Starship Troopers

🌟🌟🌟🌟


Si algo bueno tienen las guerras es que en ellas también mueren muchos gilipollas. Yo, al menos, no puedo reprimir una sonrisa cuando un imbécil se alista voluntario para defender a la burguesía y muere justo en la primera refriega atravesado por un disparo, o por la garra afilada de un insecto extraterrestre. De hecho, en “Starship Troopers”, creo que somos mayoría los que vamos con los insectos y no con los humanos. Es imposible simpatizar con esa pandilla de majaderos que van abriendo camino a los inversores trajeados. 

Hay guerras y guerras, claro. Si los moros de la kabila o los andorranos de la montaña se presentaran en León para robarnos el oro y amenazaran la vida de mi hijo con francotiradores apostados, yo, por supuesto, sería el primero en acudir a la llamada del batallón. Pero sólo por eso: por la sangre de mi sangre. Y únicamente en el primer grado de consanguinidad. Los demás me dan un poco igual. Hay gente maja en las familias, sí, pero también mucho indeseable. 

Mientras no nos liquiden o nos esclavicen, a mí me da igual que nos gobiernen los andorranos o los chinos. O los insectos de Klendathu. Mientras no cancelen la liga de fútbol o nos obliguen a trabajar más horas de las necesarias, me es completamente indiferente la bandera que ondee en los estadios de fútbol o en la puerta de mi colegio. La bandera no es más que la coartada de los empresarios. El trapo donde se limpian la lengua los lameculos de la monarquía. Siempre será su bandera y no la nuestra.

“Starship Troopers” va un poco de todo esto: de una pandilla de niñatos, y de niñatas, que tienen el cerebro lavado por la propaganda y se alistan para combatir contra unos pobres bichos que viven en la otra punta de la galaxia. Paul Verhoeven rodó una parodia sobre las guerras de los americanos pero nadie quiso reírle la gracia y el exceso. Es más: le acusaron de belicista e incluso de fascista. En la izquierda ya no existe el sentido del humor. Unos por bobos y otros por talibanes. Ya dijo Ignatius Farray que el gran drama de la progresía es que hemos cancelado la ironía.




Leer más...

El balneario de Battle Creek

🌟🌟🌟


Hace tiempo que abandoné las redes del amor, pero tengo un amigo irreductible que me cuenta que no ha cambiado nada el panorama. Que las mujeres más exigentes de ahora, como las de entonces, tienen pinta de haber pasado más de una temporada en el balneario de Battle Creek. En una vida anterior, quiero decir, allá por los inicios del siglo XX, cuando el doctor Kellogg era el amo y señor de sus dominios saludables.

Dice mi amigo, y yo le apoyo en su deducción, que algo de aquella visita quedó preservado en el espíritu reencarnado de estas mujeres. Algo así como una epigenética de la voluntad; un lamarckismo saludable que traspasó las muertes y las resurrecciones. Una conciencia de vida sana y disciplinada que en sus perfiles de internet ellas anteponen a cualquier otra tentación. 

En sus fotos, al parecer, ellas siguen haciendo flexiones y desayunando cereales Kellogg’s en homenaje. Verdurita para cenar y tablas de gimnasia antes de dormir. La que no desciende rápidos con la piragua sigue apareciendo con su bicicleta en lo más alto de una montaña. A mí me intimidaban mucho, la verdad. Si se molestaban en chatear contigo un ratito, apenas tres comentarios aburridos mientras llegaba el Moby Dick de la comarca, terminaban afeándote la mala costumbre de ver películas en el sofá. Algunas, de hecho, declaraban no tener ni sofá, para que el culo musculado y altivo no se aplanara y cogiera vicios de señora. 

No bebían, no fumaban, no comían nada azucarado o procesado. En aquella visita de hace cien años al balneario de Battle Creek, ellas tuvieron que ser las alumnas predilectas del doctor Kellogg. De hecho, y eso es lo más triste, también comulgaban con su puritanismo de enfermo psicopático. “No quiero sexo”, subrayaban siempre en sus perfiles, y yo no terminaba de entenderlo. Hasta que un día lo comprendí: no quiero sexo “contigo”, idiota.




Leer más...

Un plan sencillo

🌟🌟🌟🌟


Si un día, mientras los lugareños duermen la siesta, me encontrara 4 millones de euros en los bosques de La Pedanía, lo primero que pensaría es que ese dinero sólo puede provenir del narcotráfico gallego -que está ahí al lado- o de una palanca destinada a sufragar el último fichaje alegal del Barcelona. Así que no sufriría ningún conflicto moral para apropiármelo y usufructarlo. Quien roba a otro ladrón, cien años de perdón.

Si además sucediera, como en la película, que los billetes son todos de cien y no parecen tener nada raro en su diseño, la labor de ir gastándolos sería más sencilla que si la fortuna viniera en billetes de 200 o de 500, que ya no te los admiten en ningún sitio, o sólo llamando a un supervisor con cara de malas pulgas y el número de la policía siempre a la mano. 

Yo no podría concebir otra manera de ser rico que ir colando los billetes así, en las compras cotidianas, un día en el Alimerka, y otro en el Gadis, y otro en el Mercadona, alternando las visitas para que ninguna cajera avispada empezara a sospechar. 

Soy un analfabeto económico que siempre ha vivido muy lejos de la realidad de los dineros,  sujeto a una nómina mezquina que nunca ha dado para asesores fiscales ni para ingenierías financieras. No sabría convertir todo ese pastón en números bancarios sin que un inspector de Hacienda empezara a rascarse el cogote en una oficina de Madrid. Así que tendría que ir así, a poquitos, hasta el último día de mi vida, disimulando mi riqueza mientras mi cuenta corriente engorda poco a poco con las nóminas intocadas, o tocadas lo justo para fingir un espíritu ahorrativo como de franciscano laico refugiado en estos lares. 

Quiero decir que cuatro millones de euros no me iban a sacar de pobre, pero sí me iban a dar una vida más desahogada. Podría, por ejemplo, con los excedentes, comprarme ropa más cara, y colonias que anuncian por la tele, y así, por la senda del dandismo, de la traición a mis valores, llamar la atención de  alguna mujer que ahora mismo no se fija o me desdeña.




Leer más...

Pluribus. Temporada 1

🌟🌟🌟🌟🌟


Apenas he experimentado la fusión con mis semejantes cuatro o cinco veces en mi vida. Y siempre ha sido, curiosamente, viendo un partido del Madrid en el Santiago Bernabéu. Sólo allí me he sentido uno con el resto de la gente, diluido y comunitario. Sintonizado. Una hormiga insignificante en el Gran Plan del hormiguero. Ya no yo, sino nosotros. 

"Me llamo Augusto Faroni y -por un rato- voy a ser uno de ellos".

En cada gol de nuestro equipo yo sentía que daba igual la edad, el sexo, la posición social o la tendencia política: las ochenta mil personas allí presentes éramos un único ser de pensamiento armónico, y de amor incalculable. La verdadera fraternidad que se predicaba en los Evangelios, y que al parecer dependía de una transmisión de código genético a través del radiotelescopio. Las visitas al Bernabéu han sido las únicas experiencias místicas que he tenido en esta vida de ateo practicante y de misántropo esforzado.

Nunca más he sentido nada parecido. Ni siquiera en las iglesias, en las misas obligadas de mi infancia, donde yo era un apóstata en ciernes que sólo quería escapar cuanto antes de la comunidad de los creyentes. Y tampoco en los templos de verdad, en los cines de León o de Madrid, donde yo, de joven, debería haber vivido “una experiencia compartida” con el prójimo: esa majadería extática a la que aluden los realizadores con el único fin de estimular los beneficios en taquilla. En el cine la gente molesta, habla, come, incordia... Es maleducada e irrespetuosa con los demás. Nada que ver con el amor universal que practican los extraterrestres de “Pluribus”. 

En el trabajo soy la oveja negra que todo lo rumia y en las reuniones familiares no dejo de pensar, como Leolo Lozone, que ésta no es mi familia verdadera y a que a mí me adoptaron en un orfanato de Estocolmo. En La Pedanía soy un exiliado cultural y en el centro comercial me compro la ropa en el Carrefour. Voy siempre al revés, o al través, jamás dentro del rebaño. Pero no por joder, sino porque soy así: un raro sin comillas. Me reconozco mucho en el personaje de Rhea Seehorn. Los dos somos, además, cosecha del 72.





Leer más...

Barbarian

🌟🌟🌟


De la Niña Medeiros ya no se libran ni las casas alquiladas en Airbnb. “Barbarian” nos advierte de esa tenebrosa posibilidad: que te presentes allí para pasar el fin de semana y te encuentres con que aquello parece el camarote de los hermanos Marx, con clientes que alquilaron la misma vivienda en otra app y habitantes ocultos en el sótano que esperan a la medianoche para darte unos sustos morrocotudos. 

La próxima vez que alquilemos una casita con encanto o un apartamento en la ciudad habrá que poner una cláusula bien clara en el contrato: que no haya nadie dentro, por favor. Y una vez allí, por si las moscas, asegurarse de que no existen entradas secretas al Más Allá ni puertas disimuladas que conducen al horror. 

Y por supuesto: si nos ataca una zumbada como la de “Barbarian” y salimos vivos de la aventura, calificar la experiencia con una nota muy baja para avisar a los navegantes.

“Barbarian” es cine de terror de toda la vida. Tan prometedor al principio como aburrido hacia el final. El rizo del rizo es el mal eterno del género y “Barbarian” no se libra de esta maldición. O la busca, abiertamente, porque se ve que los muy cafeteros lo disfrutan cantidad. Pero los demás, los que nos asomamos al género solo de vez en cuando, siempre salimos con ganas de no regresar... hasta la próxima tentación.

Por lo demás, “Barbarian” es la experiencia cotidiana de cualquier mujer en la España de Ione Belarra e Irene Montero. Puro costumbrismo. La trama tiene lugar en Detroit pero podría ocurrir perfectamente en Alcobendas o en Villalpando: una chica alquila una casa  por motivos de trabajo y se las tiene que ver, por este orden, y en apenas doce horas, con un maromo sospechoso, un psicópata de psicokiller, unos policía sin perspectiva de género y un director de cine acusado de violación. El repertorio completo en los noticiarios de Canal Red.



Leer más...

13 días, 13 noches

🌟🌟🌟


Hace mucho tiempo que no sabemos nada de los talibanes. Es como si sus tropelías hubieran pasado de moda en las noticias. Entre la invasión de Ucrania y la masacre de Gaza, los talibanes se han convertido en malvados internacionales de segunda división. Estoy suscrito a un periódico de tirada nacional y ya nunca aparecen mencionados. O quizá sí, pero en los sótanos muy profundos del scroll. Ya nadie habla de las mujeres embutidas ni de los hombres ejecutados. Afganistán ha regresado a la Edad Media y se ha producido un apagón informativo. El Telón de Roca. 

Si no fuera por las películas que los devuelven a nuestra memoria, cualquiera pensaría que nunca regresaron al poder. Tanta pasión para nada: tanto caza norteamericano y tanto compromiso con la democracia para que al final quedara todo como estaba. De nuevo Lampedusa y el Gatopardo.

De los talibanes nos ha quedado la palabra, eso sí, talibán, que usamos como sinónimo de fundamentalista. Yo mismo, por ejemplo, soy un talibán muy poco dialogante del Madrid. Antes se decía forofo, o acérrimo. O cérrimo, en mi pueblo malhablado. En todo lo demás -incluso en las cosas importantes del comer- puedo admitir matices y desviaciones. Pero en esto no. Cuando se trata del Blanco Inmaculado no admito interpretaciones ni corrientes de opinión. O no, al menos, en público, donde el infiel estira las orejas para reírse de nuestras debilidades. Al enemigo ni agua. Para hablar del Real Madrid me dejo crecer la barba y me pongo un turbante sobre la cabeza. Poca broma. 

13 días, con sus 13 noches, es el tiempo que tardaron los franceses en embarcar a los refugiados en su embajada de Kabul, que eran varios centenares. Una pelea agotadora contra las mentes cerriles de los talibanes. Un esfuerzo mortal para meter a toda ese gente en el útero de los aviones y así poder renacer después en el Occidente que ya parece haber olvidado todo aquello que sucedió. 




Leer más...

El último suspiro

🌟🌟🌟


Costa-Gavras es uno de los santos que se veneran en mi iglesia. “Missing” y “La caja de música” son dos películas milagrosas que esperan una cuarta o quinta oración en el altar dedicado a los franceses. Costa-Gavras, además, es un tocacojones de los poderes económicos. Uno de los últimos valientes que se atreven a denunciar que los emperadores caminan desnudos y nos dan por el culo casi todas las mañanas. Sus últimas películas anticapitalistas eran un poco muermo, medio fallidas y olvidables, pero yo las veía con el puño izquierdo levantado al menos durante cinco minutos, hasta que me cansaba de la postura.

Digo esto porque “El último suspiro” es otra película muy fallida y no me gustaría venir aquí, como otras veces, a perpetrar un escarnio de cinéfilo desagradecido. Los críticos profesionales han dicho que bueno, que no está mal, que “El último suspiro” es el último regalo del maestro y esas cosas que se dicen cuando el respetado tiene más de noventa años y quedaría muy mal atacar su desvarío. Retórica. 

“El último suspiro” no tiene planteamiento, nudo ni desenlace. Argumentalmente es tan plana como las llanuras de Castilla. Es un documental, más que una película. En ella, el doctor  Masset va presentando al filósofo Toussaint a todos los pacientes ingresados en su unidad de paliativos, cada uno con su modo particular de deslizarse hacia la muerte. Hay pacientes resignados, pacientes aterrorizados, pacientes que ya están medio drogados y no pueden filosofar... 

Viendo la película es imposible no pensar que uno, algún día, si no media un accidente o un infarto fulminante, estará ahí mismo, en esa cama del hospital, jugando sin apenas moverse el tiempo de descuento. Un día de estos, quizá mañana mismo, o quizá dentro de veinte años, entraré vivo en la consulta de un médico y saldré de ella medio cadáver pero andando. Saldrá algo en el análisis o en la imagen que me separará ya para siempre de los vivos. Me presumo un cobarde, pero quizá me azuce la valentía. Nadie se conoce de verdad.






Leer más...

Caza de brujas

🌟🌟🌟


Ione Montero e Irene Belarra –creo que he confundido los apellidos- no están muy contentas con la última película de Luca Guadagnino. Lo sé porque el otro día, en la radio, una de sus acólitas decía que el director italiano era un “misógino que cuestionaba el testimonio veraz de las mujeres”. El presentador del programa, en la SER, asentía con su silencio al igual que el resto de tertulianos. El miedo a perder oyentes es más poderoso que el afán de disentir, cuando disienten. Como oyente de izquierdas ya he aprendido a interpretar esta nueva realidad: cuando están de acuerdo con la delegada inquisitorial, los tertulianos lo dicen abiertamente; y cuando no, callan o carraspean levemente. Son tiempos de autocontención.

Yo pensaba que Luca Guadagnino era un director bien querido a ese lado del Mississippi porque es una especie de Almodóvar italiano que reivindica gozosamente lo gay, lo queer, el poliamor no posesivo entre heterosexuales... Un director moderno con todas las connotaciones posibles de la palabra. Un cineasta que a veces firma películas meritorias y otras veces “experiencias fílmicas” aburridísimas. Pero siempre, hasta hoy, un compañero de barricada.

Yo veo todas sus películas porque prefiero el riesgo de aburrirme a la duda de perdérmelo, y tengo que decir que no me sorprende el enfado de la “I & I Corporation” con “Caza de brujas”. El espectador sabe exactamente lo mismo que el personaje de Julia Roberts. Es decir: nada. La denunciante dice que sí y el denunciado dice que no. No hay pruebas. No hay vestigios. No hay grabaciones. Es palabra contra palabra. El tipo es ciertamente un macho repulsivo al que le cuesta entender las negativas; pero ella, no menos sospechosa, ha hecho de su cuádruple categoría -mujer, lesbiana, negra y asquerosamente rica- un arma imbatible para ir trepando en la Universidad. 

Guadagnino no se moja. De hecho, la agresión sexual, cierta o no, sólo es un mcguffin argumental. Lo interesante en la película es el juego de egos, de intereses, de cosas que se tapan y se desdicen... Una película gris. Personajes con dos caras. Un pecado mortal para las podemitas. 




Leer más...