Noticias del gran mundo

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A veces, cuando miraba a mi perrete aburrido en el sofá, me preguntaba si esa vida era la más adecuada para él. Eddie, a su modo, también era un kiowa de las praderas: un salvaje que apareció abandonado como la niña Johanna de la película. Eddie, conmigo, tenía el sustento asegurado y un radiador para el invierno. Tenía hasta sanidad privada, el muy jodido, aunque al final no le sirviera para nada... Y sin embargo, yo sentía que mi casa no era su lugar: que él hubiera sido más feliz vagabundeando, libre como un indio, cazando durante un rato y luego tirándose a la bartola en cualquier lugar, a la sombra de un árbol o al solete de unas hierbas.

En cuanto a mí, que sigo más o menos vivo y coleando, siempre he sabido que La Pedanía no es mi lugar aunque a veces le saque fotos para Instagram. Siento que me pasa lo que a Tom Hanks en la película: que he emprendido una huida que ya dura demasiado tiempo y que no me atrevo a detener el carromato. Tom Hanks sabe que su lugar en el mundo está en San Antonio, pero le faltan las agallas y le carcomen los recuerdos. Yo, por mi parte, siento que mi sitio está muy lejos, en el norte brumoso, como si las olas me llamaran y la lluvia fuera mi elemento. Pero nunca he tenido el valor de hacer el petate para llegar hasta la orilla prometida.

Para seguir procrastinando con mi destino tengo las estadísticas de mi lado. Es más fácil llegar a la jubilación en el siglo XXI que en el Far West del siglo XIX. Hanks, en la película, en un viaje de pocas semanas, tiene que enfrentarse a tiroteos, a un tornado, a un accidente de carromato, a un brote de cólera, a una maldición atravesada que le lanzan los kiowas... La muerte le roza en demasiadas ocasiones y al final concluye que ya es hora de dejar de hacer el indio -siendo el, además, un ex capitán del Séptimo de Caballería. Pero yo, de momento, sigo aquí, leyendo las noticias del gran mundo, agarrado como un cobarde al sueño de emigrar y a la esperanza de vida que marcan las estadísticas. Por si un día me envalentono.




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Breaking Bad. Temporada 1

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En los extras del DVD -sí, del DVD, soy así de anticuado, y de fiel a mis pertenencias- puede verse una entrevista realizada a Vince Gilligan y a Bryan Cranston en el año 2008. Es el momento fundacional. Gilligan ya no era un chaval, pero lo parecía, con esa pinta de nerd algo petulante que sigue mostrando en la promoción de “Pluribus”. Cranston, por su parte, responde a las preguntas como si aún fuera al padre de Malcolm en “Malcolm in the Middle”: un señor de 52 tacos con espíritu de niño. Le preguntan, por ejemplo, si le costó mucho meterse en el papel de un cocinero de metanfetamina: “No, no mucho. Es lo que hago habitualmente en mi vida cotidiana”.

Los entrevistadores son dos críticos que trabajan para AMC, la misma productora de “Breaking Bad”. Todo queda en casa porque se trata de una entrevista promocional. La AMC acaba de forjarse un prestigio gracias a “Mad Men” y en la entrevista reina un optimismo contagioso ante el estreno de esta serie rompedora. El tránsito de Madison Avenue a los desiertos de Nuevo México -ya sin hombres guapísimos, ni mujeres de bandera- no parece preocupar a los críticos que preguntan, ni a los ejecutivos de la cadena.

Al final de la entrevista, le preguntan a Vince Gilligan si le han rasurado sus guiones al pasar por peluquería. “No”, responde Gilligan. “Me han dado entera libertad”. En ese momento -no antes, porque soy medio bobo- me di cuenta de que estaba asistiendo al nacimiento de un universo. Uno con minúscula, pero la hostia de importante. Uno que se ha expandido como el Universo que nos contiene hasta llenar gran parte de nuestras vidas -las aburridas, sobre todo. 

Gilligan, en la entrevista, era como Dios justo antes del Big Bang. Un creador absoluto, omnipotente, capaz de crear mundos enteros a partir de una fluctuación en el vacío. En el primer segundo de la Creación sólo existía un profesor de química con cáncer de pulmón; luego, gracias a la expansión incontenible del espacio y del tiempo, llegaron todos los demás, Kim Wexler incluida. 

Ahora mismo, en ese infierno terrenal de Albuquerque ya viven incluso extraterrestres.












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Rental Family

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“Rental Family” no vende los mismos servicios que “Familia S. L.”, aquella empresa que alquilaba parientes en la película de Aranoa. Son empresas distintas ubicadas en países diferentes. Y lejanos, muy lejanos. En lo geográfico y en lo social. "Japón, miá que está lejos Japón...". Si nosotros somos “gaijines” -completos inútiles- para entender la cultura del sol naciente, ellos, los nipones, cuando llegan al sol poniente, se dedican a fotografiarlo todo para disimular que tampoco se enteran de casi nada.

En “Familia” nadie engañaba a nadie. Tú mismo llamabas a la empresa para alquilar, por ejemplo, una esposa ideal para el cóctel de la empresa, o una familia completa para la paella del fin de semana, con todos los extras disponibles: el cuñado fascista, la suegra regañona, el adolescente insoportable... Aquel era un negocio sin aristas morales. Una fábula agridulce sobre la soledad. “Rental Family”, en cambio, se dedica a engañar a los cuitados japoneses. Y a las cuitadas. No la contratas tú, sino que la contratan a tus espaldas, tus seres queridos, que se preocupan por ti. Si necesitas -como sería mi caso- alguien para hablar de fútbol o del snooker en Eurosport, tu familia te alquila un amigote que de pronto aparece en el bar para darte conversación. Uno que finge ser un recién llegado a la ciudad, pero que en verdad es un actor contratado para que ya no te sientas tan solo en este mundo. 

En “Rental Family”, por ejemplo, Brendan Fraser, finge ser el padre de una huérfana y el admirador de un escritor sin admiradores. Mientras él les engaña por dinero, ellos le toman un cariño desmedido. Parece una buena obra de los familiares preocupados, pero a mí me parece un tejemaneje inquietante. Mientras veía “Rental Family” me dio por pensar cuántas personas que han pasado por mi vida eran de verdad lo que decían, o eran actores -sobre todo actrices- contratados para mi bien. O para mi desgracia. Cuántos eran quienes decían ser y cuántos, cuando yo no estaba presente, sentían remordimientos por estar engañándome como a un chino. O como a un japonés. 




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Send Help

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Le debo mi supervivencia a la tecnología. Bendito sea el microondas. Hace miles de años, abandonado a la intemperie de la sabana africana -o ahora mismo, naufragado en la isla desierta- no duraría más allá de un estómago vacío o de un enfrentamiento con las fieras. Mis antepasados sí lo hicieron y yo soy la prueba viviente de sus habilidades. Qué pensarían de mí aquellos titanes del ecosistema, si diez mil años después me vieran tan torpe para todo... O no: tal vez me confundirían, asombrados para bien, con una especie de mago que convoca la comida y la calienta sin el fuego. 

No estoy hablando de mi incapacidad para encender una fogata o matar un mamífero para comer: es que no sabría cultivar un huerto de tomates o construir una casa con ladrillos. Ni siquiera con hojas de palmera. Tampoco sabría confeccionar una vestimenta que soportara la primera brisa del atardecer. Ni distingo las hierbas nutritivas ni adivino la dirección de los vientos. Soy un inútil integral. Nací sin ese módulo en el cerebro o con el módulo cortocircuitado. Aprendí muy tarde a atarme unos míseros cordones, así que ya ves tú el panorama. Soy un disléxico de las manos; el “Homo dishabilis” de mi especie.

“Send Help” me recuerda todo eso y me río como un tonto. Es la sublimación de la penuria. Es una película imperfecta pero recomendable. Una gamberrada que se agradece. En los tiempos del algoritmo, Sam Raimi se ha salido por peteneras: no habrá redención para los naufragados, ni romanticismo bobo, ni lecciones de vida. Tampoco sermones de autoayuda ni ayuda del exterior. Todo será un puro desamparo. 

Pase lo que pase, el jefe machirulo seguirá siendo un imbécil integral y la empleada mañosa una loca desatada. Cuando se trata de la lucha de clases no hay entendimiento que valga. Cuando se trata de la lucha de sexos, tampoco. Lo primero es bueno que así sea; lo segundo no, pero se empeñan en enfrentarnos.






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Rondallas

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“Rondallas” es eso que ahora llaman una feel-good movie. Antes las llamábamos comedias amables, o de buen rollo. Es lo mismo, pero traducido. 

En el microuniverso de “Rondallas” todo el mundo es inofensivo y tiene un corazón de mazapán. Sólo a veces, en invierno, porque el clima en Galicia se vuelve desapacible, brota algún malicioso con ganas de joder la bonhomía. Pero al final, cuando llega la primavera, todos los retorcidos se arrepienten y todos los canallas cambian de parecer. 

Tampoco les queda otra: aquí, al malvado, lo hunden en el fondo del océano. Estos pescadores, y estas mariscadoras, están muy curtidos en su batalla contra el mar. Son muy buenos por las buenas, pero se transforman en ángeles justicieros cuando alguien se sale por la tangente. En este pueblo de cuento -porque “Rondallas” es eso, un cuento, una fábula sobre humanos bonachones- no hay cabida para el mal. ¿Dónde están, me pregunto, esos tipejos y esas tipejas que viven en cualquier pueblo de nuestra geografía, por minúsculo que sea? Aquí, en "Rondallas", el mal solo viene de turismo, o vive en los otros pueblos que compiten en rondallar.

En “Rondallas”, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. No sé si lo ponen al final de la película. Al principio, no desde luego, y yo creo que deberían. A mí, por ejemplo, el buen rollo me saca de la película pero al mismo tiempo me introduce en ella, como un respiro, o como un bálsamo. Me quedo a medio decidir, como el gallego en la escalera, en el chiste consabido y facilón. ¿Qué es mejor: huir de la realidad o afrontarla con valentía? Pues depende, claro. Daniel Sánchez Arévalo prefiere lo primero y no tengo nada que objetar. A veces le salen grandes películas y a veces películas estimables. Malas jamás. El tío tiene una fórmula maestra para fabricar su rollo particular. 




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Amarga Navidad

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En las películas de Almodóvar, cuando un burgués se deprime o sufre de desamores, siempre hay otro burgués que le deja un casoplón para curarse de los nervios. La llamada de teléfono no tarda demasiado en resonar: es el amigo, o el familiar, a veces incluso el ex amante, que te presta un paisaje terapéutico a muchos kilómetros del dolor.

Existe una red solidaria en esa clase social que nosotros, los pobres, no podemos permitirnos. Aquí abajo, cuando te jodes, te jodes en tu piso ruidoso, en tu cochambre de paisaje. No va llamarte nadie para invitarte a su chalet en Lanzarote, a su masía en el Ampurdán, a su piso céntrico en Madrid donde ningún vecino da po`l culo y los techos son altos como la Luna, como la Luna... Nuestras miserias sentimentales no tienen cabida en  “Amarga Navidad”. 

Los ricos también lloran, sí, pero se recuperan mucho antes. Es una especie de terapia inmobiliaria que manejan entre ellos. Un tejemaneje que es en realidad muy marxista, porque el que da, da lo que puede, y el que recibe, recibe lo que necesita. Es una utopía comunista que ellos, por supuesto, negarían practicar. Los ricos, tan cínicos y tan prácticos, tienen mejores psiquiatras y mejores compañías, pero también mejores paisajes en los que distraer la mirada y el sentimiento.

Es por eso que en “Amarga Navidad” mis neuronas espejo no terminan de encenderse. Asisten a estos dramones sin que yo sienta ni padezca. Simplemente observo, tomo nota, se me ocurren gilipolleces... Pensaba, por ejemplo, en que Bárbara Lennie es sin duda el álter ego de Almodóvar más hermoso de su cine. Esta mujer -que no su personaje- sí logra encenderme otras neuronas relacionadas con el deseo, con la supervivencia necesaria de la especie. Cada vez que yo sonrío en una fotografía, se muere un gatito en algún lugar de la ciudad; la suerte es que Bárbara Lennie, cada vez que sonríe en una película, lo resucita por ensalmo. 




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The Audacity. Temporada 1

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“The Audacity” es un episodio muy largo de “Black Mirror”. Uno siniestro y perturbador, aunque a veces parezca una comedia de tecnobrós. Lo que se dirime aquí puede que no esté a la vuelta de la esquina, sino que ya exista de verdad y vivamos tan felices. “The Audacity” habla del fin de la intimidad. De su fin absoluto, se sobreentiende. De la desnudez integral ante un ingeniero de Silicon Valley. Ha llegado a los kioscos el porno duro de nuestras entrañas.

Primero fueron las cámaras de vigilancia, luego la omnipresencia de los móviles, más tarde las cookies y los consentimientos... Nos fueron cociendo a fuego lento, grado a grado, como a ranas en la marmita. En parte cedimos y en parte nos obligaron. Los teléfonos móviles son tan divertidos como necesarios. Necesitaríamos un buen abogado -¡Better call Saul!- para no ser condenados por gilipollas. 

“Hypergnosis” es una empresa maligna -como de malvados de James Bond- que utiliza un software apocalíptico para saberlo todo de nosotros: historiales, genes, ruinas, deseos, deslices, comentarios... Intenciones fallidas y escondites secretos; ubicaciones y toses; teléfonos y sueños; hijos secretos y miradas al canalillo. Todo. Un ingeniero de “Hypergnosis” posee sobre nosotros la omnisciencia de los dioses. Por un puñado de dólares fingirá que no nos conoce; pero si no nos suscribimos a su plan Premium o Total, venderá todo eso a los comerciales. Nos relajarán al brazo secular para que nos llamen a todas horas y nos nieguen las coberturas. Será el gran orgasmo del capitalismo. La sonrisa triunfal de Isabel y su maromo.

Viendo la serie me acordaba de aquellos indios americanos que nunca se dejaron fotografiar. Ellos veían el futuro mientras nosotros posábamos y decíamos “¡patata!”. Vivíamos en la inopia. Somos productos andantes; datos implumes. En el fondo todo es información: lo dicen los CEOs de Sillicon Valley pero también los físicos teóricos. La materia y la energía no existen. Bajo la realidad no hay bolitas ni rayitos: sólo información, código, algoritmo. Matemática pura. Números. Y los números son, en último término, dinero. 




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La peor persona del mundo

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Julie no es la peor persona del mundo. Lo que pasa es que nos ponen ese título para que piquemos con el mando. Para retenernos en el sofá con una dosis de misterio.

“¿Quién será esa persona tan malvada y qué atrocidades estará cometiendo?”, nos preguntamos con alarma. Cualquiera menos esa noruega tan guapa que corre por la calle, nos decimos. El efecto halo se impone sobre la lógica. Las noruegas hermosas, como aquella modelo que pudo ser la reina de España, son las criaturas preferidas del Señor y es imposible que en sus almas anide la maldad. Tiene que ser, por fuerza, un título con doble sentido, metafórico, una cosa que se dice, porque la peor persona del mundo ahora es presidenta de comunidad autónoma y reside en nuestro país.

Julie, la chica del cartel, ni siquiera es mala. Simplemente es... Julie. Y Julie es como todos. Busca su sitio, como Raquel. A punto de cumplir 30 años está persiguiendo el hombre ideal, el trabajo adecuado, la maternidad asumible..., pero no termina de ubicarse. Julie parece un poco inmadura, un poco perdida, pero yo creo que en el fondo disimula. Julie no necesita esforzarse demasiado: es muy guapa, lanzada, una chica de hoy en día. La vida vendrá a buscarla a la puerta de su casa cuando menos se lo espere, y mientras tanto, mientras pasan los días y los hombres, disfruta de la vida.

Julie, a nuestras madres, puede parecerles una vaca sin cencerro. Incluso un pendón verbenero, con los raseros anticuados. Una estudiante sin recorrido y una fiestera de la noche. De la noche boreal, o del sol de medianoche. Pero Julie, simplemente, no se ata. No se conforma. Piensa que siempre hay algo mejor, o alguien mejor, a la vuelta de la esquina. Julie es una escandinava del siglo XXI y eso es como ir al frente en la carrera evolutiva. Ella piensa de otro modo, práctico y jovial. Las mujeres del norte son las zapadoras que van por delante de nuestros ejércitos. Ellas construyen puentes y desbrozan caminos. Quitan las minas. Tapan las bocas. Corren alegres.



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