Los domingos

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“Los domingos” cuenta la historia de Ainara, una chica que a los 17 años sufre un brote psicótico y no recibe ninguna ayuda profesional. Ainara dice escuchar la voz de Dios y vivir enamorada de un profeta galileo que hace dos mil años también escuchaba voces y creía tener poderes mágicos sobre la materia. Porque Jesús, si existió, fue otro esquizofrénico sin medicar que fue bautizado a orillas del Jordán. 

Si Ainara dijera que habla con los conejos o que procede del planeta Raticulín, su familia se tomaría más en serio su desvarío, pero como su interlocutor interior está bendecido por dos mil años de tradición hay quien le ríe la gracia y hay quien le recomienda ponerse a follar a ver si se le pasa. Ése es el verdadero logro de la Iglesia a lo largo de los siglos: blanquear la perturbación mental y convertirla en una dedicación que despierta admiraciones y consigue beneficios fiscales gracias al concordato. Un negocio redondo. A efectos prácticos, la postura del padre de Ainara -un tontolaba al que su hija le importa un pimiento -y la postura de su tía -una atea atenazada por el respeto y la corrección - son igualmente dañinas para la chica. Ainara terminará la película con la mirada de orate -de éxtasis, dicen otros- ya instalada para siempre en su rostro juvenil.

En las entrevistas, Alauda Ruiz de Azúa jura y perjura que ella, siendo agnóstica practicante, no ha hecho una película proselitista. Yo la creo: quizá no lo buscaba, pero lo ha hecho. “Los domingos” está bien, incluso muy bien, pero es un instrumento del demonio. “Los domingos” es ahora mismo objeto de culto en las parroquias españolas. Hay curas de pueblo que fletan autobuses con derecho a bocadillo para que sus feligreses acudan al cine de la capital y se solacen en el misterio. El cartel de “Los domingos”, con esa Ainara transida y trascendente, me recuerda mucho al del tío Sam reclutando a los pobres chavales para la guerra. Sin pretenderlo, Alauda Ruiz de Azúa ha creado un instrumento pastoral cuando menos necesitábamos a esta gente tan... peculiar. 




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La empresa de sillas. Temporada 1

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Saulo se cayó del caballo camino de Damasco y del hostiazo que se pegó descubrió a Jesucristo para consagrarle el resto de su vida. Dos mil años después, en Estados Unidos, Ronald Trosper se cayó de su silla cuando presentaba un proyecto empresarial y del hostiazo que se pegó descubrió al mismísimo demonio -la empresa de sillas TECCA- y empezó a consagrarle tanto tiempo que terminó convirtiéndose en un auténtico desgraciado. 

(Moraleja: hay caídas que de rebote te elevan a los Cielos y hay caídas que abren un abismo en el suelo y te mandan al Averno).

Hasta que se cayó de su silla, Ronald Trosper era un arquitecto reconocido y un padre de familia bien avenida y ejemplar. Pero tuvo la mala suerte de aterrizar bajo las piernas de una compañera y ésta le denunció ante el Comité Encargado del Asunto. La serie, de haber sido española, hubiese tirado por ahí y ya tendríamos a Leticia Dolera en todas las tertulias radiofónicas clamando contra la cultura de la violación, pero estos locos americanos decidieron tirar por otro lado más práctico y capitalista: las reclamaciones en internet. 

Parece mentira que un tipo tan inteligente como Ronald Trosper no supiera que estas reclamaciones son la antesala de un derrumbe emocional y que es mejor no menearlas demasiado. Si el perjuicio económico no es excesivo, siempre es mejor dejarlo correr. ¿Qué le importa a Ronald una silla de oficina que además ni siquiera es suya, que es propiedad de la empresa y va a ser fácilmente reemplazada por otra parecida?

Reclamar está bien, aunque sólo sea por orgullo. Yo mismo, hace unas semanas, le reclamé a RENFE una devolución de billete por haber llegado dos horas tarde a mi destino. El importe era de apenas 12 euros y no pensaba reiterar mi petición. Si me atendían a la primera, pues cojonudo; y si no, pues nada. Lo que importa es la salud. Ronald Trosper se creyó más listo que nadie y desafió al silencio irritante de la fábrica de sillas. Él, por supuesto, no sabía que estaba descorriendo uno de esos cortinajes rojos que salen en las películas de David Lynch.





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La noche es nuestra

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1. Si la película pretendía ser un homenaje a los policías de Nueva York, el tiro del arma reglamentaria les salió por la culata. Todo lo que construyó “Canción triste de Hill Street” en una década, lo derrumbó James Gray en dos horas de pedradas lanzadas contra el tejado.

En “La noche es nuestra”, la policía de Nueva York se parece más a la TIA de Mortadelo y Filemón que a esa institución cuasi ejemplar que hemos conocido desde pequeños en la tele: un  sindiós donde tres abueletes dirigen el cotarro con acciones peregrinas y el alto jefazo ejerce un nepotismo que me río yo de Fulgencio Batista en la República Dominicana. 

Si algún chaval de Nueva York pensaba entrar en el cuerpo allá por el año 2007, seguramente se lo pensó dos veces antes de decidirse por los marines y recorrer mundo a bordo de una fragata. 


2. “La noche es nuestra” comienza con una escena subida de tono en la que Joaquin Phoenix se magrea con Eva Mendes recostada en un sofá.  Como es la primera escena de la película, aún no sabemos que Joaquin Phoenix va a interpretar a Caín, el hijo atravesado de Adán. Mientras Caín se acuesta con Eva Mendes y se pone hasta las cejas de farlopa en el night club que él mismo dirige, su hermano, Abel, se juega la vida combatiendo las mismas redes del narcotráfico que surten a su hermano de mandanga. El drama bíblico está servido: el deber contra el cachondeo; la familia contra la serpiente. 

Para Caín, ayudar a su familia significará abandonar esa vida divina -o diabólica- en la que Eva Mendes se pirra por sus huesos y le dice que le quiere. Si ya es difícil conseguir una mujer así, imagínate tener que renunciar a ella. Mucho más difícil todavía. Y además para nada, para emprender una guerra que todos saben perdida de antemano contra los narcos. ¿Ganar unas cuantas batallas compensa el desgarro de ser expulsado del Paraíso?





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Two Lovers

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Nueve de cada diez espectadores consultados también prefieren a la rubia de la peli. Nos ha jodido. La chica rubia es más guapa, más divertida, sexualmente más audaz que la morena. Esto último no lo sabemos a ciencia cierta pero no es difícil imaginarlo. Aunque la rubia lleva un cartel con la palabra “Danger!” colgado del cuello, su atractivo es fatal e irresistible. Gwyneth Paltrow está que se rompe en “Two Lovers” y los hombres reales o ficticios somos todos parecidos: nos ciega la belleza. No nos vuelve sordos, eso no, pero cuando escuchamos las señales preferimos ignorarlas. Es como cuando sonaban los viejos despertadores en la mesita: si se ponían pesados preferíamos aporrearlos y seguir durmiendo a pierna suelta. Que nada altere nuestro sueño.

La chica morena también es guapa, o muy guapa, y en eso la película es un poco tramposilla. Se supone que su personaje es el premio de consolación para Joaquin Phoenix, pero muchos espectadores venderían su alma por compartir cama con una consolación parecida. Hollywood es un espejo deformante de la belleza y es mejor no tomarse en serio sus romances. La mujer más fea de allí sería la reina de las fiestas en nuestro pueblo. La chica morena de “Two Lovers” rompería corazones en La Pedanía pero no tiene el encanto fatal de su contrincante: le falta el veneno, la chispa, la mirada turbia de vampiresa. Si Gwyneth Paltrow te promete una vida llena de vaivenes, Vinessa Shaw, con el correr de los años, te promete una vida aburguesada con niños dando po’l culo y “Masterchef” por la noche en el sofá.

Sólo los muy guapos, o los muy ricos, ponen la bala donde ponen el ojo. Los demás, los proletarios sexuales, viven la misma desventura de Joaquin Phoenix en la película: enamorarse de quien jamás se enamorará de nosotros y desdeñar a quien bebe los vientos por nosotros. En vez de decir que somos gilipollas perdidos preferimos decir que somos “románticos soñadores”. La poesía siempre acude a nuestro rescate.




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Z. La ciudad perdida.

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Cuando el coronel Fawcett regresó de su expedición geográfica al Amazonas -donde había ido a trazar la frontera entre Brasil y Bolivia-, se presentó ante la Royal Geographical Society para afirmar que había encontrado los restos de una ciudad perdida: una de cultura extrañamente avanzada, impropia de la selva que al parecer sólo poblaban los indios atrasados. Fawcett la llamó Z porque, según él, completaba el puzle de las civilizaciones humanas, las presentes y las pasadas.

Nadie le creyó. De nada le sirvieron los trozos de vasijas que se trajo en la mochila, ni los diarios de unos exploradores portugueses que estaban a medio camino entre la narración y la fantasía, tal vez identificando La Ciudad Perdida de Z con El Dorado de la mitología. Los miembros de la Royal Geographical Society no estaban dispuestos a admitir que unas tribus en taparrabos, antropofágicas para más inri, fueran capaces de sostener, o de haber sostenido, una cultura que en tiempos pasados rivalizara con las europeas. A comienzos del siglo XX el racismo no era la palabra cargada de connotaciones que es ahora. Porque racista era, prácticamente, todo el mundo. Ni siquiera los círculos intelectuales se salvaban del prejuicio antropológico, que entonces no era considerado como tal, sino un científico saber, y un consenso racional. 

Los indios, los negros, los melanesios.., todos esos humanos que habitaban zonas tropicales con mucho calor y muchos mosquitos eran genéticamente inferiores y sólo había que comparar una ametralladora con una lanza para cargarse de razones. Para las mentes más avanzadas de la época eso no justificaba la esclavitud ni la esquilmación de los bienes y los territorios. Pero pretender, como pretendía el coronel Fawcett, que los indios fueran capaces de construir por sí solos una ciudad prodigiosa en el interior del Amazonas, era casi como plantear una broma entre colegas de profesión.



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Hamnet

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Yo no quería que me gustase “Hamnet”. Ni llorar con su desenlace. Pero lloré. No pude remediarlo. Me veía desde arriba, desde mi cuerpo astral, y no terminaba de creerme. Aunque estaba solo me jodía que me confundiesen con una plañidera. Pero plañí.

Yo había venido a no sufrir con el sufrimiento de los personajes. A que me importara un bledo su tragedia y su redención. Los críticos me habían advertido y yo me puse la coraza. “Ojo que silban las balas, y son muy cursis y afectadas”, decían en sus crónicas. A veces vengo movido por el interés de constatar un prejuicio y nada más. A veces prefiero no disfrutar para coincidir con los gurús. Es una tontería, lo sé. Una gilipollez. ¿No  es mejor, acaso, como sucedió en “Hamnet”, disfrutar de la película a pesar de la disidencia? ¿Dejarse llevar por la corriente que arrastra a los demás? ¿Saber que estás siendo manipulado pero fingir que no sientes esa mano que te dirige? ¿Esa música que te embauca? ¿Esa actriz que te fascina? ¿No es mejor sentirse por un día sentimental y derrotado?

Cuando gozo donde no debería gozar, gozo con culpa, como si alguien me pillara conculcando un mandamiento. A veces iría a confesarme nada más terminar la película si existieran confesionarios para esto. “Ave María Purísima, padre...”. Justo cuando ya había superado la culpa judeocristiana vino la culpa cultureta a joderme la marrana. Asumir, en los títulos de crédito, que “Hamnet” me había emocionado, tuvo algo de rendición y de apostasía. De hereje sorbiéndose los mocos y recobrando la compostura. 

(Tengo que decir, también, que 24 horas después de haber visto “Hamnet” su hechizo se está disipando como la niebla. La consulta con la almohada ha desvaído el embrujo de sus imágenes. Las obras maestras se quedan días jugando al pinball en tu cabeza; las grandes películas no. Ésa es la diferencia. Dentro de tres semanas recordaré “Hamnet” con agrado; dentro de medio año ya no recordaré los detalles de su trama; en un año, ay, tendré que volver a verla para vencer el olvido y la vergüenza).






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Better Call Saul. Temporada 1

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En los extras de mi Bluray antediluviano, Peter Gould y Vince Gilligan comentan que la primera idea tras el éxito de “Breaking Bad” fue hacer un spin-off sobre el personaje de Jesse Pinkman. De hecho, Pinkman protagonizó aquella película-secuela que pasó sin pena ni gloria por nuestra memoria: “El Camino”, una desventura sangrienta que gracias a Dios no versaba sobre la peregrinación a Compostela ni sobre las visiones monetarias de Escrivá de Balaguer.

El otro personaje al que Gould y Gilligan guardaban un cariño especial era Mike Ehrmantraut, el expolicía metido a buen ladrón y a buen asesino, pero cuando AMC les pidió que deshojaran la margarita descubrieron que habían acumulado innumerables ideas sobre aquel secundario chirigótico que robaba las escenas: el abogado tan inteligente como cutre llamado Saul Goodman. Fue una suerte para todos nosotros, los devotos de su ser, que lo pedíamos a gritos. Goodman era un cactus en el desierto que merecía una tesis doctoral. Un libro del Génesis explicando su origen mitológico. ¿Quién era ese fulano? ¿De qué manicomio legal se había escapado? ¿Era de verdad un abogado? Las cuestiones se acumulaban y nosotros teníamos sed de conocimiento.

El problema de hacer una precuela sobre Saul Goodman -y ya, de paso, sobre Mike Ehrmantraut- era que el tiempo biológico de los actores había corrido justo en dirección contraria. El maquillaje hace milagros pero se nota. Gilligan y Gould lo sabían pero confiaron en nosotros. Intuían, porque nos saben (medianamente) inteligentes, que nos iba a importar un pimiento que se notara. Que íbamos a asumir la paradoja como creyentes guiados por la fe.

“Y vio Dios que era bueno”.

“Better Call Saul” es la hija dignísima de su padre. Carne de su carne y sangre de su sangre. Es la serie peor tratada por esos mentecatos que otorgan los premios rimbombantes. Ya sé que es tarde, pero yo, para que escarmentaran, les haría caminar descalzos por el desierto de Nuevo México sin agua y sin sombrero, hasta que pidan perdón sollozando, y de rodillas, con las rótulas clavadas en los guijarros y la pipa de Tuco Salamanca clavada en los cojones.




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Mi amiga Eva

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La película termina bien. No es un spoiler: se ve venir a la legua. El tono de comedia no permite un final en el que Eva se quede sola, acumulando gatos y comiendo chocolate. Envidiando los besos ajenos cuando sale a pasear. Y todo esto lo digo sin acritud: Cesc Gay es incapaz de hacer una mala película. A veces, como aquí, le salen películas cojonudas.

Dicho esto, el happy end de “Mi amiga Eva” me deja un poso de tristeza. Quizá porque estoy un poco en la circunstancia de Eva -con los 50 ya rebasados y la belleza (si alguna vez la hubo) en cobarde retirada- y conozco el percal del amorío. Eva se ha enamorado por penúltima vez y ha sido correspondida. Nos congratulamos por ello. Pero no ha sido gracias a su tesón o a su atractivo. No gracias a los trucos estúpidos que venden en la guía de Meetic o en los artículos de “El País”. Cuando ya estaba a punto de rendirse, Eva encontró el amor gracias a la suerte. A la suerte pura y desnuda. A una intervención divina, quizá. A una hollywoodiense casualidad. Es la chiripa, estúpido.

No es más que eso. Y nada menos que eso: coincidir con la persona exacta en el momento adecuado y que luego no haya accidentes en el camino. No es nada fácil. De hecho, es un puto milagro. Barcelona es la hostia de grande y no es fácil coincidir; La Pedanía, en cambio, es la hostia de pequeña y no existe una masa crítica de contactos.

Desde que se separó de Juan Diego Botto -¡ni siquiera yo me separaría de Juan Diego Botto!- y hasta que encontró a ese argentino tan ideal que huele a estafador, Eva dio muchos tumbos por las redes del amor. Casi tantos como los que yo di en aquellos tiempos tragicómicos. Termina uno agotado y magullado. Las redes, en los estratos inferiores, están llenas de reciclados. Uno mismo, al usarlas, se declara reciclado. Allí hay mucha tarada, mucho neurótico, mucho cerdo, mucha estúpida integral... Lo sé por experiencia. Mi penúltimo amor, como el amor de Eva, está ahí afuera, fuera de los softwares. Puede que en Nigeria o en Tegucigalpa. Ésa es la putada.





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Las delicias del jardín

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La última vez que estuve en el Museo del Prado quise pararme con tiempo ante “El jardín de las delicias”. Siempre empiezo con las Pinturas Negras de Goya y allí me pierdo y me abismo en pensamientos. Pero esa vez me dije: no, vamos a diversificar la mirada. A ampliar el espectro. A estirar la antena de mi boina. 

Pero cuando llegué ante el cuadro me fue imposible meter la cabeza. Los grupos de japoneses -¿o eran chinos?- son el impedimento más moderno que se ha inventado para acceder a la cultura. “El jardín de las delicias” hay que mirarlo de cerca, con detalle, porque todo en él es detalle y no merecía la pena contemplarlo a metros de distancia. Dentro del cuadro hay muchos Wallys desnudos, muchos pecadores de la pradera enredando por las esquinas. 

Había olvidado por completo aquel empeño cultural hasta que esta noche, viendo “Las delicias del jardín”, mencionaron el cuadro como fuente de inspiración para ese pintor ficticio que encarna Fernando Colomo: un fistro que quiere plasmar en un tríptico los pecados modernos asociados al capitalismo -la avaricia, el fascismo, el postureo-,  dejando de lado la lujuria porque la lujuria, en el siglo XXI, ya ni siquiera es pecado para los curas. 

Pero su personaje tiene una mano boba, y una inspiración ya marchitada, y no tendrá más remedio que confiarle la obra a su hijo descarriado: un pintor demasiado fumado que además adora a Javier Milei y cree que el capitalismo ha venido a salvarnos de la barbarie. Así que “Las delicias del jardín” tendrá que ser replanteado una y diez veces en esta nueva ocurrencia de Fernando Colomo como director. 

Hacía diez años que Colomo no rodaba nada decente desde “Isla Bonita”. Y es una pena, la verdad, porque Colomo fue un referente en los tiempos insubordinados. Uno de los nuestros. El otro día, in ir más lejos, me puse a canturrear “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?” por el pasillo del colegio. Puro Burning. Puro Colomo. Acababa de cruzarme con una compañera que no pertenece a este jardín errático y errado que el Bosco hubiera retratado como nadie. 







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Maspalomas

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Sólo le pido Dios, como cantaba Ana Belén, que a los 75 años el deseo sexual ya me deje indiferente. Que no asome más la cabecita. Que no revoletee en el estómago, ni pinche en las bajuras, ni distraiga la mirada. “Tanta paz dejes como descanso llevas”, decía mi abuela. O como dijo Terminator: “Sayonara, baby”. 

También sé que Dios, si llego a esa edad, no escuchará mis plegarias porque soy un apóstata belicoso, así que tendré que pedirle el favor a los dioses paganos o excomulgados. Ellos, aunque a veces se ausenten, son más generosos y compasivos.

Estaba seguro de tener subrayada una cita de Rafael Azcona en la que el maestro decía algo parecido: que habiendo alcanzado la vejez del deseo había encontrado, por fin, la juventud del espíritu. Una especie de serenidad zen y productiva. La paz que le permitía concentrarse mejor y luego dormir a pierna suelta sin interferencias hormonales. Pero por más que he buscado la cita no la he encontrado. De hecho, ya no estoy tan seguro de que la pronunciara Azcona. Puede que fuera otro sabio de los que predican en mi ágora. Es igual. Si no es de Azcona, es azconiana. La idea me seduce. La guardaré para cuando toque. Aún es pronto para eso, pero ya no demasiado. Quedan, con suerte, varias fiestas y cohetes. Eso sí: a Maspalomas, de jubileta, espero ir simplemente a tomar el sol. Ya he visto que hay mucho pesado por las dunas pidiendo la voluntad.  

No me gustaría, en el reverso heterosexual de la trama, ser como este anciano de la película. Yo le veo condenado a no encontrar jamás el sosiego. Lo sexual le enturbia, le perturba, le consume las pocas energías subyacentes. Le hace caer en ridículos evitables y en equívocos lamentables. Aún se le levanta el pito, sí, y eso es un gran acontecimiento a celebrar en el asilo. La envidia cochina de sus compañeros de reclusión. Un síntoma de salud, de poderío sanguíneo y arterial. Pero con eso, con un émbolo feliz, a según qué edades, ya no se puede construir una filosofía.






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Romería

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Estoy casi seguro, al 99%, de que mis padres son los que figuran en el reverso de mi DNI. Hay herencias fisonómicas y psicológicas que dejan poco margen a la duda. Son... los tatuajes de la estirpe. Una vez, en Oviedo, mi tía me encontró por la calle y pensó que yo mi padre redivivo, paseando por las Salesas como Jesús paseaba por Jerusalén después de resucitar. 

Dentro de mí, sin embargo, vive una brasa rebelde. Un sueño guerrillero que prefiere pensar en el resto de posibilidades. También hay cosas que no cuadran con el linaje familiar y a ellas me remito. Albergo, sobre todo, un sentimiento de extrañeza que no reconoce ni el clima ni la patria. Ni apenas el idioma. Es un susurro profundo, intracelular, que me envenena con la idea de que yo procedo de aurora boreal. Del mar Báltico por lo menos, donde casi todas las banderas usan la cruz de los vikingos.

Yo, como Leolo Lozone, también sueño que no soy. Sueño que nací en Göteborg y que soy hijo de Magnus, estibador de puerto, y de Ingrid, concertista de violín, ambos fallecidos cuando yo era pequeñín. Esa mezcla explicaría la contradicción irresoluble del futbolero cavernícola que se enternece con Debussy. ¿Y mi tez más bien oscura y mediterránea? En mi fantasía introduzco un abuelo griego o una abuela libanesa y todo solucionado. Ellos, los yayos, fueron emigrantes que subieron al frío a ganarse la vida y me legaron este tono aceitunado y estos ojos negros que traicionan mi condición.

Mis padres jamás viajaron al extranjero, pero eso es lo que ellos dicen. Yo creo que una vez, de novios, se gastaron todo lo que tenían en un crucero por el Báltico y que me encontraron por la calles de Göteborg escapado del orfanato, con dos velones en la nariz y unas explicaciones en sueco que no supieron traducir. Me invitaron a un chocolate caliente y el resto ya es historia familiar que yo tengo que soñar, porque nadie me la cuenta. 

Yo tendría, como Marina, que viajar  a Göteborg para indagar en mi pasado y conseguir un certificado de escandinavo. O no conseguirlo, si estoy equivocado, y dejar ya claro que soy ese hombre que señala mi DNI.





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Vergüenza. Temporadas 2 y 3

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Todos hemos conocido a parejas como ésta. O muy parecidas. De hecho, en “Vergüenza”, al final de los títulos de crédito, no aparece el habitual descargo de responsabilidad: “Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”. Porque en este caso la realidad y la ficción se solapan y se confunden. “Vergüenza” solo estira un poco la astracanada para que no la confundamos con un documental sobre la estupidez humana y española en el siglo XXI.

Cualquiera de nosotros -salvo mi amigo de La Pedanía, que vive en una burbuja sociológica y dice que esta gente no existe de verdad-  ha conocido a parejas así de descabelladas. Y de venenosas, ojo, si las frecuentas en demasía. Una cosa es topártelas por la vida y otra muy distinta arrimarte sin necesidad. Yo, por lo menos, las rehúyo cuando me las encuentro en el bar de la esquina o en las colas del pan. En los trabajos obligatorios y en las cenas de los familiares. Los creadores de “Vergüenza” se lo han tenido que pasar teta recopilando anécdotas personales para luego deformarlas -muy poquito- en aras del cachondeo.

Las buenas personas -no yo- querrían contarles la verdad a estos extravagantes. Detenerles en su larga marcha hacia el precipicio. Pero quién tendría el descaro y la osadía... Te puedes llevar un  desplante o un bofetón. La negación de la realidad también incluye la negación de las advertencias. Y además, qué coño: nadie es perfecto. ¿Qué es eso de ir dando consejos por ahí? El que no cojea de esto cojea de lo otro. Ay de mí si me señalaran los desperfectos... Pero es que los Jesuses y las Nurias dan mucho el cante, jolín. Son incorregibles cuando se empecinan en la tontería. Son carne de tragicomedia. “Vergüenza” los retrata a la perfección. Lo que me he reído mientras me incomodaban.




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El mundo sigue

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La chica más guapa del barrio se acabó casando con el crápula más insensible del vecindario. Lo hemos visto decenas de veces en la vida real, y también en la vida de las películas. Fernando Fernán Gómez repite, de hecho, el argumento básico de "El extraño viaje". 

Mira que se lo advirtieron a Eloísa los familiares y los conocidos, pero ella, nada, a lo suyo, empecinada en lo peor. Es una ley universal, un magnetismo biológico que tiene muy poco remedio: el que une a la hermosa con el capullo. El otro magnetismo implacable es el que empareja al gilipollas con la chalada y yo de eso podría dar clases en la universidad.

Ahora, en los tiempos modernos, si te equivocas en el casamiento puedes rectificar gracias a la ley. Gracias a los rojos ya nadie te llama puta si te toca un marido como éste y decides tomar las de Villadiego. Porque en “El mundo sigue” todo el mundo habla así, a lo viejuno, a lo Villadiego, como si hubieran brotado de una obra de teatro polvorienta. Dicen “¡Repórtate, Macario!”, y “Ay, Bernardino, que te pierdes”, y se saludan diciendo “a la paz de Dios”, y “buenas noches tenga su merced”, y a las mujeres que han decidido no casarse con su primer pretendiente las llaman “pelanduscas”, y “mujeres de mala vida”, y dicen que han “deshonrado a la familia”. Y así, literarios y excesivos, los personajes de “El mundo sigue” ya no son una pandilla de desgraciados, sino actores que declaman un texto que huele a rancio y suena a sobaquillo. Muy ridículo todo. 

En el nacional-catolicismo de 1962, lo que Dios había unido ya no lo podía separar el hombre. El amor era un arma cargada con una sola bala. Las mujeres, y los pusilánimes, lo tenían crudo si se equivocaban. Si tardaban mucho en escoger, se les pasaba el arroz y elegían ya un poco al tuntún. Y si se apresuraban, luego se pasaban la vida apesadumbrados por la impaciencia. Sólo los más afortunados acertaban de pleno con su bala única y hecha de plata. “El gorrino y la mujer -o el hombre-, acertar y no escoger”, que decía Marcial Ruiz Escribano.




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La piel quemada

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José tiene la piel quemada de tanto trabajar a pleno sol de peón albañil. No sé si en 1967 los obreros de la construcción ya se ponían crema para prevenir un melanoma. No lo parece, desde luego. El tarado de Marcos Llorente aplaudiría con sus orejas de burro si viera la película. Es el callo solar, estúpidos.

Si hacemos caso de “La piel quemada”, cualquiera que se echara por entonces una capa de Aftersun corría el riesgo de ser llamado maricón. Los colegas de José no se andan con hostias: son hombres duros, recios, forjados a la intemperie. No admiten malentendidos ni quintacolumnistas. Dicen lo que piensan y se quedan tan anchos. Y tan orondos. Tienen pelos en todos los rincones del cuerpo menos en la lengua. 

La lengua, por cierto, también la tienen quemada de tanto sacarla a pasear. Cada vez que pasa una gachí por debajo del andamio -y si pasa en bikini camino de la playa ya no te digo nada- José y sus compañeros incurren en no sé cuántas ilegalidades verbales que ahora mismo están muy castigadas. Ya digo que son tipos de pelo en pecho que no se dejan una hombría en la recámara. No parece que el horno esté para bollos: cualquiera que saque una cremita de la tartera puede convertirse en el hazmerreír sempiterno de la cuadrilla. 

Estos tipos, además de tostados, porque es verano y trabajan en Lloret de Mar, también van quemados por debajo de la piel. José y su pandilla son emigrantes andaluces que se han venido a Cataluña sin sus esposas. El relato oficial es que se las traerán cuando ganen lo suficiente, pero mientras tanto, libres como pajarillos, le tientan a la suerte. Las españolas y las catalanas no les hacen  ni puto caso, pero las guiris les encuentran atractivos, exóticos. Latin lovers de ocasión. Pero esas cosas sólo suceden por la noche, después de trabajar, así que José and company no tienen la piel de la polla quemada. Sólo escocida.  




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El último caballo

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En España, digan lo que digan, está mal visto cuidar de los animales. Lo mismo ahora que en 1950, cuando Fernán Gómez se apiadó de su caballo. Mostrarse sensible con un animal es un comportamiento... muy poco español. Una debilidad de mujeres o de maricones. De hecho, a Fernán Gómez, en la película, sus desvelos por “Bucéfalo” le cuestan el amor de su novia botarate. Bendito sea, después de todo, el caballo que lo sacó de su error justo cuando ya iba a casarse en la España sin divorcios. 

(El otro día vi a la camarera más buenorra de La Pedanía darle puntapiés a dos gatos que pedían comida entre los clientes y creo que ya nunca volveré por sus dominios. Nada más poco erótico que dos gatetes rechazados). 

Lo recio, lo varonil, lo que el Señor dejó santificado en las Sagradas Escrituras, es torturar a los animales en las plazas o arrinconarlos en las ciudades. Cazarlos, apalearlos, exterminarlos... Hacerles daño. Mantenerlos atados o encerrados en cochiqueras. Es verdad que cada vez hay menos desalmados, menos hijos de la gran puta, pero siguen siendo mayoría porque antes eran casi todos. Parecía que las nuevas generaciones iban a erradicarlos del ecosistema pero ya están reproduciéndose otra vez: los cachorros del fascismo son como conejos descerebrados. 

“El último caballo” no va de todo esto. O sí, pero solo un poco. La película de Neville es un canto al aire puro y a la vida en el campo. Utiliza el caballo como símbolo de los tiempos silenciosos que ya nunca volverán, sin coches ni camiones, ni motos en la madrugada. A Edgar Neville le debía de pasar lo mismo que a mí, que aborrecía los motores de combustión: su ruido, su peste, su omnipresencia. Sus gases cancerígenos. Un mal necesario, pero abominable. 

También parecía que las nuevas generaciones iban a sustituirlos por los motores eléctricos y ya ves tú: ahí está Trump invadiendo Venezuela, o Groenlandia, para relanzar la producción.





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El extraño viaje

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¿Guapo? ¿Muy guapo, incluso? ¿Repeinado? ¿Un poco chulo? ¿Guitarrista en una orquesta de pueblo? ¿Y dice, además, que tiene un hermanito paralítico al que cuida con todo su amor? Vamos: se le ve venir a distancia. Menudo farsante. Hay que ser tola para enamorarse de un tipejo semejante. No me extraña que luego pase lo que pase. Y sin embargo, ella, la chica más guapa del pueblo, la vecina más valiosa de Villaliebres de las Manzanas, se dirige hacia él como una luciérnaga dispuesta a achicharrarse. El amor es ciego, ay, y bobo, y sería mejor no hacerle ni puñetero caso. El amor es ese extraño viaje hacia el desengaño y la penitencia.

Las chicas guapas son eso como nosotros, los machos de la especie: les puede el instinto. Presumen de ser seres sensibles y superiores, pero no es verdad. Las hormonas del sexo siempre están detrás de los pensamientos elevados. En su caso, ay, es la querencia ancestral por el antropoide más sospechoso de la tribu. A Carlos Larrañaga, en la película, sólo le falta la moto y el libro de poesía para ser el perfecto gilipollas. El perfecto vendehumos. Menuda desfachatez... 

Querida mía: éste viene de romper decenas de corazones por los otros pueblos de la comarca y tú todavía no te has enterado. ¿No comprendes que eso mismo que te sulibeya- su postureo, su labia, su rollo cantor de Mario Lanza- será lo mismo que atraiga a la siguiente mujer de su vida? ¿No entiendes, alma de cántaro, belleza entre los cardos, que los hombres perfectos son como tiburones que se ahogan si no dejan de nadar? El amor es ese extraño viaje que sólo compramos por el folleto de la agencia.

La belleza... El envoltorio... Casi me da un infarto -un extraño viaje hacia la otra vida- cuando a mitad de película descubrí que la malvada se llama igual que una de mis examantes. Examada, mejor dicho, porque ella nunca me amó. Ella también era una reina de la noche. La mujer más deseada en sus lejanos contornos del Norte. Por eso sé de lo que hablo. Yo también me sentí orgulloso por un día. El amor -cuando es verdadero- es ese extraño viaje hacia la reencontrada soledad. 





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Dying for sex

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Para los hombres sin mundo y no demasiado inteligentes, la relación de las mujeres con el sexo es un misterio como de marcianas encamadas. Nos harían falta -porque me incluyo- más datos, más experiencias de primera mano para elaborar una certeza científica. Muchos más fracasos, si eso fuera posible, pero también más éxitos, gozosos y estimulantes, que equilibrasen las deducciones y fundamentaran una ecuación. Algo así como P=(C²+V)K/V’, siendo P el placer, C el número de caricias, V la virilidad positiva, V’ la virilidad negativa y K la constante cosmológica, femenina y escurridiza, que es precisamente el quid de la cuestión.

Habría que preguntarles, pues, a los machos alfa de mi ecosistema. Ellos han cortado mucho bacalao sobre las sábanas y manejan datos experimentales que los actores secundarios compraríamos a precio de oro. Pero me temo, ay, que los machos alfa -porque yo conozco alguno y tela marinera- están más pendientes de sus propios orgasmos que de los placeres de su compañera. Así que al final, me temo, el misterio va a quedar irresuelto y la ecuación muy falta de valores.

Impelido por el espíritu científico y por el afán de curiosidad, me enfrenté a “Dying for sex” siendo consciente de que es una serie escrita por mujeres para mujeres en su sofá. Es decir: una serie escrita en código morse, o en idioma alienígena. La sinopsis, al menos, hablaba de una mujer activa, desprejuiciada, para nada el prototipo de mujer que ahora se estila en las producciones españolas, donde el sexo con un hombre -por mucho amor que lo rodee- se ha convertido en una concesión servil al heteropatriarcado agresivo del deseo. 

El problema de “Dying for sex” es que no hay cristiano apostatado que se crea su argumento. Su punto de partida es tan seductor al leerlo como fallido al desarrollarse. Convertir una sentencia de muerte en un sainete de polvos y vibradores no nos ayuda nada a los detectives del misterio.





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Sueños de trenes

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Algún día, al hilo de las películas, habrá que escribir un libro sobre sueños de viviendas. Pero no sobre palacios de reyes o sobre mansiones de millonarios. Nada de castillos de Cenicienta o de casoplones en Marbella. Todo eso es inmoral y procede de la delincuencia. De la legal y de la otra. Yo hablo de paraísos pequeños, modestos, en los que me habría quedado a vivir lejos de los hombres pero tampoco demasiado: un huñarismo calculado, a tiro de bicicleta, porque también hay que comprar macarrones para la cena y visitar a los médicos cuando llegan los dolores. 

En “Sueños de trenes” he encontrado uno de esas quimeras residenciales en las que me hubiera gustado vivir y morir plácidamente. También es verdad que hace un siglo, en el Far West, y sabiendo hacer cosas con las manos, todo era mucho más fácil. Una vez soñé con ser maestro rural, allá en los montes o en los páramos, y vivir un poco como Joel Edgerton en la película, con mi barba y mi sombrero, pero cuando ya estaba a punto de conseguirlo bajó la natalidad y se desmontaron las escuelas. Es un poco la historia de mi vida.

Habría dado -y seguiría dando- no sé, meñiques, dedos del pie, neuronas redundantes, por vivir en esa cabaña de madera junto al río, amado por Felicity Jones y rodeado de perretes y gallinas. Ganarme la vida con mis manos, aserrando, o construyendo, o conduciendo un carromato. Porque las manos que hacen y deshacen son la envidia inconfesada de cualquier intelectual. O de cualquier intelectualoide. En las manos, ya lo decía el bisabuelo Karl, está la nobleza del trabajo. El culo sentado es tan innoble como la maquinación de la inteligencia.

Y si la casita junto al río ya está pillada, pues vivir de guardabosques, en la atalaya de Kerry Condon, no sólo lejos de los humanos, sino además por encima de ellos, valorando su insignificancia -nuestra insignificancia- como águilas imperiales pero muy republicanas.




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Los pecadores

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En los Oscar, desde que hay diez candidatas a mejor película, siempre hay una cojonuda hecha por afroamericanos. O una infumable, también hecha por afroamericanos, pero que evita protestas en el pabellón.

A veces son películas que dan la sorpresa y se alzan con el premio gordo de la noche, como “Moonlight” o “12 años de esclavitud”, aunque luego nos venza la pereza cuando pensamos en retomarlas. Algunas son buenas de verdad, como “American fiction” hace un par de años, y  otras, en cambio, son simplemente aceptables, o ya directamente malas, indignas de una nominación. Tan sospechosas como las películas rodadas por blancos o por orientales. O por persas especializados en el bostezo. El porcentaje de buenos cineastas sigue siendo muy bajo en cualquier raza que se presente.

La película obligada de este año es “Los pecadores”. Antes de batir el récord de nominaciones llevaba meses rebotando por las agendas, pero yo no terminaba de animarme. Unos decían que sí y otros decían que no, como en “La Parrala” de Concha Piquer. Leía la sinopsis y me parecía -de hecho lo es- una especie de remake de “Abierto hasta el amanecer”, pero sin Salma Hayek y su serpiente. Sin el ambiente nocturno de “La Teta Enroscada”. Sin Quentin Tarantino haciendo el panoli. Un bajón.

Me hice el longuis durante meses hasta que el otro día conocí las nominaciones y se me cayó la indiferencia a los pies, haciendo catacrock. Había que verla, nos ha jodido, aunque solo fuera por curiosidad. Y la vi, el sábado por la tarde, aprovechando que la Liga era una mierda y que la Premier estaba de vacaciones. Me sorprendió para bien. 18 nominaciones son una cosa exageradísima, pero ¡sapristi!: hay momentazos, hallazgos, tres o cuatro músicas notables. Vampirismos socarrones. Y una escena poscréditos que ilumina la función. Cuando aparezcan las letricas no apaguen su aparato. No se vayan todavía, aún hay más.




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Bugonia

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En mi teléfono móvil, como tono de llamada, uso las notas musicales de “Encuentros en la tercera fase”. Son aquellas que usaban los seres humanos para comunicarse con los ovnis: re, mi, do, do, sooool... John Williams no sale en mi “Spotify Wrapped” pero es el compositor que más suena en mis oídos.

Tuve la ocurrencia en los Tiempos del Desamor y ahí se quedaron, como un recordatorio. Nunca se sabe quién está al otro lado de la línea... Todavía hoy, en mi lista de contactos, sobre todo en los teléfonos relacionados con el trabajo, sospecho que existe algún alienígena infiltrado. Lo digo porque allí pasan cosas de no creerse, estrafalarias, ¡bugonianas!, que sólo pueden explicarse si una pandilla de extraterrestres inadaptados andan haciendo de las suyas.

En los Tiempos del Desamor conocí varias mujeres por internet y llegué a la conclusión de que casi todas ellas, como Emma Stone en “Bugonia”, eran alienígenas procedentes de Andrómeda. Así, cada vez que me llamaban para concretar, o para desconcretar, yo escuchaba las notas y me preparaba para cualquier encuentro o desencuentro. En la tercera fase, como Richard Dreyfuss, o en las otras. El amor eterno podía haberse diluido en cuestión de horas, y lo mismo el odio juramentado. Una siesta podía cambiar una decisión de matrimonio o una disposición irrevocable de cortar. Con ellas nunca se sabía.

Quiero decir que la paranoia de “Bugonia” no es del todo desconocida para mí. Lo que pasa es que en mi caso no es una paranoia, sino una certeza de científico. De astrobiólogo que da fe de sus hallazgos. Porque extraterrestre no es sólo el que vive en otro sistema planetario -que de esos nos visitan más bien pocos-  sino también el que habita en un sistema mental muy alejado de nuestro sol. Ellos, y ellas, son los planetoides erráticos, los cometas elípticos, los agujeros negros que pueden tragarse tu destino si te acercas demasiado. 

(P. D.: La extinción de la vida humana sobre la Tierra es una idea abominable; pero no sé por qué, cuando la veo una película, tiendo a ser feliz y sonreír).






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Nouvelle Vague

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Como nací en los años 70 y luego fui educado en la cultura del imperio anglosajón, la “Nouvelle Vague” es una revolución francesa que he ido reconstruyendo a lo largo de los años. Primero en la tele, luego en los cineclubs universitarios, y ya luego, con una nómina en el banco, en los DVD que se vendían rebajados y en los rincones oscuros de las plataformas digitales. 

Aun así, como no la mamé, como no forma parte de mi sangre, la “Nouvelle Vague” es un capítulo de mi incultura que está lleno de agujeros. En los cines de León ya no se fumaban pipas cuando yo me sentaba en las plateas, ni se ligaba con chicas maoístas que llevaban boina francesa para ver a su Godard. Las pijas de mi quinta, ay, eran todas de derechas y estaban enamoradas de Maverick el aviador. Mi educación sentimental viene de la galaxia lejana y de la arqueología aventurera. Cuando los progres españoles celebraban a esos gabachos rompedores, yo todavía era un número entero negativo en el vientre liso de mi madre. 

De todos aquellos críticos del “Cahiers du Cinéma” que tuvieron el valor de rodar una película y someterse ellos mismos al juicio de los pulgares, tengo elevado en un altar a Eric Rohmer, que es, curiosamente, el santo más heterodoxo del sistema. De Chabrol no recuerdo nada -aunque debería- y de Rivette sólo he visto “La bella mentirosa” porque en ella salía Emmanuelle Béart despelotada. Ya digo que todo esto es una chapuza de diletante... Truffaut merece un capítulo aparte y Godard es directamente un insoportable. De él sólo he aguantado, sin dejarlas a los quince minutos, “Banda aparte” y “Al final de la escapada”. De “Banda aparte” lo afirmo categóricamente porque no hace mucho que la vi. “Al final de la escapada” tendré que volver a verla para reafirmar mi absolución. La película de Linklater recoge el espíritu de la época, y es tan jovial y juguetona que me ha servido de terapia contra el miedo. 




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Me siento rejuvenecer

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Cuatro siglos después de que Ponce de León buscara la fuente de la juventud en la Florida, el Dr. Barnaby, en California, se puso a mezclar sustancias para encontrar la fórmula mágica que detuviera la vejez. 

El Dr. Barnaby lleva gafas de culo de vaso y tiene despistes propios de un genio de las películas. Su esposa, Ginger Rogers, es una mujer chapada a la antigua que vive entregada al bienestar de su marido. Aunque siempre anda por casa vestida para una fiesta -porque en el cine de antes pasaban esas cosas tan fascinantes como ridículas- lo suyo es preparar sopas y planchar camisas para que el doctor no pierda un segundo de su tiempo valiosísimo. Ella, en cierto modo, aunque esté tan poco empoderada, también trabaja para la ciencia.

El título original de la película es “Monkey Business” porque al final es un chimpancé -y no el doctor Barnaby- quien da con la síntesis exacta de la poción, mezclando al azar varias sustanciasen los tubos de ensayo. Las probabilidades son aritméticamente inconcebibles, pero estamos en una screwball de aquellas que bordaba Howard Hawks y los espectadores entramos en el juego como eso: como adultos rejuvenecidos. Como niños creciditos.

Lo que al final no queda muy claro es el efecto real de la fórmula. Porque rejuvenecer, lo que se dice rejuvenecer, no lo hace nadie en la película. La fórmula mejora la vista, cura la artritis y devuelve la erección a los hombres alicaídos. Y la líbido, a las esposas aburridas. Pero los personajes siguen tal cual estaban, alopécicos, o barrigudos, o con el culo erosionado. La pócima, al final, era un medicamento universal para los males menores, y no parece detener el reloj biológico de los genes. 

Lo que sí detiene, y hasta retrasa, es la edad mental de sus consumidores, que según la cantidad ingerida regresan a las tontunas de la juventud o a las gilipolleces de la adolescencia. La fuente de la eterna juventud, al parecer, sólo despierta lo peor de las sinapsis cerebrales.






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Mr. Scorsese

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Entre las 30 películas que me llevaría a la isla desierta -o al presidio de los rojos- hay dos que están dirigidas por Martin Scorsese: “Uno de los nuestros” y “El lobo de Wall Street”. Quizá, también, “La edad de la inocencia”, porque yo soy mucho de amores imposibles y vedados. Las demás de don Martin, no.  Ni siquiera “Taxi Driver” o “Toro salvaje”, aunque sea pecado mortal y se enfaden los puritanos. Esto no es la iglesia de los santos, sino un diario personal.

Pocos directores más tendrían el -dudoso- privilegio de meter un par de películas en mi arca de Noé, para que sobrevivan y se reproduzcan. Estarían, así, a vuelapluma, Spielberg, Kubrick y Coppola. También Billy Wilder y Paul Thomas Anderson. Y David Fincher, claro. Y Fellini, y John Ford, y Berlanga con Azcona. Gastón Duprat y Mariano Cohn... Y Godard colgado del palo de mesana. Me dejo muchos en el tintero y empiezo a pensar que el arca de Noé se me está quedando muy corta de manga y estrechísima de eslora.

”El lobo de Wall Street” tiene un lugar especial en mi corazón porque en ella conocí a Margot Robbie y encontré un nuevo motivo para levantarme cada mañana. Pero también porque una vez, cuando ya estaba todo perdido, me sirvió de enlace generacional. Mi hijo, de adolescente, la vio con sus colegas y me preguntó que quién era ese director tan colgado y excesivo. “Pues un anciano venerable”, le respondí. El retoño se animó a profundizar en su filmografía -esperando, seguramente, un desparrame parecido- y una tarde lluviosa sin fútbol vimos “Uno de los nuestros”. Yo me reafirmé en que era una obra maestra, pero a mi hijo, incrédulo, le pareció una película lenta y poco gloriosa. “Hay muchos diálogos”, me espetó, y el abismo generacional, que parecía haberse suturado, encontró de nuevo la falla tectónica y partió en dos mitades el sofá de mi salón.




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Ciudadano Kane

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En mi caso es imposible ver “Ciudadano Kane” y no recordar a Carlos Pumares en las madrugadas de la radio, en “Polvo de estrellas” de Antena 3, cuando le pedían una y otra vez, noche tras noche, en un machaconeo exasperante pero muy divertido, su opinión personal sobre la película.

Pumares siempre respondía que era una obra maestra pero que tenía una fallo tremebundo en su guion. ¡Cómo tenía que ser de maravillosa la película! -le gritaba luego al micrófono y ya de paso al oyente- para que nadie se percatara de ese fallo argumental y siguiéramos considerándola un clásico atemporal.  

Entonces el oyente se hacía el tonto, o el despistado, porque ya sabía de sobra la respuesta, después de tantos años oyendo la matraca sobre “Rosebud”, pero aun así preguntaba que cuál era el fallo cometido por Orson Welles, y entonces, Pumares -porque también se gustaba mucho a sí mismo y creía que sólo él se había dado cuenta del error- volvía a explicar que cuando Charles Foster Kane pronuncia “Rosebud” en su lecho de muerte y deja caer al suelo la bola de cristal, no hay nadie a su lado que pueda escuchar su última palabra. La invocación postrera a su trineo de juguete.

Y es verdad: esta vez, después de veinte años sin haber visto la película, me he fijado mucho en la escena de su muerte y la enfermera entra en la habitación justo cuando Kane ya ha exhalado su último suspiro. “Rosebud” no es más que un temblor inaudible en el aire; las últimas tres gotitas de saliva suspendidas en la gravedad. Toda la trama de la película se sustenta en la búsqueda de una palabra que nadie ha podido percibir. 

Por cosas mucho menos graves que ésa Pumares despellejaba otras películas que a mí me gustaban más que “Ciudadano Kane”. Pero yo se lo perdonaba todo porque luego, en el epílogo archisabido de la función, siempre nos recordaba que “Rosebud”, en la vida real, había sido el apelativo cariñoso del coño de Marion Davies, la amante de William Randolph Hearst, que es el ciudadano Randolph del que Orson Welles y Herman Mankiewicz, tan izquierdistas, se ríen como dos truhanes maravillosos.





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Los caballeros las prefieren rubias

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Yo, la verdad, las prefiero pelirrojas. Así que deduzco, por el título, que no soy un caballero. Me lo esperaba. No es ninguna sorpresa. Nunca lo fui por dinero y tampoco lo soy por galanura. Dos apellidos del montón y a correr. A sobrevivir. Soy un gañán que llegó a funcionario del escalafón B y luego se quedó tirado en la pradera. Quizá por eso prefiero a las pelirrojas: porque no acabo de entender el peligro mayúsculo que conllevan. La mía es la estulticia de los poco cultivados. De la gente sin mundo. De los poco caballeros... El hombre bobo es el único animal que tropieza dos veces con la misma -subrayo, la misma- pelirroja. 

Aún así, yo sigo en mis trece. Por preferir que no quede, desde luego. Estamos hablando de gustos platónicos. La vida ya se encarga luego de ofrecerte todo tipo de mujeres hermosas (o no), con colores distintos de cabello y fenotipos variados de la piel. El amor, a la hora de la verdad, no entiende de daltonismos. Las preferencias no son más que una charla de café, entretenida y tal. Sobre todo si no eres un galán de Hollywood -o de La Pedanía- que pueda ir eligiendo compañía simplemente con sonreír. En los estratos más bajos de la sociedad hay que mirarse mucho al espejo para no llevarse unas hostias de campeonato.

Nueve de cada diez damas encuestadas también prefieren a los hombres rubios con ojos azules y luego ya ves: se emparejan con hombres mediterráneos alejados del ideal. Algunas soñaban con acostarse con Brad Pitt y también tuvieron que conformarse conmigo. Al menos mientras se rehacían... La vida es una caja de bombones y nunca sabes cuál te va a tocar. El envoltorio más llamativo a veces contiene el bombón menos satisfactorio. Y viceversa.



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Hatari

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La única palabra en suajili que yo conocía hasta hoy es “oblongo”, que significa “más largo que ancho”. La aprendí de chaval escuchando a Les Luthiers. Yo me reía mucho con sus paridas hasta que se pusieron de moda entre los compañeros más meapilas de los Maristas y empecé a sospechar que había gato encerrado. Seguramente no había gato, pero me alejé de ellos y todavía no he regresado. Uno de aquellos gilipollas ahora es un alto cargo de Vox a las órdenes de Mazón. Se veía venir desde que empezó a cantarle a Jesús con la guitarrita.

Hoy he aprendido otra palabra en suajili: “hatari”, que significa “peligro”. Un poco como el “Achtung!” sempiterno de las películas de nazis. En “Hatari” te juegas el pellejo si no sales a la sabana armado con un fusil. O con John Wayne a tu lado para protegerte de las fieras y los elefantes iracundos. Jon Baine -como le llamaba mi  padre- ya recogía 55 castañas cuando llegó el otoño al África colonial, pero mantenía esa presencia magnética que no te permite apartar la mirada. Preguntarse si John Wayne fue un buen o un mal actor es no haber entendido nada. Él era John Wayne y sólo tenía que aprenderse el texto y colocarse en la marca correspondiente.

Aun así, resulta chocante que Elsa Martinelli se enamore de John Wayne en la película. Les separan 35 años y una belleza femenina escandalosa. Casi de no creerse. Son cosas de las películas de antes. Del patriarcado y eso. De los clásicos de Hollywood. 

“Hatari” cuenta las aventuras de un grupo de cazadores que surten de animales a los zoológicos del primer mundo. Forman una comunidad endogámica al estilo de los Siete Enanitos del cuento, o de aquellos sabios que redactaban una enciclopedia en “Bola de fuego”, otra comedia de Howard Hawks. Los cazadores vivían sin mujeres -bueno, una sola, pero no cuenta- hasta que Elsa Martinelli, como Blancanieves, o como Barbara Stanwyck, vino a alterar la paz de sus hormonas. En contra de lo que habrían apostado los hermanos maristas, los cazadores de “Hatari” seguirán siendo unos profesionales a pesar de caer enamorados como adolescentes pajilleros.






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No me gusta conducir

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No tengo carnet de conducir. Nunca lo necesité para sobrevivir. Siempre me las apañé para tener el trabajo a tiro de piedra o a pedal de bicicleta. Hice de la necesidad virtud y terminé convirtiéndome en un comodón de la pradera. Si un revés de la vida me obligara a sacarme el carnet de conducir, aún tendría más canas, y peor peinadas, que el personaje de Juan Diego Botto, que ya se presenta en la autoescuela con el arroz pasado y hasta casi socarrado. 

En La Pedanía tengo el colegio a 500 metros de distancia, los supermercados a otros tantos y la farmacia solo un poquito más allá. Suficiente para ir tirando sin automóvil. Ni los bares necesito, aunque aquí los haya a centenares. Para eso pago mi suscripción a Movistar: para no ver el fútbol con los parroquianos. Y luego, si tengo que bajar a Ciudad Capital a visitar a los médicos o a rellenar las burocracias, tengo un autobús cada quince minutos que me deja allí en otros tantos. Y si no, tiro otra vez de la bicicleta, jugándome el pellejo en estas tierras bárbaras tan distintas de Ámsterdam o de Copenhague.
  
Cuento todo esto a título informativo, nada más. No para presumir de ecológico o de listillo. Sin carnet he ganado calidad de vida pero he estrechado mis horizontes. Son las gasolinas que entran por las que salen. De hecho, conducir un coche es una de mis pesadillas recurrentes. Sueño que me dejan al volante sin tener ni puta idea de llevarlo: me lío con los pedales, y con las señales, y siempre estoy a punto de estrellarme contra el primer obstáculo que aparece. Mis padecimientos en la autoescuela serían exactamente los mismos que los de Juan Diego Botto en la serie. Idénticas sus torpezas, sus cabreos, sus comeduras de tarro... Su miedo paralizante.

Idéntico, también, su desconcierto, muy altanero y tontorrón, cuando comprueba que cualquier analfabeto sin dedos en la frente es capaz de conducir un coche y nosotros no. 



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A la deriva

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Hay que aguantar 45 minutos insoportables para encontrar finalmente la belleza en “A la deriva”. En eso, la película es como cualquier primer tiempo perpetrado por el Real Madrid: 45 minutos inexplicables, soporíferos, de un equipo que lleva varias temporadas vagando así, a la deriva. La diferencia es que la película al final remonta y el Madrid, últimamente, se ha olvidado de remontar.

Fueron los internautas, casi siempre generosos, los que me animaron a perseverar en la película. “Bienaventurados los que tienen paciencia porque de ellos será el reino del Yangtsé”, anunciaban en su evangelio. Y la suya era, efectivamente, palabra del Señor. De no haber sido por ellos habría abandonado a los veinte minutos. Quizá a los diez. “A la deriva” es todo un desafío para el cinéfilo de provincias: un documental mudo sobre la China profunda que baja a la mina, compra en el supermercado y luego se divierte en los karaokes. Se supone que hay un amor en marcha que luego será el hilo conductor de la narración, pero yo confundo todo el rato las caras, las situaciones, los gestos que se intercambian... Es que como si de pronto me hubiera vuelto idiota o desatento. No entiendo, no sigo, me desfondo al perseguir.

Y de pronto, en el segundo de los tres capítulos, cuando ya estaba a punto de apearme, un barco de pasajeros surca el Yangtsé camino de las Tres Gargantas y todo se vuelve hermoso aunque siga siendo difícil de entender. Ahora, por lo menos, hay una actriz china que ya no confundo con las demás. Ella -por lo que iba leyendo en las sinopsis, teléfono en mano- va en busca de un hijoputa que la abandonó años atrás sin darle ninguna explicación. Aquello sucedió en los primeros 45 minutos de la película y yo ni siquiera me había enterado. 

“A la deriva” es así: poética, sublime, desafiante. Parsimoniosa y hermética. China. Muy china. Hermosa, después de todo. 





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Jay Kelly

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Solo los millonarios van diciendo por ahí que el dinero no es importante. Mucho ojo con ellos: son unos cínicos de cuidado. Todavía no he conocido a ninguno que acto seguido renuncie a su fortuna y se la endose a un pobre desgraciado. 

Con el dinero se puede comprar todo eso que según Groucho Marx es más importante que el dinero pero cuesta demasiado: la salud, la libertad, tiempo de vida, los afectos y los amores. Serían amores interesados, por supuesto, pero así son también los amores en el mundo de los pobres. El amor incondicional es un trébol de cuatro hojas, o de cinco, tan extraño en el jardín de los millonarios como en el parque de los proletarios.

Jay Kelly -el alter ego de George Clooney- es una estrella de Hollywood que al llegar al ocaso de su carrera se arrepiente de sus éxitos económicos y sexuales. Él hubiese preferido, no sé, una existencia como la nuestra, precaria, insustancial, tan necesaria como olvidable. Vivir en un piso de mierda, y carísimo, lleno de ruidos y ahogado en estrecheces; alojarse en hoteles cutres cuando va de vacaciones y mirar tres veces la carta del restaurante para cuadrar los gastos destinados. Alternar hambrunas sexuales con relaciones amorosas donde lo erótico sucumbe rápidamente a la rutina o a la decepción. O a la pobreza misma, que a veces también pasa. 

Jay Kelly es un hipócrita que despierta nuestro rencor de clase y nuestra inquina de fracasados. Y sin embargo, la película trata de emocionarnos con su dolor, con su nostalgia de la vida que no fue. “Jay Kelly” es una película mal concebida y mal parida. Un monstruo que en los tiempos antiguos hubieran arrojado por la Roca Tarpeya y que ahora, en cambio, estrenan en Netflix lanzando cohetes de colores.

A Jay Clooney -o a George Kelly- le remuerde, sobre todo, la conciencia de no haber pasado el tiempo suficiente con sus hijas. A medida que profundizamos en este “dramón” vamos descubriendo que sus hijas, ya independientes, le han ido rechazando no por ser millonario, sino por ser Jay Kelly, sin más, un tipo infantil y egocéntrico. Los millones no le cambian la personalidad a nadie: solamente la descubren, y quizá la subrayan un poquitín.




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Un simple accidente

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He resistido todo lo que he podido. Me he hecho el tonto, el ciego, el olvidadizo... El paleto de provincias. “¿Panahi? Ni puta idea, no conozco a ese señor”. Pero al final no he tenido más remedio que claudicar. Hoy he visto, o mal visto, porque me he saltado tramos enteros, escenas completas, “Un simple accidente”. 

Eran tantos los premios, los halagos, los sinónimos de gran maestro dedicados a Panahi, que al final me pudo la presión -la estúpida autopresión. Los corderos, al menos, pobrecicos, no saben a dónde van; pero yo sí sabía a qué venia: a aburrirme, a desesperarme, a no ver ninguno de esos hallazgos que sí ven las almas sensibles y cultivadas. 

Y aun así, porque el deber me llamaba, vine. Cautivo y desarmado, pero vine, aunque solo fuera por quitarme la película de encima y no volver a saber nada de Panahi hasta su próxima ocurrencia. Hasta que lo vuelvan a encarcelar, o a liberar, que ya no sé, y le vuelvan a dar un premio de relumbrón confundiendo la disidencia con la artesanía. 

Nunca entenderé el predicamento de Jafar Panahi en los círculos oficiales. Ni en los círculos amateurs que imitan a los oficiales.... O sí, lo entiendo, pero prefiero hacerme el sueco, o el iraní, porque lo contrario sería asumir del todo la estrechez de mi mirada. La omnipresencia de mi boina. Juro que lo he intentado varias veces con don Jafar -interesarme, emocionarme, seguirle el rollo- pero a la media hora de todas sus películas siempre he deseado salir huyendo a cualquier lugar: a la calle, a la cafetería, a otra película más feliz de la estantería. 

Sólo una vez he sentido algo parecido a la empatía en una historia de Panahi: fue en “Offside”, hace mil años. Allí se narraba la desventura de unas pobres chicas que no podían asistir al estadio de fútbol para ver a su selección. El régimen de los ayatolás es terrible, sí, y Jafar Panahi uno de sus azotes, pero para eso ya están los premios humanitarios, y los reconocimientos políticos, no los galardones de cine que tanto me despistan.





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