13 días, 13 noches

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Hace mucho tiempo que no sabemos nada de los talibanes. Es como si sus tropelías hubieran pasado de moda en las noticias. Entre la invasión de Ucrania y la masacre de Gaza, los talibanes se han convertido en malvados internacionales de segunda división. Estoy suscrito a un periódico de tirada nacional y ya nunca aparecen mencionados. O quizá sí, pero en los sótanos muy profundos del scroll. Ya nadie habla de las mujeres embutidas ni de los hombres ejecutados. Afganistán ha regresado a la Edad Media y se ha producido un apagón informativo. El Telón de Roca. 

Si no fuera por las películas que los devuelven a nuestra memoria, cualquiera pensaría que nunca regresaron al poder. Tanta pasión para nada: tanto caza norteamericano y tanto compromiso con la democracia para que al final quedara todo como estaba. De nuevo Lampedusa y el Gatopardo.

De los talibanes nos ha quedado la palabra, eso sí, talibán, que usamos como sinónimo de fundamentalista. Yo mismo, por ejemplo, soy un talibán muy poco dialogante del Madrid. Antes se decía forofo, o acérrimo. O cérrimo, en mi pueblo malhablado. En todo lo demás -incluso en las cosas importantes del comer- puedo admitir matices y desviaciones. Pero en esto no. Cuando se trata del Blanco Inmaculado no admito interpretaciones ni corrientes de opinión. O no, al menos, en público, donde el infiel estira las orejas para reírse de nuestras debilidades. Al enemigo ni agua. Para hablar del Real Madrid me dejo crecer la barba y me pongo un turbante sobre la cabeza. Poca broma. 

13 días, con sus 13 noches, es el tiempo que tardaron los franceses en embarcar a los refugiados en su embajada de Kabul, que eran varios centenares. Una pelea agotadora contra las mentes cerriles de los talibanes. Un esfuerzo mortal para meter a toda ese gente en el útero de los aviones y así poder renacer después en el Occidente que ya parece haber olvidado todo aquello que sucedió. 




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El último suspiro

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Costa-Gavras es uno de los santos que se veneran en mi iglesia. “Missing” y “La caja de música” son dos películas milagrosas que esperan una cuarta o quinta oración en el altar dedicado a los franceses. Costa-Gavras, además, es un tocacojones de los poderes económicos. Uno de los últimos valientes que se atreven a denunciar que los emperadores caminan desnudos y nos dan por el culo casi todas las mañanas. Sus últimas películas anticapitalistas eran un poco muermo, medio fallidas y olvidables, pero yo las veía con el puño izquierdo levantado al menos durante cinco minutos, hasta que me cansaba de la postura.

Digo esto porque “El último suspiro” es otra película muy fallida y no me gustaría venir aquí, como otras veces, a perpetrar un escarnio de cinéfilo desagradecido. Los críticos profesionales han dicho que bueno, que no está mal, que “El último suspiro” es el último regalo del maestro y esas cosas que se dicen cuando el respetado tiene más de noventa años y quedaría muy mal atacar su desvarío. Retórica. 

“El último suspiro” no tiene planteamiento, nudo ni desenlace. Argumentalmente es tan plana como las llanuras de Castilla. Es un documental, más que una película. En ella, el doctor  Masset va presentando al filósofo Toussaint a todos los pacientes ingresados en su unidad de paliativos, cada uno con su modo particular de deslizarse hacia la muerte. Hay pacientes resignados, pacientes aterrorizados, pacientes que ya están medio drogados y no pueden filosofar... 

Viendo la película es imposible no pensar que uno, algún día, si no media un accidente o un infarto fulminante, estará ahí mismo, en esa cama del hospital, jugando sin apenas moverse el tiempo de descuento. Un día de estos, quizá mañana mismo, o quizá dentro de veinte años, entraré vivo en la consulta de un médico y saldré de ella medio cadáver pero andando. Saldrá algo en el análisis o en la imagen que me separará ya para siempre de los vivos. Me presumo un cobarde, pero quizá me azuce la valentía. Nadie se conoce de verdad.






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Caza de brujas

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Ione Montero e Irene Belarra –creo que he confundido los apellidos- no están muy contentas con la última película de Luca Guadagnino. Lo sé porque el otro día, en la radio, una de sus acólitas decía que el director italiano era un “misógino que cuestionaba el testimonio veraz de las mujeres”. El presentador del programa, en la SER, asentía con su silencio al igual que el resto de tertulianos. El miedo a perder oyentes es más poderoso que el afán de disentir, cuando disienten. Como oyente de izquierdas ya he aprendido a interpretar esta nueva realidad: cuando están de acuerdo con la delegada inquisitorial, los tertulianos lo dicen abiertamente; y cuando no, callan o carraspean levemente. Son tiempos de autocontención.

Yo pensaba que Luca Guadagnino era un director bien querido a ese lado del Mississippi porque es una especie de Almodóvar italiano que reivindica gozosamente lo gay, lo queer, el poliamor no posesivo entre heterosexuales... Un director moderno con todas las connotaciones posibles de la palabra. Un cineasta que a veces firma películas meritorias y otras veces “experiencias fílmicas” aburridísimas. Pero siempre, hasta hoy, un compañero de barricada.

Yo veo todas sus películas porque prefiero el riesgo de aburrirme a la duda de perdérmelo, y tengo que decir que no me sorprende el enfado de la “I & I Corporation” con “Caza de brujas”. El espectador sabe exactamente lo mismo que el personaje de Julia Roberts. Es decir: nada. La denunciante dice que sí y el denunciado dice que no. No hay pruebas. No hay vestigios. No hay grabaciones. Es palabra contra palabra. El tipo es ciertamente un macho repulsivo al que le cuesta entender las negativas; pero ella, no menos sospechosa, ha hecho de su cuádruple categoría -mujer, lesbiana, negra y asquerosamente rica- un arma imbatible para ir trepando en la Universidad. 

Guadagnino no se moja. De hecho, la agresión sexual, cierta o no, sólo es un mcguffin argumental. Lo interesante en la película es el juego de egos, de intereses, de cosas que se tapan y se desdicen... Una película gris. Personajes con dos caras. Un pecado mortal para las podemitas. 




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Entrepreneurs

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Lo contaba Michel de Montaigne en “Los ensayos". A Diógenes, llamado el Ateo, mientras le mostraban los retratos de los hombres que sobrevivieron a los naufragios, le dijeron en el templo:

- Y bien, tú, que piensas que a los dioses les traen sin cuidado las cosas humanas, ¿qué dices de todos estos hombres salvados por su gracia?

Y Diógenes contestó:  

- Sucede que los que se han ahogado son mucho más numerosos y no están pintados.


Así es el mundo entrepreneur: nos dan mucho la matraca con los que triunfan, pero los que fracasan son muchos más numerosos e interesantes. Los que triunfan, además, son casi siempre los hijos de papá. Sólo ellos pueden arriesgar tiempo y dinero sabiendo que hay un colchón esperando el batacazo. A veces es un colchón relleno de billetes nunca declarados en Hacienda. 

Lo dice el personaje de Rober Bodegas en un diálogo memorable: “Los ricos nunca pierden”. O si pierden, lo recuperan en un santiamén. Ellos, los figuras, jamás saltan al vacío en sus locas aventuras. O lo hacen con siete paracaídas por si fallan los seis primeros en el colmo del infortunio. Ellos, esa gente, tienen amigos, y contactos, y jeta por un tubo... Equipos de rescate y médicos de primera. El verdadero riesgo esta reservado a los genios y a los necesitados. Y a los tontos del culo que los imitan.

En el mundo entrepreneur se necesitan muchos perdedores para que alguien puede proclamarse vencedor. Es de cajón. A veces es necesaria una auténtica masacre para que sobrevivan cuatro héroes de pacotilla. Para que los pardillos se presenten en el campo de batalla hacen falta vendedores de humo a la altura de aquellos curas que llamaban a la guerra. Se necesita ina jerga insidiosa para que la gente se anime a fracasar pensando en un futuro esplendoroso de Lamborghinis en la puerta: algo muy parecido a ese “business speach” que Alberto Casado borda en su papel de absoluto gilipollas.

(Mientras tanto, Aura Garrido, que revolotea por la serie un tanto descolocada, nos regala su presencia de arcángel de las finanzas).




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The Queen

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Si hacemos caso de lo que cuentan Stephen Frears y Peter Morgan en “The Queen”, Tony Blair, el día que compareció por primera vez ante la reina de Inglaterra, se cayó del caballo republicano como san Pablo se cayó del caballo damasquino y se convirtió a la fe verdadera de la monarquía. “Tony, Tony, ¿por qué me persigues?”, le dijo al parecer la reina Isabel. Y Tony, deslumbrado por su luz, y seducido por su palabra, dejó de perseguirla para convertirse en el paladín de sus privilegios ancestrales.

Yo pienso, sin embargo, que Tony Blair ya era así de lameculos y hasta entonces sólo disimulaba. Y que además disimulaba como un actor cojonudo de las tablas del West End. ¿El premio Tony, para Tony...? Al electorado -por eso se llama electorado- se le puede engañar con pasmosa facilidad, pero engañar a tu propia esposa, que llega contigo media vida y llega al número 10 de Downing Street pensando que vas a dejar a la familia real tiritando con medidas draconianas, es un arte que sólo dominan los truhanes de nacimiento y los trapaceros sin escrúpulos. Y Tony, me temo, era, y es, un político perteneciente a esa calaña. 

Tony Blair también fingió ser laborista y luego ya ves: empezó con aquello de la Tercera Vía para acabar donde acaban todos los traidores al proletariado: compartiendo cuchipandas con los esclavistas y los explotadores. Tony Blair empezó siendo la esperanza del socialismo y el azote de los Windsor y terminó siendo el mayordomo de la reina Isabel y el bufón de George W. Bush mientras el viento de las Azores les despeinaba los flequillos.

Yo hubiera entendido lo de Tony Blair si la reina de Inglaterra hubiera sido como la reina de España. La de ahora, digo, Leticia Ortiz, que podría cortocircuitarte con su belleza y llevarte por el caminito de los borregos. A mí, al menos, me pasaría. Leticia me pone mucho y no me importa confesarlo. Yo soy un republicano de tres colores irrenunciables, pero si un día fundara un partido bolchevique y el pueblo me eligiera para asaltar el Palacio de la Zarzuela, sé que tardaría apenas tres segundos en traicionarlos a todos por el amor -ni siquiera correspondido- de esa mujer inigualable




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Café irlandés

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Los Monty Python, en “El sentido de la vida”, cerraron  el sketch de “Every sperm is sacred” con los cien hijos de la pareja católica desfilando ante el ventanal del matrimonio protestante. Lo resolvieron así y no tengo nada que objetar. Gracias a esa idea consiguieron hilar dos números históricos e inolvidables. Pero también podrían haberlo resuelto de otra manera, a lo “Café irlandés”, poniendo a parir -literalmente- a una de las hijas mayores, ya en edad de merecer. Habrían sido los 101 católicos de los Monty Python, como los 101 dálmatas de Walt Disney. El nacimiento del primer nieto en un genoma que se agarra con fuerza al ecosistema. Una boca más que alimentar y otro hijo de Dios para igualar la reproducción conejil de los infieles. 

El matrimonio Curley, en “Café irlandés” -curioso título porque aquí nadie bebe café, sólo té traído de la India o cervezas Guinness fabricadas en Dublín- no tiene más que cinco escuálidos hijos ofrecidos al Señor. Demasiados, a nuestros ojos pecadores, pero muy pocos, para el Ojo Triangular que los puede contar con los dedos de Su Mano. Quizá por eso, porque ya han recibido alguna reprimenda de su párroco y los vecinos con nueve hijos les miran mal en el supermercado, los Curley reciben con una alegría exultante el embarazo de su hija adolescente. Otros padres se hubieran quedado mudos y compungidos, conscientes del contratiempo. O del putadón. Pero aquí, en “Café irlandés”, todo es jolgorio y preparativos. 

No importa que la hija tenga un trabajo precario o que el padre de la criatura sea un madurito barrigón casado con otra mujer. Peccata minuta. Los irlandeses de Stephen Frears no celebran la calidad de la vida, sino la vida en general. Prefieren lo cuantitativo a lo cualitativo. La multiplicación de los panes y los peces a los panes artesanales y los besugos de calidad. Es palabra de Dios. 





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Las amistades peligrosas

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Mientras la plebe se desloma en los campos de cultivo o sirve de carne de cañón en las guerras del Gran Rey, la aristocracia parisina se dedica a practicar el amor y a teorizar el erotismo. Cuando no hay cabras que ordeñar ni remolachas que recoger, las horas se convierten en una eternidad baldía que hay que rellenar con filosofías. Todo lo que hacen los ricos -los del siglo XVIII y los de ahora- proviene del vacío de las horas y de la abundancia de dinero: ir a la ópera, esquiar, cazar animales, jugar al polo, rascarse la barriga, empolvarse la nariz... Y, por supuesto, follar a todas horas, o jugar a que se folla, en palacios de ensueño construidos con el sudor de nuestra frente. 

No sé en qué novela leí hace poco que el amor es un asunto propio de gentes ociosas. Una aspiración para burgueses. Los pobres bastante tenemos con trabajar y con dormir las horas necesarias. Y alimentarnos debidamente, y hacer ejercicio, y cuidar de nuestra prole... Apenas hay tiempo para discutir si este picor procede del amor o de la simple curiosidad. Si es un sentimiento elevado o un reflejo animalesco. Los pobres somos como las cucarachas: nacemos, crecemos, nos reproducimos y nos morimos. Nuestro amor, cuando lo hay, es bonito pero funcional. El amor de los aristócratas es otra cosa: exige invertir mucho dinero o disponer de mucho tiempo libre, que en realidad vienen a ser el mismo privilegio.

“Las amistades peligrosas”, por cierto, es una obra maestra. Yo diría que es la exquisitez absoluta de la perfidia. No sobra un diálogo ni falta una mirada. Pero a decir verdad, nos importa un carajo lo que les pase a esta caterva de hijos de puta. Y de hijas de puta. La película nos cuenta los mismos trapicheos que habrían publicado el “¡Hola!” o el “Lecturas” si hubieran existido en el París del siglo XVIII: que un aristócrata se tiró a la criada o que una vizcondesa le puso los cuernos a su marido. Cosas así, de papel couché, donde mayormente solo aparecen parásitos sociales que merecen nuestro desprecio.






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Los timadores

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Había olvidado “Los timadores”: su existencia, su relevancia, su grito sordo pidiendo una segunda oportunidad... Por eso, el otro día, cuando la descubrí zapeando por el menú infinito de Movistar, se encendió una bombilla en mi interior que llevaba más de treinta años apagada. Sentí un calorcillo agradable y una infinita curiosidad. Los cinéfilos de provincias no es que olvidemos, pero sí ahorramos mucha energía en la factura de la luz, y mantenemos habitaciones a oscuras durante más tiempo del recomendado. En el fondo no vivimos de esto y hay que dejar espacio para la supervivencia monetaria, y para el fútbol de los domingos.

“Los timadores” vino poco después de que Stephen Frears nos dejara pasmados con “Las amistades peligrosas” y recuerdo que la peña quedó más o menos decepcionada con la película, como si se hubiera quedado en las buenas intenciones y en su elenco de actores cojonudo – y en el desnudo esplendoroso de Annette Bening, por supuesto, que en 1990 no estaba tan mal visto como ahora. Pero yo, la verdad, no sé qué esperaban estos espectadores tan finolis: películas como “Las amistades peligrosas” son rarezas absolutas, diamantes rarísimos; milagros que se producen diez o quince veces en una década entregada a la cinefilia. Ni Jesucristo, siendo un dios de los principales, obró tantas maravillas en sus años de predicaciones por las orillas del Tiberíades. 

“Los timadores” es oscura y perversa. Cine “noir”, que dicen en las revistas de Madrid. Apenas ha envejecido y yo me congratulo por don Stephen, que tiene una filmografía tan rescatable como irregular. “Los timadores” es ambrosía pura para el misántropo aficionado. Salen estafadores, mafiosos, putones verbeneros y cabronas sin entrañas. Lo mejor de cada casa. Hay hombres que matarían a su madre por un puñado de dólares, y, en el reverso de la codicia, madres que matarían a sus hijos para cruzar la frontera de México con la vida resuelta dentro de un maletín. 





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