13 días, 13 noches

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Hace mucho tiempo que no sabemos nada de los talibanes. Es como si sus tropelías hubieran pasado de moda en las noticias. Entre la invasión de Ucrania y la masacre de Gaza, los talibanes se han convertido en malvados internacionales de segunda división. Estoy suscrito a un periódico de tirada nacional y ya nunca aparecen mencionados. O quizá sí, pero en los sótanos muy profundos del scroll. Ya nadie habla de las mujeres embutidas ni de los hombres ejecutados. Afganistán ha regresado a la Edad Media y se ha producido un apagón informativo. El Telón de Roca. 

Si no fuera por las películas que los devuelven a nuestra memoria, cualquiera pensaría que nunca regresaron al poder. Tanta pasión para nada: tanto caza norteamericano y tanto compromiso con la democracia para que al final quedara todo como estaba. De nuevo Lampedusa y el Gatopardo.

De los talibanes nos ha quedado la palabra, eso sí, talibán, que usamos como sinónimo de fundamentalista. Yo mismo, por ejemplo, soy un talibán muy poco dialogante del Madrid. Antes se decía forofo, o acérrimo. O cérrimo, en mi pueblo malhablado. En todo lo demás -incluso en las cosas importantes del comer- puedo admitir matices y desviaciones. Pero en esto no. Cuando se trata del Blanco Inmaculado no admito interpretaciones ni corrientes de opinión. O no, al menos, en público, donde el infiel estira las orejas para reírse de nuestras debilidades. Al enemigo ni agua. Para hablar del Real Madrid me dejo crecer la barba y me pongo un turbante sobre la cabeza. Poca broma. 

13 días, con sus 13 noches, es el tiempo que tardaron los franceses en embarcar a los refugiados en su embajada de Kabul, que eran varios centenares. Una pelea agotadora contra las mentes cerriles de los talibanes. Un esfuerzo mortal para meter a toda ese gente en el útero de los aviones y así poder renacer después en el Occidente que ya parece haber olvidado todo aquello que sucedió. 




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El último suspiro

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Costa-Gavras es uno de los santos que se veneran en mi iglesia. “Missing” y “La caja de música” son dos películas milagrosas que esperan una cuarta o quinta oración en el altar dedicado a los franceses. Costa-Gavras, además, es un tocacojones de los poderes económicos. Uno de los últimos valientes que se atreven a denunciar que los emperadores caminan desnudos y nos dan por el culo casi todas las mañanas. Sus últimas películas anticapitalistas eran un poco muermo, medio fallidas y olvidables, pero yo las veía con el puño izquierdo levantado al menos durante cinco minutos, hasta que me cansaba de la postura.

Digo esto porque “El último suspiro” es otra película muy fallida y no me gustaría venir aquí, como otras veces, a perpetrar un escarnio de cinéfilo desagradecido. Los críticos profesionales han dicho que bueno, que no está mal, que “El último suspiro” es el último regalo del maestro y esas cosas que se dicen cuando el respetado tiene más de noventa años y quedaría muy mal atacar su desvarío. Retórica. 

“El último suspiro” no tiene planteamiento, nudo ni desenlace. Argumentalmente es tan plana como las llanuras de Castilla. Es un documental, más que una película. En ella, el doctor  Masset va presentando al filósofo Toussaint a todos los pacientes ingresados en su unidad de paliativos, cada uno con su modo particular de deslizarse hacia la muerte. Hay pacientes resignados, pacientes aterrorizados, pacientes que ya están medio drogados y no pueden filosofar... 

Viendo la película es imposible no pensar que uno, algún día, si no media un accidente o un infarto fulminante, estará ahí mismo, en esa cama del hospital, jugando sin apenas moverse el tiempo de descuento. Un día de estos, quizá mañana mismo, o quizá dentro de veinte años, entraré vivo en la consulta de un médico y saldré de ella medio cadáver pero andando. Saldrá algo en el análisis o en la imagen que me separará ya para siempre de los vivos. Me presumo un cobarde, pero quizá me azuce la valentía. Nadie se conoce de verdad.






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Caza de brujas

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Ione Montero e Irene Belarra –creo que he confundido los apellidos- no están muy contentas con la última película de Luca Guadagnino. Lo sé porque el otro día, en la radio, una de sus acólitas decía que el director italiano era un “misógino que cuestionaba el testimonio veraz de las mujeres”. El presentador del programa, en la SER, asentía con su silencio al igual que el resto de tertulianos. El miedo a perder oyentes es más poderoso que el afán de disentir, cuando disienten. Como oyente de izquierdas ya he aprendido a interpretar esta nueva realidad: cuando están de acuerdo con la delegada inquisitorial, los tertulianos lo dicen abiertamente; y cuando no, callan o carraspean levemente. Son tiempos de autocontención.

Yo pensaba que Luca Guadagnino era un director bien querido a ese lado del Mississippi porque es una especie de Almodóvar italiano que reivindica gozosamente lo gay, lo queer, el poliamor no posesivo entre heterosexuales... Un director moderno con todas las connotaciones posibles de la palabra. Un cineasta que a veces firma películas meritorias y otras veces “experiencias fílmicas” aburridísimas. Pero siempre, hasta hoy, un compañero de barricada.

Yo veo todas sus películas porque prefiero el riesgo de aburrirme a la duda de perdérmelo, y tengo que decir que no me sorprende el enfado de la “I & I Corporation” con “Caza de brujas”. El espectador sabe exactamente lo mismo que el personaje de Julia Roberts. Es decir: nada. La denunciante dice que sí y el denunciado dice que no. No hay pruebas. No hay vestigios. No hay grabaciones. Es palabra contra palabra. El tipo es ciertamente un macho repulsivo al que le cuesta entender las negativas; pero ella, no menos sospechosa, ha hecho de su cuádruple categoría -mujer, lesbiana, negra y asquerosamente rica- un arma imbatible para ir trepando en la Universidad. 

Guadagnino no se moja. De hecho, la agresión sexual, cierta o no, sólo es un mcguffin argumental. Lo interesante en la película es el juego de egos, de intereses, de cosas que se tapan y se desdicen... Una película gris. Personajes con dos caras. Un pecado mortal para las podemitas. 




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Entrepreneurs

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Lo contaba Michel de Montaigne en “Los ensayos". A Diógenes, llamado el Ateo, mientras le mostraban los retratos de los hombres que sobrevivieron a los naufragios, le dijeron en el templo:

- Y bien, tú, que piensas que a los dioses les traen sin cuidado las cosas humanas, ¿qué dices de todos estos hombres salvados por su gracia?

Y Diógenes contestó:  

- Sucede que los que se han ahogado son mucho más numerosos y no están pintados.


Así es el mundo entrepreneur: nos dan mucho la matraca con los que triunfan, pero los que fracasan son muchos más numerosos e interesantes. Los que triunfan, además, son casi siempre los hijos de papá. Sólo ellos pueden arriesgar tiempo y dinero sabiendo que hay un colchón esperando el batacazo. A veces es un colchón relleno de billetes nunca declarados en Hacienda. 

Lo dice el personaje de Rober Bodegas en un diálogo memorable: “Los ricos nunca pierden”. O si pierden, lo recuperan en un santiamén. Ellos, los figuras, jamás saltan al vacío en sus locas aventuras. O lo hacen con siete paracaídas por si fallan los seis primeros en el colmo del infortunio. Ellos, esa gente, tienen amigos, y contactos, y jeta por un tubo... Equipos de rescate y médicos de primera. El verdadero riesgo esta reservado a los genios y a los necesitados. Y a los tontos del culo que los imitan.

En el mundo entrepreneur se necesitan muchos perdedores para que alguien puede proclamarse vencedor. Es de cajón. A veces es necesaria una auténtica masacre para que sobrevivan cuatro héroes de pacotilla. Para que los pardillos se presenten en el campo de batalla hacen falta vendedores de humo a la altura de aquellos curas que llamaban a la guerra. Se necesita ina jerga insidiosa para que la gente se anime a fracasar pensando en un futuro esplendoroso de Lamborghinis en la puerta: algo muy parecido a ese “business speach” que Alberto Casado borda en su papel de absoluto gilipollas.

(Mientras tanto, Aura Garrido, que revolotea por la serie un tanto descolocada, nos regala su presencia de arcángel de las finanzas).




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The Queen

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Si hacemos caso de lo que cuentan Stephen Frears y Peter Morgan en “The Queen”, Tony Blair, el día que compareció por primera vez ante la reina de Inglaterra, se cayó del caballo republicano como san Pablo se cayó del caballo damasquino y se convirtió a la fe verdadera de la monarquía. “Tony, Tony, ¿por qué me persigues?”, le dijo al parecer la reina Isabel. Y Tony, deslumbrado por su luz, y seducido por su palabra, dejó de perseguirla para convertirse en el paladín de sus privilegios ancestrales.

Yo pienso, sin embargo, que Tony Blair ya era así de lameculos y hasta entonces sólo disimulaba. Y que además disimulaba como un actor cojonudo de las tablas del West End. ¿El premio Tony, para Tony...? Al electorado -por eso se llama electorado- se le puede engañar con pasmosa facilidad, pero engañar a tu propia esposa, que llega contigo media vida y llega al número 10 de Downing Street pensando que vas a dejar a la familia real tiritando con medidas draconianas, es un arte que sólo dominan los truhanes de nacimiento y los trapaceros sin escrúpulos. Y Tony, me temo, era, y es, un político perteneciente a esa calaña. 

Tony Blair también fingió ser laborista y luego ya ves: empezó con aquello de la Tercera Vía para acabar donde acaban todos los traidores al proletariado: compartiendo cuchipandas con los esclavistas y los explotadores. Tony Blair empezó siendo la esperanza del socialismo y el azote de los Windsor y terminó siendo el mayordomo de la reina Isabel y el bufón de George W. Bush mientras el viento de las Azores les despeinaba los flequillos.

Yo hubiera entendido lo de Tony Blair si la reina de Inglaterra hubiera sido como la reina de España. La de ahora, digo, Leticia Ortiz, que podría cortocircuitarte con su belleza y llevarte por el caminito de los borregos. A mí, al menos, me pasaría. Leticia me pone mucho y no me importa confesarlo. Yo soy un republicano de tres colores irrenunciables, pero si un día fundara un partido bolchevique y el pueblo me eligiera para asaltar el Palacio de la Zarzuela, sé que tardaría apenas tres segundos en traicionarlos a todos por el amor -ni siquiera correspondido- de esa mujer inigualable




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Café irlandés

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Los Monty Python, en “El sentido de la vida”, cerraron  el sketch de “Every sperm is sacred” con los cien hijos de la pareja católica desfilando ante el ventanal del matrimonio protestante. Lo resolvieron así y no tengo nada que objetar. Gracias a esa idea consiguieron hilar dos números históricos e inolvidables. Pero también podrían haberlo resuelto de otra manera, a lo “Café irlandés”, poniendo a parir -literalmente- a una de las hijas mayores, ya en edad de merecer. Habrían sido los 101 católicos de los Monty Python, como los 101 dálmatas de Walt Disney. El nacimiento del primer nieto en un genoma que se agarra con fuerza al ecosistema. Una boca más que alimentar y otro hijo de Dios para igualar la reproducción conejil de los infieles. 

El matrimonio Curley, en “Café irlandés” -curioso título porque aquí nadie bebe café, sólo té traído de la India o cervezas Guinness fabricadas en Dublín- no tiene más que cinco escuálidos hijos ofrecidos al Señor. Demasiados, a nuestros ojos pecadores, pero muy pocos, para el Ojo Triangular que los puede contar con los dedos de Su Mano. Quizá por eso, porque ya han recibido alguna reprimenda de su párroco y los vecinos con nueve hijos les miran mal en el supermercado, los Curley reciben con una alegría exultante el embarazo de su hija adolescente. Otros padres se hubieran quedado mudos y compungidos, conscientes del contratiempo. O del putadón. Pero aquí, en “Café irlandés”, todo es jolgorio y preparativos. 

No importa que la hija tenga un trabajo precario o que el padre de la criatura sea un madurito barrigón casado con otra mujer. Peccata minuta. Los irlandeses de Stephen Frears no celebran la calidad de la vida, sino la vida en general. Prefieren lo cuantitativo a lo cualitativo. La multiplicación de los panes y los peces a los panes artesanales y los besugos de calidad. Es palabra de Dios. 





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Las amistades peligrosas

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Mientras la plebe se desloma en los campos de cultivo o sirve de carne de cañón en las guerras del Gran Rey, la aristocracia parisina se dedica a practicar el amor y a teorizar el erotismo. Cuando no hay cabras que ordeñar ni remolachas que recoger, las horas se convierten en una eternidad baldía que hay que rellenar con filosofías. Todo lo que hacen los ricos -los del siglo XVIII y los de ahora- proviene del vacío de las horas y de la abundancia de dinero: ir a la ópera, esquiar, cazar animales, jugar al polo, rascarse la barriga, empolvarse la nariz... Y, por supuesto, follar a todas horas, o jugar a que se folla, en palacios de ensueño construidos con el sudor de nuestra frente. 

No sé en qué novela leí hace poco que el amor es un asunto propio de gentes ociosas. Una aspiración para burgueses. Los pobres bastante tenemos con trabajar y con dormir las horas necesarias. Y alimentarnos debidamente, y hacer ejercicio, y cuidar de nuestra prole... Apenas hay tiempo para discutir si este picor procede del amor o de la simple curiosidad. Si es un sentimiento elevado o un reflejo animalesco. Los pobres somos como las cucarachas: nacemos, crecemos, nos reproducimos y nos morimos. Nuestro amor, cuando lo hay, es bonito pero funcional. El amor de los aristócratas es otra cosa: exige invertir mucho dinero o disponer de mucho tiempo libre, que en realidad vienen a ser el mismo privilegio.

“Las amistades peligrosas”, por cierto, es una obra maestra. Yo diría que es la exquisitez absoluta de la perfidia. No sobra un diálogo ni falta una mirada. Pero a decir verdad, nos importa un carajo lo que les pase a esta caterva de hijos de puta. Y de hijas de puta. La película nos cuenta los mismos trapicheos que habrían publicado el “¡Hola!” o el “Lecturas” si hubieran existido en el París del siglo XVIII: que un aristócrata se tiró a la criada o que una vizcondesa le puso los cuernos a su marido. Cosas así, de papel couché, donde mayormente solo aparecen parásitos sociales que merecen nuestro desprecio.






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Los timadores

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Había olvidado “Los timadores”: su existencia, su relevancia, su grito sordo pidiendo una segunda oportunidad... Por eso, el otro día, cuando la descubrí zapeando por el menú infinito de Movistar, se encendió una bombilla en mi interior que llevaba más de treinta años apagada. Sentí un calorcillo agradable y una infinita curiosidad. Los cinéfilos de provincias no es que olvidemos, pero sí ahorramos mucha energía en la factura de la luz, y mantenemos habitaciones a oscuras durante más tiempo del recomendado. En el fondo no vivimos de esto y hay que dejar espacio para la supervivencia monetaria, y para el fútbol de los domingos.

“Los timadores” vino poco después de que Stephen Frears nos dejara pasmados con “Las amistades peligrosas” y recuerdo que la peña quedó más o menos decepcionada con la película, como si se hubiera quedado en las buenas intenciones y en su elenco de actores cojonudo – y en el desnudo esplendoroso de Annette Bening, por supuesto, que en 1990 no estaba tan mal visto como ahora. Pero yo, la verdad, no sé qué esperaban estos espectadores tan finolis: películas como “Las amistades peligrosas” son rarezas absolutas, diamantes rarísimos; milagros que se producen diez o quince veces en una década entregada a la cinefilia. Ni Jesucristo, siendo un dios de los principales, obró tantas maravillas en sus años de predicaciones por las orillas del Tiberíades. 

“Los timadores” es oscura y perversa. Cine “noir”, que dicen en las revistas de Madrid. Apenas ha envejecido y yo me congratulo por don Stephen, que tiene una filmografía tan rescatable como irregular. “Los timadores” es ambrosía pura para el misántropo aficionado. Salen estafadores, mafiosos, putones verbeneros y cabronas sin entrañas. Lo mejor de cada casa. Hay hombres que matarían a su madre por un puñado de dólares, y, en el reverso de la codicia, madres que matarían a sus hijos para cruzar la frontera de México con la vida resuelta dentro de un maletín. 





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Anatomía de un instante

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A los militares, al final, les apaciguaron con dinero. Es una práctica muy eficaz que ya se usaba en tiempo de los romanos.

- ¿Cuánto cuesta tu patriotismo, tu españolía, tu huevada peluda dentro del calzoncillo? ¡Pues toma, como estos!

Así les dijeron desde el gobierno de la UCD -que apenas duró unos meses más tras el golpe de estado- y luego desde el gobierno de los socialistas, que ya eran ex socialistas por entonces y nos enteramos mucho después a fuerza de desengaños. 

En el colegio teníamos un conocido que era hijo de un capitán y pasó de la noche a la mañana de ser un purrela como nosotros a ser un burgués alejado de nuestros gustos: de pronto ya vestía con mejores ropas, y jugaba al tenis en el cuartel, y veraneaba en un apartamento que les concedía el Ministerio de Defensa a orillas del Mediterráneo. Su padre era un bocazas fascista que no volvió a proclamar en público sus desavenencias con la democracia. La democracia era una cosa inventada por los rojos que sin embargo le había sonreído con una lluvia de billetes.

Así fue como terminó todo: con un soborno. Los militares se retiraron a sus cuarteles de invierno y prometieron no volver a sacar los tanques a pasear. Solamente –se sobreentendía- si el Partido Comunista ganaba las elecciones o si los catalanes se escindían de la patria. La propaganda oficial, sin embargo, nos decía que los militares se habían convertido, o reconvertido, que sólo quedaban cuatro fachas nostálgicos y cuatro tarados belicosos. ¡Ya hablan inglés!, nos decían, como si hablar inglés te curara las veleidades.

El golpe de Tejero ya parecía una cosa ridícula de beneméritos bigotudos hasta que un día los comunistas gobernaron en coalición y los catalanes amagaron con convertirse en europeos de verdad. De pronto se oyó otra vez el ruido de sables y los milicos pidieron más dinero para dejar de entrechocarlos. En los cuarteles, mira tú, brotaron los fachas como setas. Estaban ahí. Siempre estuvieron ahí, vigilándonos. La patria es suya y solamente nos la prestan. Con condiciones. No me lo invento yo: lo decían en sus wasaps. 



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Nosferatu

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Los vampiros son la Tercera Vía entre la inmortalidad y la disolución en la nada. Existe otro Más Allá gracias a ellos. Los vampiros siempre son bienvenidos en mi salón a pesar de los sustos que me dan. Ellos son portadores de un evangelio tan esperanzador como aquel de Jesucristo: la prueba no-viviente de que a veces no hace falta resucitar. De que puedes irte y no irte al mismo tiempo, como los futbolistas que aplazan sine die sus decisiones de traspaso.

Nosferatu y su primo Drácula solo asustan a los buenos católicos que temen perder su billete para el Cielo. “¿Y si un día voy caminando por la calle y me muerden en el cuello?” Los creyentes tienen mucho que perder y poco que ganar. Es normal que los vampiros les aterroricen y que los combatan con su medalla dorada de la Primera Comunión. Los ateos, sin embargo, celebramos la aparición de los vampiros con un pajarillo cantando en nuestro corazón. ¿Y si fuera posible morirse pero no morirse del todo? ¿Vagar entre las sombras aunque tengas que vivir desterrado en un castillo remoto de los Cárpatos o de los Ancares? Todos firmaríamos un contrato semejante con el Diablo.

El conde Orlock de “Nosferatu” vive en el siglo XIX y se aburre como una mona entre los libros cien veces releídos. Su cara de loco no proviene de la maldición, sino del aburrimiento infinito. Orlock no dispone de teléfono, de radio, de televisor... Los riders de Glovo no llegan a las estribaciones de su castillo trayéndole comida china o delicias del Pizza Hut. Lo suyo es un muermo de existencia. Pero ahora, en el siglo XXI, si dispones de una buena conexión a internet, ya nunca te aburres cuando llega el amanecer y tienes que encerrarte en tu sótano para no disolverte como el humo al contacto con el sol.





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Amanecer

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En la Escuela de Jóvenes Comunistas de León -la añorada EJCL- veíamos en bucle las obras maestras del cine mudo soviético: “El acorazado Potemkin”, y “Octubre”, y “La madre” ya olvidada de Vsevolod Pudovkin. Pero las películas del cine mudo americano, salvo las comedias de Chaplin y de Buster Keaton, no venían incluidas en el currículum oficial enviado por Moscú. El corazón se nos volvió rojo como un tomate pero la cinefilia se nos quedó cojitranca para siempre.

Es por eso que años después, en la Universidad, ya mezclado con los jóvenes que provenían de los institutos capitalistas, quise sacarme el carnet de cinéfilo y me suspendieron por culpa de aquellas lagunas formativas. Me dijeron que viera por mi cuenta el cine mudo americano y que volviera a examinarme cuando me creyera preparado. Y como yo era un chico educado en el tesón estajanovista me dediqué a ello con ahínco. Pasé muchas horas en el cineclub universitario de León y en la Obra Cultural de Caja España, alternando los sueños de cinéfilo con los sueños de seductor. El ojo derecho siempre atento a la pantalla y el ojo izquierdo siempre atento a las chicas solitarias de la platea.

Fue entonces cuando vi “Y el mundo marcha”, y “El nacimiento de una nación”, y “La reina Kelly”, y “Alas”, y “El gabinete del doctor Caligari”, y el “Nosferatu” de Murnau, que es por cierto el mismo director de “Amanecer”. Y muchas más películas que ahora no recuerdo... Pero mis esfuerzos -y con muchas “obras maestras” había que esforzarse de verdad- no se vieron recompensados. Cuando me presenté al segundo examen la oficina de cinéfilos ya no existía. La habían trasladado a Oviedo, o a Tegucigalpa, ya no recuerdo bien, pero en cualquier caso  al otro lado de las cordilleras y de los mares.

(¿"Amanecer"?: una cursilada. Bonita y tal. Dicen que es la cumbre del cine romántico y yo no veo el romanticismo por ningún lado. Diez minutos después de que su marido haya intentado asesinarla, ella le perdona y se van de cuchipanda por la ciudad. Groucho Marx habría pedido un niño de cinco años para que le explicara este sinsentido argumental).  




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Código desconocido

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El código que utiliza Michael Haneke en “Código desconocido” es eso: desconocido. O más bien incognoscible. Haneke es como ese sordomudo que al comienzo de la película trata de explicar un sentimiento sin que nadie le comprenda. 

Haneke es un tipo retorcido, demasiado inteligente, y puede que su objetivo sea precisamente ése: que no le comprendamos. Que cada cual se monte su propia película. Él siempre se acoge a ese principio cuando le interrogan: yo respeto la inteligencia del espectador. Y yo, aunque también le respeto, porque su cine le avala y el tipo razona como nadie, a veces pienso que se deja llevar por la vagancia y luego deja que nos apañemos.

Haneke pega cuatro brochazos en "Código desconocido" y los demás tenemos que imaginarnos el paisaje. O la abstracción. Porque ni siquiera eso queda claro: ¿La película es un retrato de Antonio López o una ocurrencia cromática de Kandinsky? Podría ser un conjunto de vidas cruzadas sin más, a lo Robert Altman, pero también una metáfora sobre los abismos comunicativos en la Europa continental. De hecho se mezclan hombres y mujeres, franceses e inmigrantes, hablantes y sordomudos...  Quién sabe. Haneke es medio filósofo y medio melómano, y medio raro. Nos hace gracia no entenderle del todo pero también nos desespera. 

(Lo único que está claro es que está tan enamorado de Juliette Binoche como cualquiera de nosotros. La belleza de Juliette es el acuerdo de mínimos y la referencia indiscutible. Un lenguaje universal).

He leído varias críticas de “Código desconocido” y todo el mundo está un poco como yo: tirando de verborrea para justificar un post en Instagram o un artículo alimenticio. Mal síntoma. Eso es que nadie se ha enterado de gran cosa. Lo que pasa es que nos da un poco igual, porque no dejas de prestar atención a todo lo que pasa. Quizá era ése el objetivo pedagógico: que estés atento a otras vidas y nada más. Que comprendas que todos vivimos relacionados de algún modo. La mariposa y el tornado.





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Happy End

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A Michael Haneke le fascinan los burgueses. Y a quién no, me pregunto, aunque nos tegan subyugados. Lo que pasa es que a Haneke le interesa su vida privada e inconfesable, ésa que sucede en los dormitorios de seda y en los retretes de porcelana. 

Haneke ha montado en “Happy End” un terrario para ver cómo viven estas hormigas en su ecosistema. O más bien las cigarras, si nos atenemos al cuento tradicional, porque más allá de supervisar a sus esclavos o de firmar papeles en las notarías, estos burgueses afincados en Calais no dan ni golpe en toda la película. Los hormigueros son más bien una metáfora del ajetreo comunista e igualitario. Un lugar de trabajo y un cobijo rudimentario, nada que ver con el casoplón de la familia Laurent donde abundan las mantelerías y los candelabros, las sirvientas de cofia y los muebles de Maricastaña.

Haneke, sin embargo, no hace una crítica marxista de sus personajes. Los Laurent son mentirosos y retorcidos, sádicos y puñeteros, pero no por ser burgueses, sino por pertenecer al género humano. La filmografía de Haneke sostiene que lo mismo puedes encontrar estas desviaciones en los pisos de protección oficial que en los chalets de lujo de la sierra. Nuestro austríaco predilecto siempre ha sido un misántropo que no hace distingos de raza o de religión, de procedencia o de clase social. ¿Niñas psicópatas, abuelos suicidas, herederos lunáticos, maridos infieles, amantes coprófilas...? Los pecados de la familia Laurent son ubicuos y transversales.

A Haneke hay que reconocerle, eso sí, que mola mucho más ver estas torceduras entre gente que se viste de gala para asistir a conciertos de violonchelo. En la burguesía se nota más el contraste entre la forma y el fondo, entre la vestimenta y el alma. Entre la cultura y el australopiteco.




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The Pitt

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Siento un alivio muy poco solidario cuando el paciente que ingresa en “la fosa” es alguien que se ha puesto hasta arriba de fentanilo o se pegado una hostia de campeonato conduciendo su Maserati. Porque yo no me drogo, ni tengo carnet de conducir, y me consuelo pensando que estoy libre de ingresar en el Hospital de La Pedanía por asuntos tan festivos como estos.

Me pasa igual cuando el ingresado ha recibido un balazo en un concierto de Rosalía o se le ha tronzado el pene de tanto forzarlo en una orgía. No frecuento esos contextos. Y lo mismo cuando el enfermo es un adolescente que padece sarampión o una señora muy anciana con un problema de vasculitis. Me palpo el carnet de identidad y pienso que ya estoy muy lejos del primero y todavía a varios años luz de la segunda.

Aunque la serie está muy bien hecha y puedes llegar a sentir cierta angustia por el ingresado, estos casos no me agarran de los hombros para zarandearme. No señalan el peligro real que me acecha por ser un descuidado con las comidas o un heredero de varios cromosomas atravesados.

Aunque en la vida real he pasado un par de veces por los boxes más peliagudos de las urgencias, llega un momento, viendo “The Pitt”, que te sientes como inmune, como si la enfermedad o la muerte no te concernieran del todo o fueran una mínima probabilidad de las matemáticas. Hasta que de pronto aparece la camilla que trae desmayado a mi álter ego nacido en Pittsburgh para que se joda la fiesta y regrese la certeza terrible de mi fragilidad. Una hipocondría basada en hechos reales que podría haberme ahorrado con sólo apagar el televisor : 

- “¡Varón blanco, en la cincuentena, rápido, rápido, le cuesta respirar, dolor abdominal, saturación disparada, 50 mililitros de Resucitol y 6 miligramos de Esperanzatril!, ¿usted qué opina, doctor Robinavitch, tenemos que rajarle el abdomen o meterle un catéter por la arteria femoral, pipipipipi... ¡se desploma la tensión!, ¡hay que intubar!, ¡tres inyecciones de Hostiaputaquesenosva!...





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Los que se quedan

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“Todo el mundo es salvaje de corazón y además raro”. Lo decía Lula Pace en “Corazón salvaje” y lo tengo puesto en el frontispicio de mis perfiles. Lula tenía más razón que una santa de los pecadores.

“Los que se quedan”, sin embargo, viene a decir que todo el mundo es raro pero guarda en su interior un corazón de chocolate. Yo, por supuesto, no lo suscribo, ni por razones empíricas ni por pensamiento filosófico, pero reconozco que la película de Alexander Payne me arranca una lagrimita de emoción. Contradicciones... Es la magia del cine, supongo, que te hace creer en los midiclorianos, y en el amor imposible con Julia Roberts en Notting Hill, y ya puestos, en la naturaleza roussoniana de los seres humanos, donde la culpa de nuestros defectos siempre es de los otros o de la sociedad. “Porque nadie me ha tratado con amor...”-

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Viendo “Los que se quedan” me acordé de un profesor que tuvimos en los Maristas, el hermano X., un indeseable que nos daba matemáticas y rudimentos de informática. El hermano X. era burlón y despiadado. Exigente como si estuviéramos en un Harvard provincial. Un “old school” al estilo del señor Hunham de la película, también calvorota y falto de amor correspondido para sublimar sus frustraciones. El hermano X no se parecía ni por asomo el profesor Keating de “El club de los poetas muertos”, cuyo espíritu, por contraposición, también flota en el ambiente. 

El último día de curso, con los exámenes ya finalizados, el hermano X. nos llevó a la sala de audiovisuales y nos dejó boquiabiertos cuando nos mostró su colección completa de rock and roll de los años 50 y nos confesó que aquella era la pasión verdadera de su vida, tan alejada de los cálculos matriciales y de las exégesis de la Biblia. Descubrimos que el profesor más odiado del colegio, el más hueso, escondía un tuétano de rebeldía en su interior. Un ser humano quizá.

Nos sentimos descolocados y un poco avergonzados. Pero el hechizo apenas duró unos pocos minutos: lo que tardó en evaporarse la primera canción de Elvis Presley. En realidad el personaje ya nos daba un poco igual y solo queríamos olvidarle para siempre.  






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Frankenstein

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Todos estamos hechos de trozos de cadáveres, como Frankenstein. Lo que pasa es que nuestras piezas provienen todas del entorno familiar: la nariz del abuelo, las manos de la bisabuela, las cejas pobladas del padre que ya falleció... Los muertos reviven en nosotros gracias al hilo invisible del ADN, que recose sus despojos.

El ADN es el verdadero protagonista de la vida: el que supera las generaciones y nos utiliza como vehículos. Nos creemos la pera limonera y no somos más que las carcasas que los contienen, y los preservan. Y si tenemos suerte en el amor, los traspasan. Richard Dawkins es el autor imprescindible que te cambia la manera de pensar. El otro es Tywin Lannister, el hombre sin escrúpulos que recordaba que lo importante no es el nombre, sino el apellido. O lo que es lo mismo: tú no importas una mierda, sólo lo que dejas en el mundo.  

Los cadáveres son las jeringuillas desechables. Las fases iniciales de un cohete lanzado a la aventura. La cáscara dura de la semilla. Lo realmente valioso es eso pequeñito que viajaba en el interior. El ADN es la hostia: forma nuevas criaturas sin dejar costurones en la piel. Es mucho más armonioso que un corta y pega de laboratorio. El ADN es información pura: el manual de instrucciones que nos recompone con los vestigios del pasado. “Todos somos Frankenstein”: jamás he visto esa campaña solidaria en los foros de internet. 

El ADN es maravilloso, pero no infalible. Por eso no me atrevo a llamarlo divino. A veces es un cirujano tan chapucero como Víctor Frankenstein. Junta los trozos sin armonía, sin sentido de la estética, como si no tuviera nueve meses para pensárselo, y produce seres humanos que lo tienen muy jodido para luego reproducirse. Es entonces cuando decimos que el ADN atenta contra sí mismo. ¿Quieres preservarte y construyes una máquina que no encuentra comprador en las redes del amor? 




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Una batalla tras otra

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Este año, me temo, tampoco haremos la revolución.  La revolución ha quedado aplazada sine die. Yo confiaba mucho en el año 2017, por aquello del centenario, pero habrá que esperar a un bicentenario que yo ya no veré. “A ver si alguien se anima”, me decía yo entonces. Tampoco hace falta que tomemos Manhattan en primer lugar, como cantaba Leonard Cohen. Con un palacio estratégico de Madrid nos vale. Y a partir de ahí, lanzarnos a soñar. Todo el poder para el soviet. 

Pero pasó el año 2017 y nadie recibió una instrucción del comisario de Moscú. De hecho, no sabemos nada de él desde el año 1989. O le han pegado un tiro o se ha sumado a la francachela de Vladimir. 

Las cosas están más o menos como estaban. O incluso peor. Los medios de producción están en manos de los mismos y las fuerzas del orden siguen dando hostias a mansalva. Los ejércitos no están con nosotros y el soviet ha pasado de ser un concepto histórico a una utopía de camaradas. En caso de ponernos burros, ¿qué armas podríamos oponer a las suyas? ¿Un cóctel molotov? ¿Un tirachinas? ¿La escopeta del abuelo? Estos anarquistas de la película al menos viven en Estados Unidos y disponen de armas de fuego que pueden comprar en las tiendas de juguetes. Y aun así, su esfuerzo es bastante tonto y baldío. Suicida. Contraproducente incluso. Menuda imagen que dan de psicópatas y de colgados... La revolución se hace a lo grande o no se hace. Y organizada, coño, dirigida desde arriba. Todo esto, sin el camarada Lenin, es una chapuza lamentable.

Nos quedan las urnas, sí, pero las urnas están diseñadas precisamente para impedir la revolución. Se trata de elegir entre Guatemala y Guatepeor. Si algún día nos diera por votar una propuesta revolucionaria de verdad, ellos sacarían los tanques a la calle o le pegarían un tiro al presidente. Estas cosas no las inventa mi paranoia: ya han sucedido de verdad. Así que está todo perdido. Cautivos y desarmados los ejércitos rojos y las facciones clandestinas, ya solo nos queda pelear por las migajas: un porcentaje, una regulación, una ayudita... Una batalla tras otra.






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Materialistas

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Al principio pensé que "Materialistas" era una película sobre el materialismo dialéctico, ése que enseñaba mi abuelo Karl en sus exilios por Europa. Pero me equivoqué. Ya me parecía raro que Dakota Johnson y Chris Evans participaran en una película de tal calado filosófico... Y revolucionario. Ya nadie habla del materialismo dialéctico desde que cayó el muro de Berlín y así nos luce el pelo a los desheredados. 

“Materialistas” tampoco profundiza en esa sabiduría ancestral que el doctor Severo Ochoa redujo en un axioma inolvidable del pop&rock: somos física y química. Y lo demás, la metafísica y el espíritu, fenómenos emergentes de las neuronas. Porque está el materialismo de mi abuelo Marx y el materialismo más antiguo que predicaba Demócrito de Abdera, y que yo también aplaudía bajo el pupitre y a espaldas de los curas.

No. “Materialistas” habla de la tercera acepción del materialismo, que es el afán por el dinero y de la subordinación a su reinado de todo lo demás. Del amor incluso. “Materialistas”, a su modo, está hablando de prostitución. Porque hay muchas prostituciones y no solo la del bar de carretera, o la de la escort en internet. Cuando una mujer como Dakota Johnson decide que ya sólo se casará con un hombre rico para dar carpetazo a su vida romántica, también se está prostituyendo. Y está bien que así sea. Nada que objetar. Si nadie engaña a nadie, miel sobre hojuelas. Sexo a cambio de bienestar: es una transacción tan vieja como el mundo. 

La gran pregunta es cuánta belleza tiene que irradiar un hombre para que una materialista de pro como Dakota Johnson se olvide de la pasta. La belleza de Chris Evans es al parecer deslumbrante y suficiente. Hay tipos con suerte, desde luego... De la otra belleza, la belleza interior, esa que las mujeres dicen valorar por encima de la física porque lo importante es el intelecto y el sentido del humor, no hay ni rastro en la película. Y también esta bien que así sea. Vamos a dejarnos ya de gilipolleces. 




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La mamá y la puta

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A pesar de lo que dice el título, aquí no salen ni putas ni mamás. Sólo amantes contrariadas. Aun así, hay exégetas que aseguran reconocer en un par de mujeres el arquetipo de la madre y el arquetipo de la puta. Arquetipo...: hay palabras que las lees en internet y te pones a temblar. Sobre todo si aparecen en la crítica de una película francesa. Yo creo que el cine francés está sobreinterpretado desde los tiempos de Perpignan. Es la creencia boba de que ellos poseen una interpretación única de las relaciones personales, cuando luego, en realidad, como en cualquier cinematografía que se precie, el cine francés casi siempre trata de una cosa tan básica como el follar. 

“La mamá y la puta” va de hombres y mujeres que se lo pasan en grande follando mientras esperan que de algún polvo alcoholizado nazca por fin el amor verdadero. Es la vida misma de los jóvenes en París, y más de aquellos parisinos desinhibidos tras el mayo del fracaso. La vida misma de los jóvenes sanos y equilibrados en cualquier país civilizado. Un afán tan noble como universal, y tan poco propicio para las sutilezas literarias.

Se pongan como se pongan los refinados, en “La mamá y la puta” ni aparecen las madres de los protagonistas ni hay mujeres que se acuesten con Alexandre por su dinero. Al contrario: Alexandre es un bohemio que se aprovecha de ellas, un vividor que se presenta en las cafeterías -y qué cafeterías, además, las más lujosas del Boulevard de Saint-Germain- con los bolsillos colgando por afuera. A Alexandre le gustaría escribir, publicar, recibir premios y agasajos... Pero se queda en eso: en que le gustaría. Acude a las cafeterías armado con una libreta y un boli solo para disimular que lo suyo es tirar la caña y probar suerte en el amor. 

Alexandre es un gorrón y un picaflor infatigable que lo tiene todo para ser rechazado por cualquier mujer sofisticada: es medio facha, petulante, gorrón, infiel por naturaleza... Pero es la mar de guapo y folla como un campeón en la materia. “La mamá y la puta” es la enésima confirmación de que en el amor primero viene la belleza y luego aparecen las preguntas.




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Nathan for you. Temporada 2

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Decía La Rochefoucauld, en una de sus máximas, que los defectos son más perdonables que los medios que usamos para disimularlos. No la llevo memorizada pero es más o menos así. En caso de necesitarla la tengo doblemente subrayada en ese libro imprescindible. 

Deberían, no sé, enseñarla en las escuelas. En las de filosofía y en las normales. Ponerla sobre los encerados o bien visible en los vestíbulos. Debería ser un mantra fundamental para la autoayuda: si tienes un defecto, tira p’alante con tu defecto y no mires atrás. Sé que es difícil y tal, pero tú puedes. Sé tú. Porque todo eso que haces para disfrazarlo es mucho peor y además vas haciendo el ridículo por ahí. El remedio, en estas cosas, casi siempre es peor que la enfermedad. 

Me acordé de la máxima de La Rochefoucauld mientras veía la segunda temporada de “Nathan for you”, que es una serie de la tele casi clandestina, como maldita o proscrita por las autoridades. Son malos tiempos para parodiar el capitalismo... Se supone que Nathan es un emprendedor especializado en salvar negocios que no funcionan o que tienen un amplio margen de mejora; pero luego, en aras de la comedia, todos los profesionales que le contratan terminan peor de lo que estaban, endeudados hasta las cejas y con la trapa del negocio a punto de caer. 

Nathan es el anti-rey Midas que todo lo que toca lo devalúa. Jamás propone una solución lúcida y simple: lo suyo es aplicar una capa de enredo tras otro, generando nuevos problemas que necesitan nuevas soluciones... Es una espiral muy tonta y sin final. Es la vía muerta y catastrófica del disimulo, como advertía La Rochefoucauld. El puro descojono. 





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La suerte: Una serie de casualidades

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En los países civilizados, más allá de los Pirineos, los torturadores de animales no andan sueltos por la calle. O sí, pero después de cumplir una condena. Y por descontando: nadie les llama “maestro”. ¿Maestro de qué? ¿Del dolor y de la muerte? ¿Del olor a sangre y a mierda, y a miedo? Menudo tronío. Menudo arte. ¡Que viva la Virgen!, y los cojones, la españolía y la idiosincrasia.

Y sin embargo, aquí, en el África europea, en el Mercado Común del dinero pero no de la modernidad, los toreros todavía gozan del aplauso de la chusma y del respeto de la cultura. Es la tradición y tal, te dicen. Nuestra cultura... Será la tuya, cacho cabrón. La mía no, desde luego, y cada día la de menos gente. Pero aún son demasiados, los que aplauden la tortura o la toleran, o la blanquean dándole la mano al que la lleva ensangrentada. Entre ellos los diputados del Partido Ex socialista y Ex obrero. ¿Harían lo mismo si el fulano viniera de atravesar perros con una espada? Quizá también, quién sabe... El mundo subpirenaico está lleno de homínidos que todavía habitan en las cavernas.

La serie -que, por cierto, está muy bien hecha y tiene a un Oscar Jaenada en estado de gracia-  gira en torno a la amistad improbable entre un opositor a la tauromaquia y un torero reconcentrado. Me parece muy bien. Queda muy humano; humanístico incluso. Humanérrimo. Las dos Españas reconciliadas... Casi se me saltan las lágrimas de la emoción. Es broma. Que se vayan a tomar por el culo.   Yo no podría ser amigo de un torturador. Jamás. Ni conocido siquiera. Me extirparía las neuronas para borrarlo de mi recuerdo. No podría ni mirarle a la cara. Me daría vergüenza que me vieran a su lado en una cafetería, aunque fuera por casualidad. Así que imagínate tener que llevarle en taxi a la plaza, o coleguear después de la faena, en el cóctel con las folclóricas.





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Poquita fe. Temporada 2

🌟🌟🌟


Dice Juan José Millás que no se envejece gradualmente, sino por escalones. Y tiene razón: un día estás más o menos presentable y al siguiente, porque te tocaba bajar el escalón, has envejecido varios años de sopetón. En esa noche de Valpurgis se te ha arrugado el entrecejo y se ha expandido la superficie de tu frente. Un vértebra que antes no crujía ahora hace un ruido extraño al levantarte. Te notas un poco más cansado, un poco más resfriado, un poco más hasta los cojones de la gente... Crees que es algo pasajero pero ya no tiene solución. Los escalones, por las leyes de la termodinámica, sólo permiten descender. Has envejecido.

Es por eso, dice Millás, que saludas a los conocidos por la calle y te dices: “Joder el tío, o la tía, está igual que siempre, no sé cómo lo hace... ”, hasta que otro día te los vuelves a cruzar y es como si les hubieran caído cinco años a traición. 

Eso mismo es lo que me ha pasado con varios personajes de “Poquita fe”: que hacía dos años que no los veía y de pronto me han parecido avejentados y arrugados. Golpeados por la vida y maltratados por la entropía. Se ve que en algún momento de este paréntesis les tocaba envejecer. En sus rostros no han transcurrido dos años, sino cinco, o incluso más. El tiempo no respeta ni a los famosos. Ni a los personajes de ficción. Yo mismo acabo de bajar un escalón y sé muy bien de lo que hablo. Me miro en las fotografías de hace dos años y no termino de reconocerme. Justo cuando ya me recuperaba del mal de amor empezaron a fallarme los cromosomas...

Viendo la segunda temporada de “Poquita fe” me dio por pensar en la corrupción de la carne y no me he reído tanto como planeaba. La serie me hace gracia pero no me arranca la carcajada. Lo mío es el humor salvaje, ofensivo, el que corta cabezas y no conoce ni a su padre. “Poquita fe” es humor ingenioso pero inocuo. Bajo en calorías, apacible y tontorrón.





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Muertos S. L. Temporada 3

🌟🌟🌟🌟


A veces, supongo que comotodo el mundo, imagino cómo será mi funeral allá en el tanatorio. Jamás en la iglesia, porque es justamente en las iglesias donde vive el Maligno. Yo las tiraría todas por dentro para hacer salones de billar... Si tengo tiempo dejaré instrucciones para que nadie acerque mi cadáver a semejante negociado. Y si no, tampoco creo que sea necesario: los pocos allegados que me queden ya sabrán de mi repelús por Jesús, como rimaba Javier Krahe. 

Pero nunca se sabe: sé de un ateo fallecido en La Pedanía al que luego su familia traicionó con un funeral religioso. Es una putada de la que no te enteras, y además sin venganza posible, pero no deja de ser una putada.

El mío, desde luego, no iba a ser un velatorio muy concurrido. Amigos pocos; primos ninguno; una ex amante como mucho e hijos, que yo sepa, sólo uno reconocible. Los empleados de Funeraria Torregrosa no iban a recibir peticiones extrañas ni dolientes exagerados. Se limitarían a cumplir con cuatro burocracias imprescindibles, con cuatro acompañantes muy bien educados, y el resto del tiempo se lo pasarían enredando con sus cuchipandas habituales.

Cuando se muere un vecino de La Pedanía, en cambio, acuden cientos de personas al tanatorio. Son la gente de aquí, la de toda la vida, que se presentan por afecto verdadero o por no verse señalados en la ausencia. En la España Profunda aun rigen esos códigos de etiqueta. Pero yo no soy de La Pedanía, ni me relaciono gran cosa con los lugareños. Muchos ni siquiera se enterarían de que yo falto por el vecindario. 

Luego me doy cuenta de que quizá todo esto suceda en León y no en La Pedanía. No sé cómo lo gestionaría mi familia ni el seguro contratado. Pero sería bonito, lo de León: cerrar el círculo geográfico del nacimiento y de la muerte. Que regrese al polvo leonés lo que del polvo leonés emergió. Le daré verde a los cipreses y amarillo a las lecheras. Al menos en León las llamamos así: lecheras, a esas flores amarillas que cuando las cortas es como si manaran caucho pegajoso.




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