La vida en un hilo

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1945 fue el Año VI de su Victoria, y también el Año VI de nuestro Hambre. Hubo más años terribles, despojados de casi todo, pero éste es especialmente recordado. Muchos españoles murieron de inanición o malnutridos. Algunos fallecieron entonces y otros tiempo después, roídos en las entrañas, como damnificados de Hiroshima. Mi padre, por ejemplo, tenía doce años en 1945 y se dejó la salud arrastrando cántaros de leche por las calles de León. Cuando llegó a los sesenta años ya era un anciano prematuro, con pocas energías para seguir.

Mientras tanto, en el barrio de Salamanca de Madrid, la posguerra consistía en pararse ante el escaparate de una peletería y dudar qué abrigo comprarse para el invierno. Abrigos de zorra, en cualquier caso. Conchita Montes, en “La vida en un hilo”, es una vencedora de la guerra que pasea por pisos de lujo y salones de baile como sacados de una película americana. Acaba de enviudar, pero no parece demasiado afectada por la pérdida. Su marido, además de ser un sieso de cuidado, era rico y de buena familia, así que Conchita disfruta de la buena vida mientras se compra abrigos y se seca, muy de vez en cuando, una lágrima furtiva.

Conchita, al empezar la película, conocerá a una de esas pitonisas que te leen el pasado en vez del futuro. Ella le contará que la misma tarde que conoció al sieso pudo haber conocido, en la misma floristería, al hombre de su vida: otro cruzado por España mucho más galante y divertido que el anterior. Y es que nuestras vidas amorosas, da igual rojas que azules, penden de un hilo, de una puta casualidad. En eso, en la potra, sí somos hermanos de corazón. 

Nuestra vida sentimental podría haber sido muy distinta si aquel día, justo en aquel momento, hubiéramos mirado para otro lado. Incluso el amor -esa cosa tan poética y venerada- no deja de ser un azar a veces provechoso y a veces lamentable. Un dado lanzado al aire. El caos erótico o vengativo que provocó aquella mariposa que un día revoloteaba. 




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Irma Vep

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A Michael Fassbender y a mí nos gustan las mismas mujeres. En concreto la misma mujer, Alicia Vikander. Pudiendo elegir otra señora más rubia o despampanante, Fassbender y yo, que somos dos hombres con gusto, muy poco dados al exceso, nos hemos quedado, cada uno a su modo, con esta miniatura sueca que podría pasar por nuestra vecina del tercero en una mirada poco atenta, pero que luego, en la pantalla, cada vez que sonríe de soslayo, o se lanza a bailar como una vampiresa, te produce un escalofrío primordial, un temblor en el genoma. Una cosificación de la hostia bañada en amor puro e incondicional. 

No pretendo engañar a nadie: he llegado a “Irma Vep” siguiendo el rastro enamorado -platónicamente enamorado- de Alicia Vikander. La reencontré hace poco en “El mago del Kremlin” y ella era lo poco rescatable de la película. De pronto, entre la hojarasca de su última filmografía, “Irma Vep” saltó a mis ojos como una pantera de terciopelo, agazapada entre los tejados de París. Pero no me atrajo solamente Alicia Vikander, enfundada en esa textil sensualidad, sino el fondo del asunto: “Irma Vep” se anunciaba como una serie que reflexiona sobre el mundo de las series. Una metaserie. Y además, ya digo, rodada en París, que siempre se agradece como telón de fondo a las historias de parejas enamoradas, o arrebatadas, o a punto de desenamorarse. Alicia Vikander en París sonaba a perfume muy caro, a moda muy exclusiva, a estilismo subyugante de alta joyería.

“Irma Vep” no es una serie perfecta, pero es extraña y adictiva. La presencia de Alicia ayuda mucho a superar ciertos enredos secundarios, pero no es sólo ella: hay algo morboso y enigmático en la propuesta de Assayas. Sus personajes son gente guapa y famosa, y nosotros no, pero cuando se habla de encrucijadas, de traiciones, de sueños por cumplir, todos somos hijos del mismo Dios que vive justo en lo alto de la torre Eiffel. 





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El drama

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Yo también estoy medio sordo de un oído, y leo libros en las cafeterías, pero como no soy Zendaya, ni Zendayo, ninguna mujer atractiva se acerca a interesarse. Ninguna finge haber leído el mismo libro que yo sostengo para entablar conversación. O ya, en el summum, demuestra haberlo leído para hacerme ver que no solo es sexy sino listísima además. 

Es por eso que la primera escena de “El drama” me resulta familiar, pero distante. Como un sueño de seducción interpretado por actores. Siempre he pensado, con Aristóteles, que el amor verdadero sólo aspira a la belleza. La de Zendaya, por ejemplo. El otro amor -el nuestro, el de la tropa- siempre es un premio de consolación, un plan alternativo. Todos somos la opción B de alguien que aspiraba a tocar el cielo de la hermosura. Nuestros amores más ciertos, más desgarradores, siempre han sido los amores imposibles, los no correspondidos, porque no alcanzábamos el percentil.

“El drama”, a partir de esa escena, podría ser una película de amor convencional, con sus planes de boda, sus desencuentros, sus polvos de conciliación... Pero no lo es. De este director noruego siempre esperamos una provocación o una cafrada delirante. Y el tipo, la verdad, aunque lo hayan trasplantado a Hollywood, sigue dando frutos cada verano. El planteamiento es tan sugerente como molesto: ¿estaríamos dispuestos a seguir adelante si nuestra pareja nos revelara una verdad inconfesable de su pasado? ¿Algo prescrito pero alarmante? ¿Algo que ni siquiera hizo pero pensó en hacer? 

Depende de qué verdad, claro, y ésta de película está justo en el límite del juego. 

De todos modos, lo más desafiante de “El drama” es tener que reconocer que todos tenemos una verdad escondida en el armario. Algo que hicimos una vez y que nos llena de vergüenza: una crueldad, una traición, un momento de debilidad... Actos reprimidos, u olvidados, que ya solo asoman en los sueños o en las cogorzas. O en la consulta del psicoanalista.




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Kenny Dalglish

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El Liverpool, aunque juegue en la pérfida Albión, es el segundo equipo de mi alma. Y al paso que va la burra madridista, renqueando y a punto de despeñarse, puede que sea el primero no tardando. También es verdad que no hay muchos equipos que me caigan simpáticos: la Cultural Leonesa, claro, porque es el club de mi tierra, y el equipo de La Pedanía, donde pasé largos años de entrenador. 

Si hablamos de la élite, todos los clubs españoles, salvo el Español y el Rayo Vallecano, comulgan con la fe antimadridista y contribuyen a derribarnos. No hay más que verles jugar contra el Barça, derrotados de antemano, con melindres, con suplentes, con los buenos cumpliendo el ciclo de amarillas... Boquiabiertos ante las estrellas azulgranas. Son unos miserables. Luego juegan contra el Madrid y hacen el partido de sus vidas: rocosos, inspirados, marcados por el odio... Me dan asco todos. Cuando salen por Europa quiero que pierdan contra cualquiera. ¡Que viva Chipre!, y la República Eslovena.

Mi simpatía por el Liverpool se pierde en la niebla -muy británica- de la infancia. Recuerdo que a veces, en la Segunda Cadena, mucho antes del Canal + y de las antenas parabólicas, daban partidos de la liga inglesa y allí aparecía el Liverpool todo vestido de rojo, como un ejército del proletariado, jugando a la pelota como los ángeles del Merseyside. Era el “passing game”, decían los conocedores de la vaina, y yo caía rendido ante esos jugadores talentosos y extranjeros. Por allí andaba Kenny Dalglish, enhebrando el juego de ataque, y un delantero centro altísimo, Ian Rush, que convertía en gol todo lo que tocaba, como un rey Midas con mostacho.

Luego, con los años, fui introducido en los misterios de Bill Shankly, del “You’ll never walk alone”, de Liverpool gritando “No pasarán” ante las bombardeos neoliberales de Margaret Thatcher... Me convertí en un devoto, en el cónsul honorario de su mística. Mi consulado abarca desde aquí hasta La Coruña, ya casi tocando Finisterre. Los fines de semana, y las fiestas de guardar, yo animo a los Reds desde mi televisor ultramarino gracias al adelanto de las ciencias.






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Obsession

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No creo que Curry Barker, que es un chaval de la generación Z, haya leído nunca a Santa Teresa de Jesús -yo, por cierto, tampoco- pero tiene asumida una parte de su pensamiento. Es lo que tienen las verdades universales, las advertencias que llevan resonando desde el inicio de los tiempos. «Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas», dijo una vez santa Teresa con más razón que eso, que una santa. Y quien dice lágrimas, dice también, en el cine gore, sangre y vómitos, y otros líquidos indescifrables.

(Hay quien jura disfrutar con estos excesos viscerales e incluso partirse de risa en el sofá -seguramente unos anormales, o unos psicópatas. Pero yo, que padezco otras enfermedades del alma muy diferentes, me he pasado la última media hora de “Obsession” mirando de soslayo, o disimulando con el móvil, al mismo tiempo fascinado e impaciente por terminar).

“Hay que tener mucho cuidado con lo que uno desea, porque puede hacerse realidad”: también se lo decía un general de su ejército a Alejandro Magno, en las novelas de Mary Renault. Ya digo que es un sabiduría ancestral. A mí me pasó una vez algo parecido a lo de “Obsession”: desear mucho que una mujer me deseara y hacerlo realidad. Y luego cagarme por la pata abajo... Pero en mi caso, porque la magia no existe en la vida real, ni siquiera la magia negra que ella practicaba, sus celos enfermizos ya venían de serie, incorporados en su genoma, sin necesidad de que ninguna vara de sauce los convocara.

Enamorarse sin ser correspondido es una dolencia del espíritu. Todos la hemos padecido alguna vez. O la seguimos padeciendo... Pero ser correspondido y descubrir demasiado tarde que nos hemos enamorado de una trastornada, o de un cabronazo, es un baldón sobre el honor. Un desdoro. Por eso, como el chaval de la película, muchas veces preferimos no asumirlo, hacer como que no es verdad, o como que no es para tanto, y así vamos dando pasos hacia el abismo, juntos de la mano. 




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Un poeta

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A los escritores malos, y a los poetas mediocres, nos debería corresponder una parte de la gloria. Deberían pagarnos una regalía, aunque sea mínima, cada vez que se vende un bestseller en la librería. Un poco más si se trata de los Diez Libros Más Vendidos que moran en los altares. Es lo justo, digo yo, porque alguien tiene que fracasar para que otro se encumbre sobre nosotros. Y porque además, cuantos más soldados caemos en el intento, más alta es la montaña, y mejor y más claro se divisa el horizonte.

Nosotros, los juntaletras, estamos en el primer eslabón de la cadena alimenticia. Somos como el plancton, o como la mosca cojonera. Sin nosotros, los escritores de éxito no podrían darse aires de superioridad. Servimos para comparar la buena literatura -o la literatura sagaz- con la que se queda en el camino. Valemos tanto como las películas malas, como los deportistas que caen eliminados. Somos contingentes pero al mismo tiempo necesarios. Somos un dilema filosófico. El mayor placer de que te inviten a simposios y a gañotes es pensar que otros mil se han quedado en las puertas con un chusco de pan y su de cara de merluzos.  Como ésta de Óscar Restrepo, sin ir más lejos, el poeta de la película. 

Para vivir en lo alto de la pirámide hay que poner muchas piedras en la base semienterrada. Por cada Gabriel García Márquez encumbrado, por cada Juan Gómez Jurado que vende libros como churros y va de sarao en sarao conociendo mujeres interesantes, tiene que haber mil Augustos Faronis -yo mismo tomé prestado el nombre de un escritor fracasado- que naufraguen en el mar. O se pierdan en la estepa. Mil mindundis que no tengan talento, o lo tengan desaprovechado, o no cuenten con padrinos, o no están a la guay de lo que se vende e interesa. El éxito tiene pocos caminos de llegada; el fracaso, en cambio, es un aeropuerto de mil pistas. Lo mismo en la literatura que en la vida. Cada uno se busca su propia ruina como sabe, o como puede. 





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Breaking Bad. Temporada 3

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He intentando jugar con mi nombre -el verdadero, Augusto Faroni- a la manera de “Breaking Bad”, descomponiéndolo en símbolos de la tabla periódica. Jugar a que yo también aparecía en los títulos de crédito como “spanish fan”, o como “repeat viewer”. O como apóstol de la serie, en estas tierras paganas -y muy raras, con sus quince lantánidos, y su escandio, y su itrio- donde se yergue La Pedanía.

Pero Instagram, que es un cutrerío grafológico, no me dejaba resaltar los símbolos. O yo, al menos, no soy capaz de resaltarlos. Ni poniendo mayúsculas, ni negritas, ni colores... Nada. Así que he desistido de este empeño científico y me he limitado a elaborar la lista de todo lo que extraje: 

El Au del oro, que es un metal que no tengo ni valoro.

La U del uranio, y por dos veces, como señalándome -con toda injusticia- como hombre radioactivo. 

La S del azufre, tan propia de los ateos que adoramos al diablo.

La O del oxígeno, también por dos veces, para redundar en mi oxidación, la física y la mental.

La F del flúor, indispensable en la dieta y después de la dieta. 

El Ar del argón, que es un gas noble que sólo flota en los palacios, lejos de la plebe. 

La N de nitrógeno, que es indispensable para mi vida y para la vida de cualquiera. 

El Ni de níquel, que no aparece en ninguna lista de los oligoelementos esenciales. 

Y por último, la I del yodo, que no puede faltar para curarse las heridas. Las del cuerpo, claro, porque las del alma necesitan una química más compleja, con muchos carbonos, e hidrógenos, y me imagino que fósforos con la P.

Lo he intentado también con mi nombre falso, el de Álvaro Rodríguez, a ver si salían elementos más exóticos y desconocidos. Pero más allá de la V del vanadio -indispensable, al parecer, para la vida moderna-  mi química sigue siendo muy básica, de andar por casa en calcetines. Quién no habría querido apellidarse Kramer para obtener el kryptón, o Dylan, para lucir de disprosio, o aún mejor, McFly, para fardar de moscovio. O llamarse Esteban, sin más, para probar el einstenio de los más listos de la clase. 




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Kill Bill. Volumen 2

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Si la comparas con otras películas -incluso con otras películas del propio Tarantino- “Kill Bill, volumen 2” resplandece como una espada de Hattori Hanzo bajo el sol del amanecer. Pero si la comparas con su hermana mayor, “Kill Bill, volumen 1”, palidece como una espada menos afortunada de la factoría de Hattori: un arma de acero más frágil, y con una ligera curvatura hacia el final. Las dos hermanas son manufacturas preciosas y complementarias, ya casi de anticuario o de coleccionista, pero no tienen exactamente la misma valía en mi corazón (en mi corazón, por cierto, ya golpeado cuatro veces por cuatro amores malhadados, a un solo contacto marcial para ser paralizado sin remedio).

La segunda parte de la saga me aburre un poquito. Solo un poquito, he dicho. Y sólo hacia el final, en el reencuentro tan esperado de los amantes. Amantes asesinos, sí, y un par de hijos de puta, pero amantes después de todo. He dicho, insisto, un poquito... Que no vengan los guerreros de Pai Mei a joderme la marrana; ni los 88 Maníacos desmembrados. Estoy hablando de dos miradas al reloj en más de dos horas de metraje. Y de una consulta rápida, muy rápida, al marcador de las ligas en juego, porque hoy era domingo de guardar y aquí también se dirimen venganzas muy tradicionales y sanguinolentas.

Tarantino se marca una hora final que es todo conversación y soliloquio, confesión resentida de los amantes. Y está muy bien, no digo que no, porque se da respuesta a las preguntas y se da contexto a los guerreros. Pero veníamos de la hostia pura y dura y cuesta arrellanarse en el sofá. Veníamos de la marcianada cachonda y de las artes marciales contrarias a la física, y de pronto, como niños castigados, nos sientan en un sofá para hablarnos de los sueños rotos y del amor traicionado. Es como pasar de un manga violento a una película de Almodóvar. Y ni siquiera es el interludio mejor escrito por Tarantino. 




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