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“Nueve reinas” es tan tramposa como sus protagonistas. No se puede, por ejemplo, cuando ya nadie le mira ni le atiende, mostrar al estafador como si fuera el estafado. Eso es jugar sucio. Engañar al espectador. Pero qué más da -vas pensando- si la película es cojonuda. Si no ha perdido frescura ahora que la recordamos.
Si el hombre es un lobo para el hombre, aquí, en concreto, el porteño es una alimaña para el porteño. Cuando vienen mal dadas se multiplican los chorros en cualquier rincón del planeta. Es la pobreza, estúpido, y no los genes o la cultura. Luego, cuando regresa la bonanza económica, los fraudes ya pasan a ser legales, pero los ladrones son otros y se visten de ejecutivos.
“Nueve reinas”, ya digo, nos trata mal y nos engaña. Pero no somos capaces de interrumpirla. Es como una amante mentirosa que nos folla como Dios. Bienvenidas sean, en ambos casos, las artimañas. Qué es el cine, además, sino un engaño consentido. El gran engaño de nuestra vida junto a la magia de las chisteras y los amores de Hollywood. Y la Liga de Negreira... No es casualidad que el primer gran cineasta de la historia, George Méliès, fuera un mago que se quedó boquiabierto ante el invento de los Lumière. En ese sentido, todos somos niños bobos sentados frente a una peli. El cine es tan tramposo que ni siquiera está hecho de imágenes en movimiento, sino de fotos fijas que pasan muy deprisa ante nuestros ojos alelados.
La primera vez que vi “Nueve reinas”, hace un cuarto de siglo, yo no podía ni imaginar que de aquellos lodos del corralito vinieron luego aquellos polvos en mi dormitorio. Es una historia muy larga de contar... Si es verdad que el aleteo de una mariposa en Japón puede causar un tornado en Oklahoma, no es menos cierto que una crisis económica en Argentina puede causar, aunque sea veinte años después, una tormenta de amores celtibéricos donde también hubo maquiavelos y estafa’os, contentos y amarga’os, varones y dublés.


















