Better Call Saul. Temporada 6.

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No quería que se terminara, pero se terminó. La entropía es implacable con la realidad y también con la ficción. Revivir “Better Call Saul” ha sido como retomar un amor gozoso y primordial, pero traía -como todos- fecha de caducidad. 

Ha sido una segunda oportunidad más corta que la primera, pero también más madura y reposada. Un puro gozo hasta ese cigarrillo presidiario. Tras él, los títulos de crédito se desgranaron como la letra pequeña de un acuerdo de divorcio... Pero ha estado bien: ha sido una primavera pactada entre amantes veteranos. Porque así son, aunque nos duelan, los regresos de las ex.

“Better Call Saul” duró siete años en pantalla, que es el tiempo de vida de un amor excepcional: ése que sobrevive al consumo de hidrógeno antes de convertirse en una estrella apagada pero apacible, o de explotar en forma de supernova para dejar un agujero negro y mosqueante. Son las leyes de la física. Ahora, en el reencuentro, porque el tiempo se comprime cada vez más, “Better Call Saul” apenas ha durado cinco meses hipersónicos: justo el tiempo que tardan los amores retornados en agotar el combustible. La gravedad se vuelve insostenible cuando no quedan reacciones que oponer. El amor, como el universo mismo, es una ordenación de partículas elementales. 

Hice todo lo posible por estirar “Better Call Saul”. Traté de dosificar las temporadas y los episodios, pero el final me dominó el ansia, y me pudo la tentación. La última temporada ha pasado como un cometa por mi ventana. He llegado a llorar en las dos despedidas traumáticas: la de Kim marchándose del apartamento y la de Kim marchándose de la cárcel. No tengo nada que ver con esta gente -tan inteligentes todos, tan liantes, tan decididos para lo suyo- pero mis neuronas espejo, tan caprichosas, trabajaban a destajo. Se ve que ya no hay desamor que me deje como estaba. Los amores ideales, pero fallidos, rasgan el tejido del universo.





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La araña negra (cortometraje)

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Lev Yashin, "la Araña Negra", fue aquel portero soviético que siempre iba vestido de negro y parecía haber nacido, al igual que los arácnidos, con cuatro brazos y cuatro piernas. En “Los lunes al sol” había un emigrante ruso, también despedido de los astilleros, que les contaba a Santa y compañía que los rivales pedían perdón a Yashin cada vez que le marcaban un gol, tal era su aura de cancerbero impenetrable.

Yashin, en mi recuerdo, cuando jugaba para la Unión Soviética, llevaba las letras CCCP estampadas en el pecho al igual que sus compañeros. (CCCP, por cierto, no significa Cucurrucú-Paloma como dicen los enemigos del pueblo, sino Союз Советских Социалистических Республик, que es un asunto mucho más serio). Pero ahora, desengañado por el cortometraje, y por más que busco imágenes en la IA, siempre encuentro a Yashin vestido de negro riguroso, sin letras, como de luto perpetuo por algún gol imperdonable y decisivo. 

(Supongo -porque si no le habrían traspasado al Siberia C. F. o al Lokomotiv de Morituri- que Yashin tenía permiso del comisario político para no llevar esas siglas cirílicas que predicaban las bondades del comunismo). 

La historia de “La araña negra”, el cortometraje, se non è vera è ben trovata, que diría un italiano. Sin embargo, no hace mucho, en la radio, le preguntaron a un periodista italiano por el origen de esta expresión y dijo que no la había escuchado jamás. Da igual... 

En Madrid, en 1964, la noche anterior a la final de la Eurocopa entre España y la CCCP, un comando de patriotas engaña a Yashin y se lo lleva de putas a un meublé muy limpio y distinguido. Una vez desfogado, y todavía abrazado a la mujer, varios fotógrafos conchabados irrumpen en la habitación. Lo siguiente que vemos, en una elipsis muy elegante, es el histórico gol de Marcelino en el NODO y el no menos histórico pasotismo de Yashin ante el cabezazo decisivo. La del cortometraje es una explicación tan válida como cualquier otra para aquel desinterés. 

No es por echarme flores, pero yo siempre sostuve que había algo muy raro en ese gol.





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Portobello

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Si en España, en el siglo XXI, basta con que una mujer te señale con el dedo para pasar por el juzgado -y, si no eres culpable, perder al menos tu reputación-, en Italia, en el siglo XX, suspendido de igual modo el principio de inocencia, bastaba con que un camorrista soltara tu nombre en un interrogatorio para vivir un proceso penal muy parecido al de la novela de Franz Kafka. 

“Portobello” cuenta una pesadilla que parece literatura y sin embargo sucedió en esa Italia desquiciada: la desventura judicial de Enzo Tortora, el presentador del magazine más visto en la RAI de los años ochenta. Para entender “Portobello” habría que imaginar a Mayra Gómez Kemp, en sus tiempos del “Un, dos, tres”, acusada de pertenecer a ETA y encarcelada sin pruebas porque un etarra la señaló como informante del "Comando Madrid" para obtener un trato favorable en la prisión.

“Portobello” habría sido la serie del año -la segunda italiana, después de “El hijo del siglo”- si no fuera porque se hace demasiado larga en su nudo judicial. Hay un ensañamiento en la congoja que luego no se corresponde con el rápido desenlace. Pero hay que verla, claro, y en italiano vernáculo, no doblada a nuestro idioma. Uno de los seis episodios de “Portobello” -pirateados, por supuesto, porque yo sólo pago Movistar- venía sin subtítulos y tuve que escucharlo en castellano. Es insufrible. Los camorristas tienen que hablar como camorristas, y no como señores de Logroño. Y Enzo Tortora, para defenderse, tiene que hablar como un señor atildado de Milán, y no como un cura mantecoso de mi pueblo. 

El doblaje de "Portobello" chirría en los oídos. Desvirtúa la expresividad de los culpables y el juramento de los inocentes. Las palabras en castellano no casan con los gestos en italiano. Si juntas los dedos de una mano para formar una pinza de odio o de desprecio, sólo puedes gritar “¡Vaffanculo, maledetti, non ho fatto niente!”




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La vida de Chuck

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Yo también he visto mi muerte, como Chuck el bailarín. Pero no la he visto en un ático embrujado, sino en el techo de mi dormitorio, proyectada como una película, diáfana e indudable. 

Mi muerte llegará un sábado por la mañana, o un domingo, montado en bicicleta. Un hombre del campo saldrá de recoger las lechugas con su furgoneta y se incorporará a la vía sin mirar, justo cuando yo pase pedaleando. Será un golpetazo mortal. Ya sufrí un accidente parecido hace años y me quedé amnésico durante horas. El siguiente será el remate, el despiste definitivo. Aquí, en la España ancestral, los paisanos consideran que las bicicletas estorban los quehaceres y demoran los placeres. Las bicicletas, o son para el verano, o son para “Uropa”, allí donde estudian sus nietos y sus nietas.

En la cama del hospital, mientras me apago, se irán apagando también las multitudes que contengo. Las reales y las ficticias. Las humanas y las animales. Pobres bichines míos... Todos los muertos se morirán otra vez cuando yo muera. Pero antes de irse, se mezclarán en un curioso batiburrillo no muy distinto del habitual. Ahora mismo, todavía vivito y coleando, ya hay personas reales que voy recordando como soñadas, y personas ficticias a las que voy teniendo por verdaderas. Alguna de mis ex amantes, por ejemplo, es como si hubieran vivido en una vieja película; Luke Skywalker, en cambio, que sale en “La vida de Chuck” hablando de matemáticas, es mi amigo de la infancia y a él quisiera asemejarme.

En la cama del hospital estaré en manos de los dioses y todo se hará según su voluntad. Pero si me dejaran pedir un deseo antes de mi paso fugaz de meteorito intrascendente, me gustaría aprender a bailar. Aunque solo sea con el pensamiento. Y ya puestos, bailar como baila como Tom Hiddleston en la película. Sentir esa libertad, esa indiferencia por la mirada de los otros. Esa alegría de sintonizar con los ritmos del mundo, moviendo los brazos y los pies. 





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Homo Argentum

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“Homo Argentum” no es exactamente una película, sino una sucesión de pequeños sketches y cortometrajes. Un acercamiento antropológico al argentino moderno que trata de sobrevivir trabajando o estafando, disimulando o exponiéndose. 16 historias sueltas, independientes, pero todas protagonizadas por Guillermo Francella, que es como un camaleón de la pampa, o como un T-1000 de la Patagonia. Una demostración de talento sin igual. Un “tour de force” actoral, que es una expresión muy de cultureta de provincias.

¿He dicho “historias independientes” ? Bueno, no del todo. Mariano Cohn y Andrés Duprat nunca se permitirían un guion deslavazado o inconexo. Estos tíos siempre ponen la bala donde ponen el ojo. En sus películas todo está puesto por algo y para algo. Y sin embargo, en internet, son muchos los que no han comprado su último experimento por falta de coherencia. Muchos los que aseguran que “Homo Argentum” es un corta-pega de ocurrencias sin hilo conductor, sin corriente subterránea y común que riegue las historias. 

Yo no estoy de acuerdo. Hay un concepto común que hilvana los 16 episodios de “Homo Argentum”: el clasismo. No tanto la lucha de clases, pues ya casi nadie se rebela contra el amo, pero sí, desde luego, el desprecio al inferior, al que no tiene, al que se ha quedado un piso por debajo. Será que soy un bolchevique innato y que voy viendo el clasismo por todas partes. Pero no creo equivocarme con esta película. Conozco el percal de don Gastón y don Mariano. La vida consiste en presumir; en situarse, al menos, un escalón por encima de los demás. Es el estatus, idiota: el monetario, el sexual, el profesional... Cualquier estupidez sirve para  marcar una diferencia. El “Homo Argentum” no se diferencia mucho del “Homo Ibéricus”. Sólo en el acento, y en esos gestos con las manos que delata sus orígenes italianos.  





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La larga marcha

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A estos muchachotes que participan en La Larga Marcha tampoco se les ve especialmente desnutridos. Ni desesperados. Hay un poco de todo: caucásicos musculados, negros fibrosos e indios indómitos. Quarterbacks de manual. Y chinos enjutos, sí, pero más listos que cualquiera. Estos chicos, por muy mal que vengan dadas, aún podrían ganarse la vida trabajando en una obra, o de estibadores en el puerto. Es una mierda, ya lo sé, pero es mucho mejor que apuntarse a una carrera suicida con un único superviviente. A un Juego del Hambre, o a un Juego del Calamar. 

No se entiende bien su presencia en el matadero. Quitando a un par de desgraciados que serán la primera carne de cañón -entre ellos el entrañable Jojo Rabbit- el resto aún puede caminar días seguidos sin apenas dormir o alimentarse. En las márgenes de la carretera se ve, eso sí, un paisaje de posguerra civil que ahora es la última moda argumental traída de Estados Unidos. Y es que la cosa, por allí, debe de estar más jodida de lo que pensamos. Va a ser la hostia, nen, porque ya no serán yankis y sudistas armados con fusiles, sino fascistas del MAGA contra demócratas de la ANR manejando granadas y ametralladoras a lo rambo. 

Una de dos: o la novela de Stephen King no se sostiene de partida, o aquí hay cosas que están mal explicadas. Yo, desde luego, no dejo de rascarme el cogote. Que Luke Skywalker ahora se gane la vida como militar psicopático tampoco ayuda demasiado a suspender la incredulidad. Al primer disparo en la sien me salí de la película y el resto ya fue un continuo avanzar con el mando a distancia, a ver cómo terminaba la prueba desesperada. Fue... la larga marcha de la tecla wind. La muy corta carrera de mi paciencia.






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La Grazia

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Tengo miedo de que Sorrentino no vuelva a rodar otra película como “La Gran Belleza”. Pero si lo hace, será otro santo del calendario, porque los santos necesitan al menos dos milagros acreditados, y no uno solo como los beatos olvidados. “La Grazia” es como todas las películas que han venido después de Jep Gambardella: hipnótica y extraña, excepcionalmente hermosa, pero no es un acontecimiento único en nuestra cinefilia. 

Es cuestión de gustos, claro, y más todavía si hablamos de Paolo Sorrentino, que es un cineasta como el patio de mi casa: particular. Sorrentino, si lo piensas bien, es un  creador muy parecido al mismísimo Creador: luminoso pero hermético; original pero falible; descifrable o indescifrable según el poema que componga. Todavía no sé si Sorrentino, al igual que Dios, es más profundo de lo que parece o si solo disimula la falta de profundidad con imágenes maravillosas. Da igual. Non mi dispiace. Sus películas siempre son aire fresco. Un recreo de la mirada. El (puto) teléfono móvil ya no existe cuando entras en su mundo. 

Si la gracia es, como dicen en la película, la belleza de la duda, yo todavía no vivo en gracia de Dios ni en gracia de los hombres. Y mucho menos en gracia de las mujeres. Aún tengo certezas arraigadas: la lucha de clases y la corrupción de la Liga sólo son las más comentadas en este confesionario. Pero hay muchas más.  Aún no he alcanzado la amplitud de miras ni la ecuanimidad del pensamiento. Si sólo es cuestión de hacerse viejo, estoy en manos de la suerte; y si es cuestión de nacer con los genes adecuados, tres cuartos de lo mismo. En cualquier caso no tengo que esforzarme: que la gracia venga o no venga ya está escrito en mi destino. Tampoco sé si será una bendición lo que se pose sobre mi cabeza. La Gracia se parece mucho al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo no es un ente confiable.






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Se tiene que morir mucha gente

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A mi lado, adonde quiera que voy, también camina un pre-adolescente insoportable. Soy yo mismo, claro, resabiado y tontolaba. El chaval tenía que haberse ido hace años al limbo de los existidos, pero una fluctuación cuántica lo dejó varado en el calendario y no tuve más remedio que acogerle. Después de todo, es la carne de mi carne.

Este desdoblamiento es un fenómeno raro, pero no único al parecer: lo comprendí nada más comenzar “Se tiene que morir mucha gente” y me quedé atornillado en el sofá. Bárbara, el personaje principal, también sufre esa compañía tocacojones; o tocacoños, en el lenguaje paritario.

Una día antes, cuando descubrí la serie en la parrilla, mi preadolescente me avisó: “Es una serie de tías. ¡Y hecha por tías!". Pero el título era irresistible y yo le mandaba callar con mi escasa autoridad. Y es que es verdad: se tiene que morir tanta gente que me mataba la curiosidad. ¿Serían los mismos tipejos que yo propongo en las tertulias...? Hablo de los personajes públicos, claro porque los privados son eso, privados, y cada cual tiene que pelear en su propio ecosistema. 

Luego, en realidad, aquí no se muere nadie. Ni se desea la muerte de nadie. Los odios son fueguinos pero civilizados. El título no era más que un recurso publicitario -quizá más una constatación que un anhelo- pero funciona.

Me fui dejando llevar por los capítulos mientras mi chaval se impacientaba: “Ya verás como acaba siendo un panfleto podemita...”. Pero el panfleto, de serlo, era muy poco panfletario, o quizá demasiado inteligente, y yo, al no darme cuenta, me reía como un bobo. Cuando se dialoga con tanta gracia yo me rindo ante quien sea. Aquí todo es muy natural y contradictorio. Y malhablado. Canallesco incluso. Tierno y venenoso. Al final me reía cada vez más y el chaval, ya arrepentido, me acompañaba.

Sucede, además, que Anna Castillo se parece mucho a un crush privado que yo tengo: uno que también vive varado en una singularidad del calendario. Esto de crush, por cierto, se lo he tenido que explicar a mi chaval de los años ochenta. Miro a Anna Castillo y pienso que sí, que se tiene que morir mucha gente, pero que otra debería existir por toda la eternidad.




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Cochinas

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Sólo he visto tres episodios. No he podido más. Ni me río ni me sonrío. Nada. Carcajadas ni una. Dobles sentidos sí, pero vamos, de patio de colegio. De carnicería de Alfredo Landa.  “¿Le gusta el solomillo, señora?” “¡Hoy tengo la morcilla reventona!”. Cosas así, de vergüenza ajena. Gracietas que ya estaban superadas en 8º de EGB. Los chistes de “Cochinas” -si es que son chistes- no me pasan ni rozando. Oigo los disparos, pero no siento los impactos. Sus guionistas, es obvio, disparan con balas de fogueo, o disparan a otras dianas. 

Ay, el porno... El porno es como el Scotch Brite: no se puede estar sin él. Otra cosa es debatir su naturaleza, su proceso de elaboración. Sus ingredientes más o menos ecológicos. La ética del pringue. Discutir qué son los panes y qué son las tortas cuando llega la hambruna o se vive en el jolgorio. Pero cada vez que conozco a un hombre que asegura no caer en la tentación, pienso que estoy ante un mentiroso o ante un degenerado. En cualquier caso, alguien muy poco recomendable. 

Con las mujeres es otro cantar. Prefiero no meterme ahí. Metes el dedo gordo del pie y sales escaldado. No están los tiempos para bollos. En "Cochinas" dirían que sí para bolleras: ése es el nivel. Yo solo pensaba que luego ponen una película de Pajares y Esteso y se arma la mundial: que si casposos, que si machirulos, que si cosificadores de la mujer... “Cochinas” -al menos hasta el tercer episodio- cuenta la historia de unas amas de casa que descubren la pornografía y se lo pasan teta -¿aún es legal esa expresión?- viendo pollas en acción. Son el reverso femenino de Pajares y Esteso y a todo el mundo le parece cojonudo. A mí también, por cierto. Yo estoy hablando de otra cosa... Malena Alterio y sus amigas cosifican -qué engendro de palabra- a los actores porno y aquí no ha pasado nada. Un hombre viendo porno se degrada a la categoría de marrano; una mujer, en cambio, según “Cochinas”, da rienda suelta a sus anhelos y se libera. A mí me parece fenomenal. Bienvenidas a la fiesrta. Pero jolín. 




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El buscavidas

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Mi hijo, de pequeño, era conocido en los ambientes familiares como el "Paul Newman” porque era rubio, y guapetón, y tenía unos ojos que iban alternando los colores del mar. Cualquier desconocido hubiera apostado cuatro dólares a que no era mi hijo de verdad. 

En esa época nos agarró el vicio del billar y coincidió que yo estaba gordo en demasía, abandonado, así que para completar el elenco de “El buscavidas” yo hacía de Minnesota Fats, el Gordo de Minnesota, al que Eddie Felson desafiaba con toda la chulería de su juventud. 

Estábamos tan flipados con el billar que un verano, en Madrid, compramos un juego de bolas de snooker y dos tacos medio profesionales fabricados en Inglaterra. Al comenzar el colegio lo trajimos todo a La Pedanía para jugar en un bar donde nos alquilaban una mesa y nos dejaban usar nuestras propias bolas madrileñas. Éramos casi una atracción de feria para los parroquianos: por un lado Retoño, tan pequeño, que  llegaba montado en su bicicleta de Mickey Mouse, y por el otro lado yo, tan osuno, subido en una bici desvencijada que usaba para hacer los recados. 

Entrábamos en aquel garito bromeando, pero en el fondo reconcentrados, dispuestos a despedazarnos, cada uno con su taquera de tela cruzada en bandolera, como si fuéramos mogoles que venían a conquistar la verde pradera del tapete con su arco y su carcaj.

En aquel tiempo yo le pedía al chaval que viera “El buscavidas” para que entendiera por qué le llamaba "Felson, el Rápido” y por qué Minnesota Fats era mi primer avatar en los tiempos de internet. Pero él se rascaba el cogote preadolescente y me decía que no, que mejor otro día, porque la cinefilia, como mi fealdad, nunca arraigó en su ADN. Además, él veía en la carátula del DVD -de este mismo DVD- que la película era en blanco y negro y que duraba más de horas eternizantes. Cada vez que cojo “El buscavidas” de la estantería me acuerdo de todo aquello y me parece que también sucedió en blanco y negro, en un pasado medio feliz pero lejanísimo.





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El político

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La democracia está tan devaluada que la moraleja de “El político” ya no escandaliza a los espectadores. Estamos vacunados de espanto. Casi ochenta años nos contemplan desde que Robert Rossen denunciara los mecanismos de la corrupción, aunque sea la corrupción en los campos de Montana. Al final todas las corruptelas se parecen. El parecido físico de Broderick Crawford con Jesús Gil ayuda mucho a establecer paralelismos.

El ciudadano del siglo XXI ya tiene asumido que la democracia es una farsa necesaria. Un engañabobos. La democracia es el palco del Bernabéu, estúpido, y la cacería en la sierra, y la regata en aguas gallegas. La democracia es eso que nunca trasciende a los medios informativos. La democracia, despojada de palabrerías y oropeles, no es más que la salvaguarda incruenta de los intereses comerciales. Pero ojo, no nos engañemos: en el momento en el que fallan las cuentas, los mandamases organizan golpes de estado más o menos públicos, más o menos espectaculares, y eligen otra democracia más ajustada a las matemáticas.

Es tristísimo, sí, pero siempre será preferible la dictadura numérica de las empresas a la dictadura sangrienta de los militares. Mejor Guatemala que Guatepeor. Si hay que elegir entre un gobernador corrupto de Montana y un general bigotudo con el arma calentita, es preferible taparse la nariz y celebrar la fiesta de las urnas. Eso es, en definitiva, lo que se dirime en un domingo decisivo: la esperanza de encontrar una cara amable y una intención noble, aunque solo sea eso, la intención. Las empresas, al menos, te mantienen vivo, aunque cabreado, para que sigas comprando sus productos, y tienen el buen gusto de no organizar desfiles marciales de tiburones trajeados y de ejecutivas agresivas. No, al menos, en plena calle.




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Oppenheimer

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Cuando se estrenó la película, mi pareja deentonces le llamaba “Openauer”, y un amigo de por aquí, “Openjamer”. Escuchándoles me acordaba mucho de Chiquito de la Calzada cuando decía aquello de “gromenauer”, en lugar del número tres. "Gromenauer, peich, guan...", descontó el maestro, y la bomba del proyecto Trinity explotó en Nuevo México después de los dolores. 

Al final no fue un fistro de bomba, y tampoco incendió la atmósfera como pronosticaban los cálculos más pesimistas. Pero como dice el propio Oppenheimer al final de la película, sí incendió el mundo geoestratégico hasta entonces conocido. En un juego de palabras diabólico, las armas termonucleares dieron paso a la Guerra Fría de los despachos, y la guerra convencional de soldados y tanquetas quedó relegada para las guerras cutres y a los museos.

Aunque voy de listo, yo tampoco sé pronunciar correctamente el apellido de Mr. Robert. Digo “OpenJaimeR”, con jota de jamón en lugar de hache aspirada, y con erre de roedor en vez de dejarla casi sin pronunciar, como si se la llevara el viento del desierto. Los ignorantes podríamos llamarle “Oppie”, u “Oppy”, como hacen en la película, y así no hacer el ridículo con nuestro inglés del parvulario. Pero el diminutivo de Oppenheimer quedaba reservado para amigos y seres queridos, y nosotros no somos ni lo uno ni lo otro: solo espectadores de la película, y curiosos de su historia. 

También le llamaban “Oppie” los belicistas que durante algún tiempo le confundieron con un héroe de la guerra: Robert Matajapos, le decían, como aquí tuvimos a Santiago Matamoros y dentro de nada a Santiago Matarrojos.

La película de Nolan -grandiosa, sí, pero siempre con ese “toque Nolan” de “podría hacerla más sencilla, pero os jodéis”- se centra más en el Oppenheimer rojo que en el Oppenheimer científico. Digamos que se resume en O= 2aa’+R2+Fc, donde O es Oppy, a su amor oficial, a’ su amor clandestino, R su rojerío problemático y Fc la física cuántica de la que fue evangelista en Estados Unidos. Ese es más o menos el peso atómico de cada elemento en la película. La ecuación que trata de resolver el misterio escondido bajo un sombrero de ala ancha.





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Following

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Seguir a la gente por la calle no es que esté mal: es que es delito. Como poco, puede resultar peligroso. El protagonista de “Following” es un tolai desinformado. Todavía no sabe que seguir a una mujer está castigado por la ley, y que seguir a un hombre puede ser castigado con una hostia de campeonato. O viceversa. Él responde, a quien le pregunta, que lo suyo es un experimento social, una fuente de ideas para su escritura paralizada, pero a todos nos parece que este tipo, simplemente, está mal de la chaveta.

(A veces, como en “Following”, crees seguir a alguien y es ése alguien quien te sigue a ti. Que camine por delante no significa nada. El orden de los factores a veces altera el producto. Existe el ojo del culo y también la maquinación de los malvados, que siempre llevan un paso anticipado).

No hay que seguir a nadie en general. Sólo al guía de la excursión, o al bombero que nos rescata. O al “safety car” de la Fórmula 1. O a los ingleses que nos enseñaban los rudimentos de su idioma en “Follow Me”. Cosas así: seguimientos de supervivencia y nada más. Todo lo demás es un acto de fe equivocado, o que tarde o temprano se torcerá. Seguir frívolamente sí, en Instagram, o en el Caralibro, pero siempre a distancia, por si hay que echar el freno y desdecirse de lo seguido.

“No tienen que seguirme. No tienen que seguir a nadie”, gritaba el pobre Brian de Nararet a los creyentes agolpados bajo su ventana. Pero ellos, ansiosos por encontrar al Mesías, no le hacían ni puñetero caso. Y así estamos un poco todos: siguiendo a gente escogida que nos guíe y nos enseñe. O que al menos nos entretenga. Y luego, claro, te llevas una decepción: cantantes que torean, escritores que desbarran, futbolistas que vaguean, políticos que defraudan... Mujeres que de cerca ya no brillan y amigos que de lejos se confunden con cualquiera.





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Better Call Saul. Temporada 5

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Vivo enamorado de Kim Wexler. De Rhea Seehorn no lo sé. Rhea es tan guapa como Kim pero no la conozco como a ella. Rhea cuenta con la ventaja de ser real -aunque viva muy lejos- pero podría ser una persona deleznable tras esa belleza deslumbrante. No lo sé, me lo invento. Pobre Rhea: yo aquí, elucubrando... Si tuviera que apostar diría que se parece mucho a Kim Wexler en los sentimientos. Los que saben de actuación dicen que es imposible no plasmarse de algún modo en los personajes.

Kim Wexler parece de mentira, pero no lo es. Es sólo de ficción. Los hombres reales la miramos como a veces la mira el propio Jimmy McGill -que siendo ficticio es el único que la toca: incrédulos. Un poco boquiabiertos. Un poco como niños ante el truco más refinado del gran mago. Jimmy la sondea como nosotros, con un ojo alegre y el otro inquieto, por si de repente se esfumara. Por si fuera un espejismo, un holograma, un sueño que no acaba de disolverse... Jimmy no termina de creérsela. Hay algo muy pervertido -pero una perversión de caballeros, ojo- en la creación de Kim Wexler. Vince Gilligan y Peter Gould son un par de tunantes. Unos románticos empedernidos. 

Kim Wexler, en el mundo real, habría nacido para ser la esposa de un abogado de relumbrón, o de un banquero, de una estrella del balompié; o, en su defecto, una mujer desligada de los hombres que se limita a devorarlos, uno por uno, según su humor y su apetito. Aquí sin embargo, dentro del televisor, ella es la esposa -ahora ya sí, en la quinta temporada- de un chiquilicuatre como cualquiera de nosotros. De un tipo que necesitaría cien vidas ejemplares para merecerla.

Kim Wexler es buena y malvada, fría y sexy, retorcida y sincera. Es un enigma que “Better Call Saul” jamás resolverá. Me tiene encandilado. La serie cuenta la caída de un hombre en la oscuridad, pero también la ascensión de una mujer hacia la luz.




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Venga Juan

🌟🌟🌟🌟


“Venga Juan” es el cierre definitivo de la trilogía sobre Juan Carrasco. Y está bien que la cerraran: llegó un momento en que la realidad de los telediarios superó cualquier trapisonda del personaje. Juan Carrasco empezó siendo un político de ficción -aunque basado, y muy basado, en hechos reales- y terminó siendo una caricatura casi benévola de los corruptos de verdad: esos tipejos que también dominan el difícil arte de combinar la inteligencia con la tontuna, la chispa con la incultura, la indecencia con el aplauso de sus votantes.

En otras trilogías para el recuerdo vivieron Michael Corleone, Luke Skywalker, Marty McFly, Frodo Bolsón y  Lisbeth Salander. Pero en ésta, en la cañí, en la que es nuestra y solo nuestra, vive Juan Carrasco de Logroño, que para mí es otro héroe mitológico aunque tenga tan pocas luces en la sesera como pelo en la cocorota. Sé que no existe un consenso universal acerca de la inclusión de Juan Carrasco en el “Hall of Fame de las Trilogías”, pero yo, desde luego, en mi iglesia particular, le tengo en una hornacina muy principal a la que vengo a rezar cada cierto tiempo para echar unas risas y honrar a los dioses de la comedia.

De todos modos, “Venga Juan” ya no es lo mismo que “Vota Juan” o que “Vamos Juan”. Le falta la mala hostia que Juan Cavestany o Borja Cobeaga dejaban en los guiones. Diego San José, dejado de la mano de Dios, tiene una tendencia preocupante a la ñoñería. A la “humanización” de sus personajes. Me preocupa que se esté convirtiendo en el blanqueador oficial de los impresentables que viven en nuestro reino. Ya lo hizo con la princesa Pilar en “Su majestad” y con la defraudadora de impuestos llamada Celeste en “Celeste”. Juan Carrasco tampoco merecía un tratamiento compasivo en el cierre de sus aventuras. Nos reímos mucho con Juan, pero no hay que olvidar que este fulano es un ladrón, un incapaz, un mequetrefe, un mal compañero, un chivato, un soplagaitas, un mal marido y un peor padre. Un imbécil muy peligroso.




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53 domingos

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Con el algoritmo de Netflix hemos topado, amigo Sancho. ¿Cuántas líneas de código tendrá, por cierto, el algoritmo de Netflix? Muchas, seguro, más de 53. Porque es un álgebra que abarca todo lo correcto y todo lo que está de moda. Todo lo que complace al bolsillo del abonado. El algoritmo se recicla continuamente para abandonar los viejos valores y abrazar otros nuevos y rentables. Hay muchos perfiles de abonados, más de 53, pero el abonado medio, el que vive cómodamente bajo la campana de Gauss, está más que medido y anticipado.  

Tratándose de una comedia española, el contenido tiene que estar sujeto a la media sociológica: no puede ser ni demasiado pacato ni demasiado atrevido. De izquierda moderada, sí, pero tirando a derecha civilizada. O al revés, es lo mismo. Es el gran abanico electoral. La gran masa de votantes repantigada en su sofá. ¿Lucha de clases?: sí, pero verbal. Que sirva para desahogarse y nada más. ¿Y valores familiares? Sí, por supuesto, pero no tan casposos como los de “Médico de familia”, con su abuelito, su niñito, su criada andaluza. Los valores han de estar adaptados a las nuevas realidades de la vida. En una cena de parientes se permiten réplicas cínicas, desabridas incluso, como sucede en “ 53 domingos”, pero al final todo ha de redimirse con un "la familia es lo más importante” metido con calzador. Un discurso como de mafioso de Coppola, o como de Paco Martínez Soria en una película de sobremesa.

El algoritmo, por supuesto, también dicta que no puede faltar un conflicto LGTBI o una vejación intolerable de los machistas, y ahí está Carmen Machi para alzar la voz sojuzgada en ambos casos. “53 domingos” es un poco así: calculada, divertida, light, previsible... Adocenada. Impropia de Cesc Gay. Una faena de cuernos afeitados. Un producto para toda la familia. Es Disney moderno. Es mainstream sospechoso. Sonríes -eso sí- y ya está.





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Siempre es invierno

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“Siempre es invierno” es una película torticera. Romántica. Lo que cuenta no es improbable, pero sí inverosímil. Y además, sea lo que sea, no es amor. Es otra cosa. Porque el amor, diga lo que diga David Trueba, sí tiene edad. Y no es edadismo, leñe, sino selección natural. 

La modernidad es un neoplatonismo que ha olvidado el influjo de las carcasas. Y en las carcasas está todo: el primer embrujo, el interés súbito, el despertar de las mariposas.... Todos hemos rechazado a alguien por culpa de la edad; todos hemos sido rechazados por culpa de la edad. Los griegos, más valientes que nosotros, lo sabían y lo asumían. Nosotros, que somos unos cobardes, y unos pedantes, preferimos olvidarlo. Lo permitimos en una pantalla de cine como un ideal de sensibilidad, pero luego, en nuestras vidas, en el fondo tan lógicas y biológicas, hacemos oídos sordos al llamamiento.

Había un monólogo de Paco Calavera -creo que era de Paco Calavera - en el que se explicaba cómo John Lennon, de entre todas las mujeres del mundo, acabó eligiendo a Yoko Ono. La teoría de Calavera es que John Lennon, después de haberse acostado con las mujeres más bellas del mundo, ya buscaba una cosa completamente diferente: emociones muy fuertes, barroquismos, lo más imprevisible del panorama. Una experiencia sapiosexual, quizá, aunque eso no sea más que otro timo de la estampita. Yo mismo fui timado sapiosexualmente por la última de mis amantes. 

Viendo “Siempre es invierno” me acordaba todo el rato de aquella teoría de Calavera que yo tengo por muy acertada. Casi por una genialidad. Miguel, en la película, después de haber estado cinco años -¡cinco!- acostándose con Amaia Salamanca, ya nunca será capaz de encontrar un amor equivalente que le cure el abandono. Que te deje Amaia Salamanca debe de ser insoportable; que te deje por un cantautor uruguayo y gilipollas, más todavía. 

Miguel, traumatizado, herido de muerte, receloso para siempre de sus iguales, ha decidido indagar terrenos improbables. Gerontológicos. Pues muy bien, pero no es un hombre enamorado, sino un explorador con salacot. 





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Subsuelo

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Según la Inteligencia Artificial que vive en mi teléfono -una inteligencia de corto alcance, diseñada a la medida de su dueño- el porcentaje de personas con rasgos psicopáticos oscila entre el 1% y el 4% de la población. Es decir, que entre psicópatas, autistas y superdotados (y sociópatas, que son por sí solos la mitad de la población y votan a la derecha en cada fiesta de la democracia) ya casi nadie nace normal en el siglo XXI. ¿Qué es ser normal, después de todo?

La cifra sobre la psicopatía es poco exacta, errática, como sacada de una encuesta del CIS, y no contribuye para nada a nuestro sosiego. No es lo mismo saber que una de cada 100 personas que nos rodea es psicópata que una entre 25. Una entre 100 la tenemos todos más o menos localizada y podemos esquivarla. Pero una entre 25... Eso significaría que tenemos un psicópata en el trabajo, otro en el vecindario y otro dentro de la familia. Puede que incluso en la familia más cercana, como en “Subsuelo”. Y unos cuantos más, la hostia de ellos, en el hotel abarrotado de las vacaciones. 

La IA de mi teléfono, tan corta de alcance, no explica si esa variación depende de los contextos geográficos o de las pruebas aplicadas. Uno, por ejemplo, al hilo de las películas, tiene por seguro que en Estados Unidos los psicópatas son mayoría en la población y que cada vez son más porque ya se van quedando sin gente pacífica a la que asesinar. 

La cinematografía española, en cambio, parece respaldar la idea de que aquí los psicópatas son mucho menos o lo disimulan mucho mejor gracias a la dieta mediterránea. Estaba Justino con su puntilla, Bosco en su garaje, Tosar mientras dormías, Brendemühl en las horas del día... y ahora éste chaval de “Subsuelo” que atormenta sexualmente a su hermana. Un hijoputa de manual. Uno de esos liantes tan encantadores que le dan el pego casi a cualquiera menos a su víctima aterrorizada.






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La deuda

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Lucas ya llevaba una vida muy jodida, pero la jode todavía más cuando roba un desfibrilador en un centro de salud. El cacharro en sí no vale tanto: el problema es que después de robarlo apareció un chico enfermo que lo necesitaba y falleció. A Lucas, por tanto, le han caído un porrón de años en prisión. Es la irresponsabilidad, sí, pero también la mala suerte. Justo cuando más necesitaba estar en libertad, porque estaba ayudando a su vecina anciana y recomponiendo su economía, vino esa mezcla de debilidad y mala fortuna que siempre persigue a los desgraciados.

Mientras veía “La deuda”, yo, tirando del hilo, no hacía más que pensar en todo el dinero que defraudó el rey emérito, al que, por cierto, no le cae un pepino iraní sobre la cabeza ni siquiera de casualidad. Será la corona, digo yo, que los desvía con el magnetismo de lo simbólico. También pensaba, siguiendo el sendero, en el novio de la Ayuso, y en los youtubers de Andorra, y en los futbolistas perseguidos por Hacienda. Pensaba en todos esos (presuntos) delincuentes que nos roban a manos llenas y calculaba, porque consulté su precio de mercado, el número de desfibriladores que han sustraído a las arcas de la salud. Y quien dice desfibriladores dice también mamógrafos, o escáneres, o aparatos para diálisis. Vidas en juego, en resumen. Y sin embargo ahí están, evadidos de la justicia, y riéndose de todos, en unos casos alabados por el pueblo y en otros avalados por los votantes. Mientras Lucas entra en prisión, ellos siguen viviendo en sus áticos de Madrid o en sus casoplones de la playa. O en sus palacios de Oriente, que a veces también son palacetes orientales.

Por lo demás, “La deuda” es una película bien intencionada, incluso resultona, con conciencia social en estos tiempos desconcienciados, pero funciona a medias porque incurre en esa manía posmoderna de subrayar con música ñoña lo que ya es muy ñoño de por sí.  







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Vamos Juan

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Juan Carrasco es un merluzo que podría desempeñar cualquier cargo político sin tener ni puta idea del asunto. Lo mismo le da ser alcalde de Logroño que ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación. Y de Medio Ambiente, claro. O encarnar, en “Vamos Juan”, al fundador de un nuevo proyecto pensado para España y para los españoles. Y para las españolas.

El fuerte de Juan Carrasco no es el conocimiento, ni el tecnicismo, ni el manejo del inglés en los foros internacionales, sino el puro trapicheo que quita y otorga los cargos y las poltronas. Juan Carrasco es un “hombre del partido”, un “miembro del aparato”. Un político profesional, muy profesional, como diría el entrañable Pazos de “Airbag”. Juan Carrosco es un ignorante feliz y peligroso; un Ayuso con calvorota; un barón socialista sin el pelazo. Un populista sin formación y sin ideología que sólo conoce el ego desmedido y el halago de los suyos.

Juan Carrasco, suponemos, tiene una carrera universitaria como la que tenemos todos los demás, sepultada en el olvido e intrascendente para desarrollar el sentido común en nuestro trabajo. Él tampoco la necesita. Ahora que ya estamos todos diplomados en Democracia, sabemos que el verdadero trabajo en un ministerio, o en una alcaldía, o en un partido de mierda como “Vamos Juan”, lo hacen los asesores y los funcionarios. A un político como Juan Carrasco, limitadito y campechano, le basta con olfatear el último capricho del populacho que acude a votar en las fiestas de la democracia.

Por fortuna, Juan Carrasco es un político ficticio y sus trapisondas se quedan dentro de la tele, en una tragicomedia que es de reírse mucho por las noches. Pero luego, al despertar, el dinosaurio de la política sigue ahí. El fantasma de Juan Carrasco se queda flotando en el aire, entre el humo del café, hasta que vuelve a hacerse píxel verdadero cuando empezamos a leer las noticias en el móvil.





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