Los pecadores

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En los Oscar, desde que hay diez candidatas a mejor película, siempre hay una cojonuda hecha por afroamericanos. O una infumable, también hecha por afroamericanos, pero que evita protestas en el pabellón.

A veces son películas que dan la sorpresa y se alzan con el premio gordo de la noche, como “Moonlight” o “12 años de esclavitud”, aunque luego nos venza la pereza cuando pensamos en retomarlas. Algunas son buenas de verdad, como “American fiction” hace un par de años, y  otras, en cambio, son simplemente aceptables, o ya directamente malas, indignas de una nominación. Tan sospechosas como las películas rodadas por blancos o por orientales. O por persas especializados en el bostezo. El porcentaje de buenos cineastas sigue siendo muy bajo en cualquier raza que se presente.

La película obligada de este año es “Los pecadores”. Antes de batir el récord de nominaciones llevaba meses rebotando por las agendas, pero yo no terminaba de animarme. Unos decían que sí y otros decían que no, como en “La Parrala” de Concha Piquer. Leía la sinopsis y me parecía -de hecho lo es- una especie de remake de “Abierto hasta el amanecer”, pero sin Salma Hayek y su serpiente. Sin el ambiente nocturno de “La Teta Enroscada”. Sin Quentin Tarantino haciendo el panoli. Un bajón.

Me hice el longuis durante meses hasta que el otro día conocí las nominaciones y se me cayó la indiferencia a los pies, haciendo catacrock. Había que verla, nos ha jodido, aunque solo fuera por curiosidad. Y la vi, el sábado por la tarde, aprovechando que la Liga era una mierda y que la Premier estaba de vacaciones. Me sorprendió para bien. 18 nominaciones son una cosa exageradísima, pero ¡sapristi!: hay momentazos, hallazgos, tres o cuatro músicas notables. Vampirismos socarrones. Y una escena poscréditos que ilumina la función. Cuando aparezcan las letricas no apaguen su aparato. No se vayan todavía, aún hay más.




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Bugonia

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En mi teléfono móvil, como tono de llamada, uso las notas musicales de “Encuentros en la tercera fase”. Son aquellas que usaban los seres humanos para comunicarse con los ovnis: re, mi, do, do, sooool... John Williams no sale en mi “Spotify Wrapped” pero es el compositor que más suena en mis oídos.

Tuve la ocurrencia en los Tiempos del Desamor y ahí se quedaron, como un recordatorio. Nunca se sabe quién está al otro lado de la línea... Todavía hoy, en mi lista de contactos, sobre todo en los teléfonos relacionados con el trabajo, sospecho que existe algún alienígena infiltrado. Lo digo porque allí pasan cosas de no creerse, estrafalarias, ¡bugonianas!, que sólo pueden explicarse si una pandilla de extraterrestres inadaptados andan haciendo de las suyas.

En los Tiempos del Desamor conocí varias mujeres por internet y llegué a la conclusión de que casi todas ellas, como Emma Stone en “Bugonia”, eran alienígenas procedentes de Andrómeda. Así, cada vez que me llamaban para concretar, o para desconcretar, yo escuchaba las notas y me preparaba para cualquier encuentro o desencuentro. En la tercera fase, como Richard Dreyfuss, o en las otras. El amor eterno podía haberse diluido en cuestión de horas, y lo mismo el odio juramentado. Una siesta podía cambiar una decisión de matrimonio o una disposición irrevocable de cortar. Con ellas nunca se sabía.

Quiero decir que la paranoia de “Bugonia” no es del todo desconocida para mí. Lo que pasa es que en mi caso no es una paranoia, sino una certeza de científico. De astrobiólogo que da fe de sus hallazgos. Porque extraterrestre no es sólo el que vive en otro sistema planetario -que de esos nos visitan más bien pocos-  sino también el que habita en un sistema mental muy alejado de nuestro sol. Ellos, y ellas, son los planetoides erráticos, los cometas elípticos, los agujeros negros que pueden tragarse tu destino si te acercas demasiado. 

(P. D.: La extinción de la vida humana sobre la Tierra es una idea abominable; pero no sé por qué, cuando la veo una película, tiendo a ser feliz y sonreír).






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Nouvelle Vague

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Como nací en los años 70 y luego fui educado en la cultura del imperio anglosajón, la “Nouvelle Vague” es una revolución francesa que he ido reconstruyendo a lo largo de los años. Primero en la tele, luego en los cineclubs universitarios, y ya luego, con una nómina en el banco, en los DVD que se vendían rebajados y en los rincones oscuros de las plataformas digitales. 

Aun así, como no la mamé, como no forma parte de mi sangre, la “Nouvelle Vague” es un capítulo de mi incultura que está lleno de agujeros. En los cines de León ya no se fumaban pipas cuando yo me sentaba en las plateas, ni se ligaba con chicas maoístas que llevaban boina francesa para ver a su Godard. Las pijas de mi quinta, ay, eran todas de derechas y estaban enamoradas de Maverick el aviador. Mi educación sentimental viene de la galaxia lejana y de la arqueología aventurera. Cuando los progres españoles celebraban a esos gabachos rompedores, yo todavía era un número entero negativo en el vientre liso de mi madre. 

De todos aquellos críticos del “Cahiers du Cinéma” que tuvieron el valor de rodar una película y someterse ellos mismos al juicio de los pulgares, tengo elevado en un altar a Eric Rohmer, que es, curiosamente, el santo más heterodoxo del sistema. De Chabrol no recuerdo nada -aunque debería- y de Rivette sólo he visto “La bella mentirosa” porque en ella salía Emmanuelle Béart despelotada. Ya digo que todo esto es una chapuza de diletante... Truffaut merece un capítulo aparte y Godard es directamente un insoportable. De él sólo he aguantado, sin dejarlas a los quince minutos, “Banda aparte” y “Al final de la escapada”. De “Banda aparte” lo afirmo categóricamente porque no hace mucho que la vi. “Al final de la escapada” tendré que volver a verla para reafirmar mi absolución. La película de Linklater recoge el espíritu de la época, y es tan jovial y juguetona que me ha servido de terapia contra el miedo. 




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Me siento rejuvenecer

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Cuatro siglos después de que Ponce de León buscara la fuente de la juventud en la Florida, el Dr. Barnaby, en California, se puso a mezclar sustancias para encontrar la fórmula mágica que detuviera la vejez. 

El Dr. Barnaby lleva gafas de culo de vaso y tiene despistes propios de un genio de las películas. Su esposa, Ginger Rogers, es una mujer chapada a la antigua que vive entregada al bienestar de su marido. Aunque siempre anda por casa vestida para una fiesta -porque en el cine de antes pasaban esas cosas tan fascinantes como ridículas- lo suyo es preparar sopas y planchar camisas para que el doctor no pierda un segundo de su tiempo valiosísimo. Ella, en cierto modo, aunque esté tan poco empoderada, también trabaja para la ciencia.

El título original de la película es “Monkey Business” porque al final es un chimpancé -y no el doctor Barnaby- quien da con la síntesis exacta de la poción, mezclando al azar varias sustanciasen los tubos de ensayo. Las probabilidades son aritméticamente inconcebibles, pero estamos en una screwball de aquellas que bordaba Howard Hawks y los espectadores entramos en el juego como eso: como adultos rejuvenecidos. Como niños creciditos.

Lo que al final no queda muy claro es el efecto real de la fórmula. Porque rejuvenecer, lo que se dice rejuvenecer, no lo hace nadie en la película. La fórmula mejora la vista, cura la artritis y devuelve la erección a los hombres alicaídos. Y la líbido, a las esposas aburridas. Pero los personajes siguen tal cual estaban, alopécicos, o barrigudos, o con el culo erosionado. La pócima, al final, era un medicamento universal para los males menores, y no parece detener el reloj biológico de los genes. 

Lo que sí detiene, y hasta retrasa, es la edad mental de sus consumidores, que según la cantidad ingerida regresan a las tontunas de la juventud o a las gilipolleces de la adolescencia. La fuente de la eterna juventud, al parecer, sólo despierta lo peor de las sinapsis cerebrales.






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Mr. Scorsese

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Entre las 30 películas que me llevaría a la isla desierta -o al presidio de los rojos- hay dos que están dirigidas por Martin Scorsese: “Uno de los nuestros” y “El lobo de Wall Street”. Quizá, también, “La edad de la inocencia”, porque yo soy mucho de amores imposibles y vedados. Las demás de don Martin, no.  Ni siquiera “Taxi Driver” o “Toro salvaje”, aunque sea pecado mortal y se enfaden los puritanos. Esto no es la iglesia de los santos, sino un diario personal.

Pocos directores más tendrían el -dudoso- privilegio de meter un par de películas en mi arca de Noé, para que sobrevivan y se reproduzcan. Estarían, así, a vuelapluma, Spielberg, Kubrick y Coppola. También Billy Wilder y Paul Thomas Anderson. Y David Fincher, claro. Y Fellini, y John Ford, y Berlanga con Azcona. Gastón Duprat y Mariano Cohn... Y Godard colgado del palo de mesana. Me dejo muchos en el tintero y empiezo a pensar que el arca de Noé se me está quedando muy corta de manga y estrechísima de eslora.

”El lobo de Wall Street” tiene un lugar especial en mi corazón porque en ella conocí a Margot Robbie y encontré un nuevo motivo para levantarme cada mañana. Pero también porque una vez, cuando ya estaba todo perdido, me sirvió de enlace generacional. Mi hijo, de adolescente, la vio con sus colegas y me preguntó que quién era ese director tan colgado y excesivo. “Pues un anciano venerable”, le respondí. El retoño se animó a profundizar en su filmografía -esperando, seguramente, un desparrame parecido- y una tarde lluviosa sin fútbol vimos “Uno de los nuestros”. Yo me reafirmé en que era una obra maestra, pero a mi hijo, incrédulo, le pareció una película lenta y poco gloriosa. “Hay muchos diálogos”, me espetó, y el abismo generacional, que parecía haberse suturado, encontró de nuevo la falla tectónica y partió en dos mitades el sofá de mi salón.




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Ciudadano Kane

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En mi caso es imposible ver “Ciudadano Kane” y no recordar a Carlos Pumares en las madrugadas de la radio, en “Polvo de estrellas” de Antena 3, cuando le pedían una y otra vez, noche tras noche, en un machaconeo exasperante pero muy divertido, su opinión personal sobre la película.

Pumares siempre respondía que era una obra maestra pero que tenía una fallo tremebundo en su guion. ¡Cómo tenía que ser de maravillosa la película! -le gritaba luego al micrófono y ya de paso al oyente- para que nadie se percatara de ese fallo argumental y siguiéramos considerándola un clásico atemporal.  

Entonces el oyente se hacía el tonto, o el despistado, porque ya sabía de sobra la respuesta, después de tantos años oyendo la matraca sobre “Rosebud”, pero aun así preguntaba que cuál era el fallo cometido por Orson Welles, y entonces, Pumares -porque también se gustaba mucho a sí mismo y creía que sólo él se había dado cuenta del error- volvía a explicar que cuando Charles Foster Kane pronuncia “Rosebud” en su lecho de muerte y deja caer al suelo la bola de cristal, no hay nadie a su lado que pueda escuchar su última palabra. La invocación postrera a su trineo de juguete.

Y es verdad: esta vez, después de veinte años sin haber visto la película, me he fijado mucho en la escena de su muerte y la enfermera entra en la habitación justo cuando Kane ya ha exhalado su último suspiro. “Rosebud” no es más que un temblor inaudible en el aire; las últimas tres gotitas de saliva suspendidas en la gravedad. Toda la trama de la película se sustenta en la búsqueda de una palabra que nadie ha podido percibir. 

Por cosas mucho menos graves que ésa Pumares despellejaba otras películas que a mí me gustaban más que “Ciudadano Kane”. Pero yo se lo perdonaba todo porque luego, en el epílogo archisabido de la función, siempre nos recordaba que “Rosebud”, en la vida real, había sido el apelativo cariñoso del coño de Marion Davies, la amante de William Randolph Hearst, que es el ciudadano Randolph del que Orson Welles y Herman Mankiewicz, tan izquierdistas, se ríen como dos truhanes maravillosos.





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Los caballeros las prefieren rubias

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Yo, la verdad, las prefiero pelirrojas. Así que deduzco, por el título, que no soy un caballero. Me lo esperaba. No es ninguna sorpresa. Nunca lo fui por dinero y tampoco lo soy por galanura. Dos apellidos del montón y a correr. A sobrevivir. Soy un gañán que llegó a funcionario del escalafón B y luego se quedó tirado en la pradera. Quizá por eso prefiero a las pelirrojas: porque no acabo de entender el peligro mayúsculo que conllevan. La mía es la estulticia de los poco cultivados. De la gente sin mundo. De los poco caballeros... El hombre bobo es el único animal que tropieza dos veces con la misma -subrayo, la misma- pelirroja. 

Aún así, yo sigo en mis trece. Por preferir que no quede, desde luego. Estamos hablando de gustos platónicos. La vida ya se encarga luego de ofrecerte todo tipo de mujeres hermosas (o no), con colores distintos de cabello y fenotipos variados de la piel. El amor, a la hora de la verdad, no entiende de daltonismos. Las preferencias no son más que una charla de café, entretenida y tal. Sobre todo si no eres un galán de Hollywood -o de La Pedanía- que pueda ir eligiendo compañía simplemente con sonreír. En los estratos más bajos de la sociedad hay que mirarse mucho al espejo para no llevarse unas hostias de campeonato.

Nueve de cada diez damas encuestadas también prefieren a los hombres rubios con ojos azules y luego ya ves: se emparejan con hombres mediterráneos alejados del ideal. Algunas soñaban con acostarse con Brad Pitt y también tuvieron que conformarse conmigo. Al menos mientras se rehacían... La vida es una caja de bombones y nunca sabes cuál te va a tocar. El envoltorio más llamativo a veces contiene el bombón menos satisfactorio. Y viceversa.



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Hatari

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La única palabra en suajili que yo conocía hasta hoy es “oblongo”, que significa “más largo que ancho”. La aprendí de chaval escuchando a Les Luthiers. Yo me reía mucho con sus paridas hasta que se pusieron de moda entre los compañeros más meapilas de los Maristas y empecé a sospechar que había gato encerrado. Seguramente no había gato, pero me alejé de ellos y todavía no he regresado. Uno de aquellos gilipollas ahora es un alto cargo de Vox a las órdenes de Mazón. Se veía venir desde que empezó a cantarle a Jesús con la guitarrita.

Hoy he aprendido otra palabra en suajili: “hatari”, que significa “peligro”. Un poco como el “Achtung!” sempiterno de las películas de nazis. En “Hatari” te juegas el pellejo si no sales a la sabana armado con un fusil. O con John Wayne a tu lado para protegerte de las fieras y los elefantes iracundos. Jon Baine -como le llamaba mi  padre- ya recogía 55 castañas cuando llegó el otoño al África colonial, pero mantenía esa presencia magnética que no te permite apartar la mirada. Preguntarse si John Wayne fue un buen o un mal actor es no haber entendido nada. Él era John Wayne y sólo tenía que aprenderse el texto y colocarse en la marca correspondiente.

Aun así, resulta chocante que Elsa Martinelli se enamore de John Wayne en la película. Les separan 35 años y una belleza femenina escandalosa. Casi de no creerse. Son cosas de las películas de antes. Del patriarcado y eso. De los clásicos de Hollywood. 

“Hatari” cuenta las aventuras de un grupo de cazadores que surten de animales a los zoológicos del primer mundo. Forman una comunidad endogámica al estilo de los Siete Enanitos del cuento, o de aquellos sabios que redactaban una enciclopedia en “Bola de fuego”, otra comedia de Howard Hawks. Los cazadores vivían sin mujeres -bueno, una sola, pero no cuenta- hasta que Elsa Martinelli, como Blancanieves, o como Barbara Stanwyck, vino a alterar la paz de sus hormonas. En contra de lo que habrían apostado los hermanos maristas, los cazadores de “Hatari” seguirán siendo unos profesionales a pesar de caer enamorados como adolescentes pajilleros.






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No me gusta conducir

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No tengo carnet de conducir. Nunca lo necesité para sobrevivir. Siempre me las apañé para tener el trabajo a tiro de piedra o a pedal de bicicleta. Hice de la necesidad virtud y terminé convirtiéndome en un comodón de la pradera. Si un revés de la vida me obligara a sacarme el carnet de conducir, aún tendría más canas, y peor peinadas, que el personaje de Juan Diego Botto, que ya se presenta en la autoescuela con el arroz pasado y hasta casi socarrado. 

En La Pedanía tengo el colegio a 500 metros de distancia, los supermercados a otros tantos y la farmacia solo un poquito más allá. Suficiente para ir tirando sin automóvil. Ni los bares necesito, aunque aquí los haya a centenares. Para eso pago mi suscripción a Movistar: para no ver el fútbol con los parroquianos. Y luego, si tengo que bajar a Ciudad Capital a visitar a los médicos o a rellenar las burocracias, tengo un autobús cada quince minutos que me deja allí en otros tantos. Y si no, tiro otra vez de la bicicleta, jugándome el pellejo en estas tierras bárbaras tan distintas de Ámsterdam o de Copenhague.
  
Cuento todo esto a título informativo, nada más. No para presumir de ecológico o de listillo. Sin carnet he ganado calidad de vida pero he estrechado mis horizontes. Son las gasolinas que entran por las que salen. De hecho, conducir un coche es una de mis pesadillas recurrentes. Sueño que me dejan al volante sin tener ni puta idea de llevarlo: me lío con los pedales, y con las señales, y siempre estoy a punto de estrellarme contra el primer obstáculo que aparece. Mis padecimientos en la autoescuela serían exactamente los mismos que los de Juan Diego Botto en la serie. Idénticas sus torpezas, sus cabreos, sus comeduras de tarro... Su miedo paralizante.

Idéntico, también, su desconcierto, muy altanero y tontorrón, cuando comprueba que cualquier analfabeto sin dedos en la frente es capaz de conducir un coche y nosotros no. 



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A la deriva

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Hay que aguantar 45 minutos insoportables para encontrar finalmente la belleza en “A la deriva”. En eso, la película es como cualquier primer tiempo perpetrado por el Real Madrid: 45 minutos inexplicables, soporíferos, de un equipo que lleva varias temporadas vagando así, a la deriva. La diferencia es que la película al final remonta y el Madrid, últimamente, se ha olvidado de remontar.

Fueron los internautas, casi siempre generosos, los que me animaron a perseverar en la película. “Bienaventurados los que tienen paciencia porque de ellos será el reino del Yangtsé”, anunciaban en su evangelio. Y la suya era, efectivamente, palabra del Señor. De no haber sido por ellos habría abandonado a los veinte minutos. Quizá a los diez. “A la deriva” es todo un desafío para el cinéfilo de provincias: un documental mudo sobre la China profunda que baja a la mina, compra en el supermercado y luego se divierte en los karaokes. Se supone que hay un amor en marcha que luego será el hilo conductor de la narración, pero yo confundo todo el rato las caras, las situaciones, los gestos que se intercambian... Es que como si de pronto me hubiera vuelto idiota o desatento. No entiendo, no sigo, me desfondo al perseguir.

Y de pronto, en el segundo de los tres capítulos, cuando ya estaba a punto de apearme, un barco de pasajeros surca el Yangtsé camino de las Tres Gargantas y todo se vuelve hermoso aunque siga siendo difícil de entender. Ahora, por lo menos, hay una actriz china que ya no confundo con las demás. Ella -por lo que iba leyendo en las sinopsis, teléfono en mano- va en busca de un hijoputa que la abandonó años atrás sin darle ninguna explicación. Aquello sucedió en los primeros 45 minutos de la película y yo ni siquiera me había enterado. 

“A la deriva” es así: poética, sublime, desafiante. Parsimoniosa y hermética. China. Muy china. Hermosa, después de todo. 





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Jay Kelly

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Solo los millonarios van diciendo por ahí que el dinero no es importante. Mucho ojo con ellos: son unos cínicos de cuidado. Todavía no he conocido a ninguno que acto seguido renuncie a su fortuna y se la endose a un pobre desgraciado. 

Con el dinero se puede comprar todo eso que según Groucho Marx es más importante que el dinero pero cuesta demasiado: la salud, la libertad, tiempo de vida, los afectos y los amores. Serían amores interesados, por supuesto, pero así son también los amores en el mundo de los pobres. El amor incondicional es un trébol de cuatro hojas, o de cinco, tan extraño en el jardín de los millonarios como en el parque de los proletarios.

Jay Kelly -el alter ego de George Clooney- es una estrella de Hollywood que al llegar al ocaso de su carrera se arrepiente de sus éxitos económicos y sexuales. Él hubiese preferido, no sé, una existencia como la nuestra, precaria, insustancial, tan necesaria como olvidable. Vivir en un piso de mierda, y carísimo, lleno de ruidos y ahogado en estrecheces; alojarse en hoteles cutres cuando va de vacaciones y mirar tres veces la carta del restaurante para cuadrar los gastos destinados. Alternar hambrunas sexuales con relaciones amorosas donde lo erótico sucumbe rápidamente a la rutina o a la decepción. O a la pobreza misma, que a veces también pasa. 

Jay Kelly es un hipócrita que despierta nuestro rencor de clase y nuestra inquina de fracasados. Y sin embargo, la película trata de emocionarnos con su dolor, con su nostalgia de la vida que no fue. “Jay Kelly” es una película mal concebida y mal parida. Un monstruo que en los tiempos antiguos hubieran arrojado por la Roca Tarpeya y que ahora, en cambio, estrenan en Netflix lanzando cohetes de colores.

A Jay Clooney -o a George Kelly- le remuerde, sobre todo, la conciencia de no haber pasado el tiempo suficiente con sus hijas. A medida que profundizamos en este “dramón” vamos descubriendo que sus hijas, ya independientes, le han ido rechazando no por ser millonario, sino por ser Jay Kelly, sin más, un tipo infantil y egocéntrico. Los millones no le cambian la personalidad a nadie: solamente la descubren, y quizá la subrayan un poquitín.




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Un simple accidente

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He resistido todo lo que he podido. Me he hecho el tonto, el ciego, el olvidadizo... El paleto de provincias. “¿Panahi? Ni puta idea, no conozco a ese señor”. Pero al final no he tenido más remedio que claudicar. Hoy he visto, o mal visto, porque me he saltado tramos enteros, escenas completas, “Un simple accidente”. 

Eran tantos los premios, los halagos, los sinónimos de gran maestro dedicados a Panahi, que al final me pudo la presión -la estúpida autopresión. Los corderos, al menos, pobrecicos, no saben a dónde van; pero yo sí sabía a qué venia: a aburrirme, a desesperarme, a no ver ninguno de esos hallazgos que sí ven las almas sensibles y cultivadas. 

Y aun así, porque el deber me llamaba, vine. Cautivo y desarmado, pero vine, aunque solo fuera por quitarme la película de encima y no volver a saber nada de Panahi hasta su próxima ocurrencia. Hasta que lo vuelvan a encarcelar, o a liberar, que ya no sé, y le vuelvan a dar un premio de relumbrón confundiendo la disidencia con la artesanía. 

Nunca entenderé el predicamento de Jafar Panahi en los círculos oficiales. Ni en los círculos amateurs que imitan a los oficiales.... O sí, lo entiendo, pero prefiero hacerme el sueco, o el iraní, porque lo contrario sería asumir del todo la estrechez de mi mirada. La omnipresencia de mi boina. Juro que lo he intentado varias veces con don Jafar -interesarme, emocionarme, seguirle el rollo- pero a la media hora de todas sus películas siempre he deseado salir huyendo a cualquier lugar: a la calle, a la cafetería, a otra película más feliz de la estantería. 

Sólo una vez he sentido algo parecido a la empatía en una historia de Panahi: fue en “Offside”, hace mil años. Allí se narraba la desventura de unas pobres chicas que no podían asistir al estadio de fútbol para ver a su selección. El régimen de los ayatolás es terrible, sí, y Jafar Panahi uno de sus azotes, pero para eso ya están los premios humanitarios, y los reconocimientos políticos, no los galardones de cine que tanto me despistan.





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Valor sentimental

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Desde que tengo recuerdo de mis días, el viernes por la noche es el momento más feliz de la semana. Cuando era niño, como una excepción a la regla monacal, los viernes cenábamos delante de la tele, en el salón, viendo el “Un, dos, tres” de Maira Gómez Kemp con aquellos concursantes pazguatos que preferían un utilitario de valor monetario X a un apartamento en Torrevieja, Alicante, de valor monetario 5X o superior. 

El viernes era el único día de la semana en el que estaba eximido de hacer los deberes. Cenábamos tortilla francesa con jamón york y yo no concebía mayor felicidad que tener dos días por delante sin tener que acudir al presidido del colegio. El “Un, dos, tres” tiene para mí mucho valor sentimental y por eso lo traigo a colación.

Luego, de mayor, porque en realidad nunca me fugué del colegio, cuando no hay mujer a la que cortejar ni amigo al que cultivar reservo ese momento para ver las películas que intuyo magníficas y placenteras. Llevaba tiempo, por ejemplo, oyendo hablar maravillas de “Valor sentimental”, y este viernes desangelado decidí nombrarla dama interina de la corte y princesa nórdica de las holganzas. 

La iba a ver igual porque en ella trabaja Renate Reinsve, y yo, que soy el caballero andante de su gloria, siempre voy por donde pisa Renate, por donde habla Renate, por donde respira Renate... Sin ser ciertamente la mujer más guapa de entre todas las escandinavas, Renate es un ideal de belleza que anida en lo más profundo de mis sueños: un canon fenotípico que me despierta instintos del Precámbrico e incluso de tiempos anteriores.

“Valor sentimental” lo tenía todo para justificar su flamante elección: el drama bergmaniano, y Renate, y los premios, y la vida siempre envidiable de los noruegos. Pero al final ha sido una decepción inesperada. “Valor sentimental” es un drakar vikingo que atraca en demasiados puertos emocionales. Es dispersa y confusa. Nos faltan datos y nos sobran silencios. Yo, al menos, camino por ella más bien perdido y perplejo. Es una película rara, un minimalismo megalómano. No me emociona para nada. Ni siento ni padezco. No tiene valor sentimental para mí.





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Vergüenza. Temporada 1

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Tengo un amigo que me mira mal cuando le digo que me descojono con “Vergüenza”. Es como si de repente me devaluara ante sus ojos: como si confesara un crimen tremebundo o una tara intolerable. Si le dijera que evado impuestos o que me zumbo a las ovejas no me miraría con la misma cara de desagrado. Quizá piensa que solamente un anormal puede reírse con una serie protagonizada por dos anormales como estos.

Mi amigo, en lugar de ofenderme, porque él es muy educado y ya son muchos años de disensiones, se limita a decir que él dejó de seguir “Vergüenza” porque no puede soportar que se haga mofa de la gente divergente. Mi amigo es, ante todo, un humanista. También dice que todo en la serie es demasiado absurdo e inverosímil, y que no le sorprende que un hombre como yo, tan dado a lo raro y a lo tangencial, le ponga cinco estrellas en lugar de las dos escuálidas que apenas se merece.

Cuando se pone en ese plan yo le recuerdo que él ha tenido mucha suerte en la vida, siempre rodeado de amigos normales –menos yo- y de familiares tolerables. De compañeros de trabajo más o menos presentables. Gente normal, de andar por casa, con un equilibrio apenas patológico entre las virtudes y los defectos.  Y que gracias a esa fortuna, que le mantiene encapsulado en un mundo feliz, no puede concebir que otras personas sí conozcamos la triste realidad de personajes como Nuria y como Jesús.

Yo, de hecho, conozco a varios especímenes como estos de “Vergüenza”: torpes sociales que se mueven en parámetros muy alejados de la realidad. Fantasmones menguados que malinterpretan las señales que marcan el camino. Desnortados que no saben cuándo hay que perseguir los sueños y cuándo hay que conformarse con lo poco. Auténticos gañanes, y gañanas, que jamás visitaron al oráculo de Delfos para comprender que lo primero es conocerse a sí mismo y obrar en consecuencia.




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Juegos secretos

🌟🌟🌟🌟


Me interesa “Juegos secretos” porque es una película sobre sexo insatisfecho. Y el sexo insatisfecho, según la última encuesta del CIS, es la tercera gran preocupación de los españoles. Está justo por debajo del precio de la vivienda y de la crisis del Madrid. El sexo insatisfecho, después de todo, puede encontrar soluciones temporales o parciales. Lo otro, no. O no, al menos, hasta que se instaure un régimen comunista y madridista que sería el sueño húmedo -y contradictorio- de mi viejo bolchevismo.

Carlo Padial, en su podcast, dice que la gente está neurótica desde que prohibieron fumar en bares y cafeterías: primero en los interiores, luego en las terrazas y ya dentro de nada a veinte kilómetros de los núcleos poblaciones. Pero eso sólo afectaría a los fumadores, digo yo, no al común de los mortales. No, caro Carlo: la gente anda jodida -desjodida- porque no folla lo suficiente. Un mal follar que es al mismo tiempo cualitativo y cuantitativo, según afirman los sexólogos consultados. 

No hay más que leer “El País” cada mañana para comprender que la gente está falta de contacto: todos los días aparece un artículo aconsejando cómo reverdecer los laureles dentro de la pareja, o cómo plantar un laurel si andas solo y buscas un hortelano, o una hortelana, que se fije en tu jardín.  

“Juegos secretos” cuenta la historia de un extrarradio americano donde al parecer ya no follan ni los guapos ni las guapas. Una especie de apagón inexplicable para la ciencia. Una turbulencia espacio-temporal que sólo se disolverá cuando los afectados decidan salir de su ámbito matrimonial y descubran que era ahí, en el lecho conyugal, donde latía escondida la kriptonita perniciosa. 

Como sucedía en aquel cuento de la princesa hipersensible, basta un guisante radioactivo escondido bajo las sábanas para que se desilusionen las erecciones y se multipliquen los dolores de cabeza.



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TÁR

🌟🌟🌟🌟


Lydia Tár, la directora de orquesta, tiene problemas para conciliar el sueño. Por un oído le acosan los remordimientos, y por otro, aunque vive en un apartamento de lujo, los ruidos de la casa. Decía Schopenhauer que las personas inteligentes soportan mucho peor los ruidos externos, y Lydia Tár, más allá de sus flaquezas morales y de sus debilidades eróticas, es una mujer de inteligencia gatuna y afilada. 

He vuelto a ver “Tár” porque la primera vez no me enteré de casi nada. Aquel fin de semana yo no estaba en mi casa, sino más al norte, en el hogar de una mujer que me amaba los días pares y luego me desamaba los impares. Dentro de su inconstancia hay que reconocer que era tan regular como un metrónomo de musicóloga.

Una vez fui a visitarla y me recibió como quien recibe la visita de un pariente molestísimo. Era un día impar y yo tuve que haberlo anticipado. Esa noche sin amor yo tampoco pude conciliar el sueño. Creo que fue la primera de varias noches parecidas. El sentido de la vida pasaba bajo mis párpados, absurdo y punzante, y para detenerlo, a eso de la una de la madrugada, me fui al salón con el ordenador a ver “Tár”, que la tenía pendiente y parecía bastante soporífera.

“Tár”, sin embargo, no activó -o no desactivó- los neurotransmisores que me ataban a la vigilia. Ni me dormía ni me centraba. Viví aquellas dos horas en un estado indefinible de la memoria. Meses después, ya compuesto y sin novia, sólo recordaba que “Tár” era una película sobre los intríngulis laborales y sexuales que se producen en las orquestas de renombre. Como “Mozart in the jungle”, pero en formato de dramón psicológico. Las mujeres, cuando llegan a los puestos de relevancia, se comportan igual que los hombres defenestrados: el ser humano, en la arrogancia del poder, viste igual bragas que calzoncillos.





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Pelle el conquistador

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“Pelle el conquistador” es dura, tramposa, sensiblera... Un drama calculado. Está hecha para joderte la vida. Si la ves por la tarde, te jode la tarde; y si la ves por la noche, te jode la noche. Te jode, siempre te jode. 

Yo la odio y la repudio. No la soporto. Preferiría no tenerla en la videoteca, pero la tengo. ¿Por qué? Porque es una película inolvidable. Una obra maestra. ¿Quién tendría, a pesar de todo, corazón para tirarla? ¿Quién, las agallas de no volver a retomarla? Y por cierto: ¿quién dijo que eran malos tiempos para la lírica? Porque hay líricas y líricas.

No querría recomendársela a nadie. No, al menos, a nadie con corazón. Sólo a los enemigos y a las enemigas, para que sufran lo que yo sufro cuando recaigo. Sé que ahí arriba le he puesto cinco estrellas y me hago responsable. Pero en verdad la odio tanto como la amo. Es un peliculón. En 1988 robó un Oscar a Almodóvar y bien robado que está. La prensa española, enrabietada, la puso a parir. Desde entonces ya no hago caso a la crítica oficial.

Veo “Pelle el conquistador” cada cierto tiempo y nunca paro de llorar. Me emociona desde el primer minuto, con ese desembarco tan poco épico de los pobres en Dinamarca. Nada que ver con el desembarco de Normandía que rodara Steven Spielberg. Las grandes películas son variopintas e inexplicables. Cuando llego al final, a la orilla del mar, todo es agua salada y amarga que brota de mis ojos.

“Pelle el conquiestador” me manipula, me hurga, me conmueve. Es muy tramposa, ya digo. Ladina. Conoce mis resortes, mis teclas exactas. Las confesables y las que no. Es como si la hubieran rodado para mí, pensando en mí. Es todo un honor, además de una putada. Cada vez que aparece Max von Sydow pienso en mi propio padre, tan tosco y tan fuera de lugar. Más abuelo que padre, por la tardanza en procrear. Ahora ya es lo normal, que nazcas sin padre, directamente del abuelo, pero entonces los hijos-nietos éramos una rareza natural. 

Mi padre también soñaba con un hijo valiente y triunfador. Uno que saliera de la granja de personas, del corral de los gallinas. Y ya ves, aquí andamos, al final ni América ni nada. 




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Las mejores intenciones

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A veces, en el amor, porque el amor no deja de ser un fenómeno de la física, los polos opuestos se atraen y quedan adheridos para siempre. Es un magnetismo más de la naturaleza. Un fenómeno inusual aunque varias veces validado. El mundo es muy grande, y el sexo universal, y eso da lugar a millones de combinaciones de las que algunas, por pura estadística, desafían cualquier pronóstico que tú hagas.

Hay parejas por las que no darías ni un duro y ya ves, duran para siempre, o al menos el tiempo necesario para reírse de tu apuesta. Otras veces, en cambio, apostarías diez dólares a que Fulano y Mengana son la pareja ideal y justo en ese mismo momento, sin que tú lo sepas, ya están rompiendo a través del teléfono o en una discusión tremebunda en el dormitorio. El amor es tan aleatorio e imprevisible como el tiempo atmosférico. Más allá de una semana cualquier previsión sobre el sol o la lluvia es un ejercicio de jactancia.

Los padres de Ingmar Bergman eran el ejemplo perfecto de una pareja destinada a enamorarse pero no a entenderse. Iban a durar menos que tu atención en una película soporífera de los escandinavos -lo que no es, gracias a Odín, el caso de “Las mejores intenciones”- y sin embargo, pese a todos los impedimentos familiares y a los exilios helados en la taiga, forjaron un matrimonio desconchado pero con un núcleo de hierro indestructible.

El progenitor no gestante de Ingmar Bergman es Henrik, un pastor luterano con cien heridas en el alma y un talante que oscila entre la negrura y la mala hostia consagrada; Anna, en cambio, la progenitora gestante, es una pija alegre de la alta sociedad a la que jamás se le ha negado un capricho de niña  boba y consentida. Lo único que les une, quizá, es una idea del sexo algo pacata y victoriana: un fuego más bien de braserillo, de hacer la cucharilla en el invierno con dos camisones de por medio. Henrik y Anna jamás conocerán la pasión desbordada ni la frustración sexual, y quizá, por eso, cuando el sexo salga por la puerta, ellos no tendrán que saltar por la ventana y durarán muchos años entrelazados.






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The good wife. Temporada 1

🌟🌟🌟🌟


Tengo que darle un millón de gracias a la persona que me animó a ver “The good wife”. Gracias a su intercesión he conocido a Julianna Margulies para que mi vida haya quedado dividida en dos mitades incompatibles. Yo estaba ciego y ahora sigo igual de ciego, pero deslumbrado por su belleza. He quedado bautizado, evangelizado, convencido de que existen milagros de la carne sin tener que resucitar. 

A partir de ahora -el año 1 d. J. M.- cada vez que imagine el Cielo o el Paraíso ya no podré concebirlo sin la presencia de Julianna Margulies recostada en un cocotero, o sonriendo desde una nube, pero siempre vestida así, como sale en la serie, con sus trajes de abogada carísima y listísima, impactante en todas las dimensiones de lo humano.

Lo más curioso, e inconcebible, es que en “The good wife” todo el mundo que trabaja con Julianna parece sacado directamente de un cásting celestial. En 23 episodios más o menos trepidantes de acciones judiciales, no he sido capaz de encontrar una sola abogada que no pareciera  una modelo sacada de los anuncios, ni un solo abogado que no derritiera corazones femeninos a su paso por los pasillos. Todos los personajes de la serie -incluso los enemigos acérrimos del otro bufete-  son clientes de ese Tinder exclusivo que está reservado a los que superan el percentil 93 de la belleza. 

Es por ahí, por el exceso  barroco de hermosura, donde “The good wife” se desliza peligrosamente hacia la incoherencia argumental. Hacia el despiporre inverosímil. Es imposible que quepa tanto sex appeal en los escasos metros cuadrados de un bufete o de una sala del juzgado. O yo, al menos, no estoy acostumbrado a vivir en esa erótica probabilidad que regalan las matemáticas.




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Antes del anochecer

🌟🌟🌟


Hace doce años que no sabemos nada de Jesse y de Celine. De su amor interruptus y parlanchín. Hay quien opina que nunca volverán porque se acabaron las posibilidades de los títulos: tras el amanecer, el atardecer y el anochecer, ya no quedan más períodos del día para arrojar al fuego de la pasión. O para perder el tiempo en conversaciones interminables. “Antes del madrugón” o “Antes de desayunar” son opciones con muy poco recorrido en la taquilla. Nos faltaría algo sin un sol ascendente o declinante que marcara el ritmo del diálogo y del deseo. 

Hay quien dice que Jesse y Celine volverán dentro de poco, ya casi sesentones -o sin casi- para contarnos el cuarto capítulo de sus tesis doctorales. Pero yo creo que estos espectadores harían mejor en olvidarse del asunto. En “Antes del anochecer” ya es obvio que Celine está perdiendo el interés sexual por su pareja. Quizá el interés sexual en general. Y cuando el sexo sale por la puerta, el amor salta por la ventana y ya no suele regresar. Y menos a ciertas edades donde la sublimación del instinto es más fácil para el organismo.

La historia de Jesse y de Celine empezó de una manera muy original, lejos del manual, pero terminó donde terminan todas las historias de desamor: con una sucesión de desaires sexuales que al final emponzoñan el fruto y lo dejan inservible para futuras primaveras. Una trifulca con los amantes a medio desnudar significa que la historia se acabó. Puede que no inmediatamente, pero se acabó. No hay marcha atrás. Es la prueba de que el deseo ya no es incontenible y busca vías de escapatoria. Todos hemos pasado por ahí. La primera vez es como si te arrancaran el corazón; la segunda, por fortuna, ya nunca se produce.





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