Nueve reinas

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“Nueve reinas” es tan tramposa como sus protagonistas. No se puede, por ejemplo, cuando ya nadie le mira ni le atiende, mostrar al estafador como si fuera el estafado. Eso es jugar sucio. Engañar al espectador. Pero qué más da -vas pensando- si la película es cojonuda. Si no ha perdido frescura ahora que la recordamos.

Si el hombre es un lobo para el hombre, aquí, en concreto, el porteño es una alimaña para el porteño. Cuando vienen mal dadas se multiplican los chorros en cualquier rincón del planeta. Es la pobreza, estúpido, y no los genes o la cultura. Luego, cuando regresa la bonanza económica, los fraudes ya pasan a ser legales, pero los ladrones son otros y se visten de ejecutivos.

“Nueve reinas”, ya digo, nos trata mal y nos engaña. Pero no somos capaces de interrumpirla. Es como una amante mentirosa que nos folla como Dios. Bienvenidas sean, en ambos casos, las artimañas. Qué es el cine, además, sino un engaño consentido. El gran engaño de nuestra vida junto a la magia de las chisteras y los amores de Hollywood. Y la Liga de Negreira... No es casualidad que el primer gran cineasta de la historia, George Méliès, fuera un mago que se quedó boquiabierto ante el invento de los Lumière. En ese sentido, todos somos niños bobos sentados frente a una peli. El cine es tan tramposo que ni siquiera está hecho de imágenes en movimiento, sino de fotos fijas que pasan muy deprisa ante nuestros ojos alelados. 

La primera vez que vi “Nueve reinas”, hace un cuarto de siglo, yo no podía ni imaginar que de aquellos lodos del corralito vinieron luego aquellos polvos en mi dormitorio. Es una historia muy larga de contar... Si es verdad que el aleteo de una mariposa en Japón puede causar un tornado en Oklahoma, no es menos cierto que una crisis económica en Argentina puede causar, aunque sea veinte años después, una tormenta de amores celtibéricos donde también hubo maquiavelos y estafa’os, contentos y amarga’os, varones y dublés. 




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Feud: Bette and Joan

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Nunca he vuelto a ver “¿Qué fue de Baby Jane?”. La vi de muy niño y me dejó una especie de trauma psicológico. Pero no por la historia de terror entre aquellas dos chaladas enclaustradas, sino porque se guisaba un animal doméstico a modo de venganza. Mi inconsciente sabe de qué animal se trata, pero decide no contármelo cada vez que se lo pido. 

Luego, con el tiempo, ya matriculado en la Escuela de Cinéfilos, nos contaron que aquellas dos viejas que se odiaban en la ficción también se odiaban, y mucho, en la vida real. “Feud” es un término que podría traducirse por “odio fueguino” y el muy jodido vivía en ambos lados de la pantalla. También nos contaron que ellas no eran tan viejas en realidad, sino dos estrellas extenuadas que se iban apagando. Luminarias del cine clásico que agotaban sus reservas de hidrógeno antes de colapsar. 

La que se pintarrajeaba la cara era Bette Davis: la misma que no era Eva en “Eva al desnudo”; la de los ojos de Bette Davis que cantaba Kim Carnes en “Los 40 principales”. La otra, la paralítica, era Joan Crawford, la dueña de aquel saloon a quien Johnny Guitar rogaba que le mintiera a la cara y le dijera que le quería. Recitando esos datos ya sacabas un aprobado raspado en 1º de carrera, pero luego había que aplicarse mucho para sacar el título, y comulgar con ruedas de molino que yo nunca me tragué.

Me interesa mucho “Feud” porque la historia del viejo Hollywood es como la historia de mi familia. Si mi carne se la debo a mis abuelos, mi referencia constante, casi el 90% de mi educación sentimental, se la debo a esos otros familiares que han ido apareciendo durante más de medio siglo en mis pantallas: las grandes de los cines, y ahora las resultonas de los salones. 

También me interesa porque me recuerda que los dos motores de la creatividad siempre han sido el odio y el desamor. El encono y el despecho han forjado las obras maestras de la literatura, y también las grandes películas de nuestra vida. Las amistades sanas y los amores correspondidos se agotan en sí mismos. Se autocelebran y ya está. No producen nada, salvo paz y bienestar. No contribuyen a entretener a los demás, ni a enseñarles moralejas.




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Little Amélie

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La película que dejé para el final del verano, atenazado por la desidia, resultó ser la mejor de todas. La que quedará para siempre en mi memoria. Me sucede con cierta frecuencia y empiezo a preocuparme. Soy un cinéfilo muy poco socrático, que no se conoce a sí mismo como debiera. 

Aunque la descargué en un acto voluntario, luego me pasé meses sorteando “Little Amélie” con otros estrenos, con series maratonianas, con alguna sesión de cine clásico que me escocía en la conciencia. Un auténtico desdén. Hace unos años, cuando Retoño era pequeño, el cine de animación no me producía tanta pereza. Estaba más atento a los estrenos y a las calificaciones, motivado por sentarme junto a él: por verle esos ojos abiertos como platos, como los ojos de Amélie. Y de paso, a veces, descubrir una maravilla reservada para adultos, codificada en nuestro lenguaje. Preparada para nuestra mirada ya menos asombrada, pero más sabia y reflexiva.

Me preguntaba, mientras veía a la pequeña Amélie dando tumbos por Japón, cuándo fue la última vez que yo puse los ojos así, desorbitados ante la belleza, o ante el enigma de la naturaleza (las mujeres de gran hermosura no cuentan para estos cálculos). En Noruega, quizá, el último verano, pero ya con la presbicia de la edad… Y además, en mi caso, con unos ojos negros que no pueden competir en fotogenia con unos ojazos verdes diseñados por el software. 

Pero al final, mi retina, y mi nervio óptico, aunque menos espectaculares, funcionan de la misma manera que los demás. O funcionaban, cuando lo veía todo por primera vez y levantarse de la cama era casi como nacer cada mañana.





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Robot Salvaje

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Ayer, en la radio, justo antes de ver la película -porque la realidad y la ficción a veces se anuncian o se presienten- hablaba un experto en robótica avanzada. Le habían convocado para hablar de ese atleta mecánico que acaba de batir el récord de los 100 metros lisos. Eso -dijo el experto- está muy bien para ofrecer titulares en la prensa, pero el avance real, el práctico, el que está apenas a cinco años vista, es el humanoide doméstico que nos lavará los platos, nos planchará las camisas y nos podará los rosales -quienes los tengan, claro- para que podamos seguir perdiendo el tiempo viendo la tele o enredando en las redes sociales.

El experto, sin saberlo -o tal vez sí, porque quizá tenga hijos y esté a la guay de las películas de animación- estaba hablando de la versión beta de “ROZZUM 7134”, el protagonista de “Robot Salvaje”. Roz, así bautizado por los animales del bosque, es un artefacto de prestaciones casi infinitas que vive en un futuro de casquetes derretidos y países anegados. Un paisaje no muy diferente al que aparecía en “Inteligencia Artificial”, que es otra película de Dreamworks donde al final triunfaban el amor y la perseverancia. 

Las aventuras animadas de Roz son de un virtuosismo técnico apabullante. Es todo tan bonito -aunque tan falso- que es imposible reprimir alguna lágrima por el camino. “Robot Salvaje” es tan hermosa como torticera; tan deslumbrante como peligrosa. Contiene mensajes que deberían estar prohibidos para el público infantil. Luego salen como salen: convencidos de que el mundo, y la gente que lo habita, son plastilina en nuestras manos. De que basta con amar, con amar mucho, para que todo se nos cure o seamos aceptados. 

(Al terminar la película, mientras fregaba los platos sin ayuda, me acordé del experto en robótica. No creo que tales inventos lleguen nunca a prosperar. Las empleadas del hogar pueden respirar tranquilas. No es sólo la necesidad de contratar una criada o un mayordomo: es la satisfacción -con un robot muy descafeinada- de darle órdenes a otro ser humano y sentirse superior en el orden de las cosas).




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Lapönia

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Olavi es mi ídolo, mi referente. Debería imprimir un póster con su imagen. Olavi es un finlandés que en “Lapönia” canta las verdades del barquero, aunque la bruja de su cuñada, y el pánfilo de su cuñado, exorbiten los ojos y se pongan muy chulitos, al estilo celtibérico. 

Los españoles somos como dice Olavi y punto redondo: gritones, trapaceros, muy poco refinados. Llevamos el ruido y la trampa en la misma maleta del jamón. Nos pongamos como nos pongamos, somos africanos del norte, europeos de oropel. Hasta el Pirineo todo es toro. 

Los españoles somos los bárbaros modernos, temidos del uno al otro confín. Vamos dando la nota por cualquier ciudad europea que yo visito cada verano. El año pasado fue Viena, el anterior Dublín, éste los rincones de Noruega... Ámsterdam, cuando el amor. Y París, claro, cuando el desamor. Da igual. No hay huida posible. La conversación en Europa es un bisbiseo, un trinar de pajaritos, hasta que de pronto, antes de que los distingas en el tumulto, o te los encuentres a la vuelta de la esquina, oyes a unos turistas hablando muy alto, o dándole voces al teléfono, o expandiendo sus risotadas para que los gorriones de la ciudad, o las gaviotas junto al mar, salgan espantadas ante la falta de costumbre: son los españoles, sí, mis compatriotas, dejando su marchamo, haciéndose con el territorio, contaminando la paz que sólo un minuto antes te tenía subyugado. 

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El problema de “Lapönia” es que empieza muy alto, en latitudes boreales, y poco a poco va descendiendo en interés hasta llegar a estos paralelos arrasados por el sol. "Lapönia" parecía el remake de “Un dios salvaje” y al final se quedó en una “feel good movie” insustancial. Una pena. El otro pero que le pongo es que contiene un error de cásting imperdonable. De guionistas muy pánfilos, o muy poco vividos. Un maestro de Lengua y Literatura con el jeto de Julián López no puede estar casado con una mujer como Natalia Verbeke, que pega más paseándose por los yates, por los grandes torneos del tenis. Por los saraos de la jet set que jamás viajaría a Rovaniemi en un vuelo regular.

 




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Altas capacidades

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Los niños normales son una especie en vías de extinción. Y no hay nada que pueda remediarlo. Cuando el último de su estirpe cumpla los 18 años, en algún rincón del planeta, habrán dejado de existir. Las próximas generaciones ya solo los conocerán a través de las películas.

Los expertos, en sus congresos, se afanan en encontrar una explicación a este fenómeno evolutivo -los microplásticos, los herbicidas, las cagadas de las palomas- pero sólo unos cuantos, los más inteligentes, se atreven a proponer la estupidez de los padres como la causa del problema: esa tontuna irremediable, tan dañina como universal, a la que habría que encontrar, a su vez, una etiología comprobada.

Yo lo venía sospechando desde hacía tiempo, observando mi ecosistema, pero el otro día, desde Barcelona, Carlo Padial expresó la misma idea observando a sus conocidos. Ahí fue cuando me dije: esto es una pandemia. Padial decía en su programa lo mismo que yo digo: que ya sólo nacen niños autistas o niños superdotados. O autistas superdotados, que todo lo acaparan. 

Nueve de cada diez progenitores encuestados opinan que su hijo es un superdotado o posee altas capacidades. Y el otro, el que no opina igual, es que está a punto de ser convencido por un buen profesional. Los psicopedagogos, entre otros servicios, ya ofrecen títulos de superdotación para que puedas presumir en las tertulias. Y da igual que el chaval parezca -y lo sea- medio bobo, o medio merluzo, como este Fernandito en  la película. Todos los padres terminan viendo signos, anécdotas, logros reveladores... las mismas proezas intelectuales que otros vieron en sus sobrinos, en sus vecinos, en los hijos de sus jefes. 

Nadie se queda atrás en la carrera por el Mensa. Lo bueno de la genialidad es que tiene mil bosques donde brotar, como las setas: en la música, en la aritmética, en la abstracción de las pinturas... Sólo es cuestión de ir probando, de ir invirtiendo dinerales. De encontrar al profesional dispuesto a corroborar. De entrar, con suerte, en un colegio superpijo donde nuestro hijo se sienta realizado.    




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La maldición de Widow's Bay. Temporada 1

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La Pedanía, si la observas de cerca, se parece un poco a Widow’s Bay. No es una isla remota, pero sí un enclave singular. No voy a decir que un lugar maldito, pero sí, desde luego, una reserva espiritual. Por aquí también rondan los fantasmas de los antepasados y las deidades politeístas: hablo de los santos, y de las santas, que se ponen a enredar cuando menos te lo esperas. 

Cada vez que acontece una desgracia -un motero que se estampa, un bebedor que se resbala, un cazador que se automutila- los creyentes se santiguan y acuden a los altares. “Nos ha caído una desgracia”, se lamentan las beatas. “La Virgen anda enfadada por culpa de nuestros pecados”, se dicen los meapilas. O: “Ha sido el señor Ambrosio, que se levanta de su tumba porque se fue sin concretar…”. Son una minoría, pero tienen un altavoz estruendoso que es la campana de su iglesia. Sucede un poco como en Widow’s Bay: algunos nos reímos de ellos y otros no se ríen por si acaso. Es la eterna lucha entre creyentes e ilustrados. Si monsieur Voltaire regresara de los muertos no terminaría  de asumirlo.

Ésa era, al principio, la gracia de la serie: la lucha de un alcalde racional contra su electorado supersticioso. Su afán por mantener el espíritu científico a costa de perder las próximas elecciones. Había humor, refriega, hechos ambivalentes... Pero la tensión filosófica dura muy poco, más o menos cinco episodios. A partir de ahí,  "La maldición de Widow's Bay" se decanta por el mundo metafísico y ya todo son sustos y golpes, chirridos y pesadillas. El despliegue habitual. Pirotecnia y bostezo. Café para cafeteros. No me interesa en absoluto. Ya anuncian una segunda temporada la mar de tenebrosa. Estupendo.




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Isla bonita

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El que tiene una casa en Menorca, o un casoplón, ya tiene la vida resuelta y no comparte nuestras cuitas. O es un extranjero del pasaporte o un extranjero del interior. En el 90% de los casos, un enemigo de nuestra clase. Su única preocupación es contemplar el atardecer para que se desplieguen los colores, mientras el mundo de los parias, el de los desheredados inmobiliarios, se deshace a su alrededor con un eco quejumbroso. Esto era cierto en 2015 y es mucho más cierto once años después.  

“Isla bonita” es como un homenaje de Fernando Colomo a las películas de Rohmer. Aquí todo el mundo es burgués, o burguesón, y las conversaciones nunca van de cinturones apretados ni de rebajas en el súper. Aquí se habla de elegir la mejor berenjena para comer, la mejor gamba para cenar, la mejor compañía para echar un polvo por la noche. Ofertas nunca te faltan en una casa junto al mar. El mero hecho de poseerla ya te hace más guapa, o más interesante, o más gracioso en las tertulias. Es... pura magia. 

En “Isla bonita” no hay prisas ni depresiones, ni nubarrones en lontananza. Hay muchas discusiones conyugales, sí, pero despojadas de tragedia. Al final todo el mundo salta con red y encuentra su acomodo. 

Menorca tiene que ser la hostia, tío, pero también es verdad que la versión de Fernando Colomo parece idílica y falseada. ¿Dónde están los guiris, las motos, los españoles que dan voces por la calle? Esta Menorca de Colomo es como de temporada baja, o como de anuncio publicitario. Un paraíso tentador, sí, pero con algo de ficticio. Una cosa es que Menorca no esté tan masificada como Mallorca y otra que los turoperadores aún no se hayan enterado de su existencia, como si allí todavía vivieran los talayóticos, o los honderos. 



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Rivales

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En la otra “Rivales”, la de Luca Guadagnino, se respiraba amor por el tenis y salía Zendaya con su hermosura de colibrí. En la “Rivales” de Fernando Colomo, en cambio, se respira odio por el fútbol y sale Kira Miró proponiendo otra versión de la belleza. Las dos películas coinciden en el título pero difieren en su filosofía. Y no solo eso: la de Guadagnino era una película digna y entretenida; la de Colomo -y me sabe mal decirlo- es una tontería muy chusca al servicio de la moda. 

La tesis de “Rivales” es que todos los aficionados al fútbol son gilipollas. Y de ahí para arriba: machistas, tocones, marrulleros, salidorros, horteras, incultos... El catálogo completo de los Torrentes en Iberia. Y más aún: sus mujeres, que son las mamás de los jugadores, o son unas pedorras de campeonato o unas consentidoras de la barbarie. 

El fútbol, según la progresía de Colomo y Oristrell, es ese deporte competitivo que ensucia las mentes de los chavales. Una excusa para que el macaco de la grada se comporte como tal. El pan y circo de la chusma. ¿Y, nosotros, entonces, los futboleros que leemos a Proust y a Delibes? ¿O que, al menos, tratamos de leerlos cuando no dan Champions por la tele? ¿Qué somos? ¿Rarezas de zoológico? ¿Almas descarriadas? El fútbol, en “Rivales”, es esa costumbre prefascista que algún día habrá que prohibir para que reine la paz y la concordia. 

En mis tiempos de entrenador conocí a varios padres como estos de la película: gente atravesada, maleducada, muy básica de planteamientos. Con ellos mantuve un trato correcto pero distante. Muy distante. Pero también conocí -y eran muchos más- a gente maja, predispuesta para bien, ejemplar en nuestro campo y en el campo del rival. Padres que si vieran “Rivales” se verían acusados de un crimen sociológico que ellos jamás cometerían. 




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Bajarse al moro

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A lo mejor soy yo, que me dejo llevar por la nostalgia, pero tengo la impresión de que este país era más feliz hace cuarenta años, cuando Fernando Colomo rodaba comedias como “Bajarse al moro”: películas imperfectas, poco oscarizables, pero que traslucían una España jovial y esperanzada. Cine descocado, sin grandes pretensiones, que te contagiaba el buen rollo para toda la tarde, como si el humo de los trujos traspasara la pantalla e inundara las habitaciones de los que no fumábamos ni en pipa.

En los tiempos de “Bajarse al moro” -que hoy en día sería cancelada por el Santo Oficio de las Moradas- apenas llevábamos tres años siendo europeos y ya nos llovía el maná que arreglaba las carreteras y construía polideportivos. En el fondo seguíamos siendo africanos del Norte, y bajarse al moro no era más que aprovisionarse de mandanga en África del Sur. Éramos un crisol de culturas algo retrasado en lo social, y en lo económico, pero un reino intermedio de optimismo y de jolgorio.

Los curas se batían en retirada y los fachas parecían a punto de extinguirse. Eran unos tiempos mejorables, pero cargados de utopía. Nos gobernaba una socialdemocracia que no se parecía en nada a la escandinava -es más, que renegaba de ella- pero nosotros, tan bobos, nos creíamos protegidos por su escudo. Para no mirar donde no debíamos- que siempre es la caja del dinero- los que ya eran exsocialistas en la intimidad nos trajeron el avance social y el progreso en  las costumbres. España se llenó de rock and roll y de cine transgresor. De tendencias sexuales y de prácticas libertarias. La jodienda pasó a ser una celebración de los sentidos y la Iglesia Católica una banda terrorista contraria a la alegría. Aparecieron los condones, y los tangas, y los cigarros de la risa, que en “Bajarse al moro” son el mcguffin que anima el cotarro de Madrid. 

Sólo los más descerebrados, y los más marginales, cayeron en los excesos que otros usaron como propaganda contra Epicuro.

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-¡Yanqui, que eres un yanqui!

- Se dice yonqui, mamá.



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La línea del cielo

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Mucho antes de que Bill Murray y Scarlett Johansson se perdieran en la traducción del japonés, Gustavo Resines se perdió sin remedio en la traducción del inglés americano. Gustavo, como ellos, no pudo comunicar sus sentimientos contrariados. Y se quedó perplejo, muy perplejo, ante su propia estupidez. Siempre me ha gustado "La línea del cielo" porque Gustavo y yo compartimos la misma cara de panolis, la misma incapacidad para los idiomas. La misma torpeza para el amor, y el naufragio de merluzos en aguas internacionales.

Gustavo, en la película, es un fotógrafo de éxito que quiere conquistar la línea del cielo en Nueva York. Subido en la azotea de su amigo, la visión del skyline le llena de optimismo y le arranca un ¡oh! de admiración. Sólo tiene que estirar el brazo para tocar las nubes promisorias. Gustavo se siente a punto de tocar la gloria, de convertirse muy pronto en un hombre triunfador, irresistible para las mujeres, porque él también ha venido a Nueva York para ligar con extranjeras. En España le han dicho -o lo ha deducido por las películas- que las americanas son más liberales y están más predispuestas a meterse en la cama con un hombre que ha cambiado el pelo de la cabeza por el pelo del bigote. 

Pero su entusiasmo, ay, se diluirá en apenas unas semanas. Sus fotografías no despiertan gran entusiasmo y la única mujer que le hace caso es otra española exiliada, también perdida en sus traducciones. Lo de aprender inglés, por si fuera poco, se convierte en una tortura diaria, en la que Gustavo cada vez entiende menos diálogos, y no más, como sería de razón. Su generación, como la mía, aprendió un inglés de chichinabo que las versiones subtituladas no han logrado remediar. Más que una tara, ya es un complejo, una autosugestión de incompetentes. 

Y sin el inglés, claro, lo mismo en 2026 que en 1983, es imposible tocar la línea del cielo: ligar con una anglosajona queda descartado; emigrar a los países civilizados, ídem de lienzo; y disfrutar del buen cine sin tener que leer los subtítulos, una tarea de gigantes. 





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Mourinho

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Por un ojo que pulsó, pulsaojos le llamaron. Todo lo malo de Mourinho -como dijo Valdano de Juanito- cabe en menos de cinco minutos. Y ni eso. ¿Cuánto tiempo estuvo gritándole “fuck you” a aquella doctora que saltó al campo sin su permiso? Nada, apenas unos segundos, y ya ves tú qué fama de problemático. De mal ciudadano y picapleitos. Mourinho no sabía que debajo de aquel ojo latía un cáncer incurable; Mourinho no distingue de géneros cuando se trata de ganar. Mourinho ha tenido muy mala suerte con las víctimas de su enfado.

Nosotros, sus discípulos, que seguíamos su dedo victorioso, nos quedamos consternados. Vilanovistas por un día. Fue nuestro momento de duda; nuestro pozo de la fe. Se sucedieron los días de negrura y desaliento. ¿Habíamos seguido al profeta equivocado? ¿Eran los medios, después de todo, incompatibles con los fines? Mourinho había sido hasta entonces nuestro Maquiavelo clarividente. 

Nosotros, que le habíamos amado tanto, que le habíamos defendido mil veces ante la injuria y la sospecha, le llegamos a negar tres veces antes de que se fuera. O de que le echaran.

- Tú eres uno de aquellos que seguía sus predicaciones...

- No, señor, creo que se confunde.

Mourinho no se lo merecía. Mourinho no meaba colonia ni hablaba en germanía. Él era uno de los nuestros. Y si alguna vez macarreaba, macarreaba con estilo, con sentido del humor, no como ese patán argentino tan simple como un chusco. Pero los mouriñistas, después de aquello, nos vimos perseguidos. Juzgados y sojuzgados por otros dedos represivos. Fueron tiempos de catacumbas y conciliábulos. Pero tiempos, también, de espíritus rehechos y orgullosos. Porque en secreto, muy adentro de nuestros corazones, le seguíamos amando. Al principio con tiento, con dudas filosóficas, y ya luego alegremente, indiferentes a los demás. 

Desde entonces nunca hemos dejado de rezar. La Segunda Venida de Mourinho, su Parusía, estaba anunciada en las Escrituras y ahora, por fin, se ha hecho carne y esperanza. 




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El día de la revelación

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De niños, alentados por Carl Sagan y animados por la ecuación de Drake -que presupone millones de mundos habitados por seres inteligentes- estábamos convencidos de que los extraterrestres estaban a punto de visitarnos. De que viviríamos lo suficiente para verlos aterrizar en sus platillos voladores. Un primo mío, después de ver “E. T.”, durmió un verano entero en el balcón de su casa, ansioso por ser el primer terrícola en verlos posarse sobre la era y adentrarse con paso inseguro en el barrio de las Ventas.  

Lo que no sabíamos entonces es que Frank Drake y Carl Sagan eran dos optimistas contumaces. Miembros de una minoría soñadora, dentro del escepticismo general. Los astrónomos, en general, comulgaban más con la paradoja de Fermi, formulada por don Enrico en 1950 con una simpleza desarmante: “¿Dónde está todo el mundo?” Si hay tantos alienígenas y poseen tecnologías tan avanzadas, ¿por qué no terminan de manifestarse? ¿Por qué todas sus “apariciones” son borrosas, conjeturales, cuando no, directamente, un delirio de locos o una estafa de tunantes? 

Con los años -y con los teléfonos móviles, que contra toda lógica han barrido los OVNIs de los cielos- los hijos de Steven Spielberg hemos abandonado la esperanza de protagonizar un encuentro en la tercera fase. Ni siquiera en la segunda. La estratosfera se ha llenado de cachivaches, pero son cachivaches humanos, demasiado humanos. Fermi tenía razón y eso nos llena de tristeza. Para compensar, hemos conocido humanos tan disparatados, tan fuera de la norma, que bien podríamos tomarlos por sucedáneos de extraterrestres y experimentar, en parte, el asombro de un contacto sideral.

Por dentro, sin embargo, seguimos siendo unos soñadores, y unos crédulos; y Steven Spielberg, nuestro flautista de Hamelín. “El día de la revelación” es una eucaristía de la fe. La sabemos espuria y momentánea, pero preferimos engañarnos; creer en Ellos durante dos horas trepidantes, aunque el relato de la película, como el relato de la Biblia, la otra fe de los tontainas, contenga parecidos agujeros y las mismas boludeces.





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Sueños en Oslo

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Mis sueños, en Oslo, fueron los mismos que tengo en La Pedanía porque viajan en la maleta y no pesan nada en el control de facturación. Mis sueños son muy densos, y farragosos, pero ligeros como el éter cuando tratas de medirlos. Yo preferiría no llevarlos cuando me voy de vacaciones; descansar de ellos como descanso de la rutina y de la gente. Pero se me cuelan, los muy jodidos, porque son como el aire que cantaba Pedro Marín: pegados a mí, siguiéndome al andar.

Más al norte, en la Noruega profunda, mis sueños tampoco claudicaron, inasequibles al frío y a las latitudes: que pierdo el autobús; que cojo el autobús en sentido contrario; que llego tarde al colegio; que por fin llego al colegio y no sabía que tenía un examen; que tengo que caminar a cuatro patas por la calle y la gente se descojona; que estoy en París pero no encuentro la torre Eiffel; que aparece Medusa con sus ojos verdes y me incita a recaer... Mi sueños son todos así: una tarea hercúlea que me cansa más que la vigilia. Así estoy luego todo el día: derrengado, y como en Babia, enterándome de la mitad.

Esta chica de Oslo -y ya voy a la película- no sueña en realidad. Ensueña, muy despierta, que se acuesta con su profesora de francés. Pero ella lo expresa de otra manera: “Quiero sentir su vello contra mi vello mientras las nubes nos contemplan y los abedules, mecidos por el viento, se inclinan para protegernos y ser testigos de nuestro amor”. Follar, vamos, pero en lenguaje poético que no cosifica a la mujer... Es el signo de los tiempos.

Al final no sé si la folló. O viceversa. Creo que sí. No llegué más allá del minuto 40. “Sueños en Oslo” no es propiamente una película, sino una narración, una voz en off que va contándote lo mismo que estás viendo en la pantalla. Un experimento de vanguardia. Una memez insoportable. Y ni siquiera sale Oslo: sólo un barrio periférico y una niebla persistente. 

Ya tuve que haber desconfiado cuando la alumna enamorada le dice a un colega deconstruido: “La danza clásica habría que prohibirla porque reafirma los roles de género tradicionales”. Estamos en manos de terroristas culturales.





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Sexo en Oslo

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Quién iba a pensar que el sexo en Oslo iba a ser más aburrido que el amor en Oslo. Pero así es. Todo un revolcón. 

“Sexo en Oslo” quiere ser una película de Rohmer -o de Røhmer- y se queda en un bostezo universal, contagioso para cualquiera,  pues no hay ninguna oslosidad, ninguna norueguidad, que distinga a sus personajes. “Sexo en Oslo” se podría haber titulado “Sexo en Palencia”, o “Sexo en Anchorage”, y hubiera dado lo mismo. Ni siquiera se ve Oslo más allá de los ventanales: sólo un barrio periférico, con descampados y carreteras iguales a las de aquí.

El sexo que se practica en la película es, por supuesto, oral, pero de la rama discursiva. Una charleta pedante y reiterativa. “Ayer estaba limpiando una chimenea y me dejé encular por un compañero. Chim chim-in-ey, chim chim-in-ey, chim chim cher-ee... Pero no soy gay. Son cosas que pasan. Apetencias libérrimas. ¿Sabes cómo te digo? Quiero mucho a mi mujer y se lo conté al llegar a casa. Se quedó a cuadros, la pobre, tan anticuada como es”. O el otro: “Sueño que soy mujer y que David Bowie me mira con deseo. Pero no me incomoda: me siento halagado. Quizá soy mujer en lo más profundo de mi ser, pero no estoy pensando en operarme. Es la dualidad que todos llevamos dentro. ¿Sabes tú, también, cómo te digo? Quiero mucho a mi mujer y le cuento todos mis sueños”.

Y así una vez, y otra, durante 120 minutos, sin llegar a ninguna conclusión. Un coñazo, o un pollazo, según como lo mires. 

Un noruego que sólo viera las películas de Almodóvar pensaría que la mayoría de los españoles somos abiertamente gays, o bisexuales, o disfóricos de género. Del mismo modo, un español que solo viera las películas de Johan Haugerud pensaría que en Noruega la heterosexualidad es una excepción dentro de la norma: una variante a extinguir en el siglo XXII. En fin, no sé: distorsiones. Ángulos estrechos. Gente que al salir de su círculo piensa que todos los círculos son iguales. A mí también me pasa cuando salgo de mi ecosistema y creo que todo el mundo sintoniza la Premier League o ve las mismas películas que yo.




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Amor en Oslo

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Este mes de agosto, paseando por Oslo, yo no buscaba el amor verdadero. Ni siquiera el de mentira. ¿Cómo se dirá, en noruego, “a pijo sacado”? Tenía el tiempo justo para recorrer los enclaves, visitar el Museo Munch y comprar souvenirs para familiares y allegados. Y hacerle una foto a la calle por donde corría Renate Reinsve en “La peor persona del mundo”: un homenaje a la princesa de mis sueños. Y todo eso antes de que el autobús nos llevara a conocer los fiordos, y las iglesias de madera, y los lagos como de ensueño, en el quinto pino de Escandinavia. Apenas hay tiempo para enamorarse en las excursiones organizadas. 

Pero Max, mi antropoide interior, que es el Ello freudiano que nunca ceja en el empeño, no dejaba de entrometerse en mi mirada de turista. Yo había venido a Oslo, y a Noruega, a empaparme de la cultura; a extasiarme con el paisaje; a pasar frío en la canícula. A conocer a mis ancestros escandinavos, que me llaman en los sueños, pues tengo por seguro que yo pertenezco a la estirpe de los vikingos, y no a la raza celtibérica que vocifera por doquier. En Oslo, mismamente, como luego en Bergen o en Ålesund, sabías al instante que había españoles merodeando sólo por las voces, siempre dando la nota de barbarie.

Max, columpiándose en su neumático, no dejaba de admirar la belleza de las nórdicas. Y por cada bellezón que atisbaba -algo así como doce por minuto- me daba una patadita en los cojones, a ver si le seguía. Max es un cenutrio que no termina de vernos en el espejo, ni de asumir nuestras edades. No conoce el don de la oportunidad ni la traba del contexto. Max sólo sabe del instinto, del puro resorte del deseo. Es por eso que yo, paseando por Oslo, también le daba patadas en sus cojoncillos cuando veía a un nórdico imbatible, altísimo y refinado, con la misma frecuencia de paso de doce humillaciones por minuto. 




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Breaking Bad. Temporada 2

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La deriva hacia el mal de Walter White -que, de momento, y todavía estamos en la segunda temporada, acarrea la destrucción de su matrimonio, la amargura de Jesse Pinkman y la muerte de la chica más sexy que jamás se vio en una serie de televisión- no se hubiera producido si en Estados Unidos existiera una Seguridad Social que sufragara operaciones tan costosas como la suya. Que los yanquis posean las armas y los cohetes les convierte en los chicos más chulos del barrio, pero no en los ciudadanos más afortunados de Occidente.

Si Walter White hubiera vivido en Albuquerque, provincia de Badajoz, y no en el otro Albuquerque, estado de Nuevo México, ninguno de estos personajes de ficción hubiera encontrado la muerte o la desgracia; pero, a cambio, en el mundo real, nos hubiéramos quedado sin esta serie intachable, implacable como la vida misma, pues a cada error le corresponde su castigo, y a cada propósito de enmienda una bofetada de los dioses. 

(Y todavía peor: nos habríamos quedado sin “Better Call Saul”, la serie que vino después pero que explicaba lo de antes. Y sin Kim Wexler, que es como imaginar un mundo sin amaneceres, o una primavera sin floraciones). 

En el Albuquerque original, cuna de quienes pusieron nombre a la ciudad en el desierto, puede que no haya tantos adelantos y moderneces -ni siquiera una franquicia de “Los Pollos Hermanos” donde poder degustar esa receta tex-mex que se adivina jugosísima- pero allí, al menos, ponerse enfermo de gravedad no implica necesariamente cargarse de facturas e hipotecas. Gualterio Blanco, el primo lejano de Walter White que también se dedica a la docencia de la química, jamás hubiera descubierto en su interior a un criminal orgulloso de su cocina. 



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El astronauta


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Ahora mismo, en León, porque nuestra ciudad está más cerca de las estrellas que ninguna otra capital española, tenemos dos astronautas esperando destino en el espacio. Ellos son nuestro orgullo nacional. Algún día, cuando regresen de la estación espacial o de darse un paseo por la superficie de Marte, desfilarán por la avenida de Ordoño II como los astronautas del Apolo XI desfilaron por las avenidas de Nueva York. Habrá confeti, y aplausos, y banderas de León reivindicando la autonomía. 

Pero de momento, hasta que suban, tendremos que conformarnos con dos astronautas españoles que no eran de León: Pedro Duque, que luego fue ministro de Asuntos Secundarios, y Michael López Alegría, aquel chico nacido en Madrid pero criado en California que hablaba un castellano como de agente de la DEA en un episodio de “Breaking Bad”. Michael debía de ser primo lejano de David (Deivid) López Zubero, aquel nadador que ya nació directamente en Florida pero que competía, por motivos familiares, bajo la bandera de los Borbones, y que chapurreaba un mexicano todavía más difícil de interpretar.

La Wikipedia, como carece de sentido del humor, no consigna que mucho antes, en 1970, justo cuando las suecas alunizaban en nuestras playas, ya existió un astronauta español natural de Minglanillas: un villorrio imaginario muy cercano a la vieja estación de Fresnedillas. Financiado por la SANA y catapultado al espacio en la Cibeles I, Tony Leblanc surcó la estratosfera para caer justo sobre el desierto de Almería. Desorientado y sediento, Tony lo confundió con el Mar de la Tranquilidad y plantó la bandera del aguilucho para marcar territorio con los americanos y con los rusos. La película es una tontería como la copa de un pino; una majadería al estilo de Mortadelo y Filemón. Pero te echas cuatro risas muy sanas a cuenta del botijo interespacial, tan necesario en los planetas sin agua como Tattooine. 



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The Mandalorian and Grogu

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Del mismo modo que otros, en verano, visitan el pueblo de sus ancestros para beber hasta reventar y cantarle loas a la Virgen, yo, que provengo del éxodo rural que lo vendió todo para emigrar, viajo en cada canícula a la galaxia de Grogu y el Mandaloriano: la misma donde la familia Skywalker buscaba con denuedo el equilibrio de la Fuerza.

Desde que era niño, la galaxia de George Lucas siempre ha sido mi destino vacacional. Allí tengo mi chalet en la costa y mi refugio en las montañas. Mi casita rural en los planetas deshabitados. Mi Airbnb en el espacio sideral. Primero hago un viaje por la Europa civilizada -que es, sin exagerar, otra galaxia comparada con La Pedanía-, y luego, nada más aterrizar en Barajas, y antes de coger el ALSA que me devuelve a la realidad, me subo en un transbordador espacial que surca el hiperespacio camino de Mandalore, o de Tatooine, según donde se desarrolle la última aventura. Aterrizo en un santiamén, echo un vistazo, saludo a las viejas amistades y me vuelvo a esta galaxia subdesarrollada donde me gano el sustento y veo el fútbol por televisión.

En este último viaje he visto al Mandaloriano un poco decaído. Vulnerable, por primera vez. Y es que los años, aunque no sean años solares, pasan igual para todos. Allí son otras las estrellas, y otros los ecosistemas, pero la esperanza de vida para los humanos es más o menos parecida. La nuestra es una maldición genética que no conoce constelaciones. 

Grogu, sin embargo, que vivirá casi mil años, todavía es un bebé cósmico al que no termino de entender. Los niños humanos cambian mucho cada año: crecen en centímetros, se vuelven locuaces, dan mucho más por el culo... Pero Grogu, aunque mueva piedras cada vez más grandes, sigue siendo ese peluche desconcertante que lo mismo se entera de todo que no se entera de nada, más pendiente de las chuches que de la supervivencia de su estirpe. 



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Han Solo: Una historia de Star Wars

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No es tan mala como la recordaba. De verdad que no. Lo que pasa es que en su día nos dejó helados y chafados, a los frikis de Star Wars, como panolis aterrizados en un planeta congelado. Uno parecido a Hoth, pero del tamaño de Júpiter, o de Saturno.

La película, aunque entretiene, nos da poco, muy poco. Apenas tres referencias mitológicas entre tiros y explosiones. Queríamos que saliera Darth Vader, o al menos Obi Wan, para establecer una conexión directa con el evangelio canónico de san Lucas. Pero al final tuvimos que conformarnos con Darth Maul apoltronado en una butaca medieval. Ni siquiera una danza de su sable pudimos llevarnos a la boca... Han Solo fue un héroe de nuestra infancia y queríamos una película tan buena como “Rogue One”: una que estuviera a la altura del mito y de la bobada, y no esta “buddy movie” de policías y ladrones, tan disfrutable como hueca, toda ella gominola.

Los niños del barrio terrícola queríamos ser como Han Solo: surcar las estrellas con el “Halcon Milenario" y llevarnos de parranda a un peluchón tan valiente como mañoso. Saltar de planeta en planeta y manejar el bláster con una sonrisa socarrona. Ser un poco como Han: guapos, decididos, un poco chulitos, buena gente en realidad. Codiciosos pero nobles. Y si todo eso no era posible -porque el planeta Tierra da para lo que da- tener, al menos, una maqueta del “Halcón Milenario” como aquella que mi amigo O. tuvo expuesta durante años en su habitación: un juguete carísimo, inasequible a nuestro estatus, que su padre comerciante le trajo de Madrid. Una joya de la corona, pero del tamaño de una ensaimada, que nadie, salvo su dueño, podía tocar con sus manazas de pordiosero. 

Mientras O. habría las portezuelas y desplegaba los cañones láser para derribar los cazas imperiales, los demás, admirados y envidiosos, nos situábamos a un metro de distancia, en corrillo,  como visitantes de un museo ante una pieza prodigiosa. 




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