The Office”, que mientras tú te ríes de él,
él se va descojonando de todos los demás.
En la ciudad
Fuego en el cuerpo
Los hombres tenemos un
cerebro independiente que vive en nuestra polla. Eso es archisabido, y lo recuerdan mucho en 1º de Biología. También enseñan que esa actividad neuronal, cuando
se dispara, crea interferencias con nuestro pensamiento. El cerebro y la polla
son como dos piedras que caen al agua y provocan ondas que se entrecruzan, a
veces sumando esfuerzos y otras veces contrarrestándolos.
Vivir con dos cerebros es una experiencia insufrible que crea estropicios en nuestra biografía. Algo muy difícil de verbalizar cuando las mujeres, intrigadas, incapaces lógicamente de ponerse en nuestro lugar, nos preguntan por nuestra configuración interior. Por nuestro software de machos inquietos que nunca dejan de mariposear.
Del mismo modo que
nosotros no entendemos sus vaivenes emocionales, ellas no entienden nuestro
diunvirato neuronal, y se rascan la cabeza incrédulas y pensativas. "No es
posible", musitan, y prefieren pensar que con ese rollo solo queremos
excusar nuestras contradicciones. Pero se
equivocan. It's a true story.
Nuestra polla, aunque parezca otra cosa, es
la casita del bosque donde vive un antropoide que jamás evolucionó. Un primo
lejano que se quedó ahí, en nuestros bajos, agazapado, de polizón biológico y
tocacojones. Mientras el deseo y la conveniencia van cogidas de la mano, el
hombre y el antropoide trabajan en colaboración, y es una maravilla saber que
el criterio racional y la polla ensimismada han elegido la misma mujer adecuada
y bellísima. Cantan los pájaros, y se estremecen las tripas, y uno piensa que
así debe de ser el amor verdadero que cantan los juglares y filman los
cineastas
Pero ay, cuando el hombre dice que sí y el
antropoide dice que no, o viceversa. Cuando la polla señala su deseo como una
vara de zahorí y nosotros, desde arriba, intentamos convencerla de que se
aleje, de que no siga. De que deponga su actitud. De que acecha el peligro en
esa mujer de intenciones oscuras y ademanes de vampira. La lucha entre el
hombre y su mono siempre es fiera, fratricida, y muchas veces no gana el ser
más evolucionado. Sobre todo si hace mucho calor y se nos pega el fuego en el
cuerpo.
En la cuerda floja
🌟🌟🌟🌟
Las relaciones humanas dependen de la química orgánica y nada se puede hacer contra eso. Hay personas que conviven en una probeta y reaccionan produciendo un perfume embriagador. Otras, en cambio, al mezclarse en un matraz, exhalan un tufo como de sulfuro o de amoníaco, estropeando su noble intento de relacionarse. O su esfuerzo de convencernos, a los espectadores, si se trata de actores y de actrices, de que se aman mucho en la pantalla de nuestra tele.
Cuando se trata de elementos de la tabla periódica, de átomos que intercambian electrones para formar nuevas estructuras microscópicas, todo tiene una explicación lógica y los científicos asienten satisfechos. Pero cuando se trata de relaciones personales, de química orgánica elevada al nivel de los humanos, todo se vuelve inexplicable y a veces un poco espiritual. Es el terreno pantanoso donde se mueven los psicólogos y los terapeutas de la pareja, que casi siempre persiguen sombras y acaban ejerciendo de gurús.
A veces nos pasa en la vida real: dos personas que parecían elegidas para entenderse juntan sus feromonas y sus electromagnetismos y producen, para nuestro asombro, unos chisporroteos que queman los tejidos corporales y dan olor a chamusquina. Y al revés: dos personas por las que no hubiéramos apostado ni un duro en el Codere de la esquina,, prueban a mezclarse en el matraz de la vida y resulta que sus feromonas encajan, y que la electricidad de sus pieles produce chispas de auténtica felicidad. Es el amor, que no deja de ser un producto químico tan raro como el oro.
Desconozco si en la vida real Johnny Cash y June Carter se amalgamaron para crear un metal tan duro y resistente como parece en la película. Y tan colorido en sus reflejos. Las crónicas cuentan que sí, y es bueno que así sea. Lo que se ve en la película, desde luego, es que Joaquin Phoenix y Reese Witherspoon no fingen acecharse y desearse, sino que se acechan y se desean. O que actúan de puta madre, más allá de los elogios.
Un idiota de viaje. Temporada 1
Yo pensaba que Karl Pilkington era un idiota de verdad. No un idiota en el sentido técnico de la palabra, claro, que sería una crueldad muy poco presentable para un programa de la tele. Pero sí un amigo de Ricky Gervais al que le faltan un par de sementeras. Un simplón al que envían por el mundo para que conozca las Siete Maravillas y luego descojonarse con sus respuestas de paleto que jamás salió de su barrio.
La idea, desde luego, es cojonuda, y se le pudo haber ocurrido a cualquiera. Pero, mira tú por dónde, se les ocurrió a Ricky Gervais y a Stephen Merchant, que miran el mundo de una manera muy cínica y particular. Y además tienen el dinero necesario para producir sus propias pedradas y traer la carcajada y el solaz a nuestros hogares.
Karl Pilkington, al contrario que otros viajeros de la tele, no dice que un monumento le ha conmovido si en realidad le ha dejado indiferente. No finge desmayos ni catarsis si en su interior no resuena el misterio de las Pirámides o la longitud de la Gran Muralla China. Pilkington lo mira todo con ojos de niño, asombrado por la idea de estar tan lejos de casa, pero no siempre responde como un turista que alardea de un gusto exquisito o de una cultura irrefutable. Pilkington no hace halago de la gastronomía si no le gusta, de la cultura si no la entiende. Con él no van los postureos. Pilkington, desde su tierna simpleza, dice exactamente lo que piensa, y en eso consiste la gracia del programa y el meollo de la cuestión. Lo suyo es de una honradez intelectual que conmueve, aparte de hacernos reír como micos.
Luego resultó que no, que Karl Pilkington -como T. había predicho desde el principio- no era un idiota de verdad, sino un idiota fake, un actor metido en la faena. Un compinche de Gervais y Merchant que asume el papel de clown en la pantalla. Pero eso no resta valor a las cosas que dice. Pilkington, hablando como un niño, reduce las cosas a la esencia de lo evidente, y suelta verdades que sólo un borracho podría igualar en agudeza.
Elvis
🌟🌟🌟🌟
T. y yo nos pusimos a ver
“Elvis” sin que en realidad nos interesara demasiado la figura de Elvis
Presley. T. porque siempre fue una roquera que prefiere a tipos inquietantes
que hacen ruido de cojones, y yo porque nací lejos de Tennessee y el duende del
rockabilly pasó de largo por mi cuna de bebé. Pero al final, enfrentados a la decisión
binaria, nos pudo la cinefilia y la curiosidad, que son dos fuerzas muy
poderosas que terminan por atornillar nuestros culos a los sofás.
En la primera hora de película,
nuestros culos se quedaron así, más bien estáticos, acomodados a los valles y
montañas del relleno removido. Baz Luhrmann asesina todos sus planos cuando
apenas tienen cinco segundos de vida, e incluso menos, y el ritmo le sale frenético
y muy marca de la casa. Pero Elvis, en esos compases iniciales, todavía no es
el Elvis desatado que se pone ciego a pastillas y lo da todo sobre el
escenario. Todavía no es Homer Simpson al volante del su camión, tomando
pastillas para no dormirse y píldoras para coger un rato el sueñecito. En esta
primera parte de la película, la estrella de la función es su representante, el
“Coronel” Tom Parker, al que han puesto nariz de buitre pero cara de Tom Hanks
para jugar un poco al despiste. Y el resultado es inquietante...
T. y yo asistíamos a la
función interesados pero no seducidos. Si cambiábamos de postura era porque nos
crujían las cervicales, o porque no encontrábamos acomodo para las piernas.
Nada que dependiera de lo que íbamos viendo sobre la pantalla. Pero cuando
Elvis ya se viste de Elvis sobre el escenario de Las Vegas, los cuatro pies empezaron
a moverse, y las dos piernas a buscar soluciones musicales, y al pronto
nuestras pelvis ya se descubrieron entregadas
a la causa, independizadas de nuestro previo desinterés. Porque la música se nos
pegaba, y el ritmo se imponía, y Elvis -atrapado en su jaula de oro- empezaba a
conmovernos. La película pasa de puntillas sobre sus muchos pecados capitales y
eso también ayuda a empatizar con el personaje.






