Tengo un amigo que me mira mal cuando le digo que me
descojono con “Vergüenza”. Es como si de repente me devaluara ante sus ojos:
como si confesara un crimen tremebundo o una tara intolerable. Si le dijera que
evado impuestos o que me zumbo a las ovejas no me miraría con la misma cara de
desagrado. Quizá piensa que solamente un anormal puede reírse con una serie protagonizada por dos anormales como estos.
Mi amigo, en lugar de ofenderme, porque él es muy
educado y ya son muchos años de disensiones, se limita a decir que él dejó de
seguir “Vergüenza” porque no puede soportar que se haga mofa de la gente divergente.
Mi amigo es, ante todo, un humanista. También dice que todo en la serie es demasiado
absurdo e inverosímil, y que no le sorprende que un hombre como yo, tan dado a
lo raro y a lo tangencial, le ponga cinco estrellas en lugar de las dos
escuálidas que apenas se merece.
Cuando se pone en ese plan yo le recuerdo que él ha
tenido mucha suerte en la vida, siempre rodeado de amigos
normales –menos yo- y de familiares tolerables. De compañeros de trabajo
más o menos presentables. Gente normal, de andar por casa, con un equilibrio
apenas patológico entre las virtudes y los defectos. Y que gracias a esa fortuna, que le mantiene
encapsulado en un mundo feliz, no puede concebir que otras personas sí
conozcamos la triste realidad de personajes como Nuria y como Jesús.
Yo, de hecho, conozco a varios especímenes como estos
de “Vergüenza”: torpes sociales que se mueven en parámetros muy alejados de la
realidad. Fantasmones menguados que malinterpretan
las señales que marcan el camino. Desnortados que no saben cuándo
hay que perseguir los sueños y cuándo hay que conformarse con lo poco. Auténticos
gañanes, y gañanas, que jamás visitaron al oráculo de Delfos para comprender
que lo primero es conocerse a sí mismo y obrar en consecuencia.











