Vota Juan

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No me molesta que “Vota Juan” sea un refrito de “Veep" cocinado a la española. Al revés: bienvenido sea el homenaje ibérico, la traducción al castellano. ¿Por qué no? La idea de Armando Ianucci puede ser reproducida en cualquier clima donde crezcan políticos impresentables, asesores merluzos, estrategas malévolos y, por supuesto, votantes sin criterio. O lo que es lo mismo: casi en cualquier democracia de Occidente.

“Vota Juan” heredó de “Veep” la idea del político tontolaba que va superando escollos contra todo pronóstico. Pero aquí, en vez de servirlo en un menú del burguer, o dentro un pavo de Acción de Gracias, al señor ministro se le acompaña con un sofrito de ajo y cebolla, unos choricitos picantes, un plato de buen jamón para ir abriendo el apetito, y luego, para regarlo todo, un buen vino de La Rioja porque ésa es la patria natal de Juan Carrasco, el político que ya no es de medio pelo, sino de pelo ninguno. Ni de listo ni de tonto. Ninguno. Un animal político, que se dice, con un cociente de inteligencia imposible de calcular: un algo escurridizo, insondable para un test de inteligencia, que lo mismo podría señalar a un retrasado profundo que a un genio incomprendido.

El telediario de cada día está lleno de tipos como Juan Carrasco que sólo saben de aparatos internos y trapicheos de partido. Tipos, y tipas, lo mismo a la izquierda que a la derecha de Dios Padre, que carecen de la inteligencia necesaria para conjugar el bien propio con el bien común. En los países serios -generalmente reconocibles por el frío- nadie podría reírse con una serie como ésta. Allí no conciben que un tipo como Juan pueda gestionar los asuntos generales, y que nosotros, además, se lo permitamos con nuestro voto. Se les escapa el costumbrismo, la raigambre, la tradición de siglos precedentes.  Nosotros, como padecemos esta lacra social desde que nacemos, nos descojonamos de lo lindo y usamos la carcajada para sublimar la inquietud profunda que nos provocan.


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Evasión o victoria

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¿De qué se puede hablar con un nazi? Pues de fútbol. Es lo último que nos queda. La última bala antes de las balas. Si lo sabré yo, que soy del Real Madrid y a veces tengo que compartir bar con los fascistas. Y no pasa nada. Cuando el árbitro pita el comienzo del  partido ya no somos rojos ni azules, sino blancos que sueñan con reconquistar Europa y luego los cinco continentes. Si esto no es la reconciliación nacional, la fraternidad ibérica, que baje Cristo -o san Vladimir Ilich- y lo vea. 

Hace años, entre enemigos irreconciliables, también hablábamos de mujeres hermosas para engrasar la conversación, pero eso ya está muy mal visto en sociedad, así que el fútbol es el último pegamento y la última frontera. La sublimación del insulto y la cachiporra. ¿Quién no tiene un colega nazi o un cuñado fascista? Son ubicuos y fanfarrones. Que alce el brazo -o mejor aún, que levante el puño- quien esté libre de esa condena. Y sin embargo, por no romper la armonía en el trabajo, por no destrozar el entorno familiar, nos ponemos a hablar de lo único que nos une: la pasión por el balón. 

La vida social, hasta que todo se vaya al garete, es esa escena en la que Michael Caine, el prisionero de guerra, y Max von Sydow, su carcelero alemán, se reconocen futbolistas veteranos y deciden montar un partido para olvidar que deberían odiarse y pegarse cuatro tiros a quemarropa.

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“Evasión o victoria” fue, junto a “La guerra de las galaxias”, la película de mi infancia. La vi en el cine Pasaje junto a unos amigos y recuerdo que al regresar a casa íbamos pegándole patadas a los botes, recreando los goles y la epopeya. Flipábamos. Años después llegó el VHS y la alquilamos tantas veces en el videoclub que ayer, después de muchísimos años sin verla, me iba anticipando a todas las escenas. El gol de Pelé, por cierto, además de un golazo de chilena, fue un golazo contra el fascismo que alguien debería rescatar como emblema universal en la lucha que no cesa. Seguramente nos haga falta en el próximo Mundial.





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Las zapatillas rojas

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Con “Las zapatillas rojas” me ha ocurrido lo mismo que le pasó a Carlos Boyero hace no mucho, viendo “Parthenope”: que quedó hechizado por la belleza de su actriz y prestó poca atención a todo lo demás. Recuerdo que Boyero lo confesó en su programa de la SER y que la centralita se colapsó con las quejas de las oyentes. Dentro de poco, quizá en la próxima legislatura, decir que una actriz te parece bellísima sin mencionar -aunque se presuponga- su empoderamiento ya será un delito tipificado. Irene Montero ha acondicionado el undécimo círculo del infierno para los masculinos viejos e irremediables.

Recuerdo que el pobre Francino, acojonado por sufrir un desplome en el próximo EGM, le preguntó a Boyero con la voz medio temblando:

- Pero la volverás a ver, ¿no, Carlos?, para darnos tu opinión profesional...

- Sí, por supuesto -respondió Boyero, sin atreverse a confesar que volvería a ver “Parthenope” sólo para resolazarse en la belleza Celeste Dalla Porta.

Yo, en cambio, como pertenezco a una generación más joven que la de Boyero, no creo que vuelva a ver “Las zapatillas rojas” sólo por amor. Y eso que es un amor muy verdadero, profundo, casi tan cierto como alguno de los reales. Moira Shearer, la bailarina con las zapatillas rojas, es como la quintaesencia de mis sueños y además baila como una princesa de los cuentos. Pero la película, por mucho que digan, no pasa de ser una curiosidad. Tiene un ballet central bellísimo, todo muy extraño y en Technicolor, y el resto son amoríos acartonados y bobolones. 

Recuerdo que “Las zapatillas rojas”, junto a la obra completa de Powell y Pressburger, se enseñaba en cuarto curso de la carrera de Cinefilia. Pero yo, en el tercero, después de suspender varias asignaturas relacionadas con el cine oriental y las monsergas de Tarkovsky, perdí la beca del Estado y tuve que dejar los estudios para dedicarme a este oficio que ahora mismo me sigue dando de comer.




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Lo que la verdad esconde

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Siempre hay una última película junto a alguien que ya no quieres, o que estás a punto de desquerer. Todos los amores tienen una película inaugural y una película de clausura. Y si es un amor verdadero, otras muchas por el medio. 

Para los cinéfilos, los amores son como los festivales de cine: un carrusel de películas vistas en compañía. De hecho, se podría establecer un ránking del sentimiento recordando cuántas películas se quedaron a la mitad por incompatibilidad de caracteres y cuántas hubo que poner en pausa porque los cuerpos impacientes pedían un intermedio.

Yo las recuerdo casi todas. Las películas, digo. Tengo una memoria tan traidora como prodigiosa para recordar dónde las vi, y con quién, y en qué circunstancias románticas o anestesiadas. Pero no sólo con los amores que me trajo Cupido: también con los lazos sanguíneos, y con los amigos que la vida ha ido trayendo y llevando. Lo que queda dicho para los amores vale también para las amistades.

“Lo que la verdad esconde”, por ejemplo, fue  la última película que vi con O., un amigo de la infancia. Fue en los cines Van Gogh, en León, allá por el año 2000. Fuimos con más gente, pero no recuerdo con quién. Amigotes suyos, supongo, porque O., por entonces -o quizá siempre fue así- ya no tenía amigos. Sólo eso: amigotes, amiguetes, parranderos en general. Gente que le hacía favores a cambio de otros favores jamás equitativos. 

Recuerdo que O. se pasó toda la película -como era su costumbre- soltando gansadas a media voz. La edad nunca fue óbice ni circunstancia atenuante. Era un maleducado, pero era ingenioso, el tío. El problema es que las gansadas sólo las podía decir él. Formaba parte del contrato. Recuerdo que yo -qué vergüenza, ahora que lo recuerdo- solté una al hilo de no sé qué chorrada de las cien que tiene la película de Zemeckis. O. me pegó un corte de los que hacen daño de verdad. Una puñalada verbal, pero trapera. Un algo intolerable, rastrero, que mi memoria ahora no quiere o no puede recordar. Al salir del cine supe que esa amistad de la niñez, y esa cinefilia más o menos compartida, acababan de esfumarse.







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El presidente y Miss Wade

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La crónica oficial del noviazgo entre el príncipe Felipe y Leticia Ortiz se parece mucho a la historia ficticia que ocho años antes escribiera Aaron Sorkin sobre el presidente Shepherd y la señorita Wade. Tanto, y tan sospechosamente, que estoy por apostar que nuestro monárquico amorío es otro invento de Aaron Sorkin bien pagado por el oro de Zarzuela. Son todos tan guapos, jolín, y tan molones -nuestro rey, y la reina, y la prole que es fruto de su amor- que parece realmente una película ideada para que el populacho olvide que España sigue siendo una República ocupada.

Se cuenta, en la Crónica del Reino escrita por Sorkin, que todo comenzó cuando el príncipe descubrió a Leticia presentando el telediario de La 1 y se dijo a sí mismo, porque así se hablan los reyes en la intimidad: “Majestad, esa mujer es para usted”. Lo demás, al parecer, fue coser y cantar. Felipe llamó a Pedro Erquicia -que entre otros cargos ostentaba el de Mamporrero Real- y éste organizó un sarao en su apartamento para que Leticia acudiera sin coscarse. Entre risas y copas, mientras sonaba la música y se repartían los canapés, cuentan que Felipe se acercó a Leticia para preguntarle si algún día querría ser la reina de España, y que ella subyugada, deslumbrada por la belleza interior del futuro rey, le dijo que sí sin pensárselo demasiado.

Viendo la película y recordando aquel episodio tan triste de nuestra historia, me acordé, también, porque venía al pelo, de Jerry Seinfeld. Jerry afirmaba que a los hombres no nos importa el trabajo de las mujeres siempre que sean guapas, o estén juguetonas, pero que a las mujeres, por esas cosas de la biología, sí les importa mucho el nuestro y que por eso, si el presidente Shepherd hubiera sido el barrendero de la Casa Blanca, o si el príncipe Felipe hubiera sido el cartero del distrito de Zarzuela, ninguna de estas dos historias formarían parte de nuestra educación sentimental.




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Por cien millones

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Hace un par de semanas, frente a la estatura dedicada a Quini en “El Molinón”, yo me preguntaba qué pensaría el propio Quini si pudiera ver esta serie ridícula que cuenta los pormenores de su secuestro. Porque los responsables de “Por cien millones” han confundido el culo con las témporas. Y la velocidad con el tocino. Han interpretado muy mal eso de que la comedia es igual a tragedia más tiempo.

Es cierto que Quini, en el juicio, habló bien de sus secuestradores y pidió una rebaja de condena porque no le habían tratado mal durante los 24 días que lo mantuvieron en un zulo. Pero joder: ¡lo retuvieron en un zulo! No fueron unas vacaciones en las Maldivas. Sus secuestradores podrían haber sido unos lunáticos, unos etarras, unos chapuceros con nervios muy poco templados... Pero de ahí, del perdón de Quini, de la bonhomía de Quini, a convertir su secuestro en una comedia como de “Atraco a las 3” media un abismo cinematográfico. “Por cien millones” es una charlotada en el sentido peyorativo de la expresión. Un sainete de actores incongruentes o pasadísimos.

Por lo demás, la serie no me ha servido ni como enganche para la nostalgia. Es todo tan mortadélico, tan filemónico... Recuerdo que el 1 de marzo de 1981 apareció un demonio de 9 años en mi hombro izquierdo para susurrarme que el secuestro de Quini nos iba a venir de perlas a los madridistas para ganar aquella Liga de pelos largos y campos embarrados. Quini era por entonces el pichichi, el goleador temible, el arma definitiva al servicio de los malvados azulgranas. La Estrella de la Muerte. Cada disparo suyo terminaba con una noble esperanza de mis héroes, no tan galácticos por entonces. 

Es cierto que el Barsa, por culpa del secuestro, se fue descolgando de la Liga, pero al final, en el último minuto del último partido, Zamora, el centrocampista de la Real Sociedad, marcó aquel gol precisamente en “El Molinón” y nos dejó con cara de imbéciles a los pecadores de pensamiento.





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Better Call Saul. Temporada 4

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“Better Call Saul” cuenta, en seis temporadas que son casi siete, la caída en el lado oscuro de Jimmy McGill. “Breaking Bad”, en otras cinco temporadas que son casi seis, contaba la caída en el reverso tenebroso de Walter White. 

Jimmy, tras su caída, se dio en llamar Saul Goodman, un malvado tan simpático como corrupto. Walter, ya seducido por el mal, se puso el nombre artístico de Hesisenberg para darse importancia ante los narcos. Si Saul Goodman era el juego de palabras de “It’s all good, man”, Heisenberg era el homenaje de Walter White al principio de incertidumbre que enunciara el físico alemán: todo es posible hasta que fijamos la mirada y se produce el colapso de la onda.

Vince Gilligan utilizó el mismo leitmotiv en sus sagas de Albuquerque porque sabe que la vida misma de cualquiera de nosotros -o casi- es una caída en el lado oscuro del cinismo o la desesperanza. Estamos los románticos contrariados, pero también los exvotantes de la izquierda, los cristianos descreídos, los maestros amargados... Nosotros no vivimos en Albuquerque pero también hemos sido derrotados. Por las buenas nos hemos quedado en una nada irrelevante, y por las malas, cuando nos sale la vena, fracasamos con estrépito. Desearíamos ser tan malos y eficientes como Jimmy o como Walter, pero no estamos capacitados. No somos personajes de ficción ni antihéroes americanos.

Mientras veía la cuarta temporada de “Better Call Saul” me dio por pensar que el desierto de Nuevo México se parece mucho al desierto de Tatooine. Allí, en la galaxia lejana, y hace muchos años, vivió otro personaje de ficción que también cayó seducido por el lado oscuro de la Fuerza. Cuando era bueno y estaba enamorado de Amidala, él se llamaba Anakin Skywalker; cuando encontró el atajo del mal y se le puso la cara de vinagre se hizo llamar Darth Vader para acojono general de sus enemigos y de los espectadores en la platea. Vince Gilligan mamó de aquella historia y nos alimenta y nos divierte con la misma leche primordial.






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Mr. Nobody contra Putin

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Todo esto que cuentan en el documental sucede muy lejos en el mapa. Los montes Urales, vistos desde España, parecen casi tan distantes como las cordilleras de Plutón. Y los rusos, una especie de extraterrestres. Ellas son casi todas guapísimas, desafiando a las estadísticas, y ellos, desde que tenemos nociones de historia, siempre han estado en guerra contra alguien: los Caballeros Teutones, Napoleón, los japoneses, los alemanes, los americanos, los talibanes de Afganistán..., y ahora mismo los ucranianos invadidos. Los rusos nos parecen ajenos y belicosos, medio asiáticos y cirílicos, siempre envueltos en sus jergas patrioteras.

Sin embargo, todo esto que acontece en Karabash -no parecen, desde luego, aunque suenen igual, los parajes infantiles del marqués de Carabás- podría suceder dentro de poco aquí mismo, en La Pedanía. Tarde o temprano llegarán al poder los fascistas españoles y se irán reproduciendo los acontecimientos denunciados por el pobre Pavel Talankin en su documental. Apuesto, no sé, diez rublos por ello. 

Lo primero será la obligación de cantar el himno nacional a la entrada del colegio, ante el banderolo del patio, o en el primer minuto de las clases, ante un retrato del monarca. Los fascistas españoles, como los fascistas de Vladimir, tardarán una legislatura en invadir algo para reafirmar la grandeza de la patria: en el menos beligerante de los casos algún islote marroquí, pero tal vez les dé por reconquistar la misma Tánger, o Tetuán, que una vez fueron extensiones de nuestra grandeza, o quizá el Sáhara Español, tan rico en pesca y en fosfatos. La mitad de la población les comprará el discurso y la otra mitad será apaleada por la policía. Y en las escuelas, para ir reforzando el espíritu nacional, nos obligarán a enseñar retóricas marciales a los niños pequeños y a tergiversar la historia de España a los chavales reclutables. La Pedanía será entonces como Karabash y habrá que tener un par de cojones como los de Pavel para contarlo. Pobre chaval, qué vida le aguarda...




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Eddington

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Nuevo México está de moda en mi pantalla. Yo no lo busco, pero aparece. Cuando yo era joven rara vez salíamos de California o de Nueva York. O de Nevada, por los casinos de Las Vegas. O de Texas, con los Rangers y los vaqueros, y los pozos de petróleo. Los gángsters de Chicago eran de Illinois y las hostias de Rocky Balboa se repartían en Filadelfia, Pensilvania. Nuevo México nos era tan ajeno como Missouri o como Montana -o como Palencia- hasta que Vince Gilligan montó allí su universo fronterizo y el resto de cineastas le siguieron en las furgos.

El trimestre pasado, sin ir más lejos, yo estaba en Albuquerque siguiendo las andanzas de Rhea Seehorn en “Pluribus”. Luego me animé y retomé “Better Call Saul”, que también discurre en aquel paisaje desolado y medio marciano. Sin salir de ese extraño planeta, la semana pasada topé con una distopía heteropatriarcal titulada “Honey Don’t!”, y esta semana, ya digo, sin yo pretenderlo, con una distopía paramilitar que transcurre en un poblacho de tarados llamado Eddington. En ambas películas se habla de Albuquerque como de un sitio muy cercano en lo geográfico pero muy lejano en lo político. Es como cuando aquí, en las películas de Paco Martínez Soria -donde no llevaban sombrero vaquero, sino boina con rabo- hablaban con desdén de la vida moderna y disipada de Madrid.

En “Eddington” está el álbum de cromos completo. La liga de beisbol americana reunida en apenas unos kilómetros a la redonda. Estaban todos menos tú, como en la canción de Sabina: el alcalde corrupto, el sheriff republicano, el predicador tatuado, la pirada del culo, el racista taimado, la activista gritona, el chaval enamorado... Eddington es el “Black Lives Matter” en tiempos del coronavirus, pero mezclado con la pasión por las armas y la perturbación mental de la América profunda. Un cóctel del copón que da bastante miedo, la verdad, porque el voto más o menos ilustrado de las costas oceánicas hace ya tiempo que no decide el destino de Estados Unidos. Ni, por tanto, el destino de nuestro mundo.





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Springsteen: Deliver Me From Nowhere

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Viendo la película me acordé de aquella crónica de Martín Caparrós sobre la final de la Champions de 2018. Caparrós, como cualquier ser humano con corazón, se apiadó del portero del Liverpool cuando cometió aquel fallo entre absurdo y garrafal. Nadie en ese momento habría querido estar en su pellejo, presintiéndote carne de meme y objeto de desprecio. 

Pero al terminar el partido -imaginaba Caparrós- Karius se duchó, salió del estadio, se subió a su cochazo deportivo y recibió, para curarse las penas, el beso cariñoso de su novia supermodelo. Dos horas después de su cagada ante millones de espectadores ya todos queríamos ser otra vez como él: tan guapos y tan ricos, y tan novios de ese pibón inalcanzable. “El fútbol -decía Caparrós- me ha vuelto a engañar”. 

Bruce Springsteen se pasa toda la película más o menos así, a lo Karius, tristón y deprimido. Los flahsbacks de su infancia vienen a explicar que no es un sentimiento pasajero, sino un malestar muy jodido y arraigado. Sentimos pena por él hasta que conoce a esa chica maravillosa que trabaja en la cafetería y Springsteen, para nuestro asombro, en un arrebato entre mustio y melancólico, de héroe poético del rock and roll, decide alejarla de su vida. El 99’99% de los varones que vieron esa escena se quedaron con la mandíbula desencajada. Los hay que hubieran vendido a su madre por tener una cita con esa mujer. The Boss, en cambio, harto de elegir y descartar, ahíto de éxitos y placeres, la había desechado como quien tira una flor preciosa al empedrado. El rock, como el fútbol, nos había vuelto a engañar.

Desde ese momento se nos hace difícil empatizar con el Boss. “Que sí Bruce, que sí, que la vida está muy jodida. Anda y déjanos en paz”. Menos mal que a mitad de película suena “I’m on fire” y se nos pone la carne de gallina. No se puede sentir desdén por alguien capaz de componer una canción como ésa: tan sencilla, tan turbia, tan enigmática, hoy sin duda imposible de publicar.





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Honey Don't!

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El comisario de policía, que parece sacado de "Torrente", no acaba de entender que a Honey le gusten más las mujeres que los hombres. El comisario no parece un mal tipo -de hecho será el varón menos nocivo de la película- pero es claramente un imbécil y un desfasado. Una vieja masculinidad atrapada en un poblacho de Nuevo México. 

El hombre malo de la película -el más malo, quiero decir- es un predicador evangelista que ha convertido su púlpito en un glory hole para su polla bendecida. Pero como no es católico, en vez de tentar a los niños tienta a las feligresas. Es otra vía del sacerdocio. El hijoputa es guapísimo y tiene un éxito arrollador. Posee un olfato especial para detectar zumbadas y descarriadas. Es un lobo de manual y un traficante de pastillas. Un chuloputas. Su ayudante, por cierto, es un asesino chapucero que se aprovecha de las migajas. Él es la hiena que se encama cuando el león desaparece.

La familia de Honey también tiene lo suyo. Su padre es un maltratador que de niña le pegaba hostias como panes; el cuñado, un violador conyugal que ya ha depositado siete embarazos dentro de su hermana; y el novio de su sobrina, otro maltratador orgulloso de votar al Partido Republicano. ¿Algún otro maltratador en esa pequeña comunidad? Pues sí: el padre de MG, la novia de Honey, que fue un héroe de guerra con la mala costumbre de traerse los combates a su casa.

Para completar la panoplia aún hay más hombres tóxicos paseando por “Honey Don’t!”, aunque ya sean personajes secundarios o terciarios. Del cuaternario, incluso. Que yo recuerde hay un chicano que explota a su abuela, un barman con pinta de colgado y un vejestorio que no disimula sus cerdeces. ¿Una distopía heteropatriarcal? No creo. Simplemente un retrato de nuestros días. El día a día de Nuevo México, extrapolable por entero a la vida en las Españas. 

Para los que ya estén pensando mal -y no era ése, desde luego, mi objetivo- les diré que salen dos mujeres asesinas en la película. Pero una, la francesa, mola la hostia, y la otra, ay, no es culpable de sus actos. Así que nada: seguimos. Es la moda. Leña al mono. Al mono peludo. Un ajuste de cuentas esperpéntico. Cansino todo.




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Platónico. Temporada 2

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La primera temporada tenía mucha gracia. La segunda ninguna, o muy poca. Si le he puesto tres estrellas es porque Rose Byrne me sulibeya físicamente, moralmente y diplomáticamente. Sí: soy una vieja masculinidad. Y también un viejo, o casi. 

También he sido benévolo porque Seth Rogen, cuando sonríe, me hace sonreír. No lo puedo remediar. Me cae bien este tipo sin conocerle de nada. A lo peor es un fascista de California y yo estoy aquí hablando de simpatías. Espero que no, por la gloria de mi madre. Pero sí es verdad que hay risas contagiosas y sonrisas contagiosas. Y la sonrisa de Seth Rogen es como la de un niño grande y medio lelo. Será por eso que me identifico. Las neuronas espejo nunca descansan en “Platonic”.

Por lo demás, descartada la tensión sexual entre los protagonistas, la segunda temporada es una sucesión de... ocurrencias. Me imagino al equipo de guionistas enfrentados al desafío: “¿Y ahora qué hacemos con estos dos?” Y ahí van, a trompicones, resolviendo los encargos. En los episodios pares salvan los muebles y en los impares fracasan sin remedio. Un día ponen a Seth y a Rose en una boda fallida, otro en una redada del FBI, otro en un paseo medio bobo con las canoas... Nada de miradas subrepticias, de dudas alcohólicas, de diálogos ambivalentes. Ellos son amigos y solo amigos. Quedó claro en la primera temporada y ahora todo es madurez y castidad. ¿Qué es, entonces, la segunda temporada de “Platonic”? Siguiendo a Marcel Pagnol debería ser una tragedia porque al final los protagonistas no terminan de encamarse. Pero ellos parecen tan contentos con el arreglo y nosotros, aunque perplejos, respetamos su decisión.

Si el objetivo era llegar a los diez episodios y esperar que la audiencia de Apple TV avalara otra renovación, los creadores de “Platonic” lo han conseguido según anuncia IMDB. Felicidades y tal, pero que no cuenten conmigo para la próxima travesía. 





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Banda aparte

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“Banda aparte” es la única película de Godard por la que siento cierto cariño. No merece cuatro estrellas ni de coña pero hoy me siento afrancesado y generoso. Tampoco me engaño: no es la cinefilia, sino la belleza de Anna Karina, la que seduce mi simpatía. No sé por qué le dedicaron una canción a los ojos de Bette Davis y no a los ojos de Anna Karina, que te miran y te noquean. Ellos sí que son puertas a otra dimensión y no los agujeros negros del espacio.

También es verdad que Godard, el muy tunante, el muy amante, siempre sacó a mujeres bellísimas en la pantalla -la misma Karina, o Jean Seberg, o Anne Wiazemsky- y todas esas películas son ridículas o deleznables: los famosos “experimentos fílmicos” que iban alternando la falta de pies con la falta de cabeza. Una sucesión interminable de paridas, de ocurrencias, de boutades... cualquier cosa menos una película hecha y derecha. Y sin embargo ya ves, ahí está Godard, en los altares, adorado como un santo patrón o como un dios de los principales, homenajeado por el mismo Tarantino cuando llamó a su productora “A Band Apart” quizá porque está enamorado de Anna Karina casi tanto como yo.

Hace tres veranos estuve delante de la tumba de Anna Karina en Père Lachaise. París no era una fiesta, sino una tragedia que se mascaba. Mi pareja de entonces iba buscando la tumba de Edith Piaf y en el camino sinuoso, perdidos entre las tumbas, encontramos un grupo de gente que rendía honores a mi Anna. Mi pareja no tenía ni idea de quién era ella y busqué en Youtube la famosa escena del baile en “Banda aparte”, por ver si le sonaba. Pero no le sonó. Viendo bailar a Anna con su falda y su sombrero se me olvidó durante unos segundos que yo estaba allí con una mujer de carne y hueso. Creo que ella lo notó. Fue otra vía de agua -pequeñita, pero quién sabe si la decisiva- en el barco que naufragaba. 




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Al final de la escapada

🌟🌟🌟


La mejor película de lo que llevamos de año es, para este cinéfilo de provincias, “Nouvelle Vague”. La película de Linklater es divertida, boba, perfectamente imperfecta. Y eso siempre se agradece. Es  liviana y sin embargo trascendental: un canto de amor al cine y a los cineastas. Para músicas grandilocuentes y diálogos engolados ya tenemos el resto de la cartelera. 

“Nouvelle Vague” cuenta la historia del rodaje de “Al final de la escapada”. Cine dentro del cine. Pretende ser un homenaje pero es mucho mejor que la película homenajeada. Es un poco el mundo al revés: la banda homenaje mejorando a la banda original. “Al final de la escapada” es histórica pero chapucera, ícónica pero cutre, libérrima pero estúpida. Se ve, se disfruta y se olvida. Es un evangelio aprobado en los concilios de París y nosotros lo asumimos mientras dudamos con el alma. 

Después de ver “Nouvelle Vague” era imposible no sentir curiosidad por ver, otra vez, la ópera prima de Godard. Hacía años que -defraudado, disgustado, aterrorizado por el suizo petulante- la iba rehuyendo por las plataformas. Más de veinte años, seguramente. Lo sé porque no la tenía puntuada en Filmaffinity y yo llevo ahí todo ese tiempo, levantando y bajando pulgares como el césar de un imperio pequeñísimo.

De la película -mitad culpa suya, mitad culpa mía- no me acordaba de casi nada: solo de una escena en un hotel y de Jean Seberg vendiendo el Herald Tribune por las calles de París. Ni siquiera recordaba que el personaje de Belmondo fuera un delincuente peligroso, y que precisamente por eso, porque es un chuloputas pletórico de arrogancia, es capaz de robarle el corazón a esa chica tan hermosa y desnortada. 


Otras razones que no sean la simple curiosidad para ver “Al final de la escapada”:


1. El rostro de Jean Seberg. 

2. La sonrisa de Jean Seberg.

3. Los vestidos de Jean Seberg.

4. Jean Seberg pasándose el dedo por los labios

5. Jean Seberg preguntando qué son los Campos Elíseos mientras vende periódicos por la avenida de los Campos Elíseos.





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¡Jo, qué noche!

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El mundo está lleno de locos. Y los locos, por lo general, para dar riendas a su locura, esperan a que anochezca. Por eso los llaman -o los llamaban, antes de la edad del eufemismo- lunáticos. 

“Jo, qué noche” cuenta la historia de un hombre que salió a echar un polvo y se encontró con todos los locos del Soho en una sucesión disparatada y la mar de entretenida. La noche de Walpurgis de las brujas inapetentes y los hechiceros paranoicos. Y Martin Scorsese, desde su púlpito de gogó, iluminándolos con su foco.

De día, para sobrevivir, para dejar sus genes en el acervo, los locos han aprendido a disimular. Estos de la película se ganan la vida moldeando esculturas, sirviendo copas y conduciendo carritos del helado. Parecen personas normales, o casi, mientras el sol alumbra sus cabezas. También hay oficinistas, ladrones del butrón y porteros de discoteca. Maestras de primaria no salen en “Jo, qué noche”, pero yo conozco el percal y sé que también disimulan lo suyo durante el día. Si las miras atentamente se pueden ver indicios, síntomas, conductas inexplicables, pero nadie sin un título de psiquiatría se atrevería a sentenciar. Los locos son como vampiros pacientes que esperan la luna para desplegar las alas y los colmillos. 

Ahora, gracias al progreso, sabemos que la locura es producto de las neuronas y no de la astronomía. El “Homo sapiens” es el bípedo implume, sí, pero también el mono desnudo y el mono cortocircuitado. La lucha por la vida, allá en la sabana, inició una carrera muy loca de armamentos que nos dejó a todos más o menos turulatos. Tenemos demasiadas neuronas, demasiados cables, demasiadas conexiones innecesarias. Módulos y más módulos. Un exceso de pensamiento. La locura es el precio a pagar que nos dejó la supervivencia. Y la noche, la oportunidad pintiparada para desfogar. 

Por eso yo no salgo de noche y Griffin Dunne, después de su aventura, me parece que tampoco. Hay que ser muy valiente para aventurarse entre la jauría. Ya cantaban los de “Vídeo” que la noche no es para mí, sino para ellos. 





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La última tentación de Cristo

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Si admitimos que Jesús también era un hombre -o sólo un hombre, como predicamos los ateos- y que además era rubio, y con ojos azules, y poseía una labia que dejaba petrificadas a las galileas, es normal, digo yo, que tuviera tentaciones eróticas antes de convencerse a sí mismo de que era el Hijo de Dios y el Mesías de las Escrituras. 

El cristiano fervoroso no debería ver en esto ninguna ignominia. Pero la ve. Entre otras cosas porque el cristiano, ya de por sí, siente repelús por cualquier escena de sexo que se encuentre en la ficción: o no le parece decoroso, o no es sexo reproductivo, o no se practica en los agujeros prescritos o con el género correspondiente. O con el número de compañeros santificado. Lo pilles por donde lo pilles, el sexo siempre le parece pringoso y pecaminoso. Así que imagínate si pones a su fundador en brazos de María Magdalena... El cristiano fetén prefiere ver psicópatas, motosierras, marines de los yanquis. Latigazos y torturas. Escabechinas sangrientas sobre la cruz.

Scorsese no es tonto y lo sabía. Prefirió ser fiel a la novela y armar el escándalo mayúsculo. Y cobrar el taquillazo. “La última tentación de Cristo” podría haber prescindido del erotismo y se hubiera entendido igual: mirada intensa a los ojos de María Magdalena, fundido a negro, hijos que pululan... Después de todo, la Magdalena no era más que una tentación del diablo, una vida alternativa que jamás existió a ojos de la fe. Una historia más en el universo donde todo acontece a la vez y en todas partes. Jesús acostándose con María Magdalena forma parte de la física teórica; y la física teórica, si nos ponemos meta-físicos, también es obra del Creador. 

(No estaría mal, por cierto, que a los otros hijos de Dios, a los hermanastros de Jesús, se nos ofreciera en el penúltimo momento de nuestra vida la tentación opuesta: vivir una existencia de dioses y no de hombres. Darle la mano al diablo, levantarnos de la cama del hospital y disfrutar de los superpoderes y la inmortalidad garantizada).





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El cineclub

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De niño veía las películas gratis en el cine Pasaje porque allí trabajaba mi padre. También en el cine Abella, que era el otro cine de la empresa. Eran nuestros cineclubs particulares pero tampoco se podía entrar por la jeta: había que presentar unas invitaciones que la empresa cedía a sus empleados a cambio de pagarles un sueldo miserable. Estaban contadas y no se podían malgastar. Eso nos obligaba a seleccionar un poco las películas, y también las compañías, porque las invitaciones eran todas dobles, ninguna individual, así que a veces, en vez de ir solo, invitaba a algún amigo que se arrimaba por el concepto. 

Cuando entré en la edad de merecer alguien me dijo: “Con esto de las entradas te van a salir chicas por un tubo”. Pero el tubo, ay, debía de estar mal empalmado, o conducir a un universo diferente, porque nunca descendió por él ninguna cinéfila de León. Ninguna Aime Lou Wood que también buscara en el cine una cueva para esconderse, y ya de paso, vivir un amor como éste que sale en “El cineclub”, hecho de sueños y confidencias. Estaba la cosa jodida, la verdad: los Maristas de León fueron el último bastión de la enseñanza segregada y luego, en el barrio, las chicas siempre prefirieron al canallita gracioso antes que al cinéfilo apocado. Es ley de vida y hay que aceptarlo como es.

Años después, cuando por fin vino el fontanero y arregló el tubo de las chicas, los cines ya habían cerrado y yo vivía muy lejos de León. Fuera del cineclub familiar conocí a un puñadito de mujeres, pero ninguna, salvo una -la serpiente venenosa- me siguió el rollo de las películas. Hubo un tiempo maravilloso en el que creí haber encontrado en ella un alma gemela en el sofá. De eso va precisamente “El cineclub”: de cinéfilos enamorados que viven las películas como si se tratase de una fiesta o una eucaristía. En mi cabeza ésa es la conexión absoluta que distinguirá al gran amor de los demás.




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El botín

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La corrupción en Miami continúa. Mas de cuarenta años de vicios y fornicios nos contemplan. “Con-Dón Johnson”, decíamos en el patio del colegio, y nos meábamos de la risa. Ricardo Tubbs y Sonny Crockett sobrevivieron a las balaceras y a los Ferraris y ahora están de jubiletas jugando al golf en los campos de Florida. Pero sus herederos en el cargo, peor vestidos y peor afeitados, siguen bregando contra el narcotráfico que nunca descansa. Es más: que parece más floreciente que nunca si nos atenemos lo que se cuenta en “El botín”, cuando los narcos se desprenden de 20 millones de dólares como quien se desprende de cinco euros en una propina del restaurante.   


20 millones de dólares, divididos entre los cinco policías que se los encuentran, tocan a 4 millones por barba. ¿Se puede decir hoy en día “por barba” cuando dos miembros de la Brigada Antivicio son mujeres empoderadas? Tendré que consultarlo con mi abogada. Sea como sea, la tentación es mucha. Y el sueldo de madero, en Florida, según nos deslizan también, apenas da para cubrir los gastos habituales en este gremio peliculero: la pensión alimenticia de los hijos y de las exmujeres -o de los exmaridos-, y el alquiler por las nubes, y la factura del hospital privatizado... Un drama de la hostia provocado por la Ley del Divorcio y por el “laissez-faire” de los liberales. Estas cosas, con Franco, desde luego, en América, no pasaban.


Yo no lo hubiera dudado ni un segundo, pero Affleck y Damon son dos tipos íntegros que se deben a su legión de seguidores. Sus personajes, aunque rudos y desastrados, prefieren una conciencia tranquila a cuatro millones en el banco. Otra cosa es la gestión del pastonazo, que eso sí me habría tirado para atrás. Los quebraderos de cabeza que da tener mucho dinero son muchos y enrevesados. Tendría que contratar a Saul Goodman para que los pusiera a buen recaudo y comenzara a blanquearlos en un lavadero. Pero aquella, ay, como “El botín”, era otra ficción de corrupciones que terminaba como el rosario de la aurora.





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Der Tiger

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De pequeño me sabía casi todos los tanques que combatieron en la Segunda Guerra Mundial. He olvidado muchos, pero los principales siguen rulando por mi memoria con sus cadenas oxidadas, abriendo surcos sobre los surcos. Ellos también contribuyen al ruido mental y a la tos de la mañana.

De niños estábamos obsesionados con esa guerra y éramos como pequeños bárbaros eruditos. Si nos la hubieran encargado podríamos haber escrito su entrada en El Libro Gordo de Petete. Veíamos las películas, y leíamos los cómics, y comprábamos, en los kioscos del barrio, los soldaditos de plástico de Montaplex para montar batallas en el cuarto de los juegos o en el descampado de la calle. En algún momento empezaron a incluir tanques desmontables y gracias a ellos nuestras batallas ganaron potencia de fuego y protección de la infantería. Las maquetas que vendían en la tienda especializada costaban un cojón de mico y sólo podías pedírselas a los Reyes Magos porque entonces Papá Noel no llegaba a León ni a su histórica provincia.

Mi tanque preferido era el T-34 del Ejército Rojo, pero no porque fuera el mejor, sino porque era del Ejército Rojo. Yo siempre he ido con los comunistas en todas las guerras: en las ganadas y en las perdidas. En las de jugarse el pan, por supuesto, pero también en el pan y circo de los deportes. Luego estaba el Sherman de los yanquis y el FIAT casi ridículo de los italianos, casi más una tanqueta que un tanque de verdad. Y el Chi-Ha de los japoneses, que era tan pequeñín y puñetero como los mismos soldados que lo manejaban.

Pero los que acojonaban de verdad, poderosos y temibles, eran los tanques de los nazis: el Panzer, con todas sus numeraciones, y el Tiger, que era una máquina engrasada de matar. Ya sólo sus nombres imponían. Veo “Der Tiger” y sigo sin explicarme cómo los alemanes pudieron perder la guerra con esos monstruos mitológicos de su lado. 

Recordé, de pronto, a mitad de película, que mi única maqueta carísima, mi tesoro de niño pobre y belicoso, fue precisamente un Tiger con camuflaje para la nieve, todo detalle e imponencia. Fue uno de los Rosebud de mi infancia que se perdieron sin remedio.




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El agente secreto

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En la lista de países que me quedan por visitar -todos menos cuatro-Brasil lo tengo puesto en los últimos lugares. Sin salir de Sudamérica me tira más la Patagonia desangelada que el trópico superpoblado. El calor me mata o me transforma en un pelele. Los mosquitos me ponen muy nervioso y el barullo de las calles -en Brasil, al parecer, siempre hay samba, o Carnaval, o tráfico, o gente que grita- me termina de rematar. 

Brasil no me llama, es más, me retrae, y puede que también sea por culpa de las películas. Cada vez que me lo enseñan se me quitan las pocas ganas que ya tenía de conocerlo. En “El agente secreto”, sin ir más lejos, los personajes se pasan todo el día resudando bajo las camisetas o las guayaberas y a mí eso me crea una reacción muy parecida en el salón, desasosegante y recocida. Veo sudar y sudo, como cuando veo reír y río, o veo llorar y me emociono.

Nunca entendí por qué el Dioni se fugó con los millones a Copacabana y no a Suiza o al Canadá, que son países con un clima civilizado. Supongo que fue por el tema de las mulatonas, pero es que a mí tampoco me van las mulatonas. Las aprecio, por supuesto, porque no estoy ciego y todavía alimento mariposas, pero la belleza que prefiero -por preferir que no quede- vive al borde de los mares gélidos o en las estepas infinitas del gran zar. 

El Brasil de “El agente secreto” -como el Brasil de cualquier película que quisiera recordar- siempre es un país recalentado y violento, lleno de peligros o incomodidades. Yo sé que existe un sesgo en los cineastas brasileños que les lleva a denunciar la pobreza de las favelas o el salvajismo de la dictadura. Soy consciente de ello, pero ayudan muy poco a su ministerio de Turismo. También es verdad que soy un tipo muy raro y que casi todos mis colegas bolcheviques, el día que nos destierren, vivirán tan felices en sus playas con cocoteros.




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