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No me gusta conducir
A la deriva
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Hay que aguantar 45 minutos insoportables para encontrar finalmente la belleza en “A la deriva”. En eso, la película es como cualquier primer tiempo perpetrado por el Real Madrid: 45 minutos inexplicables, soporíferos, de un equipo que lleva varias temporadas vagando así, a la deriva. La diferencia es que la película al final remonta y el Madrid, últimamente, se ha olvidado de remontar.
Fueron los internautas, casi siempre generosos, los que me animaron a perseverar en la película. “Bienaventurados los que tienen paciencia porque de ellos será el reino del Yangtsé”, anunciaban en su evangelio. Y la suya era, efectivamente, palabra del Señor. De no haber sido por ellos habría abandonado a los veinte minutos. Quizá a los diez. “A la deriva” es todo un desafío para el cinéfilo de provincias: un documental mudo sobre la China profunda que baja a la mina, compra en el supermercado y luego se divierte en los karaokes. Se supone que hay un amor en marcha que luego será el hilo conductor de la narración, pero yo confundo todo el rato las caras, las situaciones, los gestos que se intercambian... Es que como si de pronto me hubiera vuelto idiota o desatento. No entiendo, no sigo, me desfondo al perseguir.
Y de pronto, en el segundo de los tres capítulos, cuando ya estaba a punto de apearme, un barco de pasajeros surca el Yangtsé camino de las Tres Gargantas y todo se vuelve hermoso aunque siga siendo difícil de entender. Ahora, por lo menos, hay una actriz china que ya no confundo con las demás. Ella -por lo que iba leyendo en las sinopsis, teléfono en mano- va en busca de un hijoputa que la abandonó años atrás sin darle ninguna explicación. Aquello sucedió en los primeros 45 minutos de la película y yo ni siquiera me había enterado.
“A la deriva” es así: poética, sublime, desafiante. Parsimoniosa y hermética. China. Muy china. Hermosa, después de todo.
Jay Kelly
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Solo los millonarios van diciendo por ahí que el dinero no es importante. Mucho ojo con ellos: son unos cínicos de cuidado. Todavía no he conocido a ninguno que acto seguido renuncie a su fortuna y se la endose a un pobre desgraciado.
Con el dinero se puede comprar todo eso que según Groucho Marx es más importante que el dinero pero cuesta demasiado: la salud, la libertad, tiempo de vida, los afectos y los amores. Serían amores interesados, por supuesto, pero así son también los amores en el mundo de los pobres. El amor incondicional es un trébol de cuatro hojas, o de cinco, tan extraño en el jardín de los millonarios como en el parque de los proletarios.
Jay Kelly -el alter ego de George Clooney- es una estrella de Hollywood que al llegar al ocaso de su carrera se arrepiente de sus éxitos económicos y sexuales. Él hubiese preferido, no sé, una existencia como la nuestra, precaria, insustancial, tan necesaria como olvidable. Vivir en un piso de mierda, y carísimo, lleno de ruidos y ahogado en estrecheces; alojarse en hoteles cutres cuando va de vacaciones y mirar tres veces la carta del restaurante para cuadrar los gastos destinados. Alternar hambrunas sexuales con relaciones amorosas donde lo erótico sucumbe rápidamente a la rutina o a la decepción. O a la pobreza misma, que a veces también pasa.
Jay Kelly es un hipócrita que despierta nuestro rencor de clase y nuestra inquina de fracasados. Y sin embargo, la película trata de emocionarnos con su dolor, con su nostalgia de la vida que no fue. “Jay Kelly” es una película mal concebida y mal parida. Un monstruo que en los tiempos antiguos hubieran arrojado por la Roca Tarpeya y que ahora, en cambio, estrenan en Netflix lanzando cohetes de colores.
A Jay Clooney -o a George Kelly- le remuerde, sobre todo, la conciencia de no haber pasado el tiempo suficiente con sus hijas. A medida que profundizamos en este “dramón” vamos descubriendo que sus hijas, ya independientes, le han ido rechazando no por ser millonario, sino por ser Jay Kelly, sin más, un tipo infantil y egocéntrico. Los millones no le cambian la personalidad a nadie: solamente la descubren, y quizá la subrayan un poquitín.
Un simple accidente
🌟🌟
He resistido todo lo que he podido. Me he hecho el tonto, el ciego, el olvidadizo... El paleto de provincias. “¿Panahi? Ni puta idea, no conozco a ese señor”. Pero al final no he tenido más remedio que claudicar. Hoy he visto, o mal visto, porque me he saltado tramos enteros, escenas completas, “Un simple accidente”.
Eran tantos los premios, los halagos, los sinónimos de gran maestro dedicados a Panahi, que al final me pudo la presión -la estúpida autopresión. Los corderos, al menos, pobrecicos, no saben a dónde van; pero yo sí sabía a qué venia: a aburrirme, a desesperarme, a no ver ninguno de esos hallazgos que sí ven las almas sensibles y cultivadas.
Y aun así, porque el deber me llamaba, vine. Cautivo y desarmado, pero vine, aunque solo fuera por quitarme la película de encima y no volver a saber nada de Panahi hasta su próxima ocurrencia. Hasta que lo vuelvan a encarcelar, o a liberar, que ya no sé, y le vuelvan a dar un premio de relumbrón confundiendo la disidencia con la artesanía.
Nunca entenderé el predicamento de Jafar Panahi en los círculos oficiales. Ni en los círculos amateurs que imitan a los oficiales.... O sí, lo entiendo, pero prefiero hacerme el sueco, o el iraní, porque lo contrario sería asumir del todo la estrechez de mi mirada. La omnipresencia de mi boina. Juro que lo he intentado varias veces con don Jafar -interesarme, emocionarme, seguirle el rollo- pero a la media hora de todas sus películas siempre he deseado salir huyendo a cualquier lugar: a la calle, a la cafetería, a otra película más feliz de la estantería.
Sólo una vez he sentido algo parecido a la empatía en una historia de Panahi: fue en “Offside”, hace mil años. Allí se narraba la desventura de unas pobres chicas que no podían asistir al estadio de fútbol para ver a su selección. El régimen de los ayatolás es terrible, sí, y Jafar Panahi uno de sus azotes, pero para eso ya están los premios humanitarios, y los reconocimientos políticos, no los galardones de cine que tanto me despistan.
Valor sentimental
🌟🌟🌟
Desde que tengo recuerdo de mis días, el viernes por la noche es el momento más feliz de la semana. Cuando era niño, como una excepción a la regla monacal, los viernes cenábamos delante de la tele, en el salón, viendo el “Un, dos, tres” de Maira Gómez Kemp con aquellos concursantes pazguatos que preferían un utilitario de valor monetario X a un apartamento en Torrevieja, Alicante, de valor monetario 5X o superior.
El viernes era el único día de la semana en el que estaba eximido de hacer los deberes. Cenábamos tortilla francesa con jamón york y yo no concebía mayor felicidad que tener dos días por delante sin tener que acudir al presidido del colegio. El “Un, dos, tres” tiene para mí mucho valor sentimental y por eso lo traigo a colación.
Luego, de mayor, porque en realidad nunca me fugué del colegio, cuando no hay mujer a la que cortejar ni amigo al que cultivar reservo ese momento para ver las películas que intuyo magníficas y placenteras. Llevaba tiempo, por ejemplo, oyendo hablar maravillas de “Valor sentimental”, y este viernes desangelado decidí nombrarla dama interina de la corte y princesa nórdica de las holganzas.
La iba a ver igual porque en ella trabaja Renate Reinsve, y yo, que soy el caballero andante de su gloria, siempre voy por donde pisa Renate, por donde habla Renate, por donde respira Renate... Sin ser ciertamente la mujer más guapa de entre todas las escandinavas, Renate es un ideal de belleza que anida en lo más profundo de mis sueños: un canon fenotípico que me despierta instintos del Precámbrico e incluso de tiempos anteriores.
“Valor sentimental” lo tenía todo para justificar su flamante elección: el drama bergmaniano, y Renate, y los premios, y la vida siempre envidiable de los noruegos. Pero al final ha sido una decepción inesperada. “Valor sentimental” es un drakar vikingo que atraca en demasiados puertos emocionales. Es dispersa y confusa. Nos faltan datos y nos sobran silencios. Yo, al menos, camino por ella más bien perdido y perplejo. Es una película rara, un minimalismo megalómano. No me emociona para nada. Ni siento ni padezco. No tiene valor sentimental para mí.
Vergüenza. Temporada 1
Tengo un amigo que me mira mal cuando le digo que me
descojono con “Vergüenza”. Es como si de repente me devaluara ante sus ojos:
como si confesara un crimen tremebundo o una tara intolerable. Si le dijera que
evado impuestos o que me zumbo a las ovejas no me miraría con la misma cara de
desagrado. Quizá piensa que solamente un anormal puede reírse con una serie protagonizada por dos anormales como estos.
Mi amigo, en lugar de ofenderme, porque él es muy
educado y ya son muchos años de disensiones, se limita a decir que él dejó de
seguir “Vergüenza” porque no puede soportar que se haga mofa de la gente divergente.
Mi amigo es, ante todo, un humanista. También dice que todo en la serie es demasiado
absurdo e inverosímil, y que no le sorprende que un hombre como yo, tan dado a
lo raro y a lo tangencial, le ponga cinco estrellas en lugar de las dos
escuálidas que apenas se merece.
Cuando se pone en ese plan yo le recuerdo que él ha
tenido mucha suerte en la vida, siempre rodeado de amigos
normales –menos yo- y de familiares tolerables. De compañeros de trabajo
más o menos presentables. Gente normal, de andar por casa, con un equilibrio
apenas patológico entre las virtudes y los defectos. Y que gracias a esa fortuna, que le mantiene
encapsulado en un mundo feliz, no puede concebir que otras personas sí
conozcamos la triste realidad de personajes como Nuria y como Jesús.
Yo, de hecho, conozco a varios especímenes como estos
de “Vergüenza”: torpes sociales que se mueven en parámetros muy alejados de la
realidad. Fantasmones menguados que malinterpretan
las señales que marcan el camino. Desnortados que no saben cuándo
hay que perseguir los sueños y cuándo hay que conformarse con lo poco. Auténticos
gañanes, y gañanas, que jamás visitaron al oráculo de Delfos para comprender
que lo primero es conocerse a sí mismo y obrar en consecuencia.
Juegos secretos
🌟🌟🌟🌟
Me interesa “Juegos secretos” porque es una película sobre sexo insatisfecho. Y el sexo insatisfecho, según la última encuesta del CIS, es la tercera gran preocupación de los españoles. Está justo por debajo del precio de la vivienda y de la crisis del Madrid. El sexo insatisfecho, después de todo, puede encontrar soluciones temporales o parciales. Lo otro, no. O no, al menos, hasta que se instaure un régimen comunista y madridista que sería el sueño húmedo -y contradictorio- de mi viejo bolchevismo.
Carlo Padial, en su podcast, dice que la gente está neurótica desde que prohibieron fumar en bares y cafeterías: primero en los interiores, luego en las terrazas y ya dentro de nada a veinte kilómetros de los núcleos poblaciones. Pero eso sólo afectaría a los fumadores, digo yo, no al común de los mortales. No, caro Carlo: la gente anda jodida -desjodida- porque no folla lo suficiente. Un mal follar que es al mismo tiempo cualitativo y cuantitativo, según afirman los sexólogos consultados.
No hay más que leer “El País” cada mañana para comprender que la gente está falta de contacto: todos los días aparece un artículo aconsejando cómo reverdecer los laureles dentro de la pareja, o cómo plantar un laurel si andas solo y buscas un hortelano, o una hortelana, que se fije en tu jardín.
“Juegos secretos” cuenta la historia de un extrarradio americano donde al parecer ya no follan ni los guapos ni las guapas. Una especie de apagón inexplicable para la ciencia. Una turbulencia espacio-temporal que sólo se disolverá cuando los afectados decidan salir de su ámbito matrimonial y descubran que era ahí, en el lecho conyugal, donde latía escondida la kriptonita perniciosa.
Como sucedía en aquel cuento de la princesa hipersensible, basta un guisante radioactivo escondido bajo las sábanas para que se desilusionen las erecciones y se multipliquen los dolores de cabeza.
TÁR
🌟🌟🌟🌟
Lydia Tár, la directora de orquesta, tiene problemas para conciliar el sueño. Por un oído le acosan los remordimientos, y por otro, aunque vive en un apartamento de lujo, los ruidos de la casa. Decía Schopenhauer que las personas inteligentes soportan mucho peor los ruidos externos, y Lydia Tár, más allá de sus flaquezas morales y de sus debilidades eróticas, es una mujer de inteligencia gatuna y afilada.
He vuelto a ver “Tár” porque la primera vez no me enteré de casi nada. Aquel fin de semana yo no estaba en mi casa, sino más al norte, en el hogar de una mujer que me amaba los días pares y luego me desamaba los impares. Dentro de su inconstancia hay que reconocer que era tan regular como un metrónomo de musicóloga.
Una vez fui a visitarla y me recibió como quien recibe la visita de un pariente molestísimo. Era un día impar y yo tuve que haberlo anticipado. Esa noche sin amor yo tampoco pude conciliar el sueño. Creo que fue la primera de varias noches parecidas. El sentido de la vida pasaba bajo mis párpados, absurdo y punzante, y para detenerlo, a eso de la una de la madrugada, me fui al salón con el ordenador a ver “Tár”, que la tenía pendiente y parecía bastante soporífera.
“Tár”, sin embargo, no activó -o no desactivó- los neurotransmisores que me ataban a la vigilia. Ni me dormía ni me centraba. Viví aquellas dos horas en un estado indefinible de la memoria. Meses después, ya compuesto y sin novia, sólo recordaba que “Tár” era una película sobre los intríngulis laborales y sexuales que se producen en las orquestas de renombre. Como “Mozart in the jungle”, pero en formato de dramón psicológico. Las mujeres, cuando llegan a los puestos de relevancia, se comportan igual que los hombres defenestrados: el ser humano, en la arrogancia del poder, viste igual bragas que calzoncillos.







