Parks and Recreation. Temporada 1

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Sonrío, pero no me río. Carcajadas ni una. La idiosincrasia de “Parks and Recreation” puede ser inescrutable. En eso se parece mucho a los designios del Señor. Es la segunda vez que quiero entrar en este universo y casi no paso de la puerta. ¿Habrá un tercer intento? No creo. El tiempo se agota y las ficciones se multiplican. Todo es exponencial: el paso de la edad y el ritmo de las productoras. Dentro de poco harán falta un millón de vidas para ver sus diez millones de ocurrencias.

Debería reafirmar mi disidencia con alegría, casi con orgullo, pero no soy capaz. En público, para fardar, presumo mucho de mis gustos raros y tangenciales, pero aquí, en el diario, siempre he confesado que soy un apóstata involuntario. Me gustaría ser más como los demás. Vivir en el mainstream y en la concordia. Me siento... excluido, señalado, viendo las altas calificaciones de “Parks and Recreation”. Es como si me perdiera algo que los demás sí ven y celebran. Y hasta carcajean. 

“Parks and Recreation” me sabe a poco. A comedia comodona que no quiere molestar. Podría perseverar si todas sus temporadas fueran como ésta, seis episodios por tanda y muy cortos además. Pero he visto que la serie tiene ¡126 episodios! ¡Tate!, pues. ¿Para qué tener una segunda cita -y ya no te digo nada una tercera, o una cuarta- con alguien que no ha electrocutado tu corazón? Greg Daniels, sin Ricky Gervais, es solamente eso, Greg Daniels. Un hacedor de risas blancas. “Parks and Recreation” se aparece a “The Office” sólo en el formato. Carece de mordiente y de mala leche. No hay ni rastro de veneno: sólo bobolones y tontalanas. Servidores públicos disfuncionales y erráticos, pero salados. El mundo funcionarial en el que yo vivo no es así ni de coña. Esto es puro veneno y absentismo. Es más “The Office” que otra cosa. Sólo se parece a “Parks and Recreation” en la restricción del presupuesto. Ahí sí que somos hermanos y colegas.





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On Falling

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Por muy estupendos que se pongan los libros de texto, la esclavitud nunca fue abolida. Ni por Lincoln ni por nadie. Simplemente la cambiaron de nombre para llamarla libre mercado. Es el eufemismo, estúpido. 

Hicieron lo mismo, sin ir más lejos, con las dictaduras: ponerles un “naming” comercial para que la gente las tragara sonriendo. Ahora las llaman democracias porque ya no las regentan los militares, sino los consejos de administración. Pero sigue siendo el mismo concepto, el mismo enriquecimiento a costa del currela. El que piense que la democracia es la “fiesta del pueblo” es que todavía no se ha enterado de nada.

A veces contemplo los retratos del bisabuelo Karl y me entran ganas de llorar. Tanta pasión para nada... El fantasma del comunismo que iba a recorrer Europa apenas duró un siglo entre los vivos. A principios de los años 80 los empresarios contrataron a los Cazafantasmas para convertirlo en una sopa inocua de plasma, que ya no era ecto ni era nada. De eso iba aquella película de Bill Murray que entonces confundimos con una comedia.

Con todo lo que ha llovido desde que el bisabuelo Karl tratara de dignificar al trabajador, sigue sin existir gran diferencia entre un esclavo de Alabama y esta pobre chica de “On Falling” que trabaja en unos almacenes de Amazon. Ambos esclavos se dedican a la recolecta de sol a sol a cambio de un plato de sopa y de una habitación para dormir. A la chica ya no la azotan si se equivoca, eso es verdad, pero su sueldo apenas llega para nada. O bueno, sí: para tomarse una birra en la cena y comprarse unos pasteles en domingo. Lo mismo que les regalaban a los algodoneros de Alabama cuando llegaba el día del Señor si se habían portado bien con los señoritos.





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Blue Moon

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La vida sería más sencilla si los hombres desangelados no deseáramos a las mujeres hermosas. Si nos atuviéramos -no con resignación, sino con toda naturalidad- a lo que somos y a lo que podemos alcanzar. Supongo que al revés sucede lo mismo. Es como si el deseo no reconociera la realidad ante el espejo. O como si la reconociera, pero luego, en la batalla diaria, la olvidara o la desdeñara. 

La contradicción entre la aspiración y el fenotipo es una gran cagada evolutiva. Un renglón torcido de Dios, si nos ponemos metafísicos. Digo yo, jolín, que el ADN, que ha tenido millones de años para solucionarlo, podría haber creado un mecanismo que nos impidiera soñar a lo bobo con mujeres: una simple proteína, una enzima, una sinapsis emasculada. Nada del otro mundo pido yo: una química básica pero eficaz. Un dimetil de aquellos, una cetona, una base nitrogenada... 

Lorenz Hart, en la película, y supongo que en la vida real, se hubiera ahorrado muchos disgustos -y por tanto muchos lingotazos- gracias a esa bioquímica de juguete. Yo sospecho que las copas de más, las que finalmente le mataron, provenían de amores soñados y luego apuñalados.

Para salvar ese abismo y gozar al menos de una oportunidad, la evolución, en una chapuza bienintencionada, inventó la labia, el rollo, el sentido del humor. Las dotes artísticas... A eso se agarraba Lorenz Hart -tan parecido a José María García que a veces da un poco de grima- para tratar de acostarse con mujeres como Margaret Qualley. A eso nos agarramos, casi un siglo después, los “creadores de contenido”. 

Lorenz Hart fue el letrista de muchas canciones del folklore norteamericano que yo he ido conociendo gracias a Frank Sinatra y a los maestros del jazz. “Blue Moon” es la más universal de todas ellas: cuenta la alegría de un hombre que ha encontrado por fin el amor verdadero en brazos de una mujer maravillosa. La suponemos hermosa porque si no Lorenz Hart no le hubiese dedicado una canción. 




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Puñales por la espalda: De entre los muertos

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Siendo una película sobre sacerdotes y titulándose “puñales por la espalda”, uno podría pensar que esta vez el detective Benoit iba a resolver una trama de abusos sexuales en el seno de la Iglesia. Un “Buenas noches, príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra” pero con curas amorosos y no con atentos educadores.

Pero no. Los tiros de la película, o las puñaladas, no iban por ahí. Hay un puñal, sí, pero de metal, y también una espalda, pero más tirando a la zona lumbar que a la parte baja de la tentación, nada de sacra ni de sacrílega. El título de la película al final era muy poco metafórico porque ya viene de las dos tramas anteriores.

Lejos de eso, el asesinado es justamente un sacerdote: uno que no sabemos si abusaba de los niños pero sí daba el coñazo un domingo tras otro, describiendo a sus feligreses las penas del infierno como hacían los curas de antes -los ibéricos sobre todo- soltando espumarajos de loco desde el púlpito consagrado. Ya eran tantos, en la película, los parroquianos que se sentían señalados y asustados, que entre todos lo mataron y él solito se murió. La tercera parte de las puñaladas podría ser una adaptación de “Fuenteovejuna” al estilo de Rian Johnson y su franquicia.

¿Pero murió? He ahí el intríngulis. Porque el padre Wicks -como hizo dos mil años antes el fundador de su secta- resucitó de entre los muertos para seguir sembrando la palabra y la discordia. Parece imposible, pero hay caminos inescrutables. El detective Benoit no se habría presentado en tan teológico berenjenal de no ser porque el principal sospechoso del crimen es el padre Jud, un pobre cuitado que también parece un sacerdote de los de antes. En concreto, uno de aquellos que sólo trataban de comprender a los demás y de echarles un cable si podían. Una rara avis, y un bendito de Dios, que decíamos entonces, antes de que los cardenales y los arzobispos tomaran cartas en el asunto.





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The Mastermind

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Existe un género de películas dedicado a los atracos fallidos y a los robos fracasados. A los crímenes chapuceros que van dejando pistas por doquier. Unas veces la culpa es de la mala suerte y otras de la incapacidad del ejecutor. Del “mastermind” que comanda la operación.

Había, por cierto, un juego llamado “Mastermind” cuando era adolescente. No sé si lo siguen fabricando. Recuerdo que había unas fichas de colores y un código a descifrar. Lo jugué una vez en casa de unos amigos y me extravié en el razonamiento. Typical, muy typical... Yo también hubiera sido, por la vía del delito, otro mastermind lamentable como éste de la película: un ladrón sin plan, impulsivo y catastrófico. Mi carrera criminal habría durado lo mismo que la suya: un suspiro vergonzoso. La delincuencia, si es profesional, si es como Dios manda, también exige que el talento y la dedicación vayan de la mano.

La gran película de este subgénero fue “Atraco perfecto” hasta que los hermanos Coen rodaron “Fargo” y crearon todo un universo en expansión. Los criminales de Minnesota comen aparte en la mesa de los tarados. “The Mastermind” transcurre en Massachusetts y ya no tiene ni la nieve ni los apellidos escandinavos. Es una película rara, curiosa, a veces hipnótica y a veces aburrida. La banda sonora te trae y te lleva, eso sí. En los viejos tiempos, cuando la película no era gran cosa, decíamos que nos encantaba su fotografía.

“The Mastermind” no se acerca ni de lejos a las obras maestras de la chapuza. Si no fuera por Josh O’Connor habría que quitarle otra estrella en el firmamento. Su directora, Kelly Reichardt, tiene pinta de ser una excéntrica de cuidado. “First cow”, otra película suya, creo que no llegué ni a terminarla. Ni siquiera los adjetivos de la crítica pudieron con mi paciencia.




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Platónico. Temporada 1

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“Cuando Harry encontró a Sally” nos enseñó que no puede existir la amistad entre un hombre y una mujer. O sí, pero sólo cuando el deseo sexual está estrictamente prohibido o cercenado. O cuando ya existió entre los contrayentes pero se ha visto reducido a cenizas sin brasas traicioneras. Mientras exista la mínima posibilidad de terminar en una cama -y para nosotros, los hombres, esa posibilidad es una constante matemática, una radiación de fondo en el cerebro-, la amistad sólo es el disfraz civilizado de una seducción. La comunión de risas e intereses que sueña con la comunión de los cuerpos y los gametos.

El amor platónico es un concepto polisémico. En algunas definiciones coincide con la amistad pura e inmaculada, libre de carnalidades; en el argot de los comunes, sin embargo, es el amor imposible y unidireccional, jamás correspondido por el amado. Es el amor de los feos por las guapas y de los admiradores por su estrella. El amor que se siente por alguien que ya tiene pareja y no transmite problemas en su paraíso. "Platonic”, la serie, tira más por la primera acepción que por la segunda y pretende ser un desafío filosófico -platónico- a “Cuando Harry encontró a Sally”: su antítesis y su refutación. 

Sylvia y Will son amigos y residentes en Los Ángeles y no parece que el deseo carnal enturbie su infinito cachondeo. Cuando se juntan -y se juntan mucho- es sólo para hacer el gilipollas y pasárselo como niños a pesar de sobrepasar con creces los cuarenta. Sylvia se lleva bien con su marido y a Will le tiran más las jovencitas sin patas de gallo ni decaimientos adiposos. “Platonic” es un serie divertida y afable. Rose Byrne y Seth Rogen están en estado de gracia y yo también quisiera que fueran mis amigos de La Pedanía: juntarme con ellos para hacer el bobo en sociedad. Pero “Platonic” es una serie que no termino de creerme. Hay algo muy falso en esa relación intachable. Un demonio susurrante, un gusano que horada el intestino. Un ardor que el puritanismo moderno prefiere sofocar. Es imposible ver sonreír a Rose Byrne y no desearla con alguna neurona traicionera.





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Mentiroso compulsivo

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Mentir es un mecanismo adaptativo. Un recurso de supervivencia. Todos, incluidos los católicos, provenimos de una larga saga de mentirosos. Los australopitecos que sólo decían la verdad se extinguieron muy pronto en el árbol genealógico. De hecho, cuando llegó el monolito de Kubrick ya no quedaba ninguno sobre la Tierra. No se puede soltar la cruda verdad ante un australopiteco armado con cachiporra, ni tampoco ante una australopiteca que se interesa por nuestros genes. Morir sin procrear es el destino de los sinceros. 

Los únicos que a lo largo de la historia tuvieron el privilegio de decir la verdad fueron los bufones de los reyes. Se les pagaba, de hecho, por soltar con gracia todo aquello que los lameculos no podían o no debían exponer. Las monarquías de entonces eran, en eso, mucho más civilizadas que las de ahora, que ya no admiten ni siquiera una caricatura jocosa en la portada de una revista.

Nadie saldría indemne de una maldición como ésta de la película: pasar 24 horas seguidas sin poder decir una sola mentira. Que cada pregunta que te hagan sea el preludio de una tragedia o de una hostia bien arreada. Se librarían, como mucho, los pastores en el monte, los monjes cartujos y los pacientes inconscientes. Los náufragos de una isla y los opositores encapsulados. Todos los demás, los obligados a vivir en pareja o en sociedad, o en un monasterio no consagrado al silencio, iríamos cayendo como moscas desadaptadas. Cuando terminara la maldición estaríamos todos abandonados, o pre-divorciados, y despedidos del trabajo. Quizá en la cárcel, y sin amigos, cancelados para siempre. 

Familias rotas, parejas ofendidas, jefes iracundos, vecinos airados, policías señalados...: he ahí la distopía de la sinceridad. La consecuencia última de cumplir a rajatabla el octavo mandamiento.





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Ace Ventura: un detective diferente

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No nos vendría mal, en La Pedanía, tener un detective de mascotas. Pero uno que no esté zumbado de la cabeza como Ace Ventura, a ser posible. Preferiríamos un sujeto con cierta prestancia a la hora de moverse y de expresarse. Alguien con una gorrita a lo Sherlock Holmes, o un sombrero al estilo de Philip Marlowe. Los personajes de Jim Carrey están muy graciosos en las películas, pero en la vida real serían unos tipos insufribles e incluso dignos de un bofetón. 

Digo que nos vendría bien un detective de mascotas porque aquí se ven muchos carteles de animales desaparecidos: sobre todo de gatos, que aprovechan las ventanas abiertas o las puertas medio cerradas para irse de picos pardos y ya nunca regresan al hogar. Los gatos son unos seres extraños que viven a medio camino entre la domesticación y el salvajismo. Los gatos son medio leones y medio peluches, desconcertantes y muy suyos. En alguna película se ha propuesto su origen extraterrestre y yo no daría por descartada tal teoría evolutiva. 

Perros desaparecidos apenas hay en La Pedanía. O conviven con  dueños responsables, o malviven con maltratadores pueblerinos. Los primeros los llevan siempre atados y los segundos los mantienen siempre encerrados. Ser cariñoso y responsable con tu mascota no te convierte automáticamente en una persona decente, pero aquí, al menos, en la España Vacía del Noroeste, es un paso importante y decisivo. Una condición necesaria pero no suficiente, que decía nuestro profesor de matemáticas. En cambio, ser un hijo de puta con los animales te convierte directamente en un hijo de puta sin matices. Un hijo de puta a secas. En estos casos, en los países civilizados, ya no pintaría nada un detective de mascotas, sino una intervención directa de un comando del ejército.





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Un loco a domicilio

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Hace tres años, y tras casi otros diez de promesas incumplidas, Movistar + llamó para decirme que vendría un técnico a instalarme la fibra óptica. Una parte de mí estalló del puro gozo de vivir, pero otra, pequeñita, se estremeció de miedo ante la posibilidad de que se reprodujeran los hechos narrados en esta película. Es lo que tiene la memoria cinéfila: que nunca deja de proyectar imágenes por mucho que apagues la tele o el aparato reproductor. El peligro de mezclar la realidad con la ficción existe de verdad y el chico del cable es una prueba muy divertida de ese trastorno. Yo todavía no he perdido la chaveta, o eso creo, pero con los años va aumentando el riesgo de empezar a responderlo todo con frases de películas. Los allegados a veces no me entienden y yo tengo que explicarles medio rojo de vergüenza.

Aquella mañana de primavera brotó en mí la alegría de convertirme en un ciudadano del siglo XXI, ya sin antena parabólica para poder recibir el maná del fútbol y la ambrosía de las películas. Pero en las oscuridades del alma, donde siempre es invierno y hace un frío de cojones, aleteaba la posibilidad de que el chico del cable fuera un trastornado como Jim Carrey en la película: un esquizoide que confundiese la transacción comercial con la amistad o el colegueo. Una birra de cortesía y una conversación intrascendente podían convertir todo el monte de La Pedanía en orégano de camaradas.

Al final fueron dos técnicos, y no uno solo, los que se presentaron en mi casa con monos azules y herramientas colgadas del cinto. Yo no sabía si al ser dos el peligro se alejaba o se duplicaba... Hubo minutos de zozobra en mi interior mientras ellos trajinaban con el taladro y extendían el cable mágico por la fachada. La conversación no se salía del carril y eso me tranquilizaba. Nada de fútbol, ni de mujeres, ni de guiños machirulos. Una obra aséptica  y profesional. Al final me cobraron 60 euros de más por un concepto bastante dudoso, pero me pareció un precio justo por respirar hondo tras verles arrancar la furgoneta y perderse en la lejanía.





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La máscara

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“La máscara” es una majadería supina que introdujo a Cameron Diaz en nuestras vidas. Solo por eso, por muy boba que sea, ya forma parte de nuestras fiestas de guardar.

Cameron Diaz -que no Díaz, con tilde, como me empeño en escribir enamorado- salta a la vista que es una bellísima persona. Iba a poner “persona bellísima” y casi me juego la reputación. En estos tiempos hay que tener mucho ojo con el orden de las palabras. En la combinación correcta eres un hombre decente que respeta a las mujeres; en la incorrecta, un cosificador que sólo se fija en sus apariencias. Tampoco es lo mismo la hija del rajá que la raja de la hija, como sabemos desde chavales.

El otro protagonista de “La máscara” es, por supuesto, Jim Carrey. Mi generación le odia mucho y yo siempre he pensado que es un postureo, un distanciamiento de culturetas que temen quedar contaminados. Hay gente así. Antes de que se volviera un actor de películas serias yo me partía el culo con Jim Carrey. Y con su doblador al castellano, un genio que siempre me hace dudar entre la versión original o la profanación de los ibéricos.

Mientras veía “La máscara” me imaginaba a mí mismo poseído por el espíritu de Loki. ¿Qué gamberro nocturno surgiría dentro de mí? Algunas fechorías no las tengo claras, pero otras ya las puedo ir adelantando: La Pedanía, eso seguro, aparecería con todas las motos ardiendo en la plaza del pueblo. Y a su lado, los coches tuneados. Y los quads de los anormales. Las casas de cuatro de hijos de puta aparecerían desmontadas ladrillo a ladrillo en una pila que se elevaría varios kilómetros hacia el cielo. Profanaría chistosamente las imágenes de la iglesia y me quedaría con toda la mandanga que venden en un bar muy famoso de por aquí. No para consumirla, que no soy proclive, sino para ponerla a las puertas del instituto el lunes por la mañana. Sólo por joder, y por las risas. 

Sellaría con silicona las puertas de mi trabajo y pondría, en vez de la bandera española que ondea en su fachada, un banderolo rojo para recordar que los proletarios del mundo seguimos desunidos.




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Better Call Saul. Temporada 2

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El personaje de Kim Wexler no aparece en “Breaking Bad”. Tampoco aparece al principio de cada temporada de “Better Call Saul”, acompañando a Jimmy en su destierro. Deducimos, pues, que el amor se terminó en algún punto de la serie, o quizá después, en el interregno, justo antes de que Heisenberg -el químico, no el físico- formulase un nuevo principio de incertidumbre. 

Lo que “Hamlin, Hamlin & Mc Gill” unió, luego vino el hombre -o la mujer, o el destino, el guionista malvado en todo caso- y lo separó. Sea como sea, es un pecado gravísimo. Un atentado contra el amor, porque Kim y Jimmy son parte de la familia y nos destroza saberlos separados. En la segunda temporada -si fingimos que nunca hemos visto “Better call Saul”- aún están abiertas todas las posibilidades: que Kim le mande a tomar por el culo; que Kim muera en un tiroteo de los narcos; que Kim conozca al hombre de su vida trabajando en un caso importantísimo. Que Jimmy deje a Kim no entra en nuestros cabales porque ella es un trébol de cinco hojas en el desierto de Albuquerque.

O podría suceder, simplemente, que se les marchitara la complicidad. Porque a veces no es más que eso: una sensación rara en el estómago que los días no disipan. Un malestar creciente, no verbal, que poco a poco encuentra las palabras adecuadas. Y ambos, Kim y Jimmy, son abogados que viven precisamente de las palabras. De la clarificación exacta de una discrepancia.

Es por eso que el amor entre Kim y Jimmy lo vivimos con cierta tristeza y fatalidad. Nos alegramos, pero no mucho, cuando arreglan sus peleas. “Better Call Saul” cuenta la caída en el Lado Oscuro de Jimmy McGill. Pero mientras tanto, mientras lucha contra sí mismo, Kim Wexler le aguanta y le sostiene. Y hasta participa de sus deslices.  Entre otras historias, “Better Call Saul” también cuenta la desventura de un ángel que poco a poco va ensuciándose las alas. Kim, al lado de Jimmy, irá descubriendo que entre el cielo y el infierno hay muchas capas de atmósfera enrarecida.




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La cena

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La Guerra Civil la perdimos todos. Por eso, en “La cena”, unos fusilan y otros son fusilados. Por eso unos temen por su vida mientras otros temen por su digestión. Papeles intercambiables. Ahora te pego un tiro y luego, cuando resucites, me lo pegas tú. Verás qué divertido, hermano. Choca esos cinco. 

La posguerra -que no nos engañen los rojos- fue más o menos así: un empate técnico. Un armisticio amistoso. Un juego sin vencedores ni vencidos, solo ruina compartida. Y risas a gogó. Los rojos lo tergiversan todo y Pérez Reverte tiene que salir a defender la verdad histórica junto a un puñado de falangistas. Un hermanamiento de la hostia -a ver si queda claro- fue aquello de la posguerra. Franco en El Pardo y Machado en su tumba. Dos destinos equivalentes. Dos soluciones habitacionales para un sufrimiento similar.

En “La cena”, los presos sirven las viandas y los carceleros se las comen porque a estos hermanos les hemos pillado en martes y no en jueves, cuando todo sucede justamente al revés. Mira que son cenizos, e inoportunos, esos titiriteros paniguados, esos cineastas contumaces. De hecho, Atresmedia, asesorada por Pérez Reverte, ya está preparando un remake de “La cena” donde es Franco quien prepara la sopa y los presos republicanos -que ya no son presos, sino compañeros de parranda- quienes se sientan a la mesa. La orquesta toca el himno de Riego y el vodevil de los cuernos se produce entre homosexuales agasajados. Se titulará “La reconciliación” y vendrán los altos cargos del PPVOX al día de su estreno.

Al mismo tiempo, en Canal Red, y asesorados por David Uclés -que sostiene que la Guerra Civil la perdieron las mujeres- están preparando un remake donde sólo se fusilan presas republicanas y sus compañeros de reclusión disfrutan de privilegios patriarcales.





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Los Tigres

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En la primera escena de “Los Tigres” vemos a dos hermanos de una edad parecida disputándose la posesión de un reloj lanzado al fondo del mar. El que lo ha tirado por la borda es su padre, un buzo profesional que quiere que sus dos hijos, el chico y la chica, sigan sus pasos profesionales o sus estelas en la mar, instándoles a practicar inmersiones que quizá un juez de las custodias no vería con buenos ojos

Terminado el flashback, descubriremos -no sorprendidos, porque ya los hemos visto en los carteles, pero sí rascándonos el cogote- que el chico, al crecer, se ha convertido en Antonio de la Torre, y la chica, al crecer mucho más despacio, en una Bárbara Lennie siempre esplendorosa. La impresión visual es chocante, muy rara, y basta una breve inmersión en sus biografías para confirmar que en la vida real les separan dieciséis años de radicales libres y de erosiones en la piel. Antonio de la Torre podría ser el padre de su hermana y aún le sobrarían casi cuatro años de maduración en el epidídimo. Es como si en la ría de Huelva hubiera un agujero negro sumergido y el personaje de Bárbara Lennie, para quitarse años, se sumergiera en sus proximidades para que las manecillas de su reloj avanzaran más despacio. Ella tiene formación científica y sabe de sobra que la teoría de la relatividad, bien manejada, obra efectos milagrosos sobre la lozanía de la sonrisa y sobre la gravedad de los atributos.

Poco después, cuando la trama se desarrolle, nuestra incredulidad entrará en estado de suspensión y ya nos dará igual este detalle científico tan asombroso. Eso habla bien de la película. Digamos que "Los Tigres" es... entretenida a mares. O la mar de entretenida. Yo, desde luego, no le pasaba tan bien buceando desde los tiempos de Jacques Costeau. De niño, viendo “Mundo submarino” en nuestra tele en blanco y negro, yo llegué a soñar con ser un explorador del fondo de los mares para ayudar a los animales; no para arreglar barcos petroleros que luego, cuando encallan, los envenenan y los matan.




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Sorda

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Una vez conviví con una mujer que parecía ciega. O al menos ambliope. Pensé que estaba ciega porque decía que yo era muy guapo y que tenía cara de actor sacado de una película. No actor de Hollywood, eso no, pero sí al menos de Madrid o de Barcelona. Ella estaba muy buena -ahora se dice “hermosa sin desdeñar sus otras cualidades socio-laborales”- y podía haber elegido a cualquier hombre con atractivos indudables. Luego, con el tiempo, cuando dejé de sufragarle los gastos y las deudas, descubrí que su ceguera era fingida y que en realidad veía de sobra mis rasgos decaídos. 

Antes de ella, en los Tiempos Oscuros, conviví con una mujer de rasgos psiquiátricos "neurodivergentes”. Ahora se dice así y es bueno que así sea, porque todo lo demás -bipolar, paranoide, psicótica- suena a cosa muy chunga que a mí, además, me deja en mal lugar por haberme dejado capturar. El amor duró lo mismo que tarda el sol de Laponia en iluminar las tinieblas de una noche interminable, llena de monstruos y pesadillas.

Con una mujer sorda no he convivido nunca. Alguna no escuchaba lo que yo decía, pero eso no quiere decir que padeciera del oído. Existe la sordera real y la sordera selectiva. Todos practicamos esta última. Yo mismo sé hacerme el sueco si la cosa no me interesa. (¿”Hacerse el sueco”, por cierto, es una expresión peyorativa o con los nórdicos no existe ese problema?).

La protagonista de “Sorda”, al principio, parece un ángel de sonrisas y además me excita mucho en lo sexual. Uno mira a su marido, tan paciente y comprensivo, y piensa: “Pues tampoco tiene tanto mérito”. El problema es que a mitad de película su mujer se vuelve retorcida y antipática, y la entrega conyugal se ve al menos desafiada. “Sorda” es una película fallida porque la directora se empeña en que empaticemos con esta mujer por ser sorda y nada más, sin tener en cuenta los detalles escabrosos de su conducta. 

Es ahí, en la pobreza de los sentimientos, en la enfermedad del matrimonio, cuando tenemos que reconocer que su marido es un santo laico que merece nuestra rendida admiración. Eso sí que es amor verdadero, incondicional, y no lo que vamos cacareando los demás.






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Los domingos

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“Los domingos” cuenta la historia de Ainara, una chica que a los 17 años sufre un brote psicótico y no recibe ninguna ayuda profesional. Ainara dice escuchar la voz de Dios y vivir enamorada de un profeta galileo que hace dos mil años también escuchaba voces y creía tener poderes mágicos sobre la materia. Porque Jesús, si existió, fue otro esquizofrénico sin medicar que fue bautizado a orillas del Jordán. 

Si Ainara dijera que habla con los conejos o que procede del planeta Raticulín, su familia se tomaría más en serio su desvarío, pero como su interlocutor interior está bendecido por dos mil años de tradición hay quien le ríe la gracia y hay quien le recomienda ponerse a follar a ver si se le pasa. Ése es el verdadero logro de la Iglesia a lo largo de los siglos: blanquear la perturbación mental y convertirla en una dedicación que despierta admiraciones y consigue beneficios fiscales gracias al concordato. Un negocio redondo. A efectos prácticos, la postura del padre de Ainara -un tontolaba al que su hija le importa un pimiento -y la postura de su tía -una atea atenazada por el respeto y la corrección - son igualmente dañinas para la chica. Ainara terminará la película con la mirada de orate -de éxtasis, dicen otros- ya instalada para siempre en su rostro juvenil.

En las entrevistas, Alauda Ruiz de Azúa jura y perjura que ella, siendo agnóstica practicante, no ha hecho una película proselitista. Yo la creo: quizá no lo buscaba, pero lo ha hecho. “Los domingos” está bien, incluso muy bien, pero es un instrumento del demonio. “Los domingos” es ahora mismo objeto de culto en las parroquias españolas. Hay curas de pueblo que fletan autobuses con derecho a bocadillo para que sus feligreses acudan al cine de la capital y se solacen en el misterio. El cartel de “Los domingos”, con esa Ainara transida y trascendente, me recuerda mucho al del tío Sam reclutando a los pobres chavales para la guerra. Sin pretenderlo, Alauda Ruiz de Azúa ha creado un instrumento pastoral cuando menos necesitábamos a esta gente tan... peculiar. 




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La empresa de sillas. Temporada 1

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Saulo se cayó del caballo camino de Damasco y del hostiazo que se pegó descubrió a Jesucristo para consagrarle el resto de su vida. Dos mil años después, en Estados Unidos, Ronald Trosper se cayó de su silla cuando presentaba un proyecto empresarial y del hostiazo que se pegó descubrió al mismísimo demonio -la empresa de sillas TECCA- y empezó a consagrarle tanto tiempo que terminó convirtiéndose en un auténtico desgraciado. 

(Moraleja: hay caídas que de rebote te elevan a los Cielos y hay caídas que abren un abismo en el suelo y te mandan al Averno).

Hasta que se cayó de su silla, Ronald Trosper era un arquitecto reconocido y un padre de familia bien avenida y ejemplar. Pero tuvo la mala suerte de aterrizar bajo las piernas de una compañera y ésta le denunció ante el Comité Encargado del Asunto. La serie, de haber sido española, hubiese tirado por ahí y ya tendríamos a Leticia Dolera en todas las tertulias radiofónicas clamando contra la cultura de la violación, pero estos locos americanos decidieron tirar por otro lado más práctico y capitalista: las reclamaciones en internet. 

Parece mentira que un tipo tan inteligente como Ronald Trosper no supiera que estas reclamaciones son la antesala de un derrumbe emocional y que es mejor no menearlas demasiado. Si el perjuicio económico no es excesivo, siempre es mejor dejarlo correr. ¿Qué le importa a Ronald una silla de oficina que además ni siquiera es suya, que es propiedad de la empresa y va a ser fácilmente reemplazada por otra parecida?

Reclamar está bien, aunque sólo sea por orgullo. Yo mismo, hace unas semanas, le reclamé a RENFE una devolución de billete por haber llegado dos horas tarde a mi destino. El importe era de apenas 12 euros y no pensaba reiterar mi petición. Si me atendían a la primera, pues cojonudo; y si no, pues nada. Lo que importa es la salud. Ronald Trosper se creyó más listo que nadie y desafió al silencio irritante de la fábrica de sillas. Él, por supuesto, no sabía que estaba descorriendo uno de esos cortinajes rojos que salen en las películas de David Lynch.





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La noche es nuestra

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1. Si la película pretendía ser un homenaje a los policías de Nueva York, el tiro del arma reglamentaria les salió por la culata. Todo lo que construyó “Canción triste de Hill Street” en una década, lo derrumbó James Gray en dos horas de pedradas lanzadas contra el tejado.

En “La noche es nuestra”, la policía de Nueva York se parece más a la TIA de Mortadelo y Filemón que a esa institución cuasi ejemplar que hemos conocido desde pequeños en la tele: un  sindiós donde tres abueletes dirigen el cotarro con acciones peregrinas y el alto jefazo ejerce un nepotismo que me río yo de Fulgencio Batista en la República Dominicana. 

Si algún chaval de Nueva York pensaba entrar en el cuerpo allá por el año 2007, seguramente se lo pensó dos veces antes de decidirse por los marines y recorrer mundo a bordo de una fragata. 


2. “La noche es nuestra” comienza con una escena subida de tono en la que Joaquin Phoenix se magrea con Eva Mendes recostada en un sofá.  Como es la primera escena de la película, aún no sabemos que Joaquin Phoenix va a interpretar a Caín, el hijo atravesado de Adán. Mientras Caín se acuesta con Eva Mendes y se pone hasta las cejas de farlopa en el night club que él mismo dirige, su hermano, Abel, se juega la vida combatiendo las mismas redes del narcotráfico que surten a su hermano de mandanga. El drama bíblico está servido: el deber contra el cachondeo; la familia contra la serpiente. 

Para Caín, ayudar a su familia significará abandonar esa vida divina -o diabólica- en la que Eva Mendes se pirra por sus huesos y le dice que le quiere. Si ya es difícil conseguir una mujer así, imagínate tener que renunciar a ella. Mucho más difícil todavía. Y además para nada, para emprender una guerra que todos saben perdida de antemano contra los narcos. ¿Ganar unas cuantas batallas compensa el desgarro de ser expulsado del Paraíso?





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Two Lovers

🌟🌟🌟🌟

Nueve de cada diez espectadores consultados también prefieren a la rubia de la peli. Nos ha jodido. La chica rubia es más guapa, más divertida, sexualmente más audaz que la morena. Esto último no lo sabemos a ciencia cierta pero no es difícil imaginarlo. Aunque la rubia lleva un cartel con la palabra “Danger!” colgado del cuello, su atractivo es fatal e irresistible. Gwyneth Paltrow está que se rompe en “Two Lovers” y los hombres reales o ficticios somos todos parecidos: nos ciega la belleza. No nos vuelve sordos, eso no, pero cuando escuchamos las señales preferimos ignorarlas. Es como cuando sonaban los viejos despertadores en la mesita: si se ponían pesados preferíamos aporrearlos y seguir durmiendo a pierna suelta. Que nada altere nuestro sueño.

La chica morena también es guapa, o muy guapa, y en eso la película es un poco tramposilla. Se supone que su personaje es el premio de consolación para Joaquin Phoenix, pero muchos espectadores venderían su alma por compartir cama con una consolación parecida. Hollywood es un espejo deformante de la belleza y es mejor no tomarse en serio sus romances. La mujer más fea de allí sería la reina de las fiestas en nuestro pueblo. La chica morena de “Two Lovers” rompería corazones en La Pedanía pero no tiene el encanto fatal de su contrincante: le falta el veneno, la chispa, la mirada turbia de vampiresa. Si Gwyneth Paltrow te promete una vida llena de vaivenes, Vinessa Shaw, con el correr de los años, te promete una vida aburguesada con niños dando po’l culo y “Masterchef” por la noche en el sofá.

Sólo los muy guapos, o los muy ricos, ponen la bala donde ponen el ojo. Los demás, los proletarios sexuales, viven la misma desventura de Joaquin Phoenix en la película: enamorarse de quien jamás se enamorará de nosotros y desdeñar a quien bebe los vientos por nosotros. En vez de decir que somos gilipollas perdidos preferimos decir que somos “románticos soñadores”. La poesía siempre acude a nuestro rescate.




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Z. La ciudad perdida.

🌟🌟🌟🌟

Cuando el coronel Fawcett regresó de su expedición geográfica al Amazonas -donde había ido a trazar la frontera entre Brasil y Bolivia-, se presentó ante la Royal Geographical Society para afirmar que había encontrado los restos de una ciudad perdida: una de cultura extrañamente avanzada, impropia de la selva que al parecer sólo poblaban los indios atrasados. Fawcett la llamó Z porque, según él, completaba el puzle de las civilizaciones humanas, las presentes y las pasadas.

Nadie le creyó. De nada le sirvieron los trozos de vasijas que se trajo en la mochila, ni los diarios de unos exploradores portugueses que estaban a medio camino entre la narración y la fantasía, tal vez identificando La Ciudad Perdida de Z con El Dorado de la mitología. Los miembros de la Royal Geographical Society no estaban dispuestos a admitir que unas tribus en taparrabos, antropofágicas para más inri, fueran capaces de sostener, o de haber sostenido, una cultura que en tiempos pasados rivalizara con las europeas. A comienzos del siglo XX el racismo no era la palabra cargada de connotaciones que es ahora. Porque racista era, prácticamente, todo el mundo. Ni siquiera los círculos intelectuales se salvaban del prejuicio antropológico, que entonces no era considerado como tal, sino un científico saber, y un consenso racional. 

Los indios, los negros, los melanesios.., todos esos humanos que habitaban zonas tropicales con mucho calor y muchos mosquitos eran genéticamente inferiores y sólo había que comparar una ametralladora con una lanza para cargarse de razones. Para las mentes más avanzadas de la época eso no justificaba la esclavitud ni la esquilmación de los bienes y los territorios. Pero pretender, como pretendía el coronel Fawcett, que los indios fueran capaces de construir por sí solos una ciudad prodigiosa en el interior del Amazonas, era casi como plantear una broma entre colegas de profesión.



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Hamnet

🌟🌟🌟🌟


Yo no quería que me gustase “Hamnet”. Ni llorar con su desenlace. Pero lloré. No pude remediarlo. Me veía desde arriba, desde mi cuerpo astral, y no terminaba de creerme. Aunque estaba solo me jodía que me confundiesen con una plañidera. Pero plañí.

Yo había venido a no sufrir con el sufrimiento de los personajes. A que me importara un bledo su tragedia y su redención. Los críticos me habían advertido y yo me puse la coraza. “Ojo que silban las balas, y son muy cursis y afectadas”, decían en sus crónicas. A veces vengo movido por el interés de constatar un prejuicio y nada más. A veces prefiero no disfrutar para coincidir con los gurús. Es una tontería, lo sé. Una gilipollez. ¿No  es mejor, acaso, como sucedió en “Hamnet”, disfrutar de la película a pesar de la disidencia? ¿Dejarse llevar por la corriente que arrastra a los demás? ¿Saber que estás siendo manipulado pero fingir que no sientes esa mano que te dirige? ¿Esa música que te embauca? ¿Esa actriz que te fascina? ¿No es mejor sentirse por un día sentimental y derrotado?

Cuando gozo donde no debería gozar, gozo con culpa, como si alguien me pillara conculcando un mandamiento. A veces iría a confesarme nada más terminar la película si existieran confesionarios para esto. “Ave María Purísima, padre...”. Justo cuando ya había superado la culpa judeocristiana vino la culpa cultureta a joderme la marrana. Asumir, en los títulos de crédito, que “Hamnet” me había emocionado, tuvo algo de rendición y de apostasía. De hereje sorbiéndose los mocos y recobrando la compostura. 

(Tengo que decir, también, que 24 horas después de haber visto “Hamnet” su hechizo se está disipando como la niebla. La consulta con la almohada ha desvaído el embrujo de sus imágenes. Las obras maestras se quedan días jugando al pinball en tu cabeza; las grandes películas no. Ésa es la diferencia. Dentro de tres semanas recordaré “Hamnet” con agrado; dentro de medio año ya no recordaré los detalles de su trama; en un año, ay, tendré que volver a verla para vencer el olvido y la vergüenza).






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