Me siento rejuvenecer
Mr. Scorsese
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Entre las 30 películas que me llevaría a la isla desierta -o al presidio de los rojos- hay dos que están dirigidas por Martin Scorsese: “Uno de los nuestros” y “El lobo de Wall Street”. Quizá, también, “La edad de la inocencia”, porque yo soy mucho de amores imposibles y vedados. Las demás de don Martin, no. Ni siquiera “Taxi Driver” o “Toro salvaje”, aunque sea pecado mortal y se enfaden los puritanos. Esto no es la iglesia de los santos, sino un diario personal.
Pocos directores más tendrían el -dudoso- privilegio de meter un par de películas en mi arca de Noé, para que sobrevivan y se reproduzcan. Estarían, así, a vuelapluma, Spielberg, Kubrick y Coppola. También Billy Wilder y Paul Thomas Anderson. Y David Fincher, claro. Y Fellini, y John Ford, y Berlanga con Azcona. Gastón Duprat y Mariano Cohn... Y Godard colgado del palo de mesana. Me dejo muchos en el tintero y empiezo a pensar que el arca de Noé se me está quedando muy corta de manga y estrechísima de eslora.
”El lobo de Wall Street” tiene un lugar especial en mi corazón porque en ella conocí a Margot Robbie y encontré un nuevo motivo para levantarme cada mañana. Pero también porque una vez, cuando ya estaba todo perdido, me sirvió de enlace generacional. Mi hijo, de adolescente, la vio con sus colegas y me preguntó que quién era ese director tan colgado y excesivo. “Pues un anciano venerable”, le respondí. El retoño se animó a profundizar en su filmografía -esperando, seguramente, un desparrame parecido- y una tarde lluviosa sin fútbol vimos “Uno de los nuestros”. Yo me reafirmé en que era una obra maestra, pero a mi hijo, incrédulo, le pareció una película lenta y poco gloriosa. “Hay muchos diálogos”, me espetó, y el abismo generacional, que parecía haberse suturado, encontró de nuevo la falla tectónica y partió en dos mitades el sofá de mi salón.
Ciudadano Kane
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En mi caso es imposible ver “Ciudadano Kane” y no recordar a Carlos Pumares en las madrugadas de la radio, en “Polvo de estrellas” de Antena 3, cuando le pedían una y otra vez, noche tras noche, en un machaconeo exasperante pero muy divertido, su opinión personal sobre la película.
Pumares siempre respondía que era una obra maestra pero que tenía una fallo tremebundo en su guion. ¡Cómo tenía que ser de maravillosa la película! -le gritaba luego al micrófono y ya de paso al oyente- para que nadie se percatara de ese fallo argumental y siguiéramos considerándola un clásico atemporal.
Entonces el oyente se hacía el tonto, o el despistado, porque ya sabía de sobra la respuesta, después de tantos años oyendo la matraca sobre “Rosebud”, pero aun así preguntaba que cuál era el fallo cometido por Orson Welles, y entonces, Pumares -porque también se gustaba mucho a sí mismo y creía que sólo él se había dado cuenta del error- volvía a explicar que cuando Charles Foster Kane pronuncia “Rosebud” en su lecho de muerte y deja caer al suelo la bola de cristal, no hay nadie a su lado que pueda escuchar su última palabra. La invocación postrera a su trineo de juguete.
Y es verdad: esta vez, después de veinte años sin haber visto la película, me he fijado mucho en la escena de su muerte y la enfermera entra en la habitación justo cuando Kane ya ha exhalado su último suspiro. “Rosebud” no es más que un temblor inaudible en el aire; las últimas tres gotitas de saliva suspendidas en la gravedad. Toda la trama de la película se sustenta en la búsqueda de una palabra que nadie ha podido percibir.
Por cosas mucho menos graves que ésa Pumares despellejaba otras películas que a mí me gustaban más que “Ciudadano Kane”. Pero yo se lo perdonaba todo porque luego, en el epílogo archisabido de la función, siempre nos recordaba que “Rosebud”, en la vida real, había sido el apelativo cariñoso del coño de Marion Davies, la amante de William Randolph Hearst, que es el ciudadano Randolph del que Orson Welles y Herman Mankiewicz, tan izquierdistas, se ríen como dos truhanes maravillosos.
Los caballeros las prefieren rubias
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Hatari
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La única palabra en suajili que yo conocía hasta hoy es “oblongo”, que significa “más largo que ancho”. La aprendí de chaval escuchando a Les Luthiers. Yo me reía mucho con sus paridas hasta que se pusieron de moda entre los compañeros más meapilas de los Maristas y empecé a sospechar que había gato encerrado. Seguramente no había gato, pero me alejé de ellos y todavía no he regresado. Uno de aquellos gilipollas ahora es un alto cargo de Vox a las órdenes de Mazón. Se veía venir desde que empezó a cantarle a Jesús con la guitarrita.
Hoy he aprendido otra palabra en suajili: “hatari”, que significa “peligro”. Un poco como el “Achtung!” sempiterno de las películas de nazis. En “Hatari” te juegas el pellejo si no sales a la sabana armado con un fusil. O con John Wayne a tu lado para protegerte de las fieras y los elefantes iracundos. Jon Baine -como le llamaba mi padre- ya recogía 55 castañas cuando llegó el otoño al África colonial, pero mantenía esa presencia magnética que no te permite apartar la mirada. Preguntarse si John Wayne fue un buen o un mal actor es no haber entendido nada. Él era John Wayne y sólo tenía que aprenderse el texto y colocarse en la marca correspondiente.
Aun así, resulta chocante que Elsa Martinelli se enamore de John Wayne en la película. Les separan 35 años y una belleza femenina escandalosa. Casi de no creerse. Son cosas de las películas de antes. Del patriarcado y eso. De los clásicos de Hollywood.
“Hatari” cuenta las aventuras de un grupo de cazadores que surten de animales a los zoológicos del primer mundo. Forman una comunidad endogámica al estilo de los Siete Enanitos del cuento, o de aquellos sabios que redactaban una enciclopedia en “Bola de fuego”, otra comedia de Howard Hawks. Los cazadores vivían sin mujeres -bueno, una sola, pero no cuenta- hasta que Elsa Martinelli, como Blancanieves, o como Barbara Stanwyck, vino a alterar la paz de sus hormonas. En contra de lo que habrían apostado los hermanos maristas, los cazadores de “Hatari” seguirán siendo unos profesionales a pesar de caer enamorados como adolescentes pajilleros.
No me gusta conducir
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A la deriva
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Hay que aguantar 45 minutos insoportables para encontrar finalmente la belleza en “A la deriva”. En eso, la película es como cualquier primer tiempo perpetrado por el Real Madrid: 45 minutos inexplicables, soporíferos, de un equipo que lleva varias temporadas vagando así, a la deriva. La diferencia es que la película al final remonta y el Madrid, últimamente, se ha olvidado de remontar.
Fueron los internautas, casi siempre generosos, los que me animaron a perseverar en la película. “Bienaventurados los que tienen paciencia porque de ellos será el reino del Yangtsé”, anunciaban en su evangelio. Y la suya era, efectivamente, palabra del Señor. De no haber sido por ellos habría abandonado a los veinte minutos. Quizá a los diez. “A la deriva” es todo un desafío para el cinéfilo de provincias: un documental mudo sobre la China profunda que baja a la mina, compra en el supermercado y luego se divierte en los karaokes. Se supone que hay un amor en marcha que luego será el hilo conductor de la narración, pero yo confundo todo el rato las caras, las situaciones, los gestos que se intercambian... Es que como si de pronto me hubiera vuelto idiota o desatento. No entiendo, no sigo, me desfondo al perseguir.
Y de pronto, en el segundo de los tres capítulos, cuando ya estaba a punto de apearme, un barco de pasajeros surca el Yangtsé camino de las Tres Gargantas y todo se vuelve hermoso aunque siga siendo difícil de entender. Ahora, por lo menos, hay una actriz china que ya no confundo con las demás. Ella -por lo que iba leyendo en las sinopsis, teléfono en mano- va en busca de un hijoputa que la abandonó años atrás sin darle ninguna explicación. Aquello sucedió en los primeros 45 minutos de la película y yo ni siquiera me había enterado.
“A la deriva” es así: poética, sublime, desafiante. Parsimoniosa y hermética. China. Muy china. Hermosa, después de todo.
Jay Kelly
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Solo los millonarios van diciendo por ahí que el dinero no es importante. Mucho ojo con ellos: son unos cínicos de cuidado. Todavía no he conocido a ninguno que acto seguido renuncie a su fortuna y se la endose a un pobre desgraciado.
Con el dinero se puede comprar todo eso que según Groucho Marx es más importante que el dinero pero cuesta demasiado: la salud, la libertad, tiempo de vida, los afectos y los amores. Serían amores interesados, por supuesto, pero así son también los amores en el mundo de los pobres. El amor incondicional es un trébol de cuatro hojas, o de cinco, tan extraño en el jardín de los millonarios como en el parque de los proletarios.
Jay Kelly -el alter ego de George Clooney- es una estrella de Hollywood que al llegar al ocaso de su carrera se arrepiente de sus éxitos económicos y sexuales. Él hubiese preferido, no sé, una existencia como la nuestra, precaria, insustancial, tan necesaria como olvidable. Vivir en un piso de mierda, y carísimo, lleno de ruidos y ahogado en estrecheces; alojarse en hoteles cutres cuando va de vacaciones y mirar tres veces la carta del restaurante para cuadrar los gastos destinados. Alternar hambrunas sexuales con relaciones amorosas donde lo erótico sucumbe rápidamente a la rutina o a la decepción. O a la pobreza misma, que a veces también pasa.
Jay Kelly es un hipócrita que despierta nuestro rencor de clase y nuestra inquina de fracasados. Y sin embargo, la película trata de emocionarnos con su dolor, con su nostalgia de la vida que no fue. “Jay Kelly” es una película mal concebida y mal parida. Un monstruo que en los tiempos antiguos hubieran arrojado por la Roca Tarpeya y que ahora, en cambio, estrenan en Netflix lanzando cohetes de colores.
A Jay Clooney -o a George Kelly- le remuerde, sobre todo, la conciencia de no haber pasado el tiempo suficiente con sus hijas. A medida que profundizamos en este “dramón” vamos descubriendo que sus hijas, ya independientes, le han ido rechazando no por ser millonario, sino por ser Jay Kelly, sin más, un tipo infantil y egocéntrico. Los millones no le cambian la personalidad a nadie: solamente la descubren, y quizá la subrayan un poquitín.
Un simple accidente
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He resistido todo lo que he podido. Me he hecho el tonto, el ciego, el olvidadizo... El paleto de provincias. “¿Panahi? Ni puta idea, no conozco a ese señor”. Pero al final no he tenido más remedio que claudicar. Hoy he visto, o mal visto, porque me he saltado tramos enteros, escenas completas, “Un simple accidente”.
Eran tantos los premios, los halagos, los sinónimos de gran maestro dedicados a Panahi, que al final me pudo la presión -la estúpida autopresión. Los corderos, al menos, pobrecicos, no saben a dónde van; pero yo sí sabía a qué venia: a aburrirme, a desesperarme, a no ver ninguno de esos hallazgos que sí ven las almas sensibles y cultivadas.
Y aun así, porque el deber me llamaba, vine. Cautivo y desarmado, pero vine, aunque solo fuera por quitarme la película de encima y no volver a saber nada de Panahi hasta su próxima ocurrencia. Hasta que lo vuelvan a encarcelar, o a liberar, que ya no sé, y le vuelvan a dar un premio de relumbrón confundiendo la disidencia con la artesanía.
Nunca entenderé el predicamento de Jafar Panahi en los círculos oficiales. Ni en los círculos amateurs que imitan a los oficiales.... O sí, lo entiendo, pero prefiero hacerme el sueco, o el iraní, porque lo contrario sería asumir del todo la estrechez de mi mirada. La omnipresencia de mi boina. Juro que lo he intentado varias veces con don Jafar -interesarme, emocionarme, seguirle el rollo- pero a la media hora de todas sus películas siempre he deseado salir huyendo a cualquier lugar: a la calle, a la cafetería, a otra película más feliz de la estantería.
Sólo una vez he sentido algo parecido a la empatía en una historia de Panahi: fue en “Offside”, hace mil años. Allí se narraba la desventura de unas pobres chicas que no podían asistir al estadio de fútbol para ver a su selección. El régimen de los ayatolás es terrible, sí, y Jafar Panahi uno de sus azotes, pero para eso ya están los premios humanitarios, y los reconocimientos políticos, no los galardones de cine que tanto me despistan.
Valor sentimental
🌟🌟🌟
Desde que tengo recuerdo de mis días, el viernes por la noche es el momento más feliz de la semana. Cuando era niño, como una excepción a la regla monacal, los viernes cenábamos delante de la tele, en el salón, viendo el “Un, dos, tres” de Maira Gómez Kemp con aquellos concursantes pazguatos que preferían un utilitario de valor monetario X a un apartamento en Torrevieja, Alicante, de valor monetario 5X o superior.
El viernes era el único día de la semana en el que estaba eximido de hacer los deberes. Cenábamos tortilla francesa con jamón york y yo no concebía mayor felicidad que tener dos días por delante sin tener que acudir al presidido del colegio. El “Un, dos, tres” tiene para mí mucho valor sentimental y por eso lo traigo a colación.
Luego, de mayor, porque en realidad nunca me fugué del colegio, cuando no hay mujer a la que cortejar ni amigo al que cultivar reservo ese momento para ver las películas que intuyo magníficas y placenteras. Llevaba tiempo, por ejemplo, oyendo hablar maravillas de “Valor sentimental”, y este viernes desangelado decidí nombrarla dama interina de la corte y princesa nórdica de las holganzas.
La iba a ver igual porque en ella trabaja Renate Reinsve, y yo, que soy el caballero andante de su gloria, siempre voy por donde pisa Renate, por donde habla Renate, por donde respira Renate... Sin ser ciertamente la mujer más guapa de entre todas las escandinavas, Renate es un ideal de belleza que anida en lo más profundo de mis sueños: un canon fenotípico que me despierta instintos del Precámbrico e incluso de tiempos anteriores.
“Valor sentimental” lo tenía todo para justificar su flamante elección: el drama bergmaniano, y Renate, y los premios, y la vida siempre envidiable de los noruegos. Pero al final ha sido una decepción inesperada. “Valor sentimental” es un drakar vikingo que atraca en demasiados puertos emocionales. Es dispersa y confusa. Nos faltan datos y nos sobran silencios. Yo, al menos, camino por ella más bien perdido y perplejo. Es una película rara, un minimalismo megalómano. No me emociona para nada. Ni siento ni padezco. No tiene valor sentimental para mí.
Vergüenza. Temporada 1
Tengo un amigo que me mira mal cuando le digo que me
descojono con “Vergüenza”. Es como si de repente me devaluara ante sus ojos:
como si confesara un crimen tremebundo o una tara intolerable. Si le dijera que
evado impuestos o que me zumbo a las ovejas no me miraría con la misma cara de
desagrado. Quizá piensa que solamente un anormal puede reírse con una serie protagonizada por dos anormales como estos.
Mi amigo, en lugar de ofenderme, porque él es muy
educado y ya son muchos años de disensiones, se limita a decir que él dejó de
seguir “Vergüenza” porque no puede soportar que se haga mofa de la gente divergente.
Mi amigo es, ante todo, un humanista. También dice que todo en la serie es demasiado
absurdo e inverosímil, y que no le sorprende que un hombre como yo, tan dado a
lo raro y a lo tangencial, le ponga cinco estrellas en lugar de las dos
escuálidas que apenas se merece.
Cuando se pone en ese plan yo le recuerdo que él ha
tenido mucha suerte en la vida, siempre rodeado de amigos
normales –menos yo- y de familiares tolerables. De compañeros de trabajo
más o menos presentables. Gente normal, de andar por casa, con un equilibrio
apenas patológico entre las virtudes y los defectos. Y que gracias a esa fortuna, que le mantiene
encapsulado en un mundo feliz, no puede concebir que otras personas sí
conozcamos la triste realidad de personajes como Nuria y como Jesús.
Yo, de hecho, conozco a varios especímenes como estos
de “Vergüenza”: torpes sociales que se mueven en parámetros muy alejados de la
realidad. Fantasmones menguados que malinterpretan
las señales que marcan el camino. Desnortados que no saben cuándo
hay que perseguir los sueños y cuándo hay que conformarse con lo poco. Auténticos
gañanes, y gañanas, que jamás visitaron al oráculo de Delfos para comprender
que lo primero es conocerse a sí mismo y obrar en consecuencia.
Juegos secretos
🌟🌟🌟🌟
Me interesa “Juegos secretos” porque es una película sobre sexo insatisfecho. Y el sexo insatisfecho, según la última encuesta del CIS, es la tercera gran preocupación de los españoles. Está justo por debajo del precio de la vivienda y de la crisis del Madrid. El sexo insatisfecho, después de todo, puede encontrar soluciones temporales o parciales. Lo otro, no. O no, al menos, hasta que se instaure un régimen comunista y madridista que sería el sueño húmedo -y contradictorio- de mi viejo bolchevismo.
Carlo Padial, en su podcast, dice que la gente está neurótica desde que prohibieron fumar en bares y cafeterías: primero en los interiores, luego en las terrazas y ya dentro de nada a veinte kilómetros de los núcleos poblaciones. Pero eso sólo afectaría a los fumadores, digo yo, no al común de los mortales. No, caro Carlo: la gente anda jodida -desjodida- porque no folla lo suficiente. Un mal follar que es al mismo tiempo cualitativo y cuantitativo, según afirman los sexólogos consultados.
No hay más que leer “El País” cada mañana para comprender que la gente está falta de contacto: todos los días aparece un artículo aconsejando cómo reverdecer los laureles dentro de la pareja, o cómo plantar un laurel si andas solo y buscas un hortelano, o una hortelana, que se fije en tu jardín.
“Juegos secretos” cuenta la historia de un extrarradio americano donde al parecer ya no follan ni los guapos ni las guapas. Una especie de apagón inexplicable para la ciencia. Una turbulencia espacio-temporal que sólo se disolverá cuando los afectados decidan salir de su ámbito matrimonial y descubran que era ahí, en el lecho conyugal, donde latía escondida la kriptonita perniciosa.
Como sucedía en aquel cuento de la princesa hipersensible, basta un guisante radioactivo escondido bajo las sábanas para que se desilusionen las erecciones y se multipliquen los dolores de cabeza.
TÁR
🌟🌟🌟🌟
Lydia Tár, la directora de orquesta, tiene problemas para conciliar el sueño. Por un oído le acosan los remordimientos, y por otro, aunque vive en un apartamento de lujo, los ruidos de la casa. Decía Schopenhauer que las personas inteligentes soportan mucho peor los ruidos externos, y Lydia Tár, más allá de sus flaquezas morales y de sus debilidades eróticas, es una mujer de inteligencia gatuna y afilada.
He vuelto a ver “Tár” porque la primera vez no me enteré de casi nada. Aquel fin de semana yo no estaba en mi casa, sino más al norte, en el hogar de una mujer que me amaba los días pares y luego me desamaba los impares. Dentro de su inconstancia hay que reconocer que era tan regular como un metrónomo de musicóloga.
Una vez fui a visitarla y me recibió como quien recibe la visita de un pariente molestísimo. Era un día impar y yo tuve que haberlo anticipado. Esa noche sin amor yo tampoco pude conciliar el sueño. Creo que fue la primera de varias noches parecidas. El sentido de la vida pasaba bajo mis párpados, absurdo y punzante, y para detenerlo, a eso de la una de la madrugada, me fui al salón con el ordenador a ver “Tár”, que la tenía pendiente y parecía bastante soporífera.
“Tár”, sin embargo, no activó -o no desactivó- los neurotransmisores que me ataban a la vigilia. Ni me dormía ni me centraba. Viví aquellas dos horas en un estado indefinible de la memoria. Meses después, ya compuesto y sin novia, sólo recordaba que “Tár” era una película sobre los intríngulis laborales y sexuales que se producen en las orquestas de renombre. Como “Mozart in the jungle”, pero en formato de dramón psicológico. Las mujeres, cuando llegan a los puestos de relevancia, se comportan igual que los hombres defenestrados: el ser humano, en la arrogancia del poder, viste igual bragas que calzoncillos.
Pelle el conquistador
Las mejores intenciones
🌟🌟🌟🌟🌟
A veces, en el amor, porque el amor no deja de ser un fenómeno de la física, los polos opuestos se atraen y quedan adheridos para siempre. Es un magnetismo más de la naturaleza. Un fenómeno inusual aunque varias veces validado. El mundo es muy grande, y el sexo universal, y eso da lugar a millones de combinaciones de las que algunas, por pura estadística, desafían cualquier pronóstico que tú hagas.
Hay parejas por las que no darías ni un duro y ya ves, duran para siempre, o al menos el tiempo necesario para reírse de tu apuesta. Otras veces, en cambio, apostarías diez dólares a que Fulano y Mengana son la pareja ideal y justo en ese mismo momento, sin que tú lo sepas, ya están rompiendo a través del teléfono o en una discusión tremebunda en el dormitorio. El amor es tan aleatorio e imprevisible como el tiempo atmosférico. Más allá de una semana cualquier previsión sobre el sol o la lluvia es un ejercicio de jactancia.
Los padres de Ingmar Bergman eran el ejemplo perfecto de una pareja destinada a enamorarse pero no a entenderse. Iban a durar menos que tu atención en una película soporífera de los escandinavos -lo que no es, gracias a Odín, el caso de “Las mejores intenciones”- y sin embargo, pese a todos los impedimentos familiares y a los exilios helados en la taiga, forjaron un matrimonio desconchado pero con un núcleo de hierro indestructible.
El progenitor no gestante de Ingmar Bergman es Henrik, un pastor luterano con cien heridas en el alma y un talante que oscila entre la negrura y la mala hostia consagrada; Anna, en cambio, la progenitora gestante, es una pija alegre de la alta sociedad a la que jamás se le ha negado un capricho de niña boba y consentida. Lo único que les une, quizá, es una idea del sexo algo pacata y victoriana: un fuego más bien de braserillo, de hacer la cucharilla en el invierno con dos camisones de por medio. Henrik y Anna jamás conocerán la pasión desbordada ni la frustración sexual, y quizá, por eso, cuando el sexo salga por la puerta, ellos no tendrán que saltar por la ventana y durarán muchos años entrelazados.
The good wife. Temporada 1
🌟🌟🌟🌟
Tengo que darle un millón de gracias a la persona que me animó a ver “The good wife”. Gracias a su intercesión he conocido a Julianna Margulies para que mi vida haya quedado dividida en dos mitades incompatibles. Yo estaba ciego y ahora sigo igual de ciego, pero deslumbrado por su belleza. He quedado bautizado, evangelizado, convencido de que existen milagros de la carne sin tener que resucitar.
A partir de ahora -el año 1 d. J. M.- cada vez que imagine el Cielo o el Paraíso ya no podré concebirlo sin la presencia de Julianna Margulies recostada en un cocotero, o sonriendo desde una nube, pero siempre vestida así, como sale en la serie, con sus trajes de abogada carísima y listísima, impactante en todas las dimensiones de lo humano.
Lo más curioso, e inconcebible, es que en “The good wife” todo el mundo que trabaja con Julianna parece sacado directamente de un cásting celestial. En 23 episodios más o menos trepidantes de acciones judiciales, no he sido capaz de encontrar una sola abogada que no pareciera una modelo sacada de los anuncios, ni un solo abogado que no derritiera corazones femeninos a su paso por los pasillos. Todos los personajes de la serie -incluso los enemigos acérrimos del otro bufete- son clientes de ese Tinder exclusivo que está reservado a los que superan el percentil 93 de la belleza.
Es por ahí, por el exceso barroco de hermosura, donde “The good wife” se desliza peligrosamente hacia la incoherencia argumental. Hacia el despiporre inverosímil. Es imposible que quepa tanto sex appeal en los escasos metros cuadrados de un bufete o de una sala del juzgado. O yo, al menos, no estoy acostumbrado a vivir en esa erótica probabilidad que regalan las matemáticas.
Antes del anochecer
🌟🌟🌟
Hace doce años que no sabemos nada de Jesse y de Celine. De su amor interruptus y parlanchín. Hay quien opina que nunca volverán porque se acabaron las posibilidades de los títulos: tras el amanecer, el atardecer y el anochecer, ya no quedan más períodos del día para arrojar al fuego de la pasión. O para perder el tiempo en conversaciones interminables. “Antes del madrugón” o “Antes de desayunar” son opciones con muy poco recorrido en la taquilla. Nos faltaría algo sin un sol ascendente o declinante que marcara el ritmo del diálogo y del deseo.
Hay quien dice que Jesse y Celine volverán dentro de poco, ya casi sesentones -o sin casi- para contarnos el cuarto capítulo de sus tesis doctorales. Pero yo creo que estos espectadores harían mejor en olvidarse del asunto. En “Antes del anochecer” ya es obvio que Celine está perdiendo el interés sexual por su pareja. Quizá el interés sexual en general. Y cuando el sexo sale por la puerta, el amor salta por la ventana y ya no suele regresar. Y menos a ciertas edades donde la sublimación del instinto es más fácil para el organismo.
La historia de Jesse y de Celine empezó de una manera muy original, lejos del manual, pero terminó donde terminan todas las historias de desamor: con una sucesión de desaires sexuales que al final emponzoñan el fruto y lo dejan inservible para futuras primaveras. Una trifulca con los amantes a medio desnudar significa que la historia se acabó. Puede que no inmediatamente, pero se acabó. No hay marcha atrás. Es la prueba de que el deseo ya no es incontenible y busca vías de escapatoria. Todos hemos pasado por ahí. La primera vez es como si te arrancaran el corazón; la segunda, por fortuna, ya nunca se produce.
Starship Troopers
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Si algo bueno tienen las guerras es que en ellas también mueren muchos gilipollas. Yo, al menos, no puedo reprimir una sonrisa cuando un imbécil se alista voluntario para defender a la burguesía y muere justo en la primera refriega atravesado por un disparo, o por la garra afilada de un insecto extraterrestre. De hecho, en “Starship Troopers”, creo que somos mayoría los que vamos con los insectos y no con los humanos. Es imposible simpatizar con esa pandilla de majaderos que van abriendo camino a los inversores trajeados.
Hay guerras y guerras, claro. Si los moros de la kabila o los andorranos de la montaña se presentaran en León para robarnos el oro y amenazaran la vida de mi hijo con francotiradores apostados, yo, por supuesto, sería el primero en acudir a la llamada del batallón. Pero sólo por eso: por la sangre de mi sangre. Y únicamente en el primer grado de consanguinidad. Los demás me dan un poco igual. Hay gente maja en las familias, sí, pero también mucho indeseable.
Mientras no nos liquiden o nos esclavicen, a mí me da igual que nos gobiernen los andorranos o los chinos. O los insectos de Klendathu. Mientras no cancelen la liga de fútbol o nos obliguen a trabajar más horas de las necesarias, me es completamente indiferente la bandera que ondee en los estadios de fútbol o en la puerta de mi colegio. La bandera no es más que la coartada de los empresarios. El trapo donde se limpian la lengua los lameculos de la monarquía. Siempre será su bandera y no la nuestra.
“Starship Troopers” va un poco de todo esto: de una pandilla de niñatos, y de niñatas, que tienen el cerebro lavado por la propaganda y se alistan para combatir contra unos pobres bichos que viven en la otra punta de la galaxia. Paul Verhoeven rodó una parodia sobre las guerras de los americanos pero nadie quiso reírle la gracia y el exceso. Es más: le acusaron de belicista e incluso de fascista. En la izquierda ya no existe el sentido del humor. Unos por bobos y otros por talibanes. Ya dijo Ignatius Farray que el gran drama de la progresía es que hemos cancelado la ironía.
El balneario de Battle Creek
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Hace tiempo que abandoné las redes del amor, pero tengo un amigo irreductible que me cuenta que no ha cambiado nada el panorama. Que las mujeres más exigentes de ahora, como las de entonces, tienen pinta de haber pasado más de una temporada en el balneario de Battle Creek. En una vida anterior, quiero decir, allá por los inicios del siglo XX, cuando el doctor Kellogg era el amo y señor de sus dominios saludables.
Dice mi amigo, y yo le apoyo en su deducción, que algo de aquella visita quedó preservado en el espíritu reencarnado de estas mujeres. Algo así como una epigenética de la voluntad; un lamarckismo saludable que traspasó las muertes y las resurrecciones. Una conciencia de vida sana y disciplinada que en sus perfiles de internet ellas anteponen a cualquier otra tentación.
En sus fotos, al parecer, ellas siguen haciendo flexiones y desayunando cereales Kellogg’s en homenaje. Verdurita para cenar y tablas de gimnasia antes de dormir. La que no desciende rápidos con la piragua sigue apareciendo con su bicicleta en lo más alto de una montaña. A mí me intimidaban mucho, la verdad. Si se molestaban en chatear contigo un ratito, apenas tres comentarios aburridos mientras llegaba el Moby Dick de la comarca, terminaban afeándote la mala costumbre de ver películas en el sofá. Algunas, de hecho, declaraban no tener ni sofá, para que el culo musculado y altivo no se aplanara y cogiera vicios de señora.
No bebían, no fumaban, no comían nada azucarado o procesado. En aquella visita de hace cien años al balneario de Battle Creek, ellas tuvieron que ser las alumnas predilectas del doctor Kellogg. De hecho, y eso es lo más triste, también comulgaban con su puritanismo de enfermo psicopático. “No quiero sexo”, subrayaban siempre en sus perfiles, y yo no terminaba de entenderlo. Hasta que un día lo comprendí: no quiero sexo “contigo”, idiota.
Un plan sencillo
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Si un día, mientras los lugareños duermen la siesta, me encontrara 4 millones de euros en los bosques de La Pedanía, lo primero que pensaría es que ese dinero sólo puede provenir del narcotráfico gallego -que está ahí al lado- o de una palanca destinada a sufragar el último fichaje alegal del Barcelona. Así que no sufriría ningún conflicto moral para apropiármelo y usufructarlo. Quien roba a otro ladrón, cien años de perdón.
Si además sucediera, como en la película, que los billetes son todos de cien y no parecen tener nada raro en su diseño, la labor de ir gastándolos sería más sencilla que si la fortuna viniera en billetes de 200 o de 500, que ya no te los admiten en ningún sitio, o sólo llamando a un supervisor con cara de malas pulgas y el número de la policía siempre a la mano.
Yo no podría concebir otra manera de ser rico que ir colando los billetes así, en las compras cotidianas, un día en el Alimerka, y otro en el Gadis, y otro en el Mercadona, alternando las visitas para que ninguna cajera avispada empezara a sospechar.
Soy un analfabeto económico que siempre ha vivido muy lejos de la realidad de los dineros, sujeto a una nómina mezquina que nunca ha dado para asesores fiscales ni para ingenierías financieras. No sabría convertir todo ese pastón en números bancarios sin que un inspector de Hacienda empezara a rascarse el cogote en una oficina de Madrid. Así que tendría que ir así, a poquitos, hasta el último día de mi vida, disimulando mi riqueza mientras mi cuenta corriente engorda poco a poco con las nóminas intocadas, o tocadas lo justo para fingir un espíritu ahorrativo como de franciscano laico refugiado en estos lares.
Quiero decir que cuatro millones de euros no me iban a sacar de pobre, pero sí me iban a dar una vida más desahogada. Podría, por ejemplo, con los excedentes, comprarme ropa más cara, y colonias que anuncian por la tele, y así, por la senda del dandismo, de la traición a mis valores, llamar la atención de alguna mujer que ahora mismo no se fija o me desdeña.
Pluribus. Temporada 1
🌟🌟🌟🌟🌟
Apenas he experimentado la fusión con mis semejantes cuatro o cinco veces en mi vida. Y siempre ha sido, curiosamente, viendo un partido del Madrid en el Santiago Bernabéu. Sólo allí me he sentido uno con el resto de la gente, diluido y comunitario. Sintonizado. Una hormiga insignificante en el Gran Plan del hormiguero. Ya no yo, sino nosotros.
"Me llamo Augusto Faroni y -por un rato- voy a ser uno de ellos".
En cada gol de nuestro equipo yo sentía que daba igual la edad, el sexo, la posición social o la tendencia política: las ochenta mil personas allí presentes éramos un único ser de pensamiento armónico, y de amor incalculable. La verdadera fraternidad que se predicaba en los Evangelios, y que al parecer dependía de una transmisión de código genético a través del radiotelescopio. Las visitas al Bernabéu han sido las únicas experiencias místicas que he tenido en esta vida de ateo practicante y de misántropo esforzado.
Nunca más he sentido nada parecido. Ni siquiera en las iglesias, en las misas obligadas de mi infancia, donde yo era un apóstata en ciernes que sólo quería escapar cuanto antes de la comunidad de los creyentes. Y tampoco en los templos de verdad, en los cines de León o de Madrid, donde yo, de joven, debería haber vivido “una experiencia compartida” con el prójimo: esa majadería extática a la que aluden los realizadores con el único fin de estimular los beneficios en taquilla. En el cine la gente molesta, habla, come, incordia... Es maleducada e irrespetuosa con los demás. Nada que ver con el amor universal que practican los extraterrestres de “Pluribus”.
En el trabajo soy la oveja negra que todo lo rumia y en las reuniones familiares no dejo de pensar, como Leolo Lozone, que ésta no es mi familia verdadera y a que a mí me adoptaron en un orfanato de Estocolmo. En La Pedanía soy un exiliado cultural y en el centro comercial me compro la ropa en el Carrefour. Voy siempre al revés, o al través, jamás dentro del rebaño. Pero no por joder, sino porque soy así: un raro sin comillas. Me reconozco mucho en el personaje de Rhea Seehorn. Los dos somos, además, cosecha del 72.
Barbarian
🌟🌟🌟
De la Niña Medeiros ya no se libran ni las casas alquiladas en Airbnb. “Barbarian” nos advierte de esa tenebrosa posibilidad: que te presentes allí para pasar el fin de semana y te encuentres con que aquello parece el camarote de los hermanos Marx, con clientes que alquilaron la misma vivienda en otra app y habitantes ocultos en el sótano que esperan a la medianoche para darte unos sustos morrocotudos.
La próxima vez que alquilemos una casita con encanto o un apartamento en la ciudad habrá que poner una cláusula bien clara en el contrato: que no haya nadie dentro, por favor. Y una vez allí, por si las moscas, asegurarse de que no existen entradas secretas al Más Allá ni puertas disimuladas que conducen al horror.
Y por supuesto: si nos ataca una zumbada como la de “Barbarian” y salimos vivos de la aventura, calificar la experiencia con una nota muy baja para avisar a los navegantes.
“Barbarian” es cine de terror de toda la vida. Tan prometedor al principio como aburrido hacia el final. El rizo del rizo es el mal eterno del género y “Barbarian” no se libra de esta maldición. O la busca, abiertamente, porque se ve que los muy cafeteros lo disfrutan cantidad. Pero los demás, los que nos asomamos al género solo de vez en cuando, siempre salimos con ganas de no regresar... hasta la próxima tentación.
Por lo demás, “Barbarian” es la experiencia cotidiana de cualquier mujer en la España de Ione Belarra e Irene Montero. Puro costumbrismo. La trama tiene lugar en Detroit pero podría ocurrir perfectamente en Alcobendas o en Villalpando: una chica alquila una casa por motivos de trabajo y se las tiene que ver, por este orden, y en apenas doce horas, con un maromo sospechoso, un psicópata de psicokiller, unos policía sin perspectiva de género y un director de cine acusado de violación. El repertorio completo en los noticiarios de Canal Red.





















